Revista Muchacha · diciembre de 2005
Primero fueron los rostros. Aquellas caras de expresiones mezcladas, de muchos ojos y colores; con el don de poder decir muchas palabras a la vez, de despertar muchos sentires, a través de los matices de sus silenciosas miradas. Después empezaron a nacer mujeres. Mujeres con desnudos vestidos, con relieves y sombreros, llenas de colores como ánimos, con todos los sentimientos dichos de un tirón.
Así fueron apareciendo las obras de este artista, pintor, escultor, graduado de la Academia de San Alejandro, con varias muestras colectivas dentro y fuera de Cuba y otro par de exposiciones individuales en la Isla. Ramón Eduardo Haití, actualmente labora como profesor en el Centro Experimental de Artes Visuales, Antonio Díaz Peláez. Y como a través de su obra ha profundizado más en las mismos caminos que ya andaba a buen paso por entonces, me permito evocar ahora unas palabras que escribí a propósito de su exposición Intimidad de la conciencia.
Haití, como firma sus obras y como le decimos sus amigos, pone en cada huella de esa espátula felizmente hallada (matrimonio triple donde intentan domarse, amarse, convencerse entre sí, ella, él y el lienzo) la vida que descubre, o que cree percibir, o que imagina. Si cada persona es un mundo, como reza el repetido adagio, cada color aquí es pues una vivencia. Cada trazo es una persona y su universo; cada luz es una senda, una huella; cada matiz es un paso dentro de un viaje. Si cada color y sus sombras, rescata o retrata los sentires de alguna intimidad y su conciencia; tendremos entonces un sinfín de mundos, de retratos, de humanidades en resumen en cada uno de sus lienzos. Una suma de arcoiris a punto de estallar. Más o menos, eso que somos, lo sepamos o no, todos nosotros.
Yo no soy un crítico de artes plásticas. Pero defendería esas obras porque cada rastro vale algún latido, cada cuerpo esconde y muestra sus duplicidades, su luces y sombras, sus ángeles y demonios, sus ramas y raíces de ser humano. Cada expresión dice, o sufre, o regala su trozo detenido de tiempo y de historia. No traigo aquí criterios académicos porque prefiero, al igual que en los cuadros, las palabras crudas, desnudas de mimetismo y en sus colores reales. Precisamente esos colores que en las obras de Haití se defienden a sí mismos a cara descubierta, al desnudo desde cada uno de sus trazos, desde sus realidades y fantasías.
Veamos entonces algunos de los criterios sobre su obra en las propias palabras del artista.
¿Por qué pintas con espátula y no con pincel? ¿Qué significa la espátula?
Es un modo más de expresión. Un poco más agresivo quizás, pero a la vez es una búsqueda. El pincel es más clásico y le tengo su respeto. Puede parecer contradictorio, pero respeto más a la espátula. Cuando te sucede algo difícil, lo que hay que hacer es luchar, darle la cara a eso. Es como cuando tienes algún miedo y sabes que tienes que enfrentarlo. Y usar la espátula es mi enfrentamiento, mi lucha contra ese miedo a lo difícil que resulta como herramienta.
Siempre se dice que los descubrimientos son accidentales. En mi caso no fue accidental; yo estaba buscando otro medio de expresión, que no fuera lo usual. Cuando lo descubrí me di cuenta que era una manera de decir que me interesaba; se acercaba los trabajos impresionistas, por la textura, por la forma de los trazos, por la manera de dar el color. Y me di cuenta que había que conquistar ese medio y que me interesaba hacerlo.
Tienes mucha relación con el impresionismo.¿Cuál es el motivo?
Tiene mucho que ver conmigo por la luz, por el uso del color. Yo adoro el color. En mi formación hay también una parte importante como escultor y me hace falta ver volumen, ver texturas, usar mucho color, manipular el color, utilizar transparencias... El impresionismo me facilita todo eso.
Cuando comenzaste esta línea de trabajo, experimentabas con rostros. Ahora pintas mujeres de cuerpo entero. ¿Cuál la razón del tránsito? ¿Cómo llegas del rostro a los cuerpos?
Hubo ahí un aporte importante a mi filosofía en este trabajo. Mi padre, Ramón Haití Eduardo, tiene muchas ideas que fui sumando a mis obras. En especial una que dice que todo va poco a poco dirigido a basarse en un solo sexo. Me reí mucho con esa idea, pero si miras a la moda, a muchos diseños, a la propia vida, te das cuenta que se van simplificando las separaciones entre sexos en muchos sentidos. Claro, yo lo veo diferente, con algunos otros matices. Me parece que mientras eso ocurre, la mujer está llegando a una etapa de más respeto, de verla de otro modo, con más valor en todo sentido.
Cuando empecé a dibujar los rostros descubrí que no eran rostros ni de hombre ni de mujer. Eso me gustó mucho. No había racismo, no había un sexo sobre otro, no había diferencias, veía como cierta igualdad. Has visto que igual eran azules o verdes o amarillos, en fin. Respeté esos patrones a través del color. Y de alguna manera sigo esa línea con las mujeres que pinto.
La mujer es un universo increíble que nosotros los hombres no entendemos en muchos aspectos. La mujer con un gesto, con una mirada o con una postura, puede decir mucho que nosotros ni podemos, y a veces ni entendemos, ni percibimos. Hay modos de expresión de las mujeres que no conocemos, que no hacemos los hombres.
¿Y el desnudo?
Si te fijas no es exactamente un desnudo. Mira, una fruta tiene su cáscara: Una manzana tiene su cubierta y se puede comer y es distinta a otras cubiertas. Nosotros tenemos nuestra piel, que es también nuestro vestuario pues ninguna es igual a la otra. Cada piel es como la marca de cada cual. Y el desnudo no es tan desnudo. Yo casi no distingo en los trazos donde está el límite de la ropa, de la textura que utilice, de la frase que quiero decir a través de esa imagen.
No es un desnudo por el desnudo; lo que yo hago es respetar la cubierta. Quien lo vea con ojos de sexo, se queda ahí. Es un problema de puntos de vistas, de intenciones: Se deja ver y no se deja ver; de lo que se trata es de dejarle espacio a la imaginación de cada quien.
¿Qué te traen a la mente estos nombres en cuanto a influencias, deseos, en fin... Vincent Van Goth...?
No es un loco, como dicen algunos. Más bien lo veo como alguien que ve y que nadie lo entiende. Como un profeta. Me hubiera gustado conocerlo...
¿Pablo Picasso...?
Es un como un cubano respecto al arte. Y creo que eso es bastante decir. Igual puede ser criticón, burlarse de su realidad, que inventar una mentira y que luego sea verdad. Y no quiero decir con eso que sea poco serio, todo lo contrario. Nosotros no somos poco serios, más bien somos bastante realistas. Ese es Pablo Picasso.
¿Carlos Enríquez...?
Es la facilidad de manipular la luz, la facilidad del movimiento y para manejar la transparencia es increíble. Me hubiera gustado tenerlo al lado. Hay de seguro secretos suyos del oficio como pintor que han pasado invisibles, que se han perdido. De su mundo interno hubiera aprendido mucho. Y de su visión sobre Cuba.
¿Wifredo Lam...?
Ahí está el mestizaje, la unión, la raíz de nosotros. A Lam le robo el movimiento, su sentimiento respecto a la gente, a lo que pinta.
Uno muy importante: ¿Ramón Haití Eduardo?
A ese... A ese le robo la vida.
¿Y a Ramón Eduardo Haití?
Bueno, ese está por conocerse todavía. Ojalá le pueda alguna vez robar algo también.