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Un récit pour un lectorat adulte.
Ya todas las muñecas están desnudas. Espero que te gusten así. Tuve que usar pintura de uñas, para disimular lo que hiciste con ellas la última vez que nos vimos. Pobre mamá. Ella cree que les he dibujado ropas para cubrir sus partes íntimas. Aunque sí, pero no es para vestirlas sino para tapar tus huellas. A veces he tenido que hacerlo conmigo también. Durante el día tiene que ser así, para que ella no sospeche. De noche es otra cosa. Tenemos todo el tiempo y nadie nos interrumpe en mis sueños. Ahí sí no tengo que esconder nada y también puedo andar desnuda.
Las muñecas se ven lindas. Usé los libros abiertos, como si fueran casas de campaña; puestos uno al lado del otro y combiné los títulos y los colores de las portadas, como me enseñaste. Mamá no se va a dar cuenta, aunque sí me preguntó si los títulos y las muñecas tenían algo que ver. Le dije que vivían en los libros, para que no sepa la verdad. Según ella, parecen refugios de papel o casitas de campaña de un campamento. Entonces, en cada uno, puse acostada boca arriba una muñeca. Seguro te vas a sorprender. Aunque la noche no me alcanza para todo lo que quisiera, sí me he aprendido bien lo que te gusta. Esos pelos sobre el piso parecen un arcoíris desordenado. Sobre las losas, tan blancas, el pelo suelto les luce como salpicaduras de oro, platino, azabache, fuego y hasta como frutos morados. De noche, se van a ver mucho mejor. Ya mamá me preguntó a dónde había llevado a las muñecas. Le dije que al campo. Así no sospecha. Ni siquiera de ti.
Entonces, voy a darte ahora el primer paseo, como si fuera un ensayo de lo que haremos luego. Mamá nunca entendió cuando le pedí me comprara ese juguete. Desde que lo vi supe que desde esa figurita tú me mirabas. Tan lindo. Ese color rojo y las pezuñas tan negras, esas astas redonditas, aunque me has dicho que pinchan, a mí no me duelen. Esos ojos, grandes, directos, que me encanta me mires así fijo, como dice mamá que yo hago. Con lo que sí debo tener cuidado es con las rueditas. No puedo montarme sobre este, ¿qué animal dijo ella que era?, ah, un macho cabrío. Aunque también la oí comentar con una vecina que no entendía por qué hacían un juguete de un sátiro. Yo sólo sé que luces muy lindo, esbelto, atractivo. Pero las rueditas no son fuertes, son pequeñas. Tú si eres fuerte. En los sueños por las noches me cargas y me subo sobre ti sin esfuerzo. Pero aquí, por el día, apenas puedo empujarte con la mano, delante del campamento, como dice mamá. Voy a pasearte bien delante de cada una, para que te fijes, para que me digas cuál te gusta más. Aunque sé que te vas a quedar con todas. Lo haré despacio ida y vuelta y de nuevo. Después mamá dice que yo repito todo muchas veces. ¿Qué le molestará eso? A mí me gusta pasearte. Me gusta repetir lo que me gusta. Así mismo me balanceo en la butaca una y otra vez cuando me acuerdo de ti.
Es que a los ojos de mamá sigo siendo una niña. Claro, ella no sabe. Me ha contado muchas veces como salí de su vientre, limpia, sana, pero siempre dice que excesivamente callada, casi sin llorar. No me gusta llorar. Mamá no entiende, dice que se asusta cuando me quedo pensando y mirando fijo mucho rato. ¿Cómo dice ella? Buscando algo imposible. Tú sabes, mi amor, que no es algo imposible lo que busco. Si ya sé de ti, ya sé que existes. No sé si te lo conté, pero por suerte, no hemos ido más a los hospitales esos. Mira que dimos vueltas y vueltas, y pruebas y máquinas raras, y papeles y botones, y medicinas y más pruebas, y yo en medio de todo eso. Aunque sí me gustaba quitarme la ropa y sacarles la lengua a todos. A veces había doctores lindos. Ninguno como tú. Hasta doctoras lindas había. Total, para decirle al final que no entienden qué pasa en mi cabeza, que debe cuidarme.
Claro que no, cómo me van entender. Ellos tampoco saben. De día nadie sabe y de noche sólo estoy para ti. Todavía no puedo repetir el nombre raro de lo que ellos dicen que tengo. Es en el hipo ese, es que me da risa, el hipopótamo, el hipocampo, era un animal de esos. Aunque había algo de una cama. Esa palabra la busqué en un libro mientras mamá dormía. El tálamo es una cama, un lugar para bodas y novios. ¿Cómo va a ser un trastorno si yo estoy desesperada por ser tu novia y casarme ya contigo? Pero mamá no puede saber nada de eso. Se asustaría. La que siempre se me olvida buscar es esa otra palabra, la del otro animal, el sátiro. A ver si después me acuerdo. De todas formas, si se parece a ti, ya me gusta.
Ahora le ha dado por lo de mis quince años. Ya se queja menos porque me quedo callada, sin que ella sepa que, en realidad, estoy hablando contigo. Tú y yo no necesitamos las palabras. Más desde que te encontré en esta forma de juguete y ya puedo acompañarte también por el día. Pero ahora le ha dado por taparme, por vestirme. Se la pasa repitiendo que estoy creciendo, que pronto voy a ser, ¿cómo es que dice?, una señorita. Ya eso tú me lo habías dicho. Te gusta desesperarme. Hasta que no seas una señorita no me casaré contigo. Eso fue lo que dijiste. Pero tú sí me destapas. Toda.
Claro que estoy creciendo. Me han salido estas flores lindas en el pecho. Lo digo así, porque así es como tú les dices desde que te las enseñé. Me gusta mucho que me las toques y que las beses. Me creció pelo también. Ahí sí me has besado más. Hubiera querido fuera rojo, porque así te pones, rojo y duro, cuando jugamos de noche. Pero mamá sólo quiere taparme. ¿Verdad que ella no entiende nada? Está tan encerrada en ese mundo, supuestamente real, que no es capaz de encontrar ella sola todo lo que ya yo sé. De todos modos, si nos descubre, no creo que le guste mucho. Tú tampoco quieres que ella lo sepa. Así que mejor seguimos escondidos. De noche, en nuestro reino, en los sueños.
Entonces ya te voy a decir el motivo del paseo. Justo hoy, a la medianoche, es la fecha. Ya voy a cumplir los famosos quince años. ¿Te ha gustado el regalo que voy a hacerte? Así, justo así, todas desnudas, una al lado de la otra, todas esperando por ti, estarán dispuestas. No te preocupes, aunque mamá mire, no descubrirá que esta es la morgue. Luego por la noche la haremos cómo se debe. Aunque me acuerdo de que no te gusta mucho esa palabra, que es demasiado humana, me dijiste. Es que así mismo van a estar luego sus cuerpos en las catacumbas. Ya sé, si yo también lo he sentido, que contigo nos volvemos mágicas y volamos. También me dices que no tocas mi cuerpo sino mi espíritu. Pero me da gracia que así le digas a tu cuarto y tu cama. Por eso he paseado contigo por la morgue, las catacumbas, y tú el rey de las tinieblas. Pues así van a estar, todas tendidas para ti. Esta es tu cena, mi amo, mi dueño, mi amor. Por fin, después de todas, yo seré tu postre. ¿O el plato principal? Eso lo decidirás tú.
Sabes bien que no me pone celosa. Bueno, mira nada más como pinté sus cuerpos para que mamá no vea las huellas de las cosas que haces con ellas y conmigo. Al menos para eso sirve que ahora me vista de largo, la ropa lo esconde todo. Pero no protestes. Me encanta saber que lo disfrutas. Porque así mismo lo disfrutaré yo. ¿Qué dices? Claro, si yo no he podido olvidar cada juego. Eres un bandido. Llevas mucho tiempo enseñándome y, para qué negarlo, provocándome. Me desesperas. Tu cuerpo, disfrutar ese ardor rojo que te crece y que me trasmites, es ahora mismo mi mayor deseo. Celebrarte, ser como ellas, adorarte como he visto hacerlo a todas esas muñecas hermosísimas, es lo que quiero. Ser tu muñeca, ser como ellas para ti. Pero en la noche, siempre en la noche. Allí es cuando puedes responder y jugar conmigo. Ahí donde seré yo tu juguete y podré rodar sobre ti, tal como hago por el día con este. Así con estas rueditas parece sólo un animalito plástico, pero en él yo te veo y desde sus ojos sé que tú también me miras.
¿Qué dices? No seas adulador. ¿Ves que me haces trampa? Delante de mamá no lo hago, desnudarme, así como te gusta, pero es solo para que no me lleve más a tantos doctores. Ella no puede saber, ya me lo dijiste. Aunque no me molesta desnudarme delante de los doctores y darte celos. Por suerte, sólo una vez se le ocurrió ir a aquel lugar horrible, lleno de riquezas y adornos por todas partes, mientras unos señores con unas batas largas hablaban de salvar a los pobres. Mentirosos. Ese y el otro oscuro, donde había unas yerbas y unos caracoles, no me gustaron. Nada más de entrar en cualquiera de ellos y recordarte me hacía sentir mal, hasta furiosa. Esos lugares me transformaban, me ponían frenética. Las dos veces, en cuanto mamá se dio cuenta, enseguida me sacó de allí.
Ya, no te pongas celoso que tú sabes que tampoco me gustan los médicos. Sobre todo aquel, que estuvo días y días preguntando por mis sueños. Pensaba que me asustaba la noche y ponerme a soñar. Ese tampoco entendió nada. Si en mis sueños es el mejor sitio. Ahí es al revés, ahí puedo ser yo misma, tal y como quiero. Ahí puedo hacer todo lo que no puedo en esta jaula. La noche es el reinado donde me haces feliz. ¿Recuerdas la primera vez que me llevaste al festejo? Aunque me dio mucha envidia ver a las demás muñecas besarte por todas partes. Yo quiero hacerlo y quiero que me lo hagas a mí también.
Esa noche hacía calor, a pesar de la oscuridad todo era escarlata y cálido. Me gustó mucho trepar y columpiarme sobre ti. Balancearme encima de ti como hago en la butaca. Sé que te gusta porque así me miras muy de cerca. Por eso giraba y giraba y me balanceaba. Casi desfallezco cuando empezaste a jugar con tus manos y tu lengua en todo mi cuerpo. Me daba mucho gusto, más calor, pero en el ombligo casi no pude aguantar la risa y por poco me caigo. Recuerdo que mamá me despertó porque creyó que me quejaba. Es un mal sueño, me dijo, y se puso a consolarme.
Pobre mamá. Creo que nunca va a saber todo el disfrute que hay en su propio cuerpo. Así como tú me estás enseñando a disfrutar el mío. Menos mal que esa vez seguí tu consejo y pude esconder la ropa para que no la viera mojada. Ahí me hiciste flotar por primera vez. Tramposo. Podías tenerme y mirarme bien de cerca sin necesidad de yo treparme ni nada. Aunque sí me gusta agarrarme fuerte y pegarme a ti cuando bailamos. Me gusta también ese violín que haces sonar. No sé quién dijo que no soportas la alegría. Yo me alegro mucho cuando juegas conmigo. Sé que te alegras y yo también me alegro.
¿Te ha gustado el paseo? Pues ya todo está listo. Ya viste cómo será la fiesta. Voy a recogerlo todo, a bañarme y a comer, para irme a la cama temprano. Hoy, justo después de la medianoche, cumpliré quince años y me casaré contigo. Quiero estar linda para ti. Además, te tengo otra sorpresa. Hoy, cuando llegues a verme, me vas a encontrar dormida. Eso me gusta porque sé me llevas cargada, que te acuestas a mi lado y que me tocas, hasta que empieza todo a ponerse rojo y a mí me da calor.
Entonces, he reunido todas las pastillas y las escondí en mi cuarto. Las cogí del botiquín y me fijé bien que sean las de dormir. En cuanto den las doce, un minuto después, me las tomaré todas. Así ya no voy a despertarme más. El sueño esta vez ya no va a terminar nunca. Cuando me case contigo voy a bailar y a reírme y a gritar bien alto y no importará que mamá me oiga. Aunque ahora sí no podré evitar que me vea la ropa mojada.