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La mojadatarde me trae la voz, la voz deseadaJorge Luis Borges
La lluvia es una suerte de verso, de mundo cambiante. Un suceso onírico, literario, que logra mojarte ahora mismo, aunque, recordará el poeta, sin duda sucede en el pasado. Porque puedes vagar por sus dominios y convertir en realidad las palabras y los deseos. Debajo de su reino líquido, en ese móvil teatro en que se torna lo que alcanza la vista alrededor, todo resulta posible. Hasta que hasta aparezca ella.
En un jardín, o quizá en una esquina, sucedería. Justo en ese sitio vas a encontrarla. Por suerte, la densa cortina de tibio acero que los rodea tiene el poder de esconderlos de las miradas inoportunas y las preguntas absurdas. Un aguacero es un reino misterioso y bajo sus designios cada cual tiene la historia que necesita o sueña.
En el blanco increíble de la acera, ya limpia después de la primera oleada, esa de la furia del cielo, se obrará el milagro. Seguro notas, justo en el ángulo recto de la esquina, el singular remolino que resulta del choque de las dos corrientes que corren enloquecidas por el borde la calle. Te llamará la atención que, luego de un rato, el cauce baja en claros torrentes con crestas de plateado y fugaz brillo. Detrás van a estar los edificios, cada uno con sus historias de piedra y sus secretos humanos; ese par de adustos postes, que ni bajo un temporal pierden el aire gris y ceñudo; y hasta el semáforo que estuvo apagado por años y que ahora siempre olvidas que funciona cuando cruzas esa calle.
Ahí estará ella, en traje de lluvia. Lo bueno es que no importa, a quién le importa el tiempo durante una tormenta, cómo llegó aquí, de dónde viene. Sólo importa la imagen del agua cercando sus pies, el encaje de miles de salpicaduras soñándose labios, esa emboscada que pondrá brillos repetidos y fugaces en su piel y sus uñas. La esquina se hará orilla, cálida y blanca sabana, hora sin tiempo, sueño. Sabes que la conoces. Sabes, por sus ojos grandes y tristes, sus ojos como otras nubes, que ella te ama o que, al menos ahora, te necesita. Sabes que no se pertenecen.
La avenida resulta rara bajo el vendaval. No hay autos, es sólo el asfalto, las paredes mojadas, como un escenario donde resultan ambos rodeados por un enorme espejo. Su cuerpo también de pronto es un espejo. Se acomodan en un asiento lateral de un tranvía. Porque, descubres ahora, a mitad de sueño, que no hay borrasca sin un tranvía; sin sus cristales nevados por las gotas vidrio abajo y los alientos; sin ese rebote de blancos y amarillos y verdes y rojos que resultan los guiños a medias de las luces afuera. El viaje deja ver las siluetas sabidas de la calle y parece ser lento, en un interminable círculo rumbo al mismo sitio.
Al fondo, un cartero de empapado uniforme maldice por cada paquete que se cae y se pierde calle atrás, a través del abierto barandal donde acaba el vagón. Pero pronto lo olvidan, lo borran y está sólo ella y su cuerpo y sus ojos y un mundo de húmedos y distorsionados espejos alrededor. Juegas, le cuentas que la harás bailar, girar en este pasillo, para hacer volar su imaginaria falda. Le dices que quieres ver, mil veces en los vidrios, en los guiños de las luces, en el rebote de las gotas, sus muslos cielo arriba, sus curvas, sus sombras y misterios.
No habla, no te responde mientras el agua se ha vuelto una neblina, una pared tibia alrededor que los cobija. El viaje se difumina, desaparecen siluetas y asfaltos y asientos. De regreso a la esquina, a la calle solitaria, al aguacero solo tuyo y de ella, están sus ojos, sus labios.
Notas como alarga las piernas desnudas, cómo te mira de modo único, y se acomoda, sentada en la acera. En silencio, te pide un abrazo. Entonces la tormenta se muda a tu vientre, lo fertiliza, lo alza, lo hace flor y fruto. Tu mano se desliza por una espalda enorme, de monte, de arena, sólo turbada por el mínimo promontorio de la tira de su traje de lluvia. Dos nocturnas y atadas geometrías te privan de su desnudez, aunque hay un juego, unas escondidas lumbres entre curvas y líneas, bajo la pieza oscura que cubre su sexo.
El abrazo, hace falta estrecharla y sentir sus pechos y su humedad cálida. Esta mujer cabe perfectamente dentro de tu abrazo. Su cuerpo se hace hogar, calendario, historia. El agua cierra los ojos y toda imagen ahora se muda en versos a tu piel. La sientes, tal una rama, tal una ola exhausta que halla el exacto acomodo, cómo se desliza sobre tu orilla; cómo su mundo reposa, vivo, despierto, sobre el tuyo; sientes cómo te abraza y te abrasa.
Ahora no importa el temporal, ni la acera, ni la irrealidad de verso que se posa y domina tus pensamientos. Ahora esta mujer está en tu abrazo, en tu tiempo, para siempre ya en tu memoria, en lo vivido, aunque todavía no termine. Es única. Es a la vez todas las mujeres que supiste y que no, que amaste y que no, que soñaste y que nunca lograste despertar. Ahora mismo esta mujer y tú son algo eterno, como una lluvia que sólo sucede en el presente.
La imagen de su cuerpo, tal si tú mismo fueras aguacero, cauce, una gota interminable que mira desde arriba su silueta, se te antoja isla blanca, mapa. Las costas son espumas, el negro de su traje es una rabia al final de su espalda. Quieres morder, arrancar la oscura tela y tener su desnudez, sus piedras limpias, nácar de piel sobre el nácar de la acera. Aunque ahora mismo, más que toda la lujuria, abrazado a su ser, camino al alma, quien te hace volar es la ternura.
Sabes que ella no estará aquí luego. Sabes que poco a poco se irá de regreso a su acera real, a sus costas, en cuanto acabe el vendaval y el sueño. Por eso, te dejas casi morir junto a sus pechos y sus fuegos y cierras los ojos y sigues a oscuras detrás de tus párpados, mientras por fin escampa. Aunque amanezca, aunque haya luz, los vas a mantener cerrados.
Sólo mañana, cuando llueva en el futuro, es que volverás a abrirlos. Sólo entonces mirarás a tu lado, estirarás la caricia hacia ella, y ya despiertos, podrás terminar de soñar y empezar a vivir sobre el amanecer el abrazo.