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junio de 2014

El humorismo gráfico cubano, en especial en sus vertientes de humor político, tiene varios hitos de grande valía. Comenzando por aquel sufrido y siempre apaleado Liborio, nacido de la pluma de Ricardo de la Torriente, que a pesar de su imagen mustia ponía el dedo bien profundo en las llagas nacionales, hubo varios otros personajes que también encarnaron la voz del cubano de abajo contra los desmanes del gobierno de turno. Baste recordar al Bobo, de Eduardo Abela, con sus “colmillos de lobo” bajo su faz inocente (como lo retrata Nicolás Guillén en un poema), también un crítico mordaz y agudo. O hasta aquellos satíricos chorritos con los que el perrito Pucho, dibujado por Virgilio Martínez, se orinaba sobre cada abuso y malaventura del batistato, desde la páginas de la revista Mella, en Pucho y sus perrerías.

Justo en esa época, en los años de la lucha contra Fulgencio Batista, surge otro personaje antológico de nuestro humorismo gráfico. El Loquito, un dibujo de René de la Nuez que se publicaría en esos años en el semanario Zig–Zag, y ya después de 1959 en el periódico revolución, encarnaría también la voz oprimida, quitando máscaras y blandiendo críticos filos. Y sobre ese personaje es el libro que reseñamos en estas páginas.

De la autoría de Axel Li, y bajo los auspicios de la Editorial Letras Cubanas, el título El Loquito: (re)visiones, es una selección y estudio sobre los surgimientos, contextos, significados y legados de la figura del gracioso lunático. Al mismo tiempo, trae el valor agregado de aunar un buen número de los dibujos de este personaje, además de algunas de las planas donde apareciera publicado en diversas épocas, otras obras y personajes de René de la Nuez, y un recorrido textual por los contextos, motivos y devenires del Loquito.

Para decirlo en palabras de su autor, esta suerte de diferente antología, resulta un pretexto para aprender qué hizo Nuez con su trabajo de años sobre esta figura. Y el libro unifica, rescata, muestra estampas que en muchos casos serán casi del todo ignoradas por una buena parte del público cubano, habida cuenta de que hace años no se publica nada semejante a un estudio como el que ahora propone este material. Sin mencionar que las fuentes originales están bastante distantes en el tiempo, o sólo disponibles en las bibliotecas. “Es la primera vez que podremos contemplar, en un soporte como este, la historia de ese personaje que transitó gráficamente por un período sociopolítico que lo hizo mítico, célebre, popular”, señala el compilador Li.

Del autor del loco personaje, el dibujante René de la Nuez, no sobra decir que ostenta el Premio Nacional de Artes Plásticas 2007. Que muchos que rozamos, o rebasamos, la cuarentena, recordamos sus barbudos y viñetas diarias en el Granma, y en otras publicaciones. Y en especial, aquellos móviles apuntes mañaneros con que nos despedía antes de partir a la escuela desde la pantalla de la Revista de la Mañana, y que sumó nuevos adeptos, hoy adultos, pero por entonces integrantes de la grey infantil, a los seguidores y admiradores del dibujante.

Del libro, un disfrute pleno. No sólo por adentrarse en muchos de los entresijos del humor gráfico cubano de aquella época, sino por la acuciosa recopilación. Una labor que, según el investigador reza en el texto, requirió de mucha paciencia. Pero el premio es tangible. En verdad, mucho puede contemplarse de las imágenes del osado demente en las páginas de este título.

Aunque, y es una mancha mínima que para nada opaca el arduo trabajo investigativo de esta obra y sus resultados, en ocasiones se pierde un poco la idea que divulgaba o defendía cada viñeta en su espacio original. Ciertas claves, como la sierra, las fuentes fidedignas, los juegos gráficos acerca de la espera o de algunas de las figuras de los rebeldes, las referencias a Oriente como cuna en tiempos de combate, los textos en oposición, o a favor, de determinadas situaciones y escenarios, antes y después de 1959, pueden ser discernibles por quien posea al menos alguna mínima referencia. Algunas de las cuales, incluso, se revelan a lo largo del propio texto.

Sin embargo, hay otras imágenes cuyo matiz y significado real se dispersa un poco, por no contar una mínima descripción, más allá de la ubicación de cuándo fue publicada. Hubiera sido de gran ayuda al menos un par de líneas que ubicaran un tanto algunas viñetas. A pesar de la advertencia del propio autor, que abre su trabajo con el enunciado de no querer subordinar la imagen a la palabra y preferir la primacía visual.

De cualquier modo, resulta un grato suceso la publicación de este libro. Una parte significativa de nuestra historia intelectual, en especial del a veces menospreciado humor gráfico, queda atrapada en estas páginas. Muy importante resulta la posibilidad de vislumbrar los muchos caminos que el ingenio, vertido en el humor y el dibujo, pueden recorrer y clarificar, más en tiempos como los que vivimos.

Aunque nuestro humor político a ratos parezca un tanto adormecido, detenido sólo en enfrentar las muy reales amenazas exteriores, un vistazo a las sombras en predios de intramuros podría también aportar nuevas armas. Como afirma el investigador Li, lanzarse al “rescate de un personaje político, con un acentuado carácter de oposición antigubernamental para el decenio de los cincuenta, nos deja muchas lecciones. El Loquito nos retrotrae a una parte del pasado de Cuba en el que la juventud vivía esperanzada con un cambio drástico. Con él fueron introducidos dedos en la llaga.”

Ahora, sin necesidad de prédicas oposicionistas, pero sí con la urgencia de sanar no pocas llagas en nuestro proceso. Después que la más alta dirección del país ha llamado a discrepar y a que haya valoraciones menos complacientes y más críticas en nuestros medios. En época de cambios e imperiosas esperanzas, el humor gráfico cubano, pasando por lo social y por lo político, puede hacer mucho y mucho bien, en poner pie en tierra contra lo mal hecho, contra la corrupción, contra toda lacra, silencio o desvío que nos haga lastre y nos impida avanzar.

Bienvenido sea este regreso de El Loquito. Si no sabemos de nuestros buenos pasados, poco podemos hacer por enderezar presentes y mejorar los futuros. Esperemos que esas sanas y audaces locuras, “locuras que son poesía”, como diría Silvio Rodríguez, escapen desde las páginas de este nuevo libro y lleguen a contagiarnos de esas buenas, quijotescas demencias, que también hoy necesitamos.

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