La Jiribilla · mayo de 2012
La inefable voz de una de las editoras de La Jiribilla, despierta a mi teléfono en mitad de la mañana y me sorprende en medio de las “bastas labores”, como hubiera dicho Dulce María Loynaz. Unos minutos de conversación y la guitarra, en especial la que anda de la mano de trovas y serenatas, pasa de inmediato a ocupar mis pensamientos, a recorrer algunas páginas para no fiarse de la memoria y, un poco después, a llenar mis palabras.
Como somera explicación, alcanzan unas pocas ideas. Podemos apuntar que esta XVI edición del Festival Internacional Cubadisco está en primer término dedicada a la guitarra y, como destaca el Comité Organizador en su convocatoria, también a las “cuerdas pulsadas, frotadas y punteadas”, de cualquier instrumento. Podemos agregar un poco de agua tibia del descubrimiento, si se dice que ese duende con alma de mujer, ese animal tremendo hecho de madera y vida y furia, ha sido, en años que pasan desde el siglo XIX al XXI, el segundo corazón de un puñado de artistas que han regado de cantos y acordes nuestra historia. Porque en Cuba, aunque hay un sin fin de manifestaciones musicales donde por igual reina, decir guitarra es también decir trova. Y podemos, entonces, dejar de barruntar y ponernos a escribir.
La luz que en guitarras arde
Resulta lógico plantearse que con la Conquista, de la mano del acero, el plomo y la cruz, llegó también la guitarra. Por fortuna, en unos cuantos siglos, y un poco más aplatanada y criolla, pronto se separó de tales acompañantes. Como gesto que quizás cubanice definitivamente este instrumento, más allá de herencias, nacimientos y criterios especializados sino en aires más espirituales, está la evidencia de que, en manos de combatientes cantores, la dama de las seis cuerdas estuvo en la manigua, acompañando al machete mambí en nuestras Guerras de Independencia.
Entonces, la guitarra se hizo campesina en canturías, junto con sus hermanos el tres y el laúd, y luego citadina en serenatas y recitales. Además de no dejar nunca de encumbrarse desde la hechura de luthieres foráneos y criollos y en las manos de los maestros en las academias musicales. Así, hasta que un sastre santiaguero, José Pepe Sánchez, por allá por el mil ochocientos ochenta y tantos del siglo XIX, la emparentó para siempre con la canción trovadoresca. Al punto que, como señala Radamés Giro en su libro Visión panorámica de la guitarra en Cuba, “bien podría asegurarse que sin guitarra no hay movimiento trovadoresco.”
De esta suerte de Edad de Oro de la trova cubana, hay un par de nombres que, más allá de sus excelentes obras, trascendieron también como guitarristas capaces y compositores de tino y hondura. Sindo Garay, el más grande nuestros juglares, aunque ignoraba los más elementales rudimentos académicos en la música, era un muy sólido creador a partir de la guitarra.
Según apunta el gran guitarrista y maestro Vicente González–Rubiera (Guyún), en Sindo Garay: Memorias de un trovador, de Carmela de León, a la hora de crear armonías para las habituales y muy complejas segundas voces que caracterizaban la trova de la época, Sindo era simplemente un genio. Otras dos opiniones que recoge ese libro, podrían regalar el mejor retrato de un artista y, sobre todo, de su inseparable amante sonora.
Harold Gramatges, otro de nuestros gigantes, narra que en una ocasión tuvo una curiosa entrevista con Sindo. “Apenas habló. En nuestro diálogo, él respondía cantando con la guitarra en su regazo. Esa imagen me lo explicaba todo”. Por su parte, una creadora de renombre como una Marta Valdés, reveló atesorar un pedazo de papel donde anotó una respuesta del trovador, referida a su instrumento. “Yo tomo la guitarra en mis manos y me c que la guitarra son alas.”
Y además de Sindo, hay muchos otros de estos venerables precursores, inmortalizados hoy en sus canciones de la llamada Trova Tradicional, que legaron también el rastro de sus proyecciones guitarrísticas. De esos míticos nombres, Manuel Corona, Patricio Ballagas y todos los otros, hay algunos destellos que señalar en el tema que nos ocupa.
Alberto Villalón fue uno de los pocos trovadores con formación musical, también alumno de Pepe Sánchez, y además, ejerció como profesor del instrumento. Rosendo Ruiz Suárez, fue autor de un método práctico para aprender a tocar la guitarra. Todavía valen su peso en herencias los legados de un Miguel Matamoros o un Arsenio Rodríguez (aunque este rebase en su quehacer los espacios troveros) en lo que a sus respectivas guitarras y tres se refiere. Asimismo, pueden destacarse los nombres de trovadores que fueran además buenos guitarristas, como Salvador Adams, Angel Almenares, el tresero José Chicho Ibáñez, los hermanos Enrizo, y varios otros.
Un músico que requiere de importantes subrayados es el propio Vicente González–Rubiera (Guyún). En un inicio, Guyún fue alumno de Sindo Garay y de José Pepe Banderas, relación que lo liga de modo indisoluble y casi de cuna con la buena trova. Según relata el músico y ensayista Leonardo Acosta, en Del tambor al sintetizador, Guyún se hizo muy conocido a partir de un programa radial de los años 30, donde difundía lo mejor de nuestro acervo trovero. Luego, fue alumno del maestro Severino López y de Eliseo Grenet, momentos donde se integró a la técnica académica y fue incluso elogiado por Andrés Segovia, quien de visita en Cuba pidió conocerlo y escucharlo tocar.
Su inclusión en este paneo por las cuerdas troveras se resume cuando citamos a Radamés Giro, en el texto ya mentado. El estudioso asegura que “desde la década del 30 hasta la fecha, casi todo lo que tiene que ver con el desarrollo de la guitarra dentro del cancionero popular en Cuba, y con la integración entre la guitarra popular y la clásica, es una consecuencia inmediata o por reflejo de los aportes técnicos y armónicos de González–Rubiera.”
De tal modo, la dama de sonidos y maderas, en manos con estudios o con simples dones naturales, se volvió parte inseparable de nuestra más raigal canción. Desde entonces, la trova siguió ardiendo sus luces desde las cuerdas.
Seis sonoros sentimientos
Con el advenimiento del filin, como se dice en español, por el final de la década de los 40 del siglo XX, la guitarra trovadoresca alcanzó elevados ribetes de calidad creativa. Una anécdota varias veces contada, revela que los muchachos del filin, reunidos por lo general en la casa del trovador Tirso Díaz, padre del filinero Ángel, al escuchar una nueva canción pedían a su autor que la tocara de nuevo, pero con distinta armonía.
Con rasgos del jazz, del blues y otras tendencias, pero con indiscutible sello textual y sonoro de vanguardista cubanía, el filin se consolidó como un escalón muy importante en el devenir de la trova. Y por supuesto, hubo entre sus filas algunos verdaderos virtuosos de las cuerdas.
Varios estudiosos se han referido ya a la guitarra de un César Portillo de la Luz. Al latir increíble de pura vida del ronco maravilloso, José Antonio Méndez, donde la a veces estremecedora sencillez de sus canciones, en texto y música, era toda pasión y hondura, a pesar de no ser un ejecutante sobresaliente, ni un cantor notable. Y a las composiciones de Giraldo Piloto y Alberto Vera, las de Tania Castellanos, la altura inmensa de Marta Valdés… No puede tampoco soslayarse la maravilla del encuentro del tresero Andrés Echavarría, El Niño Rivera, con el grupo del filin. Una unión, que dejó no pocas memorables orquestaciones de varios de los números de autoría filinera. Habría que dedicar un par de buenas memorias a un Froilán Amézaga o un Martín Rojas, con sus guitarras acompañantes tras las voces fantásticas de una Elena Burke o una Omara Portuondo. Y de seguro escaparán ahora un par de nombres.
Sin embargo, inclinando las balanzas quizás a terrenos más fuertes en lo instrumental, es Antonio Ñico Rojas, quien expandió el filin, su modo de hacer, su aire y su fuerza vital, a francos terrenos de la más exquisita composición musical. Como acompañante en diversos proyectos, en especial con Frank Emilio Flynn, pero sobre todo en su propia obra, el filin tiene en Ñico Rojas uno de sus mejores valores creativos en la guitarra.
Este ingeniero devenido compositor, quien tampoco tuvo estudios académicos en lo que a música se refiere, incluso creó su propia técnica para tocar y componer. Con ella, violaba olímpicamente todas las reglas musicales y hacía “disparates geniales”, según voces muy autorizadas como Gonzalo Roig, el propio Guyún y una larga lista de músicos como Frank Emilio, Ignacio Villa (Bola de Nieve), Richard Egües, Rafael Lay y Benny Moré, hasta llegar a Leo Brouwer. Voces que, además, insistieron para que no se le ocurriera ponerse a estudiar, pues con su estilo lograba resultados de altos quilates, que quizás el conocimiento de las normas técnicas le impidieran desarrollar. De modo que Ñico Rojas es quizás el más importante de los guitarristas asociados a este período de la historia de la trova cubana.
Por no extender los límites de este trabajo, y para no repetir lo que otros de mejor modo ya han dicho, bastaría este comentario de ese acucioso investigador, antes nombrado, que es Leonardo Acosta, en su libro de ensayos Elige tú, que canto yo. Al referirse a la trascendencia de la labor de Ñico Rojas, el autor señala que en sus obras “hay emoción, vitalidad e intelecto, tres factores que debe reunir toda música y cuya combinación es tan rara como necesaria. A estos tres factores se une un cuarto aún menos fácil de definir, más inasible, para el cual no existen recetas posibles: el buen gusto.” Para Acosta, el guitarrista y compositor Ñico Rojas, ha dejado aportes de incalculable valor y, sobre todo, con un punto de partida en lo más raigal de nuestra música.
Así pues, dejemos caer el telón sobre las guitarras filineras y pongamos proa al próximo capítulo de este breve viaje entre las cuerdas en nuestra trova toda.
Pues siempre que se toque con el corazón…
Por un lado, es cierto que la Nueva Trova, como corriente estética y artística, ha gravitado ante todo alrededor del eje de la canción, con énfasis en texto y música y no tanto en su ejecución guitarrística. Es cierto también que al tener muy amplias y heterogéneas influencias, el rock, la música brasileña, y casi todos los géneros y ritmos cubanos, por sólo mencionar algunos, los recursos guitarrísticos directos de la Nueva Trova no resultan del todo nuevos, ni aportadores.
Sin embargo, apunta Leonardo Acosta, en Del tambor…, lo que “sí es nuevo, es la manera de combinar esos recursos tomados de distintas fuentes.” De cualquier modo, y aunque su esencia no se dirige a la ejecución guitarrística como tal, sino que esta se imbrica a la obra total, hay también algunos ejemplos de buenos guitarristas dentro de los integrantes de la Nueva Trova. Y, por supuesto, hay varios guitarristas, estos sí de cabo a rabo, que de una manera u otra se han acercado a las pretensiones artísticas de este modo de hacer.
En muy apretado pase, pues la calidad de sus obras y legados ya no necesita adjetivos, honremos al maestro Leo Brower. Ya la historia lo ha colocado en el sitio merecido y casi huelga explicar su relación con la Nueva Trova, desde sus propios orígenes. Y más, su relación con la guitarra.
De los fundadores de la Nueva Trova, ya se han hecho apuntes del peculiar modo de guitarrear, en especial con su mano derecha, de un Silvio Rodríguez. Se ha mencionado la magnífica ejecutoria de un Pedro Luis Ferrer, con el altísimo ejemplo de un Romance de la niña mala, escrita por su tío Raúl Ferrer, cuya musicalización e interpretación siguen siendo clásicas. Se ha destacado alguna vez a un Noel Nicola, que a pesar de su ilustre apellido, y más, de sus ancestros guitarreros, no quedó quizás a la altura descomunal de una Clara Romero de Nicola y de un Isaac Nicola, estos sí, verdaderos pilares de la guitarra clásica cubana. No obstante, resultaba ser un ejecutante capaz y de magnífica proyección musical en sus creaciones.
De las muchas opciones posibles, pues la Nueva Trova y la guitarra clásica o popular cubana han estado indisolublemente ligadas, podemos escoger un par de ejemplos. Mencionemos los trabajos de Pablo Milanés con Octavio Sánchez (Cotán), y Luis Peña (El Albino), en su serie de discos Años, o con Martín Rojas en la serie Filin. O las grabaciones y presentaciones en vivo de Silvio Rodríguez, con un virtuoso de la guitarra clásica como Rey Guerra. Tales búsquedas, dicen mucho del valor concedido por estos trovadores, sin duda entre los mejores de nuestra música más reciente, al buen sonido de las cuerdas.
Como dato curioso, y que podrá corroborar cualquiera que la haya visto en directo, podemos mencionar a una trovadora como Marta Campos. Además de ser profesora de guitarra, esta artista tiene un muy particular modo de percutir sobre la caja, de usar todo el cuerpo del instrumento, además de las cuerdas. Esa “tumbatarra”, tal como ella la nombra, la convierten en una singular trovadora, pues esa proyección, y ese recurso sonoro, son prácticamente de su exclusivo uso en predios trovadorescos.
Un poco después, Santiago Feliú, otro rompedor de esquemas en sus afinaciones y a la hora de empuñar una “viola” tocada a la zurda y con las cuerdas puestas a la derecha, posiblemente sea uno de los más destacados guitarristas de la segunda hornada de la Nueva Trova. Del Santi cabría recordar un elogio de Noel cuando en las notas al disco Vida, de 1984, y en referencia a esta peculiar manera suya de pulsar la guitarra, subrayaba que había visto algunos guitarristas tocar así. Pero que había visto a muy pocos “tocar así de bien.”
Por cierto, aunque la relación de nombres guitarreros asociados a la Nueva Trova puede ser también muy extensa, hay un disco, justamente de temas de Noel Nicola y hecho a cuatro manos con Santiago Feliú (Entre otros, del 2002) que sirve como anillo al dedo para estas líneas. En la grabación de marras, entre esos “increíbles otros”, tal como rezan las notas del disco, hay varios nombres vitales de nuestra guitarrística, que por obras y años han estado cercanos al devenir trovadoresco.
Sin que sus obras y talentos necesiten demasiadas presentaciones, basta mencionar a Rey Guerra, un guitarrista clásico devenido “trovante” en grabaciones, y en sus propias composiciones instrumentales. A Carlos Luis, por mucho tiempo acompañante de Miriam Ramos. A un siempre joven Sergio Vitier, todo un clásico ya de nuestra composición contemporánea. A Pablo Menéndez, guitarra en ristre desde los tiempos del Grupo de Experimentación Sonora y hasta nuestros días. A un Alejandro Valdés, otro que a pesar de sus discos en solitario como excelente instrumentista y compositor, siempre encuentra tiempo para ligarse a alguna causa trovera y sonora. A Elmer Ferrer, que tanto aportara desde Estado de Ánimo, cuando esta banda acompañaba al propio Santiago Feliú. Y al maestro Pacho Amat, sin dudas, nuestro tresero mayor en estos momentos.
Con este mínimo recuento, que por supuesto, no pretende abarcarlos a todos, este disco resulta ser un magnífico botón de muestra de la saludable mezcla de la trova con nuestros lares guitarrísticos.
Un ahora con cuerdas para mil islas
A pesar de pecar de omisión, pues de seguro escapará algún nombre o proyecto, resulta cuestión de justicia hacer al menos un mínimo bojeo por el panorama actual de ese matrimonio entre cuerdas y trovas. En discos, en grabaciones y presentaciones, rondan varios nombres (y mejor, sus obras) en este panorama.
Del tres, puede acotarse que, al decir de Leo Brouwer en entrevista para Ernesto Juan Castellanos, marca junto con la guitarra los perfiles esenciales de la música cubana, si es que estos existieran. Y ahora mismo, varios músicos van dejando pautas en su hacer con este instrumento.
De una multi instrumentista como Yusa, no deben olvidarse ni sus estudios académicos, ni sus ejecuciones con el tres. Y esta es una compositora, que aunque rebase en su hacer los terrenos de la trova, no es ajena en nada a este modo creativo. De una tresera como Enid Rosales, puede decirse que además de ser colaboradora habitual con el trovador Erick Sánchez, también encara su propia obra como compositora, y ya ha mostrado varias aristas de su trabajo en grabaciones y conciertos.
Por los predios de Santa Clara surgió Trovarroco, un trío cuyas incursiones en la trova, junto con sus propios discos, culmina en ser los actuales integrantes de la banda acompañante de Silvio Rodríguez. Tanto Rachid López, guitarrista y director, como Maykel Elizarde, tres, y César Bacaró en el bajo, han dado muestras de su magnífica calidad como compositores, y como ejecutantes de sus respectivas cuerdas.
Podemos mencionar, de esas mismas tierras, al trío Alter Ego, que lo mismo encara un tema tradicional de Salvador Adams, que una suite concertante de Eduardo Martín, que una obra de Alejandro García Caturla. Con laúd, guitarra y tres, Diego Santiago Pérez, Esther Martínez Díaz y Abdel Almeida Castellón respectivamente, vuelven a encarnar la perenne unión de los mejor de la academia con sus espejos de creación popular.
Ahora mismo, luego del Concurso de Interpretación e Improvisación Sonera, que impulsara el propio evento Cubadisco en el 2011, tres treseros están por presentar el disco con el que resultaran premiados, un material con el que ya han realizado conciertos en directo. Son ellos, Miguel Pérez, César Echevarría y René Avich. Y este último ha sido habitual acompañante del trovador Eduardo Sosa, además de componer, y alguna que otra de sus creaciones anda también cercana a predios troveros.
De seguro se nos escurre ahora algún nombre, algún disco. Pero esto no debe ser fuente de desaliento, más bien, el impulso para mayores descubrimientos. La música nos crece, nos ronda alrededor como la vegetación, exuberante y fresca, en nuestras costas. Así pues, habrá de seguro, ahora mismo, una mano joven que se extiende hasta una guitarra y sueña canciones y melodías. Por suerte, entre trovas y cuerdas, hay miles de islas de madera y sonido en nuestro presente, a punto de alzarse a vibrar en nuevos cantos, para seguir sonando hasta el futuro.