A novel with sexually explicit passages, written for adult readers.
Synopsis
Each time she faces one of the greatest and most human trials of love in her life, Ana Paula will write down everything that happens to her. Behind her will and determination lies the dark side of a complicated existence, full of hardship, desire and dreams. Love, friendship, sex, pain, the unreal and even humour run through her reflections. A novel that travels through the very hard events its protagonist records over the years in her several bedside diaries.
In my own words
In this novel, with the help of literature and of Ana Paula, its protagonist, I managed to exorcise some painful demons and experiences. The most ordinary life, the reefs that the tides of existence bring, can also be a source of inspiration. Of course, it is always worth making clear that the portraits born of such impulses do not necessarily reflect those tides exactly as they strike, nor do they offer us the relief of a happy ending.
These pages were not easy to write, but writing them was imperative. I hope they are not hard to read. Given the dense and at times hostile nature of what is told, I tried to balance the necessary doses of weight with the necessary counterweights (humour, eroticism, phantasmagoria), so that they would steady the story without taking away its seriousness. As the master Eduardo Heras León taught me in his classes, one should not make the poor reader suffer. At least not gratuitously, if it can be avoided. So it is possible to tell something hard without turning it into a painful, indigestible acid. For the shadows too, for searching out those thorny places of the human condition and of real life, a novel can be the ideal vessel.
The other thing worth noting is that the text is written in the first person, in a woman's voice. By pure biological chance, the author is a man. I seem to remember that, in one of his famous lines, Groucho Marx said that men were women who hadn't made it. An interesting thought in these times of so many people unhappy with their gender, their sex and their bodies, and of so many transitions and changes of every kind.
For this writer, very happy with his male gender, with binary biology and with his heterosexuality, getting under a woman's skin turned out to be a demanding and rewarding journey. Telling Ana Paula's fears, loves, joys and sorrows was a rigorous exercise, not free of doubts and daring. Simply managing, I hope with some success, to transform myself on the page and speak and act from a woman's reasoning and feelings was reward enough. Any act that leaves worthwhile written pages behind is an achievement, at least for writers.
For now, this text will go on resting, as it must, until the time comes for its publication. Some day, its readers will have the last word.
ALS
Excerpts
Excerpts are published in their original Spanish, as all literary texts on this site are.
18 de septiembre de 2004
Querido Diario:
El otro día dejé notas por hacer porque, al final, me quedé un rato tranquila en el sillón y me dormí. Es increíble cómo a todo se acostumbra una. Me siento, me recuesto un poco, cierro los ojos y me duermo con una facilidad increíble. No sé si será el cansancio o que ya mi cerebro asume que es así y que no espere cama.
Las noticias pendientes tienen que ver con mis noches de alivio. Hace unos pocos días, volví a inventar otro experimento, más sexual. Otra vez, en fechas diferentes pero seguidas, hice el amor con Nayely y con Helena. Los resultados fueron interesantes, aunque de todas maneras ya sé cómo terminará esta etapa. Nayely se está yendo del país. Helena está entrando en mi vida. Invité a cada una a una cena (¿romántica?) en la casa. Unos espaguetis, ensalada, conversación y vino, nada del otro mundo, pero con ganas de hacer la diferencia de las fechas anteriores.
Puse incienso, música lenta (unos instrumentales de jazz que son una maravilla, aunque ninguna de las dos es muy melómana que digamos, y yo, más o menos, depende). Preparé una sábana roja que tengo. Luego le pedí a cada una que me amarrara en la cama.
Hace ya tiempo, Nayely le puso nombre a mi sexo; le dice “la línea” si se habla de asuntos, como digo yo, con colchón incluido (Naye a esa frase siempre le añade: y meseta y piso y matorral y monte y espuma y arena.... Y ahí la beso y nos reímos porque si no, no acaba nunca). En conversaciones no sexuales, la frase que usa es “el totico tuyo” (no sé de dónde sacó eso, pero me da mucha risa el nombrecito).
Yo soy bastante mal hablada, a pesar de que a Papá no le gusta, pero ya se ha acostumbrado (sin embargo, a veces tacho aquí las malas palabras. Hay algunas que se me van si escribo de prisa, otras lucen muy raras o feas cuando están escritas y las quito. Por ejemplo, bollo y crica, son imperdonables, jamás las usaré, salvo en caso de guerra, por absoluta seguridad nacional y siempre contra alguien, nunca hablando de mí. Malhablada seré, pero no chusma, que una no es filóloga por gusto... Ahora releo y de verdad estoy para que me remitan a psiquiatría escritural ¿Existirá eso? Ay, cómo me desvío…).
Regreso. Yo soy malhablada. Nayely, por el contrario, no se lleva nada bien con las malas palabras y siempre busca sinónimos y nombres para las situaciones y para cada asunto, en especial los genitales y los del sexo. Claro, toda esa finura se le olvida cuando se viene sobre mí y grita unas pingas y unos cojones de carretonero atascado transportando estibadores, mientras gime con los ojos cerrados, entre “interjección e interjección” (le encanta repetir esa frase cuando hablamos de su gozo; yo soy un poco más callada en general). Con su vocecita de niñita buena y su cuerpazo de nalgonas y piernas, es muy excitante oírla decir groserías, justo por lo incoherente que luce el cuadro.
Siempre jugamos (ella que ni fuma y a duras penas bebe) a que mi “línea” es una raya de cocaína que la endroga. Invariablemente, cuando baja a besos desde mi ombligo, llega al inicio de mi sexo, pega la nariz y suena el aire como si aspirara, mientras lo recorre de abajo a arriba. Invariablemente, eso me provoca unas carcajadas deliciosas. No importa lo repetido, pero siempre nos agrada mucho a ambas.
Esta vez, apenas aspiró mi droga de carne, casi se hunde entre mis piernas y me lamió y me chupó y me mordió con gula. En cuanto me ató desnuda a la cama y me besó un par de veces, de pronto se erotizó de un modo increíble y me bajó una mamada de leyenda que me hizo venir como tres veces seguidas. Estaba tan excitada que me zafó las ataduras a toda prisa y casi arrastró mi cara hasta su vulva mojada, en total incitación. Apenas recorrí sus labios íntimos y su clítoris con mi lengua, tuvo un par de estallidos intensos, vitales. Terminamos haciendo el amor largamente, sin sosiego, dándonos todo.
Fue un encuentro casi feroz y a la vez fue de absoluta comunión. No sé por qué pero, de alguna manera, esa mezcla de templeta total con ternura me sonó a despedida, a cumbre, a reafirmación de lo vivido pero también a cierre. Puede que nos veamos, es seguro, y puede que hagamos el amor otra vez. Pero creo que esa noche nuestros cuerpos, nuestros cariños mutuos, pagaron sus deudas y se dieron uno al otro todo lo que tenían pendiente.
Con Helena fue muy diferente. Se extrañó un poco de mi pedido, casi puso cara de hacer uno de sus discursos, pero por suerte no lo hizo. Cuando me tuvo atada (pasó mucho trabajo para lograrlo, mientras que con Naye fue muy divertido y nos reímos muchísimo, buscando posiciones y poniéndole nombres a cada una), la miré bien. En algún momento creí descubrir un destello de hambre animal y excitación por tenerme. Sin embargo, aunque me besó y me acarició con deseos por mucho rato, lo cual me puso a mí al borde del más excitante desespero, no hubo mayores escaladas en sus actos (iba a escribir en sus ganas, pero eso no lo sé).
Cuando por su propia decisión me soltó, me lancé sobre ella como una tigresa en celo a buscar mi placer en todo su cuerpo. Casi fui egoísta, aunque el resultado fue plural. No podía más de hambre y rabia y lograr recorrerla toda con mi boca y mis manos y con mi propio cuerpo, nos hizo venir con total intensidad a las dos en muy poco tiempo. Al punto de que su habitual jadeo desacompasado casi llegó esta vez a una hilera de gemidos y ayes dichos a labios medio entreabiertos. Quizá ella también estaba muy excitada. No sé qué tan intenso y hondo sea un orgasmo de Helena. Quizás para ella son la gloria. Pero lo demuestra poco, creo. No sé si será porque se limita a sí misma o porque eso es lo que siente. No sé si será porque yo quisiera más. Tal vez eso es lo que yo le provoco y ya no lleva más apellidos ni análisis.
Después hicimos el amor muy tiernamente y las dos quedamos muy satisfechas. Una vez más se durmió abrazándome. De nuevo me sentí protegida por ese abrazo. De nuevo, no supe de quién o de qué me trata de proteger.
Aunque Helena me gusta mucho, nuestro sexo es casi una prolongación de nuestras muchas conversaciones y afinidades descubiertas. Hacer el amor es otra afinidad. Su mente, su espíritu, su manera de ser y pensar me resultan muy atractivos. Su cuerpo también me gusta mucho y me hace delirar de deseos mientras nos queremos. Sin embargo, en ella no hay ese desborde, esa entrega física que yo necesito tanto (¿Como prueba tangible que valide lo espiritual? ¿O para afianzarlo? No sé. Porque creo que yo le gusto mucho. Lo demostrará así y ya).
Con Nayely ocurre que su intensidad, la fuerza con que se excita y demuestra que necesita más, y el modo en que se entrega por completo a esa necesidad, me lanza también a mí al paroxismo de querer más, hacer más, dar y recibir más. Helena logra otro tipo de equilibrio. La comunión mental, de ideas, de visiones, esos puentes que vamos haciendo a cuatro manos, sustituyen un poco el fuego y la locura del sexo. Para Helena, me parece, el sexo es un puente más, pero no sobresale dentro de otros lazos. Quizás por el camino yo logre cambiar eso (¿me estaré poniendo vieja?). Helena me gusta y quiero que se quede un poco. Nayely me encanta, pero se va. Ahí, salvo recordar, no hay nada más que hacer.
Lo otro es mucho mejor. Por fin logré ver a mis dos yuntas, mis amigas, mis hermanas de toda la vida. Papá, por supuesto que las adora, en especial a Ramona, que dice que es su hija negra. Por fin pudieron venir. María con la mala noticia de su mamá al final murió, por eso se quedó un tiempo por allá con sus tías. Ramona, con la bomba de que está pensando dejar lo de la obra del hotel del cayo, aunque gana muy buena plata. Las dos, pendientes de todo lo mío y preguntando qué hacer para ayudarme. De hecho, me trajeron varias cositas que habían comprado, sobre todo comida para mí y para Papá. En todo este tiempo apenas habíamos logrado hablarnos por teléfono un par de veces. Igual, aunque no nos veamos a diario, es que la vida lleva a eso, siempre sé que ahí están. Incondicionales.
Pues, se aparecieron en casa. Nos tomamos dos botellas de vino (se tomaron ellas, que yo no paso de un par de tragos) y nos actualizamos de todo. Esa noche no invité a nadie. Obvio que Nayely y mis amigas (no sé el novio actual de Ramona, pero sí el esposo de María) se conocen. Helena, todavía. Aunque está ya saturada de oírme hablar de ellas, no quiero ese encuentro aún.
Hay algo que quiero anotar. En algún momento les comenté que estaba muy fundida con lo del ingreso, por eso andaba descocada con el sexo. Las dos se rieron mucho. Me conocen. Andarás MÁS descocada, me suelta Mima, hablando en mayúsculas. Tiene esa costumbre de remarcar algunas frases y uno casi puede leer las letras en su voz.
Del sexo, bueno… Ellas dicen que yo soy la campeona, la Mesalina y no sé cuántas groserías más por ahí para allá. Pero ellas no se quedan atrás, aunque sí son en absoluto heterosexuales las dos. Sobre todo de Ramona nos burlamos mucho, porque se busca siempre unos tipos enormes, gigantes. Y allá vamos a preguntar María y yo por los tamaños menos visibles. Y ella, nada, no hay asombro ni miedo, aquí hay para dar amparo a todo el mundo… Esta lo que tiene ahí abajo es una moledora, le decimos. Como yo, es la eterna soltera y tampoco tiene hijos.
María, por su parte, ha decidido combatir el matrimonio desde adentro y se ha casado tres veces. Aunque desde que se empató con Manolo está muy tranquila. Pero, las mata callando. Así tranquila y discreta, acaba un regimiento, le dice Ramona y ella se ríe. María siempre se ríe. Y calla.
Ah, Diario, te explico algo. Por allá arriba nombré a mi amiga como Mima. Los apodos que tenemos, los que más han durado porque tenemos cientos cada vez que nos vemos, vienen de hace mil años. Imagina, las tres nos conocimos en el Pre. Hemos estado juntas en las verdes y las maduras y hay muy poco, o nada, que no sepamos cada una de las otras dos. Casi huelga decir que, aunque me gustan mucho las mujeres, esas dos son mis hermanas a toda prueba. No sé las veces que hemos dormido juntas, alguna de las tres o hasta las tres, y jamás se me ha ocurrido verlas de otro modo que no sea con amor filial, o más, ya familiar. Estén desnudas, en tanga o de cuello y corbata, son mi sangre, las hermanas que escogí. De mí hacia ellas y obvio que viceversa. Mirarnos con deseo, me dice siempre María, ya más que algo lésbico, sería incesto.
Entonces, explico los apodos. Ramona es Mimo, mi morena, porque es una negra preciosa (ya quisiera yo esas nalgas duras y ese cuerpo esbelto de atleta) y por una canción que cantaba Oscar de León que no sé por qué bailábamos mucho en el Pre. Igual es simplemente la Negra, o Linda, que es como más le decimos. Su nombre, cabrón, es Ramona Belinda Román. Belinda es apellido. Lo de Ramona lo sabe poca gente. Yo, filóloga al fin, soy la que más se lo digo, casi la única, aunque nunca en público. Me gusta por la novela y porque en su origen germánico Ramona significa: “La protectora que da buenos consejos.” Y justo eso es lo que hace siempre con nosotras. ¡Qué manera de ser inteligente para la vida esa ingeniera!
Por su parte, María es Mima, por mi María, o la Maya, mitad por deformación de su nombre, mitad por una trusa de vuelitos de encaje que estrenó en una guerrilla y que multiplicaba por diez el culón ese que tiene. Tiene tres hijas que son sus copias chiquitas (de tres matrimonios distintos, aunque con Manolo ya lleva casi quince años) y era la muñeca Lily de las tres (preciosa, rubia y de ojos azules). Aunque sus partos se le notan, ya quisieran dos o tres pepillas tener su cuerpo y, sobre todo, su cara. No quiso estudiar ni un carajo y trabaja como asistente de dirección de programas radiales y televisivos. A ella la culpamos siempre de lo mala que está la televisión.
Ah, mis apodos. Yo siempre he sido la Flaca o Anita. Aunque las dos dicen que soy una flaca desproporcionada. Yo no lo creo, pero ellas siempre exageran mis pantorrillas, mis nalgas y mis tetas. Para mí son normales y las otras dos dicen que no, que soy una tetona, nalgúa y de piernotas. Encima, y ya aquí sí empiezan a joder, putísima, y a las dos bandas, todo un peligro, aléjate, Satanasa. Hay que sumar el detalle que, de verdad, yo comía salvajemente (ay, esas escuelas al campo los domingos), y sin engordar jamás una libra.
Luego se desquitaron, pues lo de Mima y Mimo se los puse yo. Me pusieron Mibi, mi bisexy (mi bisexual sexy) Ay, qué risa, eso fue un larguísimo chucho luego de una noche donde estrené vestido y jevita y terminé la madrugada ligando un tipo, de milagro no hice un trío, que no fue porque el tipo se apendejó. También me dicen Mito o Mile (eso, con ganas de joder, significa mi tortillera, mi lesbianita, y María hasta lo dice con acento inventado argentino, tortishyera). Lo mejor es que Ramona tuvo un novio, muy ocasional por suerte, que preguntó si lo de Mile era porque yo me llamaba Milena, todavía nos reímos de eso. De vez en cuando se acuerdan y hablan de mi segundo nombre. Igual, no estamos nada mal para ser unas casi cuarentonas.
Ya casi por irse, les hablé de que me preocupaba Papá en serio, que lo veía muy grave. Y que me preocupaba yo. Porque con sexo y todo estaba muy fundida ya. Lo peor es que, como si tuviera una suerte de doble vida vampírica, al salir el sol, terminar mis noches y llegar al hospital, me sentía muy mal. Cierto que las compañías me ayudaban mucho, que me daban fuerza para aguantar, les comenté. Pero apenas entro al hospital y veo a Papá así de enfermo, todo eso se borra, más las malas condiciones en que está ese lugar y hasta esta villa, la batalla por las medicinas, por la comida, por el transporte, todo a la vez, pues, me daña mucho. Por supuesto, ahí me rajé toda y me abrí a llorar. Casi es obvio decir que Mima y Mimo saben de sobra mi aversión por los hospitales y todo lo relacionado con mis visiones de los fantasmas y tal.
Ramona me miró muy seria, con esa manera tan suya que tiene de hallar la respuesta correcta, y me respondió en voz baja.
–Anita, tienes que resistir. No hay de otra, Flaca; no la hay. Si el viejo (siempre le ha dicho a mi Papá, el viejo, hasta a él) te ve mal, eso no ayuda. Piensa que tú eres como esos personajes de las novelas de fantasía que tú te lees. Cuando el mal crece y se hace gigantesco, justo cuando parece que ya ganará y lo va a acabar todo, el bien debe alimentarse de ese mal y sacar de ahí sus fuerzas. Debe crecer más, para poder ganarle. Yo sé que es durísimo, pero esa es la única manera, asera. Tú no eres de las que se rinde, por jodida que estés, que ya lo hemos visto antes...
Sobra decir que terminamos abrazadas, llorando las tres. Al final, Mima soltó una de las suyas, y nos reímos, secándonos los mocos. ¡Cómo las quiero, coño!
Verlas me ha dado mucho aliento. Pero, lo más importante, Diario, fue lo que pasó al día siguiente, cuando llegué aquí al hospital. Era una mañana azul, preciosa. Por suerte, aunque amo la lluvia, ha llovido poco desde que empezó esto del ingreso. La lluvia, si estoy fuera de mis hábitos o lejos de casa, me deprime, me pone gris, encharcada.
Esa mañana había un sol de historia de hadas. Pues, llegué, traté de poner más empeño, mejor mente, menos tristeza. Justo esa mañana, hace apenas dos días, noté lo increíble. Papá mejoró un milímetro.
Sólo yo podría notarlo, pero así pasó. Luego mejoró otro. Hoy mejoró otro más. Son imperceptibles cambios, pasitos ínfimos en medio de la misma rutina diaria de las curas, los desechos, las malas condiciones y todo lo terrible que nos rodea. Pero yo lo noto.
Mi heroína sacó fuerzas del mal. Creció y sacó una espada con lo último de sus ánimos. El daño ha empezado a retroceder, poquito a poquito, pero lo hace. Con las palabras de Mimo como escudo, le voy a poner más énfasis a esto. Pinga la tristeza y el desánimo. Voy a luchar…
Saldremos, Diario, lo verás, saldremos de esta, y todos bien. Me va a costar, nos va a costar mucho a todos, pero así será… Hasta más ver…
14 de mayo de 2020
Querido Diario:
Por esta vez regreso a tus páginas, por fortuna, sin que haya de por medio algún ingreso de Papá. Sin embargo, hay una situación increíble que me trae hasta ti. Creo que no volveremos a vivir algo como esto en toda nuestra existencia. En todo caso, espero no volver a vivirlo. Existe una epidemia mundial que se ha propagado a velocidad viral (nunca mejor dicho) y ha llegado a nuestra villa. Aquí, ante el incremento de los casos, han cerrado las fronteras del país salvo para casos muy específicos; han decretado el cese del transporte urbano e interprovincial; han detenido la mayor parte de las actividades laborales, las clases en todos los niveles de enseñanza, las consultas médicas no urgentes, los espectáculos; han cerrado los sitios públicos, en fin… Estamos en cuarentena, prácticamente atrapados en casa.
Parece de pronto que caímos dentro de una película. Nunca imaginé que en pleno siglo XXI, con el desarrollo que tiene la ciencia y la tecnología, un simple virus podría poner de rodillas a la humanidad. Resulta increíble que el mismo ser humano que logró pasear por la Luna o que gasta millones en fabricar cada día armas más sofisticadas para matar y para reprimir, sea incapaz de pronto de enfrentar un insignificante bicho microscópico. De los más ricos a los más pobres, de los encumbrados a los insignificantes, son todos iguales ante esa minúscula criatura voraz que devora pulmones y aires y vidas. Hay millones de enfermos y la cifra de muertos aumenta cada día. En todo el planeta hay miles de personas varadas en los aeropuertos, ciudades fantasmas sin nadie en la calle, gente de todas razas y credos que necesitan ayuda para su subsistencia diaria. Sobre todo, hay muchos enfermos y muertos. En especial, eso. Hay enfermos y muertos por todas partes, incluso aquí. En esta villa, donde casi nunca llega nada que nos equipare al mundo real, excepto lo malo, ahora la enfermedad y la muerte nos han igualado al resto del mundo.
Es preciso ponerse un protector (mascarilla en casi todas partes, nasobuco le decimos aquí), para salir a la calle. Aunque se pide evitar todo tipo de aglomeraciones y dejar la casa lo menos posible, a veces es imprescindible salir. En especial, las personas vulnerables, de edad avanzada y con diversos padecimientos, son los que más deben cuidarse. En todo el planeta, incluso aquí, se trabaja a toda velocidad para lograr una vacuna.
Desde hace un mes y tanto tengo a Papá aquí conmigo. Todavía está sano y seguía viviendo solo sin problemas. Pero era yo, o César, quienes nos encargábamos de ir a comprar sus mandados y le asegurábamos la comida. Los mandados son eso que aquí llaman la canasta básica familiar y se da por cuotas y que, aunque esté subvencionada por el Estado y se venda a precios confortables, no alcanza para nada y, a la vez (vaya sinsentido), ayuda a que no muramos de hambre. Como la ciudad iba a ser cerrada, incluido el transporte público, la mejor decisión posible era traer a Papá conmigo. De sus mandados y tal ahora se ocupa César, pues su jefe le resuelve, con mil remilgos, algún auto para ir al barrio y comprar todo de una sola vez. Una vecina nos hace el favor de guardarnos lo que llega a cuentagotas. Así conservamos dosis mínimas de pollo, jamonada, huevos y esos alimentos que llegan de vez en vez.
Estoy todavía viviendo en esta casa prestada, mis amigos siguen siendo los dueños, pero en un buen tiempo no tienen intenciones de venir a la villa y mucho menos ahora. En esta parte de la ciudad, producto de la inmovilidad de la pandemia, todo se ha vuelto más difícil de conseguir y los precios suben sin parar. Cada cierto tiempo, hago unos larguísimos recorridos a pie (muy alejados de mis rutas habituales; en este barrio todo queda lejos y para todo hay que caminar muchísimo, pero ahora camino más) para poder conseguir lo necesario para comer.
Por suerte, con achaques y todo, Papá se ocupa de la cocina. Cuando yo estoy sola mis soluciones son muy simples. Dependo de mis parejas; o Ramona o María me dan una vuelta de vez en vez y me cocinan para varios días; o vivo entre comer boberías en la calle o preparar cosas ligeras en casa. Aunque ya he logrado superar la barrera del potaje. Me quedan malísimos, pero como casi siempre son sólo para mí, así vamos. Ahora, gracias a Papá, me alimento algo mejor. Él, aunque sin el destaque de tetas y nalgas y putería que Ramona y María siempre mencionan, también dice que estoy muy flaca.
En honor a la verdad, la gula nunca será mi pecado capital. Comer y dormir son dos necesidades que, si pudiera, eliminaba con gusto de mi calendario. No se trata de que no disfrute una buena comida, un plato sabroso, un dulce. Pero, dineros aparte (que no me lo permiten), aunque pudiera hacerlo, no me arrebata eso de ir a comer afuera, de probar nuevos platos y sabores, de vivir con el objetivo explícito de que alimentarme sea más que una necesidad, un placer. Para mí, comer es una obligación biológica. Mucho menos, me interesa experimentar en la cocina cómo hacer esto o aquello, usar ingredientes nuevos, ligar sabores, inventar. La cocina, repito, dineros aparte, no es algo que me despierte ningún interés. Las cocinas sólo me atraen si tienen una buena meseta dónde echar un buen palo, sea rapidito o lentito. Comer fuera, para socializar sí me sirve o para no tener que cocinar yo (eso sí sería una ventaja si pudiera hacerlo), pero nada más. Quién sabe. Si algún día estoy en un lugar con más opciones, tal vez cambiaré de idea. Por ahora, no lo creo.
Hablando de palos, el sexo ha sido uno de los asideros, otra vez, para sobrellevar toda esta cosa del encierro, a pesar de que no estoy en mi mejor época en honor a la verdad. Yo no resisto estar encerrada. Siempre había un par de cosas muy disfrutables que podía hacer durante la estancia en algún campamento, pero yo odiaba las escuelas al campo, jamás estuve becada y como soy mujer no tuve que hacer servicio militar. Sin embargo, al saber lo que se avecinaba, me preparé psicológicamente para este tiempo de cuarentena. Así que disfruto estar a solas conmigo, leer mucho, ver de vez en vez algo en la televisión, sobre todo películas o series. Ahora tenía la oportunidad de trabajar en la casa, aunque en verdad eso en la editorial ya lo hacía desde algún tiempo atrás y, sobre todo, de no preocuparme por transportes, reuniones y toda esa pérdida de tiempo. Igual, uno entrega los libros editados, se diseñan, se les hace la portada y demás, se dejan listos para imprimir y… no hay papel. Ni se sabe la lista de libros que están esperando desde hace años para acabar de salir al ruedo. Pero no se imprimen.
Por otro lado, gracias a la internet (aunque está malísima y lenta), informarse tiene muchas nuevas opciones y contactar con los amigos (y hasta conocer amigos nuevos), pues en las redes sociales no se descansa. Hay una enorme cantidad de tonterías, pero hay también publicaciones y personas muy interesantes que vale la pena seguir y conocer. Es una buena manera de distraerse de la pesadilla que vivimos y de la tanta y perenne angustia por el diario sustento, los dineros que no alcanzan y todas las mil y una etcéteras negativas de esta villa.
Ahora mismo tengo dos parejas. Dicho así parece casi el paraíso, pero hay muchos detalles y matices en esa afirmación. Mejor me explico.
Desde hace algunos meses, después que estuve sola por un buen rato, empecé a salir de vez en vez con Álvaro. Es arquitecto, un tipo muy educado y agradable, aunque exageradamente metódico (en todo y digo, literalmente, en todo). Nos conocimos en una fiesta de esas donde va un montón de gente que nada tiene que ver entre sí y terminamos conversando mucho. Nos caímos bien, salimos unas cuantas veces y terminamos medio enredados. El problema es que Álvaro trabaja en una firma con inversores extranjeros y viaja con bastante regularidad. De modo que, con ese dato, casi enseguida descarté la idea de algo más serio. No me veo como Penélope esperante de nadie. El otro dato es que, aunque la paso maravillosamente bien con él, pues tenemos mucho de qué hablar siempre, no es precisamente el mejor de los amantes que yo haya tenido.
Hablando claro y directo, Álvaro asume el sexo como una especie de ingrediente, incluido casi como obligación, en las amistades íntimas o relaciones. Ya acumula dos divorcios y dice que no más, que no le interesa intentarlo en serio de nuevo. Yo siento, más que sentir lo hablamos, que prefiere más conversar, salir a pasear (en especial a ver el mar en sitios hermosos; claro, tiene un auto y eso facilita ciertas cosas) y recrearse de esa comunión espiritual que nos hemos fabricado. Como sabes, Diario mío, aunque también yo disfrute sobremanera esos canales de comunicación mental con alguien, además de la complicidad en el goce de lo bello y de los diálogos, yo necesito mucho del sexo. Del buen sexo. Ese, por desgracia, no es con Álvaro.
Incluso, alguna vez le pregunté si prefería el sexo con los hombres, o si yo no le gustaba lo suficiente. Primero se rio mucho (qué machista me quedó preguntar eso, después me reí yo también). Es un tipo tan centrado y seguro de sí que hasta las dudas o críticas (peor, álzate machismo, dudas y críticas sobre su desempeño sexual), las asume con una óptica de análisis. Pues no, no es gay ni jamás ha querido o tenido sexo con un hombre. Soy heterosexual, me respondió, pero creo que hacer el amor está sobrevalorado. En verdad, lo hago porque noto que tú lo necesitas y eres mi amiga y te deseo lo mejor. Si puedo hacer algo de bien por ti, lo hago. Pero no me interesa más acostarme contigo que pasarme la tarde compartiendo un vino, una película, una comida por ahí, o simplemente hablando. Esa afirmación me dejó muy sorprendida. De verdad es muy raro hallar un hombre así. Más, en esta villa.
Sin embargo, resulta cómodo, para ambos, esta suerte de amistad con derechos que nos hemos armado a cuatro manos. Aunque hay más elementos. Si bien Álvaro no es un interesado ferviente en el sexo, por otro lado no soporta estar solo, excepto cuando trabaja. La cosa se agrava porque tampoco soporta estar en compañía de todo el mundo para paliar esa soledad. Tiene sus estándares muy altos y muy bien definidos.
Yo para nada tengo la cultura o inteligencia de este hombre, pero creo que puedo estar a su altura. Al menos, eso dice él. Entenderlo, disfrutar a dúo, compartir y aportar desde mi lado, es algo que para nada me resulta difícil y que también me aporta y me hace sentir bien.
Se rio mucho también cuando le comenté que éramos unos autistas. Yo tampoco aguanto a ciertas personas, en especial las ignorantes, no lo puedo evitar. Te van a acusar de misoginia, misantropía, discriminación de personas por conocimientos y como diez acápites más, se burló, deja que en las redes sociales sepan eso. En tales conversaciones pasamos horas, porque sí es cierto que conversamos muchísimo.
También, la pandemia ha sido un elemento que nos ha acercado más en lo espiritual, a nuestro propio modo, también sea dicho. El encierro y las restricciones de todo tipo que se han establecido en la villa hacen que la necesidad de asideros humanos se vuelva mayor. Así que mantenemos una comunicación casi diaria y nos prestamos todas las ayudas posibles. En especial, tener un auto es un valor increíble, casi un lujo necesario, Álvaro me ha ayudado mucho en conseguir alimentos y otras ayudas para Papá. A cambio, soy casi su única compañía, le ayudo a sobrellevar este tiempo, que debió haberlo sorprendido en el extranjero. Igual, en este momento y con estos truenos, mejor aquí que por ahí, me repite
Eso también me asombra de él. Es un tipo con muy buen gusto, elegante y, por supuesto, tiene mucho dinero. A la vez, odia los lujos, es muy austero (sin pasar trabajo) y posee una exactitud increíble para saber qué es lo necesario en cada momento. Gracias a su ayuda pude conseguir algunas medicinas complicadas y muy caras, en monedas imposibles para mí, además de algunos detallitos alimenticios para Papá.
Al final, aunque a veces cuando estamos solos en su casa no me aguanto y le voy arriba y le hago horrores para excitarlo (la biología me traiciona por tu culpa, me suelta siempre, cuando le saco unas erecciones con mi boca y unos orgasmos de estallido, con gemidos suyos y todo, en par de movidas), también he asumido un poco sus maneras. He aprendido a disfrutar más de otros territorios y algo menos en el sexo. Aunque, no se me quitan las ganas. Álvaro es un hombre que no es físicamente atractivo pero tiene una gran aura y una personalidad tremenda, segura, asentada, sólida. A mí me excita la inteligencia. Nada, mientras se deje violar, seguimos de amiguitos.
Sea dicho en serio que nos queremos, pero ambos sabemos que no hay un largo futuro como pareja entre los dos. Sobre todo, si añadimos un tercer dato, ese que ronda sobre casi todo el mundo en esta villa. Álvaro sabe que tarde o temprano se irá. Sus hábitos de vida, austeros y todo, incluyen no pasar trabajo. Aquí, hasta con dinero se pasa trabajo, me cuenta. No hay esto, falta lo otro, no se puede ejecutar tal cosa porque no hay tal importación, hace falta sobornar a no sé quién, lo mismo para lograr un contrato que para comprar un pomo más de algo en una tienda. Ni lo personal ni lo profesional prosperan aquí. Así no se puede vivir, me repite. Si eso lo dice él que está muy bien en su economía y que no le falta nada, qué quedará para mí.
La otra pata de esta mesa de tres es una muchacha (aunque, por supuesto, hay dos catetos del triángulo que no se saben entre sí). La conocí a través de las redes sociales. Se llama Ana como yo, pero Flavia. Mi nueva novia virtual Ana Flavia. Es una rara mezcla de ingenuidad, locura, inteligencia (es muy inteligente), seriedad y risa. Desde que nos conocimos, nos reímos mucho las dos. Es graduada de Historia de Arte (la tercera carrera más inútil en esta villa después de la Filosofía o la Economía, según ella misma afirma); escribe poco pero bien (me gustan mucho sus publicaciones, son muy ingeniosas) y hace unos dibujos, eróticos, desde algunos de pura academia hasta otros muy raros, pero que me encantaron desde que los vi. El dato malo (para mí) es que está casada con un noruego. El dato peor, se va en cuanto la pandemia pase y logre terminar todos sus papeles. De hecho, sin pandemia quizás no nos hubiéramos conocido. Su esposo, al declararse la epidemia, quedó atrapado allá y ella aquí.
De atrevida y loca que soy digo que tengo otra pareja, pero eso tiene varios matices. Después de semanas de diálogos que fueron creciendo del chat virtual al teléfono fijo (y hasta de una peleíta, por una pesadez que me soltó y por la que, después que nos reconciliamos, me burlaré de ella toda la vida), tuvimos sexo por internet. Sin fotos, sin imágenes de video, sólo con palabras. En tiempo de redes y cíber comunicación, a esa práctica ahora se le llama sexting. La palabra, según investigué, es una mezcla desde el inglés de las voces sex y texting. Bueno, entre sexo y textear… al final, la mezcla de unos anglicismos horribles. Para no decir escribir o mandar textos, en puro castizo, uff. Con lo fácil que sería decir templar por escrito y ya…
El cuento de ese encuentro, muy excitante y absolutamente nuevo para mí, te lo debo, mi querido Diario. Ahora debo salir a mi caminata semanal en busca de comida. Quizás en el encierro regrese por aquí, espero que sin ingreso.
Hasta más ver…
Details
- status
- Unpublished
- genre
- Novel
- rights
- Available for editions and translations outside Cuba. Rights enquiries · derechos@antoniolopezsanchez.art