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Revista Muchacha · junio de 2009

Fotos: Miguel Gutiérrez

La mitad todavía fresca de la amanecida capitalina, era el escenario para esta entrevista. En la prisa, pues me retrasaba unos minutos de la hora prevista, revisaba apresuradamente mis notas para el diálogo. Yailín Martínez Hierrezuelo, una joven Licenciada en Música con perfil en flauta y música de cámara, por el Instituto superior de Arte (ISA), me esperaba en una musical esquina citadina, amparada por el altísimo portón del Teatro Auditorium Amadeo Roldán. Ya listos para iniciar el diálogo, recordé nuevamente la imagen de la muchacha con la flauta a punto de sonar entre sus labios, y entonces, al conjuro de su instrumento, ocurrió el milagro.

Como en un cuadro realista, todo el ajetreo de la mañana pareció detenerse. No se detuvieron mis pensamientos agitados de preguntas, ni el dulce aire sonoro de la flauta repitiendo un pasaje lento y hermoso. Sin embargo, a mi lado, a sólo unos centímetros de su próxima flor, la repetida abeja de aquel secreto regalo escrito por Borges, flotaba sin aleteos sobre su sombra, proyectada inmóvil sobre el cemento del piso. El mundo se hacía ajeno, de detenía para nosotros, más allá de la música. Entonces, de las notas brotadas de la flauta, creí descubrir palabras.

–¿Qué, periodista, comenzamos o no? Puedo contarte toda la historia, es como si me hubiera pasado a mí. Desde pequeña, Yailín siempre tuvo inquietudes artísticas. En verdad el instrumento que ella quería era el violín, cada vez que me acuerdo me da un poco de celos, pero como el estudio de ese instrumento comienza a los siete años, ya era mayor cuando fue a hacer las pruebas. Como tenía que escoger otra cosa, dijo, bien, si no puede ser el violín que sea la flauta. Y allí estaba yo. Recuerdo que su mamá le preguntó ¿pero la flauta, tú conoces la flauta; no prefieres la guitarra? Y sí, quería la flauta.

Ya sin asombro por traducir en oraciones las notas musicales que me rodean, interesado en saber más para mi entrevista, interrogo a la de la voz de viento. ¿Cómo la pasan tocando para el público?

La primera vez que tocamos en público, nos estábamos muriendo de los nervios desde un mes antes, ni dormíamos y no fue muy agradable. Sin embargo sirvió para saber que si eso es lo que haríamos toda la vida, hay que enfrentarse, no queda otra opción. Y el modo es muy sencillo: Lo que nos ayuda a relajarnos es el reírse. Relaja mucho y relaja al público también. Porque ve tu seguridad, aunque tengas preocupaciones. Y el hecho de estar en escena, pues sólo te queda disfrutar, o hasta no, pero hacer disfrutar a los demás. Una vez en el escenario, ese no es el momento de las preocupaciones.

Me gustaría preguntarle de su trabajo como profesora ¿qué se aprende de enseñar? Y un hermoso trino fabrica la respuesta.

Ella imparte clases en el conservatorio Amadeo Roldán. Y lo primero que aprendió de esa experiencia es a ser mejor alumna. Uno no valora tanto a los profesores, aunque los respete y les agradezca muchísimo todo lo que me han enseñado, hasta que eres profesora. Gracias a eso aprendimos a reconocer más el trabajo de los profesores, a tenerles más consideración. Antes no sabíamos en carne propia como era esa labor.

Si sigues hablando tanto no me alcanzará el espacio. Quiero saber de la gira con Silvio Rodríguez por Centroamérica, tú me dirás.

Guardo muchos recuerdos de los tres conciertos, en especial el segundo en El Salvador, los otros fueron en Guatemala y en Nicaragua. Ese del Salvador fue muy emocionante, muy conmovedor. Ojala se cantó de bis y después del concierto fueron como diez bises más. El público encendió velas, fosforeras, celulares, lo que tuvieran y lucía como si el cielo lleno de estrellas hubiera bajado hasta nosotros.

¿Y de los maestros que te han hecho sonar así? Las notas de la flauta dejan escapar admiración en la respuesta que adivino entre arpegios.

Recuerdo a todos sus profesores, Erasmo López, en el conservatorio Alejandro García Caturla; a Vivian Jiménez, en el Amadeo Roldán y a esa maestra que es Niurka González. La labor de ellos es fundamental, no somos nada sin ellos, y les agradezco todo lo que he hecho y lo que seguiré haciendo pues mi sonido es consecuencia de todo ese trabajo y cada uno nos enseño muchísimo.

El último vuelo resuena dulce como un eco y su final hace regresar al mundo. Un instante después, la inmóvil abeja abandona su sombra, zumba hacia la próxima flor y la mañana vuelve a sonar, a moverse, a la vida. Aquí en la realidad, con la vista fija y una sonrisa sonora como la de su flauta, mi entrevistada me pregunta si ya comenzamos.

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