La Jiribilla · junio de 2012
El trovador Santiago Feliú anda por estos días en jornada de festejos. La consuetudinaria media rueda, que en este caso y profesión mediante, es algo así como un primer medio vinilo, arriba a la puerta de las guitarras del artista. Por lo cual aquí va La Jiribilla a poner cincuenta vibrantes cuerdas para celebrar este cumpleaños. Y de paso, a darnos un paseo sobre las buenas huellas sonoras que ya nos ha regalado este imprescindible de nuestro devenir trovero.
De las características distintivas de este creador pueden anotarse un par de líneas. Tal vez sea uno de los más completos trovadores de su generación, y por qué no, de la Trova toda hasta hoy. En términos beisboleros, analizando “hombre a hombre” como se descomponen los equipos de pelota, el Santi destaca en todos los terrenos afines al trovador. Notable compositor musical, hondo poeta, magnífico ejecutante en la guitarra y buen cantante, con la suma de esa muy particular bomba que traen siempre sus temas al unir texto, música e interpretación, hablamos de un artista de la gorra a los spikes. O del pelo, hasta la última cuerda.
La otra línea de este apresurado boceto a dos párrafos, no puede soslayar su muy singular relación con el público. Santiago Feliú, a pesar de su discografía muy insuficientemente conocida y editada en Cuba, es un trovador con un público propio, que lo ha seguido por años, y al que no dejan de sumarse nuevos adeptos. Con el subrayado, de que es un autor nunca complaciente, apegado al más estricto rigor creativo y por completo alejado de las naderías sonoras que hoy son base del éxito masivo.
Incluso, alguna que otra vez he afirmado, y ahora lo reitero, que quizás a nadie se le permita en un escenario, las cosas que a Santi le han tolerado (y hasta celebrado) sus fans. No hablo de su natural capacidad de comunicación (a pesar de su tartamudez), de esa espontánea manera de relacionarse con el lunetario. Hablo de repetir en vivo hasta cuatro veces un tema, porque no le sale como quiere o se infiltra un feed back o se equivoca o se le olvida. Hablo de pedir “estamos haciendo un disco, así que aplaudan, no sé, un poquitico más exagerado… un tin, no es que tampoco les pida algo exagerado, un tin para que se escuche en el disco”, y provocar la risa… y aplausos más fuertes. Hablo de equivocarse en letras y comienzos más de una vez, con la consabida reiteración, y que nadie se moleste.
¿Poco profesional? Quizás sí, puedan afirmar con razón algunos. Pero también he repetido que ese mismo público le ha tolerado esas pifias a Santiago, y únicamente a Santiago, y hasta las sufre con él desde las butacas, y por ende le ha malcriado un tanto. Porque de seguro, más que los yerros posibles en un escenario, se prefiere la indeleble hondura y calidad de una obra; la ya segura trascendencia de un puñado de sólidas canciones en sentires y memorias; la validez de un acto creativo sin maquillajes, y de un ser humano que no se crea telones y se ofrece a sí y a sus temas tal cuales son. Y sí, sería bueno ver al Santi encarar un concierto de principio a fin sin un solo error. Sólo que, tal vez, ese no sería ya el Santiago de siempre, aunque va y podría ser mejor…
Fue en el ochenta.
Es sabido el asombro de los trovadores que evaluaron a Santiago Feliú para su ingreso al Movimiento de la Nueva Trova, en los hoy lejanos finales de los años setenta. Escribir con catorce años dos “monstruosidades” geniales como Batallas sobre mí o la ya clásica Para Bárbara, dan fe de la talla del autor desde entonces. De aquella época, quedó también un dueto con Donato Poveda, que ojalá algo sobreviva grabado por ahí, y después vendrían las cabalgatas, guitarra en ristre, de los llamados cuatro mosqueteros. Unir los talentos de cuatro creadores de tanta valía como Gerardo Alfonso, Carlos Varela y Frank Delgado, más Santiago claro está, es un momento muy alto de nuestra historia musical trovera.
De esa década quedarían tres discos. El Vida, el Trovadores, grabado en vivo en la Argentina y nunca editado en Cuba y el Para mañana, conocido aquí en una exigua publicación de un casete. Sería excesivo recorrerlos paso a paso, recomiendo más escucharlos y disfrutarlos. Pero, ya que se anda de cumpleaños, un mínimo recuento puede hacerse al respecto.
El Vida, con temas como los dos ya citados, más joyas como Ayer y hoy enamorado, Amigo dibujo, Sólo arcoiris y el que da nombre al disco, está dentro de lo mejor y más alto de toda la discografía de Santiago. La participación de Gunila, una de las muy buenas voces que ha rondado nuestra música; los arreglos de un Pablo Menéndez o de un Oriente López (donde en los metales de temas como De cualquier modo, se puede casi presagiar las tremendas cotas sonoras que implantaría luego un Afrocuba acompañando a Silvio Rodríguez); la calidad de música y texto globalmente, hacen que sea un disco donde sobra muy poco y falta menos.
Los otros dos fonogramas también tienen sus gemas. Del Trovadores, el subrayado en mayúsculas de la participación de Leon Gieco, Juan Carlos Baglietto y Fito Paéz en ese fabuloso concierto en el Paladium. Una pena que se conozca, y se difunda, bastante poco ese disco. Un registro que tiene temas como Luna rota, La guerra de las galaxias, Por cuántos lados hay que defender la paz y la propia Trovadores (toda una brillante ars poética), o las versiones de altura de Para Bárbara, Dios y el Diablo en el taller y Cable a tierra, estas tres, en duetos respectivos con los argentinos.
Del Para mañana, otro disco de canciones importantes, podemos salvar la nostalgia de aquella banda donde un Miguelito Núñez y un Dagoberto González ponían sus cuotas en los arreglos e interpretaciones. Y saborear de nuevo temas magistrales como Balada de Griffin, Marisa (con la voz de Patricia Sosa), Chacarera del encuentro, Son de mi corazón o Metamorfosis. Y aplaudir de nuevo a Baglietto, colaborando en dúo con el Santi. Una década que dejó en las grabaciones del trovador, más que de qué hablar, bastante para oír.
Se acaban los noventa, necesitamos opciones.
Independientemente de que en esta década fueron más abundantes las grabaciones discográficas de Santiago Feliú, entre discos oficiales y registros en directo, tal vez sea otro el signo que caracterice su obra de estos años.
Creo que sus seguidores, quienes fueron testigos y pudieron disfrutarlo en vivo o luego grabado, coincidirán conmigo en que las presentaciones de Santiago Feliú con el grupo Estado de ánimo, son un escalón imprescindible y vital en su carrera. Visto a la vuelta de unos pocos años, la nómina donde militaban Ruy López Nussa, en la percusión; Descemer Bueno, en el bajo; Elmer Ferrer, en la guitarra; capitaneados todos por Robertico Carcassés, en la dirección y el piano, es un verdadero todos estrellas.
Con Estado de ánimo, Santiago Feliú regaló algunos conciertos en verdad notables. Incluso, es con esta banda con la que se hizo el registro en directo del Náuseas de fin de siglo. Fonograma desafortunado, recuerdo que su versión de estudio rondaba por predios trovadictos en un casete, allá en los inicios de los noventa. Por cierto, nunca más he sabido de alguien que posea esa grabación de estudio, mucho menos el disco original, y no olvido nunca la risueña voz de Santiago, al terminarse Aunque la vida, diciendo un “no entiendo nada al final.”
Digo desafortunado, porque problemas de contratos y disqueras con la casa argentina, además de especiales períodos, impidieron que ese disco llegara pleno a la Isla, con su correspondiente edición nacional. Y hubo otra vez la ronda de las di(s)fusiones musicales, que tanto soslayan de nuestros buenos predios. Por fortuna, Santiago grabó en vivo una copia casi idéntica en cuanto a orden, arreglos y temas del original y salvó para lo venidero este álbum.
Este disco, separado en varios años del anterior, trajo temas maduros, algunos de los cuales ya no pueden faltar en conciertos del trovador. De escudo, Sedante, Ansias del alba, Para ti, Fascinantemente mundo, Aunque la vida y Mi mujer está muy sensible, son todas obligadas canciones en la obra del Santi, en sus presentaciones, y muy seguidas por sus escuchas.
Tres grabaciones discográficas habría que destacar también de estos años. El álbum Ansias del Alba, hecho con su hermano Vicente Feliú y dedicado a la revolución zapatista. A vuela pluma, vale recordar la genial versión de Quién va a morirse esta mañana, que hasta el propio autor afirma que ese tema “ya es de Santiago.” También de los noventa, aquel mítico concierto de homenaje a Silvio Rodríguez y a Joan Manuel Serrat, titulado “Cantores de fin de siglo”, que unió a Santi y a Carlos Varela haciendo sus propios temas y en magníficas versiones de los dos más altos compositores de la canción iberoamericana. La otra grabación, el formidable concierto A guitarra limpia, que inaugurara este espacio en el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, y hecho a pura cuerda, acompañado por Elmer Ferrer.
Y aquí comenzaría el retorno de Santiago Feliú a la disqueras nacionales. Cerrando la década, graba Futuro inmediato, un fonograma que dejó temas como Bolero, Mickey y Mallory, El rocanrolito de Fulanito y Meganito, La ilusión, o esa descarnada y hermosa declaración de identidad colectiva que es Generación. Otro disco donde ya el sedimento de lo aprendido empieza a ser más sólido y cada canción escogida sale redonda, en su sitio. De modo que se logra armar un disco, imprescindible en el rigor y calidad de sus composiciones, y con una fuerza bastante cercana a la lograda en directo en los escenarios.
La vida es otra cosa, si la paciencia gana
Los primeros diez años del nuevo siglo también han sido generosos para el trovador. En el 2002 sale a la luz un registro de gran importancia. Noel Nicola y Santiago Feliú, con temas exclusivamente del primero y la compañía de varios de los buenos en las cuerdas en Cuba (sólo mencionar a Alejandro Valdés, Pablo Menéndez Elmer Ferrer y Pancho Amat a modo de muestra), graban Entre otros. Un disco que encara arreglos novedosos, empastes magníficos, que nos deja aires actualizados que rejuvenecieron esas canciones y otro par de versiones de esas que Santi se “roba”, una vez que las interpreta. De lujo su interpretación de Llueve en agosto de 1981, y el dueto en el tema Quién sabe se va a ti (Trilce XLIII), de las musicalizaciones que Noel hiciera sobre textos de Vallejo. Aunque, destaques aparte, es un disco que brilla de una pista a la otra, de principio a fin.
Y de la autoría de Santiago Feliú aparece en el propio 2002 el Sin Julieta. Un autor filosófico, amoroso o desamorado, con una visión más introspectiva y algo menos volcado al entorno colectivo (a pesar de un tema como Alto al fuego), es el saldo de este álbum. Un registro de tono menos trepidante, aunque sin abandonar el natural aire rockero y de pura fuerza interpretativa musical y vocal habituales al trovador. Algunas canciones para conservar (Era, Sin Julieta, Beso, la impresionante Iceberg, la formidable Despojo y la desgarradora Rosario), quedan como saldo positivo del disco. Y una incursión por lo instrumental con ese Ángel I, II y III, deuda a la que Santiago debiera tributar más, dada su calidad como ejecutante, y que también se agradece desde sus seguidores.
A mitad de camino de los dos mil aparece una grabación, también en directo, el Santiago Feliú En vivo. Un disco que recopila varios de sus temas más importantes. En especial, deja constancia sonora de una joya como En este barrio, sobre texto de Mezo Bigarrena (El Vasco), siempre muy disfrutada y pedida en sus conciertos.
Como telón de cierre de la década, llega un disco que abre nuevas rutas en el hacer de Santiago Feliú. Ay, la vida, trae nuevamente a un autor preocupado por el entorno personal individual, con mayor énfasis en la factura textual y regalando una visión íntima y de matices filosóficos, centrada sobre todo en el descubrimiento del paso del tiempo. Este rubro de las letras, aunque Santi ha sido siempre un buen poeta, se hace algo más notorio y cuidado en este álbum. Asimismo, tampoco abandona su preocupación por la historia que le rodea y dibuja un retrato nacional contemporáneo con su Planeta Cuba. Musicalmente, sigue dentro de ese aire tan suyo que hace que sus temas se identifiquen, y nos lleguen, con sólo oír un par de notas. Y que, a diferencia de otros veteranos de la canción trovera, no huelen a reiteración o a agotamiento sonoro.
En dos palabras, un disco que se escucha de un tirón, pero que siempre deja algo que descubrir para la próxima vez. Como una suerte de obra coral, canción hecha de varias canciones, y que trata de agotar percepciones, pensares y miradas al propio espejo. Y de devolverlas y cantarlas luego. Entre signos de admiración los títulos Ay, la vida, Sostener mi amor (con Silvio Rodríguez), Demasiado amar, Marionetas de Cupido, De lo nunca más y Descerebrándome el corazón. Tal vez, uno de los discos temáticamente más coherentes de Santiago Feliú.
Así pues, cantemos con todas las cuerdas un Felicidades, a tiempo de rock y de trova, para Santiago Feliú. Esperemos que siga vibrando a toda vela la energía creadora de este “jovenzote calmado” que recién aterriza, guitarra mediante, en su primer cincuentenario. Dentro de otras cinco décadas, nos vemos para comentar el otro medio vinilo.