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A work of erotic literature, written for adult readers.

–¡Vista, derecha, ya!

El grito de todos los integrantes del pelotón resuena repartido sobre los tres últimos pasos de la pierna izquierda. A la vez, con sincronía ya memorizada por tantos días de repeticiones, como robots, todas las cabezas se alzan y giran marcialmente a la derecha, mientras las manos izquierdas dejan de balancearse y se aferran en seco golpe al guardamano del AK. Sólo los guías de línea mantienen impávida la vista al frente. Así desfilan, luego del juramento, delante de la tribuna con los jefes de la unidad y los invitados. Casi ha terminado el entrenamiento previo al servicio militar.

Se acabó, se acabó, repite Alejandro en su cabeza el estribillo, en tanto oye la voz del sargento instructor que ordena mantener la formación hasta la barraca. Mientras abandonan el violento paso de revista, y se encaminan a la plazoleta frente a sus cuarteles a paso de marcha, Bardo siente por primera vez en varias semanas algo semejante a la alegría. Me voy de pase, coño, me voy, me voy, me voy, me tengo que marchar, y anticipa en cada verso la felicidad por la semana de vacaciones que le espera antes de incorporarse a la unidad que le corresponde. En un segundo, de nuevo se profetiza la vuelta al cuerpo de Olga, el hacerle el amor que ha deseado todas estas semanas. Otra vez la piel de Olga, tener a Olga, y se canta y se celebra, adiós, adiós, adiós, me tengo que marchar.

Han sido largos, muy largos, estos días. Un largo y tortuoso camino, había repetido Bardo cientos de veces en su cabeza. Las mismas palabras que luego anotó en las primeras líneas de unos apuntes raros, mezcla de poema y carta y diario, en irregular testimonio que fue escribiendo sin mucho sentido ni disciplina. Sobre todo, lo hacía en los muchos ratos en que Olga, el estandarte de su mundo anterior a la guerra, como nombraba Alejandro a sus obligaciones castrenses, era un hambre punzante dentro de la memoria y el deseo. Escribía sobre la muchacha, o para ella, casi siempre justo antes de sustituirla por la mano, en alguna de sus furtivas masturbaciones, o después de la agotadora sesión de cualquier odiosa clase militar.

Fiel a su costumbre de regodearse en versos y cantos ajenos, garrapateando citas y obsesiones, ahora le quedaba una libreta casi llena. El maltratado cuaderno escolar que, como su dueño, perdió en el trayecto algunas páginas, era también un veterano. Durante el entrenamiento previo, sobrevivió de milagro al fango y al sudor de los ejercicios de infantería y de tiro, a un par de aguaceros y hasta a unas nocturnas diarreas de Bardo, en el campamento donde estuviera luego de la caminata. Allí Alejandro dejó nacer de primera mano sus propios pensamientos, ahora disponibles, útiles para viajar sobre ellos de regreso, prestos a servir de recuento y recuerdo durante todo el mañana. Allí quedaron, ora sutiles, ora desesperados, sus anhelos y miedos, sus rabias y fantasmas, sus esperanzas y sueños.

En esas páginas nacería en Bardo, por vez primera y para no abandonarlo nunca más, el inapreciable descubrimiento de entregarse a las palabras. En esas notas sin ficciones, llenas de cantos y escudos y alivios y remembranzas, sin otro personaje que sus propios deseos o tristezas, ejercitaría el don de ser dios de una vida creada y dejada crecer, o hasta dejada morir, sobre un papel. Allí sintió un comienzo que solo años después podría marcar como tal. Allí encontró, como un desvirgarse doloroso y placentero a la vez, la sensación solitaria y a un tiempo universal, única y eterna, de entregarse a una hoja escrita por su propia voz. Por supuesto, como barca en medio de la tormenta, Olga ocupaba un pedazo enorme de cada una de esas sensaciones, y navegaba delante, dentro o detrás de cada una de sus oraciones.

Ahora eres mi mano. Eres este rastro veloz que, tras sus pies, pone cada una de mis venas sobre la tierra ávida de palabras que resulta esta hoja en blanco. Escribo tu tierra que quiero poner a mis pies, y buscarme y buscarte en ellas el nuevo brío, la nueva fe. Eres mi mano, ceñida de mar, y eres este largo y tortuoso camino que intenta decir cuánto me faltas y que dejo en huellas de mí, tras mi mano, en este otro cuerpo de papel. Escríbeme en plural el nuevo bautizo de este mundo. Escríbeme ese día a día, que vivirá justo después que quede atrás este verbo inmóvil donde ahora, enmudece sin la tuya, sin más palabras, sin punto final, mi mano.

Eres mi mano y desde tu abismo, desde la enormidad de no tenerte, no es posible ningún otro cielo que este muro de papel, este cuerpo mío sin terminar, este lienzo ciego, este paisaje herido de inasibles transparencias. Dibuja pronto, desde mi mano, tu llegada, mi regreso.

Con pericia recién aprendida en los cuarteles, Alejandro estira la sábana hasta que parece un suelo de nieve sobre la cama camera. Un día después de mi guerra te tomaré en mis brazos y te haré el amor, recita en silencio. Más bien, una pila de días después del verdolago te voy a templar, coño, como ni siquiera Lennon podía imaginarse con LSD y Yoko in the sky with diamonds y todo.

El muchacho mira satisfecho la cama pulcra, recién amanecida, y lista para ser manchada de mujer. Como sábanas blancas después del amor, recuerda fugazmente al trovador, así van a estar pronto. Sobre la melodía, rememora lo que sucederá, se anticipa a inventar el recuerdo, disfruta de esta primera mañana suya, luego de tantas que le ha robado su obligación castrense en las últimas semanas.

La noche anterior había sido su glorioso primer regreso de la guerra. Era un regreso cuya gloria apenas duraría una semana, pero que ahora valía todo el oro del tiempo. Luego de llegar a su casa y darse el meticuloso baño de rigor, para borrar los rastros de días enteros de monte y cuartel y machangos alrededor, al fin encontró de nuevo a Olga. Sin embargo, el habitual bullicio de las hermanas, el padre y la mamá de Olga, hacía imposible consumar, no ya un intento de amor por hacer, sino siquiera un intento de conversación tranquila en la casa de su novia.

En el hogar de Harí, otras veces refugio posible, estaba la hermana de su amigo con la mitad del grupo de folclor donde bailaba. Andaban en plena celebración por haber alcanzado unas becas para recibir unos cursos en algún país nórdico. Naturalmente, Olga y Bardo se sumaron al festejo y bebieron unas cuantas copas. Olga, Harí, y todo el folclórico, cantaron y bailaron, sin la participación de Alejandro. Todos, sin excepción, aprovecharon para hablar mal de los ejércitos y contarse las anécdotas habituales para esos casos. La pasaron bien, pero allí no fue posible hallar la cobija nocturna buscada.

Por suerte, la mamá de Bardo estaría hoy de guardia en el hospital. El viejo, protestón, pero orgulloso en el fondo de que su hijo le pidiera irse a visitar a las tías hasta más allá del mediodía, para tener la casa a su disposición y quedarse a solas con una mujer, se marchó desde temprano. Está bien, pero que tu madre no se entere, rezongó cómplice. Vete tranquilo que eso es entre tú y yo, respondió Alejandro y reprimió una sonrisa. Como si mami fuera boba, y el muchacho convirtió la sonrisa en una media carcajada.

Esta mañana, un día después del regreso, se haría la magia. Bardo se complació al recordar de nuevo cuánto había imaginado, una y otra vez, este momento. Lo deseaba casi con la misma fruición con que se deseaba a diario la baja en las huestes militares. De nuevo, sus pensamientos regresan al final de la preparación previa.

– Alejandro Bardo, número 69 sin relajo... –lo llama a su lado Humberto, el Buty, uno de sus buenos amigos del pelotón. Al frente, el sargento instructor le informa al teniente que, después del juramento y el desfile, el pelotón dos está formado y listo para que el Buty complete su pregunta–: ¿...a qué te vas a dedicar en tu semana de vacaciones?

La respuesta de Bardo es rápida, antes de que el sargento ordene otra vez ponerse en firmes para escuchar al teniente.

– Chama, voy a singar con cojones... –y saborea sin vergüenza alguna el buen pronóstico que ofrecen las malas palabras y su viril reafirmación testicular.

De hecho, lo haré pronto, muy pronto, se responde ahora en alta voz dentro de su cabeza y deja escapar una hambrienta mueca risueña mientras termina de preparar la cama. En ese viaje sólo posible a la mente, Alejandro repasa a toda velocidad la fila del pelotón, permuta de recuerdo, y piensa a Olga, quien pronto estará desnuda aquí, ante sus ojos, en esta misma sábana recién tendida. Ayer no se fiaba, pero hoy sí, repite la sonrisa y da por terminada su labor en el lecho con un vistazo de satisfecha aprobación. Ya acabé, estoy listo para empezar. Entonces, otra vez retrocede, justo a la noche anterior, al rostro de su novia mientras caminaba a su lado.

De regreso los dos de casa de Harí, disfrutaban a dúo el lento trayecto de vuelta, besos, sonrisas, manos y talles enlazados, y era notoria la insistencia del muchacho por tenerla, por poseerla allí mismo, en plena calle, en plena hambre. Olga se negó al amor apresurado, furtivo, incompleto siempre, de escaleras o portales. A pesar de la urgencia de Alejandro, la muchacha defendió la idea de que o se hacía bien o no se hacía. Ahora Bardo aplaude otra vez su suerte por la mujer que le ha tocado, piensa que Olga nunca dejará de sorprenderlo y ríe cuando repasa la solución que le propuso su pareja.

– Mira, muchachito, tú estás muy apuradito y todo, pero acuérdate que no solo tú estabas de entrenamiento. Yo también estoy que te como, mi flaquito bebé. Pero no te quiero todo chorreado en cuanto te toque dos veces, que las escaleras sólo alcanzan para esa calentadera y entonces dejarla a una a medias, casi peor que antes. Ni quiero andar huyendo con el blúmer en la mano, porque un perro nos caiga atrás desde un portal, como le pasó a Harí con Annia, por hacerse las estrellas del porno de la calle. Además, yo te tengo un regalito. Mira, me leí un cuento de una escritora, Arianna Naranjo se llama ella, manzanillera creo que es. El cuento está buenísimo. Porque hay una mujer a la que amarran para hacerle el amor y el novio la pone muy caliente, la tortura y se demora y la toca por todas partes, la besa y la acaricia y se demora y se demora excitándola todo el tiempo y ella ahí amarrada y muerta de ganas. Me encantó la idea, porque me luce medio loco y riquísimo todo eso, y me he pasado todo este tiempo imaginándome hacerlo contigo. Entonces, para celebrarte la vuelta, quiero que me amarres mañana cuando estemos. Por eso vamos a esperar, para que sea en tu casa, que ya sé que tu mamita tiene guardia en el hospital, y lo hagamos rico, con tiempo y sin apuro y como es. Las cuatro corbatas, para cuando me vayas a amarrar en la cama hacerlo como dice el cuento, van por mí. Lo otro se lo dejo a tu imaginación...

El sol ya molesta y el teniente está comiendo mierda sin acabar de dar la muela que tiene que dar, y se demora, y habla de todo menos de lo que tiene que decir, y alarga el discurso repitiendo de nuevo lo que ya todo el mundo sabe. Que si ustedes tienen una semana de estímulo por el buen cumplimiento de las actividades de su entrenamiento previo. Mentira, las vacaciones tocan por ley del ministro. Que si ahora, antes de irse, les vamos a decir las unidades que se le han asignado a cada uno, y que se han escogido según sus resultados en este tiempo. Mentira, ya todo el mundo sabe que los diferidos, que ya tienen sus carreras y pasan sólo un año en el verdolago, van a obstinarse de aruñe en aruñe en un batallón de infantería o en un grupo artillero. Ellos tienen todo ese tiempo para correr atrás de los tanques en el monte o pasarse el tiempo cargando obuses más pesados que un luchador de sumo. Nosotros, los podríos por todos los milenios, vamos a dejar el pellejo haciendo guardias en una compañía de seguridad de almacenes y municiones. Un nombre muy pomposo para designar a un vulgar custodio vestido de verde, cuidando unos silos llenos de armas, carros artillados, cohetes, minas, bombas y mil doce mierdas más espoletadas, riesgosas y explosivas, en el medio del monte y la oscuridad.

– Oye, Alejandrito –interviene Davidson, otro amigo, que ha oído la respuesta que Bardo diera a Humberto–. ¿Quién es la afortunada, la duquesa de la Cazuela?

La risa, sorda pero evidente alrededor de varios reclutas, hace al teniente levantar la vista, pero no interrumpe su parrafada. La duquesa de la Cazuela trabaja en el comedor de la unidad como cocinera y tiene unos muy maltratados cincuenta y tantos años. Es una guajira robusta, cuyo único título nobiliario son unas tetas capaces de amamantar sin carencias a un regimiento y un culo enorme, donde cómodamente se podría montar un bar como negocio y hacerle una pista de baile. Alguien, el primer o segundo día del entrenamiento, se burló de la mujer, a costa de su vejez prematura, fruto evidente de una vida entera de apego al trabajo más rudo.

Sólo un par de semanas después, ya atenazados todos por los deseos, agravados por la peste a macho, como decía Davidson al hecho de estar rodeado sólo de hombres todo el tiempo, las frases cambiaron. Las burlas fueron volviéndose deseos y hasta descaradas propuestas. Incluso, algún que otro recluta, según se decía, consolaba sus urgencias en la parte trasera de la cocina, un sitio misterioso, vedado casi bajo pena de prisión para los soldados, a cambio de vaya usted a saber qué pagos y concesiones a la duquesa.

Hasta el propio Alejandro se sorprendió un día, a la hora de la comida, tratando de ver más allá del escote de la mujer, cuando esta se inclinaba para sacar la harina del perol desde el que servía. De hecho, y peor, junto con los senos y las piernas de Olga, y cualquier seno o pierna de mujer que a esa hora sirviera para cumplir con alguna de sus apresuradas masturbaciones montunas, un par de veces el muchacho notó que evocaba también las nalgas enormes de la guajira, siempre patriótica y humildemente enfundadas en pantalones verde olivo. Todo sucedía con el consiguiente y burlón cargo de conciencia posterior en su fuero interno, que luego acallaba con el conciliador argumento de que la duquesa debió haber sido alguna vez una mujer muy bella. Lo verdaderamente cierto es que la abstinencia era más dura que todos los aruñes y obstines posibles del entrenamiento previo.

Desde mi soledad, rompe hasta mí los montes, las ciudades, y dame ese beso desmedido, saturado, curandero de todo lo que tanto ahora nos debemos. Búscame, hasta en donde otros, hasta donde yo mismo, allí donde todos nos olvidamos de quererte. Sobrevuela este sueño que se ha mecido en el tiempo. Créeme cuando te diga que, si estuvieras, podría ser feliz abriendo estas trincheras, incinerando hasta mis propios infiernos para tu vida, borrando aquel tiempo otro donde no pude contentar tu adolescencia, siendo bala feroz al centro del combate y primavera y tabla en mar violento. Pero no tengo nada que dar, yo soy tan solo un fantasma, adolorido por tu falta. Ya sé que ser uno mismo, a pesar de los pesares, supone un poder de mi lado. Ya sé que sacar el oscuro es la única manera de llegar a donde vamos. Sin embargo; si no fuera por ti, con esa fe en las cosas que parecen haberse malogrado, no estaría ahora, contando y cantando el cuento de seguir en este camino. No estaría tratando de buscarte siempre y de no perderte siempre. Tal como hoy sé que te busco, alma adentro, aprovechando esta suerte de la edad, esta oportunidad para ser diferente, esta fortuna de jugarme a ganar mi tercer deseo.

Así es que gasto miles de árboles, de otoños, de papeles recordándote; y aunque ahora no te me quitas de las ganas, en el futuro todos me verán siempre contigo. Así es que pretendo regresar a una vez donde fuimos sol, a desatar diques de corrientes presas, a dejarme llevar, a volver a ser jinete, a no dejar que nunca más una nube diga adiós, a llegar hasta el arroyo donde está mi mejor canto, mirando con tu rostro. Pronto se abrirán todas las puertas, saldrán de este país las sombras y amanecerás tú. Pronto habrá madrugadas, un día de duendes en añejo, un tiempo esperado de conejos, un día de ti que va a brillar, un marzo que se va a arrimar definitivamente al muelle suave de la mitad de enero. Con mis dos manos, las mismas de hoy escribir, o de matar, las de acariciarte y de encontrar versos que sepan dar vida y dar muerte a todo aquello que no sea amor, aunque la ciudad se derrumbe, te amaré como si fueras nueva cada vez, sobre tu piel diré patria y se hará la luz

Como un país libre y abierto, como una claridad, Olga está desnuda. Sobre una sábana impecable, aguarda amarrada de pies y manos, aunque atada en verdad más al amor que a las patas de la cama. En apariencia indefensa, muestra impúdica los senos y el sexo a la única mirada que puede ahora tocarla. Así, de tan descubierta, el más mínimo roce de Alejandro en cualquier parte vulnerable de su cuerpo le provoca unas incontrolables carcajadas. Entonces se retuerce de risa en todas direcciones y a la vez goza de un recién encontrado e intenso placer, pues el juego los va excitando grandemente a los dos, con extraordinaria y cómplice rapidez.

El paso de la lengua de Bardo en las plantas de sus pies, en sus dedos y piernas y muslos, en un ascenso de caricias y mutuos duelos como entre prisionera y verdugo, marca el inicio del añorado encuentro. El rozar y beber de su sexo, de su vientre, suena a música bañada en gustos y alegrías. El besar y morder con los labios sus costados y axilas y prendidos pezones y mejillas, presagia llamas. Todos los actos, son seguidos por vendavales de humedades y mástiles que laten a dúo, por un magma de ternuras y ardores recíprocos que se extienden veloces y silentes por dentro de sus pieles y seres. A la vez, vuelan suspiros, gemidos y estruendosos estallidos de más risas, frases ininteligibles a medias y gritos, siempre bastante exagerados, sobreactuados por Olga en ese arte de la seducción y los nobles engaños que es también hacer el amor. El juego los provoca cada vez más, y eleva y enciende tanto al uno como a la otra. Una invisible pero sentida llamarada que se trasmiten de cuerpo a cuerpo, del alma al alma, se expande y envuelve a los amantes, como si fueran dos espejos puestos frente a frente, reflejándose el dar y el recibir hasta el infinito.

La muchacha gime un muy provocador, ya, Ale, no sigas, ya no me tortures más, por favor, que realmente quiere todo lo contrario, seguido de nuevas carcajadas, de más oleajes y llamas de placer ante cualquier amenaza de los dedos de Alejandro o más viajes de su lengua y su boca. Viajes, que se tornan cada vez más hondos, más detenidos en el sexo húmedo de la muchacha, menos en juego y cada vez más en caricia, en tierna furia, en regalo. Viaje que al fin se posa, se postra en larga sed, en desespero disfrutable, y que puede saciar por igual a la fuente que al peregrino ávido. El mismo peregrino que, para mutuo gozo, ahora devora y devora penitente la boca mojada que florece entre las piernas de su novia.

Así, hasta que Olga, que antes ha suspirado y reído muchas veces un no por favor, no por favor, trastoca de pronto y sin saberlo el ruego en susurro, en ofrenda y súplica que ahora pide más por favor, más por favor. Bardo, vuelto antorcha, corcel inflamado, trata de zafarla a toda prisa.

Solo trata, solo deshace a medias las corbatas alrededor de los tobillos torneados de Olga hasta liberarlos. Cuando se acerca ansioso a desatar sus manos, descubre lo inaudito. Desde un principio, en mágico escapismo que Alejandro ahora disfruta hasta el asombro y que contribuye a encenderlo aún más, la muchacha había escurrido enseguida sus muñecas de los nudos y en verdad, al menos en sus manos, nunca estuvo atada en lo más mínimo. Más bien ha regalado a los dos la ilusión de su atadura. Más bien ha compartido la supuesta indefensión, para alimentar en ambos con su actuación aquel juego recién descubierto y que tanta excitación y placer les ha provocado en sus mutuos papeles. Entonces Bardo la penetra, lento, muy lento a pesar de lo febril de los dos. Se desdibujan en un abrazo hondo. Se hacen el amor, en un hambre como de todas las vidas, que les estalla casi enseguida, casi al unísono, casi ya presto a repetirse de espejo a espejo.

Esta vez, a punto de comenzar a llover al fin tu vuelta, escribo el presagio, más bien la certeza, de empezar a vivir los primeros siglos de saber que por siempre necesito tu mano. Contigo, por ti; mi soledad estará ya para siempre acompañada, pues no puede haber soledad para mí mientras tú existas. Al final, mientras te pienso, descubro que todo esto es mucho más que una declaración de amor. Porque esta vez, con mis disparos, con mis libros, mis palabras, con todas mis guerrillas, eternamente te amo. Así, como doy el amor, con mi amor yo te doy una canción.

El teniente termina por fin su discurso y echa un último vistazo al pelotón. Ya no estarán más bajo mis órdenes, compañeros soldados. Por suerte, so podrión, que has jodido bastante ya. Espero que, en sus unidades, se comporten como lo han hecho en este entrenamiento previo. Seguro, seguro, seguro que no, porque me pienso fugar más y templar todo lo que no he podido ahora. ¡Pelotón, firme! Firme, firme usted, fírmenos la salida de pase, compañero teniente, que nos vamos. Compañeros soldados, dale, dale, que estoy loco por irme y soltar el uniforme y salir del sol este, para finalizar el entrenamiento previo, chama, se acabó, se acabó, me voy a comenzar la preparación previa y la final a mi compañerita soldada Olguita, ¡rompan filas!

From Oleaje de pianos, a book now with its publisher.

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