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Sinopsis

Un muy rico noble inglés del siglo XIX, dotado de un oído verdaderamente único y excepcional, se obsesiona por encontrar el sonido perfecto. Lejos de convertir en un acto creativo y duradero su don, serán los sonidos de la muerte y del dolor los que logren despertar sus más profundas emociones y placeres. Además, a partir de su búsqueda, ocurrirá el hallazgo de una entidad extracorpórea. Este ser le ofrecerá al inglés el acceso a todo un universo hecho de sonidos, si brinda una siniestra ofrenda de vidas y luego ofrece todo nuestro mundo en sacrificio. La venganza, los amores no logrados, y la ambición, llevarán a este personaje a cometer actos en extremo inhumanos.

En el presente, un extraño incendio en una casa de subastas y una invocación demoníaca dicha en latín, que aparecerá de modo inexplicable en los estudios de grabación de una productora musical, desatarán peligrosos misterios. Tanto la productora como su descreída amiga periodista, aterradas por el hecho, buscarán la ayuda de un experto en sonidos paranormales. Luego, llegarán a la historia un exorcista y un muy singular y misterioso cardenal, ya retirado de sus labores religiosas, que vive protegido en una discreta villa. Un enorme peligro terminará involucrando a todas estas personas en un violento conflicto, donde se unirán las líneas del pasado, el presente y el futuro, para decidir el destino de la humanidad misma.

Con voz y voto

Escribir esta novela tuvo momentos interesantes y otros muy complicados. El protagonista, Daren Lebruit, es un psicópata. Escribirlo, meterse en su cabeza, en sus obsesiones, intenciones y deseos, resultó ser un ejercicio complicado y a ratos retorcido. No pocos de los aprendizajes que el personaje emprende para satisfacer sus deseos, debió recorrerlos antes el escritor (al menos en la mente, por suerte, no hubo necesidad de matar a nadie para ver cómo sonaba). Así se le otorgaba la credibilidad necesaria a los actos y sentires de este asesino.

Por otra parte, aquí hay también dos protagonistas femeninas. Una es una mujer, profesional realizada como productora musical, en situación de dolorosa viudez reciente. La otra, amiga de la primera, es una enamorada, algo liberal y del todo descreída periodista. Como toque de sazón y guiño al aire, la periodista escribe para una revista de temas paranormales, de los cuales no acepta ni cree una palabra, incluso las de su autoría. Otro personaje resulta ser un especialista en temas paranormales sonoros y el amigo y colega al que acude por ayuda, que es un sacerdote católico exorcista. Hay además algo de misterio policial, de crímenes, y una historia de horrores que desde el pasado busca su conclusión en el presente.

Aunque se trata de una obra de fantasía, por completo imaginada y sin basamento real, resultó necesario investigar no pocas ramas disímiles (la naturaleza de los sonidos, los demonios del universo católico, por solo citar dos ejemplos). Es una de las novelas que más he disfrutado en su escritura y, a la vez, una de las más alejadas del ser humano que es este escritor. Por completo enemigo de la violencia, y melómano convicto y confeso, crear un personaje que disfrutara del fruto sonoro del sadismo, fue a ratos una tarea complicada.

No sobra decir que hay un explícito homenaje al Jean-Baptiste Grenouille de la novela El perfume, de Patrick Süskind. Resultó retador tratar de reflejar el mundo describiendo sonidos, al modo en que el terrible protagonista de estas páginas lo percibe. Espero que se escuche el horror en esas palabras. Pero también, y con más hermosos sonidos, la vida, la esperanza y el amor.

ALS

Fragmentos

Lebruit (II). La música

Residencia Lebruit,
Ciudad de Londres.
Verano, 1824.

Los dedos marcaron varias notas, sonaron un par de acordes y Lebruit, insatisfecho, retiró las manos del teclado. Despacio, como para apaciguar su ira, cerró la tapa y giró sobre la banqueta hasta darle la espalda al instrumento. Últimamente, Daren sentía que con mucha frecuencia estaba de mal humor. Tras de sí quedaba el piano de mesa, una joya exclusiva de la fábrica de Johannes Zumpe. Al frente, posó los ojos en los colores invertidos, negro para las notas naturales y blanco para los sostenidos y bemoles, de las teclas del clavecín. Este era otra exclusividad, traída desde Alemania. Su proveedor le reveló que había pertenecido a Johann Sebastian Bach. Además, le cobró casi igual que si el genio germano hubiera venido incluido junto al mueble.

También había un piano vertical, un piano de cola, un clavicordio (también muy valioso, salido de las hechuras ibéricas de Diego Fernández) y dos o tres piezas exóticas más. Los instrumentos estaban repartidos en un amplio círculo, que se estrechaba en la cercanía de los teclados y las banquetas. A Daren le gustaba recorrer con la vista el vívido contraste de los colores sobre la lujosa alfombra.

El cuarto de música de la residencia estaba muy bien provisto. Una gama de amplios escudos de madera de variables geometrías y tallados con motivos musicales y pentagramas a relieve destacaba en las paredes. En ellos había dos o tres vihuelas, cítaras de diverso tipo, un par de viejos y costosísimos salterios, guitarras españolas, balalaikas rusas, pipas chinas, biwas japonesas, laúdes árabes y bandurrias europeas. Poseía incluso un sitar, primorosamente decorado con motivos del Kamasutra, regalo de un maharajá hindú. Además, el duque poseía varios cuadros y tapices de diversas épocas y procedencias. Todos, fueran clásicos o contemporáneos, reflejaban variopintas escenas musicales para redondear el elegante atavío de la estancia.

Los cordófonos, fueran pulsados o percutidos, eran una de las pasiones sonoras de Lebruit. Su colección, aunque eran muy pocos los que sabían de su existencia y muchos menos los que habían podido verla, era una de las más completas, y caras, de toda Europa. Su nuevo hogar desde hacía un par de años, un muy confortable palacete en lo más céntrico de la City, en verdad no recibía muchas visitas, salvo las formales o de negocios. A su otra casa, una discreta villa en Rainborough, un muy especial y poco transitado barrio del municipio septentrional de Whitesky, asistían todavía menos personas.

Allí tenía también unos cuantos instrumentos, pero otras eran sus ocupaciones en ese lugar. En ambos casos, la especialmente escogida y selecta servidumbre tenía órdenes muy precisas sobre accesos, horarios, deberes y prohibiciones respecto a la habitación de la música. Daren era un amo incómodo, incluso maniático, pero pagaba un gran sueldo y eso bastaba para cumplir sin chistar cualquier antojo.

Gracias a sus estudios musicales, y a su increíble oído, Lebruit era capaz de tocar cualquiera de esos instrumentos y, además, de hacerlo bien. De hecho, alguna que otra vez había deleitado a dos o tres altos funcionarios de la corte con sus ejecuciones en fiestas muy exclusivas. Era un gran admirador de una no muy larga pero sí sólida lista de grandes músicos. Sostenía una copiosa correspondencia con diversas casas editoras de música, y con algunos compositores, y se mantenía muy al tanto de lo que sucedía en materia artística en el continente.

Sin embargo, el joven tenía dos grandes defectos en lo concerniente a su disfrute personal del arte de combinar los sonidos en el tiempo. El primero, el más elemental, y a la vez el más terrible, era producto de una barrera personal casi infranqueable. Lebruit podía repetir al vuelo cualquier pieza que escuchara apenas una vez o hasta tocar de primera lectura los más difíciles atolladeros en un papel pautado. No obstante, y a pesar de sus ingentes esfuerzos, el muchacho mostraba una total ineptitud para componer una pieza medianamente decente o, incluso, una mediocre en lo absoluto. De hecho, era incapaz de componer nada. Esta limitación, dado su amor por las artes musicales, lo llenaba de pesar.

De todas formas, pensaba, en la medida en que descubra el sonido perfecto, la música más acabada, podré entonces aportar la mía. Hace falta madurez y sabiduría para componer, se animaba, en tanto obviaba a propósito su vasto conocimiento de los niños genios. Sólo con recordar a Mozart bastaba para desanimarse. Incluso, hacía muy poco había podido ver tocar a un joven prodigio, un adolescente llamado Franz Liszt, que asombraba con sus dotes musicales. Aunque Lebruit sabía muy bien de sus propias lagunas y su falta de imaginación como creador, y sufría por ambos motivos, no perdía las esperanzas.

El otro defecto era muy diferente y provenía, no de las carencias, sino de sus sobradas capacidades. Era un escucha, y como ejecutante le pasaba lo mismo, que se aburría muy pronto de la mayoría de las nuevas partituras recibidas. Como era un músico muy capaz en la interpretación, enseguida descubría los entresijos de cada obra, su aliento, su aire interior y hasta las intenciones más ocultas del compositor. De hecho, ya le había ocurrido un par de veces que, apenas de leer el pentagrama, ni siquiera se sentaba a tocar. Ya sabía a la perfección cómo sonaría, cuáles serían sus matices, sus hallazgos, reticencias y limitaciones. Era fácil entonces convencerse, con suma rapidez, de que la pieza no lo dejaría satisfecho y la abandonaba.

El joven estaba obsesionado con la búsqueda del estado sonoro perfecto. Había un placer indescriptible, un goce de proporciones divinas, un éxtasis incomparable, cada vez que descubría algún nuevo sonido. Lo bebía con sus oídos y lo repetía luego mil veces en su memoria. La naturaleza, por ejemplo, era una proveedora interminable. Sus frecuentes viajes al campo lo alimentaban y apaciguaban en algo su hambre sonora.

Pero Lebruit quería lograr ese hallazgo en predios humanos. Sus recorridos y salidas eran, además de la gestión primaria que los condujera, una cosecha constante de sensaciones auditivas. La humanidad debía tener consigo el sonido perfecto. Por eso los grandes genios de la composición lo conmovían. Siempre tenían algo más que decir desde sus partituras. Su oído insaciable, su sed de adentrarse constantemente en nuevos terrenos musicales, se volvían cada vez más exigentes. De ahí también venía su afán por coleccionar instrumentos y apreciar sus fortalezas, contrastes y posibilidades expresivas. Sólo él podía disfrutar por igual, y apreciar a la vez todas las diferencias, del calmo erotismo del laúd, la parsimonia del clavecín o la melancolía filosófica de la biwa, sin perder siquiera una brizna, un temblor, un eco del aire en movimiento.

Sí había descubierto algo a muy temprana edad. En su niñez, cuando iniciara sus estudios de música, su muy amorosa madre había intentado a atraerlo al violín. Sin embargo, las limitaciones técnicas, y auditivas, de su progenitora, insufribles para el sensible oído de Lebruit, hicieron que rechazara ese o cualquier otro sonido de cuerdas frotadas. Asimismo, los vientos, fueran metales o maderas, le producían un insoportable escozor cerebral, como si alguien rascara el interior de su cabeza con una lima. Sólo la completa e insoportable tortura de oír a un cantante o músico desafinar, podía superar la desagradable sensación que en su ser provocaban las resonancias de tales grupos de instrumentos, en especial cuando no eran bien ejecutados. Por desgracia, como mismo muchos sonidos le provocaban un inefable y no superado placer, había otros, afortunadamente bastante menos, que lo molestaban en grados inimaginables. Aunque en esos casos, gracias a sus mismas capacidades, por lo general lograba suprimirlos y obviarlos.

En terrenos musicales, nunca supo explicarse las razones de tales desagrados. Había composiciones estupendas, tocadas por tríos, cuartetos o agrupaciones de cámara, donde el violín, el cello o el contrabajo, podían sonar como si un mundo entero se alzara sobre burbujas y ecos de pura fantasía. Una flauta, un bien ejecutado coro de vientos y metales, eran capaces de fabricar ensoñaciones divinas en su placer y sus percepciones. La música podía transportarlo a estadios inigualables de éxtasis.

Sin embargo, apenas el ejecutante equivocaba al mínimo una intención, respiraba algo más deprisa de lo que Lebruit estimaba correcto, o violaba algunos de los argumentos y modos que el joven ya hubiera afirmado para sí sobre las miras y sendas de la obra, entonces regresaba la adolorida angustia. El más imperceptible desliz bastaba para que el exigente escucha abandonara la atención a la ejecución, y hasta se marchara del lugar, si se hallaba en un espacio público.

El propio Lebruit consideraba que sólo él mismo, además de dos o tres magnos músicos de todos los tiempos, a los que respetaba grandemente, podían en verdad descifrar hasta la última gota de los significados y expresiones musicales de una obra. No se trataba de tocar una composición bien o no. Era que, nota a nota, Lebruit era capaz de saber qué pensaba, qué sentía y cómo era el ánimo del artista al encarar la elaboración. De hecho, al escuchar una pieza musical, el joven podía proyectarse al pasado para percibir cómo sonaría la pluma sobre el pentagrama al escribir cada línea, dónde hubo un parpadeo, una mueca de duda, una sonrisa de satisfacción y un gesto de triunfo. Una obra bien lograda era capaz de hacerlo llegar a rostros, calles, parajes reales o imaginados, a mundos, personajes e historias que sólo él podía construir y poblar, como un dios, acorde por acorde, y que podía afirmar eran los mismos que el autor había intentado reflejar. Mientras más lograba extraer de una creación, con sólo escuchar el orden, el ritmo, el tiempo, más admiraba a su hacedor, pues mayor riqueza de matices había logrado poner este en su trabajo. Pero intuía, casi lo podría afirmar, que muy pocos elegidos tenían la sensibilidad para llegar a ese estado y muchos menos eran los que lograrían convertirlo en buena música.

Su rápido aburrimiento y su sed insatisfecha de sonidos también se manifestaban ante la ópera, el ballet y los espectáculos en teatros y reuniones. En realidad, apenas con sus veinte y cuatro años, Lebruit ya despreciaba prácticamente a toda la sociedad y tenía preocupaciones que consideraba más íntimas y serias. Su perenne discreción, la indiferencia evidente por los criterios que los demás tuvieran sobre sí, así como su manifiesta repulsión por los cotilleos sociales eran ya proverbiales. No obstante, era muy reclamado en salones, fiestas y tertulias. Las invitaciones a estrenos, conciertos y espectáculos de artistas llegados de todas partes, no menguaban. El raro magnetismo del joven, sus cultas maneras y, en especial, su enorme fortuna, eran muy apreciados por las altas esferas, incluida, por supuesto, la familia real. No pocas estirpes soñaban, matrimonio mediante, incorporar a sus propios blasones el linaje, y los dineros, del singular aristócrata.

En los teatros, donde contaba con palcos reservados por toda la temporada en los escenarios londinenses más exclusivos, su tedio tomaba formas más veloces y profundas. Era suficiente ver a una compañía o a un solista durante unos pocos minutos para saber hasta dónde podrían llegar. Aunque en esos espacios, donde tenía a su favor la discreta distancia de su localidad, se entretenía en uno de sus placeres favoritos. Después de escudriñar el escenario, de comprobar por los ruidos estomacales que el director había cenado más de lo debido, y hoy dirigiría con más lentitud a la orquesta, o de saber que la protagonista estaba en los días de su período y le saldrían un ápice menos logradas las notas altas, entonces se dedicaba al público.

El supuesto silencio de los asistentes, pues para Lebruit era sólo otra capa sonora por debajo de la orquesta, no guardaba secretos para su afinado aparato auditivo. El ínfimo jadeo de una joven y recién casada condesa, y el roce reiterado, aunque discreto, de sus manos, revelaban su ansiedad por casi haber llegado tarde. Los agitados jugos, las carnes de regreso que se estremecían todavía en su vientre, dejaban saber que algunos recreos prohibidos, mucho más intensos que los que podía proporcionar el septuagenario conde que la desposara, habían ocupado el tiempo de la dama antes de arribar al concierto. Con algo de esfuerzo, podría escuchar el leve despegar de las esencias masculinas, todavía impregnadas en su piel, antes de disolverse. Algo más allá, encontraba una acompasada respiración y, aunque del todo inaudible para el resto, notaba el impertinente y reiterado repique de unas hileras de perlas bajo la tela de los guantes. Así descubría la satisfacción de la baronesa de Wriuss por el nuevo collar que manoseaba una y otra vez con inconsciente fruición.

Los susurros entrecortados, el escaso contacto de las pieles y los ojos, unas pocas palabras tensas y el estremecimiento de dientes apretados y posturas cambiantes y opuestas en la butaca, dejaban saber de una nueva discusión del señor y la señora Brounner, los marqueses de Houndruois. Los parpadeos casi al unísono, acompañados de agitados arreglos de vestidos y el minúsculo siseo de unos gemelos movidos desde el escenario a husmear en otro palco, más los reveladores taconeos sobre la alfombra y unos apresurados latidos, exponían la emoción de una bastante madura y muy rica dama, la duquesa de Porth, ante la posibilidad de conseguir un nuevo joven amante.

Fue en una de esas funciones donde Lebruit experimentaría una de las grandes sorpresas de su vida. Una hermosa soprano cantó el complicado programa sin que Daren hallara más que dos o tres leves fallos en su actuación, imperceptibles para otro escucha menos avezado. Pero no fue la limpieza con que ella interpretó las obras lo que llamó la atención del joven. Mientras cantaba, mientras el muchacho podía escuchar sin problema cómo expandía o contraía el diafragma, ajustaba sus pulmones, acomodaba la columna de aire para cada nota, otro sonido llamó su atención.

No era virgen. Resultaba claro y obvio el emancipado roce de sus labios íntimos, ya sin porteras membranas, y la soltura, a pesar del corsé, de sus carnes bajo los vestidos. Allí había un cuerpo que percibía libre de prejuicios y ataduras y que ya conocía el sabor de otros cuerpos. Sin embargo, de pronto supo que en aquellas líneas había una inusitada pureza que asombró sobremanera a Lebruit. Por primera vez se descubrió con el desconocido deseo de escuchar más, de intentar oír en el interior, en el placer, en la posibilidad de hallar un alma sonora bajo la habitualmente muda piel de una mujer. Muda, sea dicho, no por silente o insensible, sino por lo ya acostumbrado y semejante de los hallazgos.

Por supuesto que el joven señor ya conocía a fondo los placeres de la carne. Su villa en Rainborough era el sitio donde recibía con periodicidad a las más jóvenes cortesanas que le proporcionaba, con toda discreción, la bien pagada matrona Madame La Viande. En muy rara ocasión, apenas dos o tres veces, había estado el joven en el lujoso y muy reservado establecimiento que regentaba la hábil señora. Pero, aunque Daren no podría prescindir del sexo, había ya mucho de sabido en el programa de sus noches de placer.

En un coche cerrado, Madame le enviaba tres o cuatro muchachas. Al bajar del carruaje, se acercaban a pie por un camino bordeado de grandes árboles a la menos visible puerta lateral de la casona. En apenas ese breve lapso, Lebruit elegía. Generalmente escogía una o, muy rara vez a dos, nunca más. Sobre la base de cómo se movían sus pechos y el trasiego de sus muslos con enaguas y encajes, qué tan limpias estaban sus carnes y qué disposición oía en sus ademanes, inspiraciones, silencios, risitas entrecortadas y frases, decidía cuál se quedaba y cuál regresaba en el mismo carruaje. Sobre todo, y muy rápido, había aprendido a discernir los perniciosos ruidos interiores de las enfermedades venéreas. Detalles menos importantes, pero presentes, eran el rasgueo de sus uñas en el aire, el agitar de los cabellos y la cadencia rítmica del apoyo de los pies al caminar, mucho mejor si eran pequeños. El resto del guion era más o menos siempre el mismo.

Después de un buen baño, pues Lebruit no soportaba el más mínimo hedor corporal en las mujeres, hacían el amor con el entusiasmo que un par de copas de buen vino y la bolsa prometida hubiera insuflado a la invitada. Pero el joven sabía, con sólo prestar un poco de atención, qué sonrisa era fingida, qué sitios y caricias en verdad daban placer a la visitante y cuáles eran pura experiencia y montaje escénico del oficio. Podía hasta desentrañar, si es que la cópula alcanzaba en verdad algún ardor entusiasta, en qué tiempo llegaría la satisfacción, si llegaba para ellas, y cuánto ánimo o deseos para repetir le quedaría a la mesalina de turno.

Su placer no pasaba de ser una suerte de medicina anatómica, de higiene para sus necesidades corporales y mentales. Hacer el amor era una mera práctica física que realizaba pensando en la muy improbable recompensa del hallazgo de un nuevo sonido en un hermoso cuerpo de mujer. Pero, hasta ahora, las bellezas audibles apenas habían sido las habituales para cualquier muchacha joven y sana, más allá de que fueran más o menos diestras en los trucos del más viejo oficio. Ninguna pasaba de ser un bocado para saciar el hambre, pero que no invitaba a degustar con verdadero deleite. Eran sólo música para los ojos y no para sus refinados y siempre deseosos oídos.

Fue justo esa sensación, un hambre nueva dentro de las suyas, hambre de escuchar y conocer y sentir todo lo relacionado con los sonidos de esa mujer, la que se apoderó de Lebruit al oír cantar a la joven soprano. Es rusa, le indicó un empleado del teatro, interrogado al efecto. Un enorme ramo de flores, una gigantesca perla con una cadena de finísima plata en un estuche de terciopelo negro (que costó casi morir sofocado a su cochero para obtenerla lo antes posible de una exclusiva joyería cercana antes del fin de la función), más una nota en un lujoso sobre con sus blasones impresos, guarnecieron la invitación enviada al camerino.

Desde un pasillo, oculto en unas discretas estancias a donde lo condujo el solícito director del teatro, el joven duque oyó claramente cómo se agitó el aliento de la cantante al abrir el estuche, además del claro tamborileo del incremento de sus latidos y parpadeos. Al instante, pudo percibir cómo transpiró un poco de intriga y sorpresa al leer la esquela. Allí mismo escuchó su voz, semejante a un cauce delicado de agua clara, donde le decía al sirviente que por favor hiciera pasar al caballero.

Aunque lo buscara, con fruición casi irracional, nunca antes Lebruit había concientizado que en la belleza física femenina, en la perfección de esa armonía hecha sólo para ver, podría haber un equivalente sonoro. Su placer sexual no había pasado hasta este instante de ser una especie de ritual de aseo para su cuerpo y su mente, sin consecuencias destacables. Jamás había logrado percibir que en una mujer podían ocultarse otros sonidos, de orígenes más espirituales quizás, de igual o mayor hermosura que sus propias figuras, y que era preciso descubrir. Las mujeres eran música, pero viva. Asombrado, ahora sospechaba que había cantos, acordes de piel y de alma que no estaban a flote y a la vista. Como en esas piezas musicales que tocaba a la perfección, era preciso pulsar las cuerdas, las teclas, las palabras y carnes correctas para encontrarlos. Esa fue la sensación que experimentó mientras, luciendo su bien aprendido francés, idioma del amor, en pueril coqueteo hacia la chica, escuchaba hablar y reír aquella boca, aquellos ojos, aquella mujer.

Por eso hoy, esta mañana, a Daren Lebruit le costaba encontrar alguna melodía sobre sus instrumentos. Por eso, había una mezcla de mal humor, con ansiedad y hasta algo de miedo en su ánimo. Porque la cantante, diva descendiente de una noble familia rusa algo venida a menos, aunque todavía con la consideración del mismísimo zar, había aceptado su invitación. Davina Vladimirovna Kirinsky, una artista ya reconocida en toda Europa, vendría esta noche a cenar a su villa.

Una verdad se aparecía de pronto ante el joven. Un sonido perfecto, pues de la existencia de semejante entidad Lebruit no albergaba ninguna duda, tendría necesariamente que provenir de la más perfecta de las criaturas. Aunque no hubiera encontrado alguna mujer que, como esas piezas de los grandes maestros, trajera consigo un mar de revelaciones y armonías interiores, eso no significaba que no fuera posible. Quizás, inmadurez de juventud o poca suerte, no había buscado bien.

Antes, pensó que el sonido más acabado estaría en la música, la más lograda de las creaciones artísticas humanas, o quizás, en la naturaleza, la mayor de las creaciones divinas. Pero, al parecer no era así. Un sonido perfecto tenía que ser algo vivo, humano, palpitante. Debía surgir como la luz, tendría que ser una forma de ribetes divinos, hecha para el éxtasis, por manos de dioses. ¡Cómo no pensarlo antes! La música, la naturaleza y la humanidad, mezcladas entre sí, amasadas por lo celestial, lo omnipotente, lo vivo, sólo podrían juntar sus cauces en la belleza femenina.

Entonces, de seguro, el sonido perfecto tendría que provenir de una mujer, de su universo, de sus misterios, de su carne y su aura. ¿Podría hacer su más anhelado hallazgo en una cama? Habría que beber hasta el final cada ruido, cada suspiro, cada estremecimiento, cada pliegue, cada estallido de placer y cada jugo vital que resonara en su invitada. Habría que oír muy de cerca la desnudez de aquel cuerpo. Tal vez en el sexo, ¿en el amor?, estarían las respuestas a su búsqueda.

Samantha y Adelle (I)

South Uist, Western Isles, Escocia.
2026, mediados de noviembre.

–¿Entonces, al final, vas a tener que cubrir el incendio de la subasta? ¿Qué tiene que ver eso con los temas de tu revista?

Adelle se regodeó de nuevo en la copa de vino y la alzó un poco entre sus dedos. El líquido, como para trasmitir la calma de algún espíritu interior, se movía despacio, en calmo equilibrio. A través del cristal, con sus colores reposados a trasluz, su segura danza, casi uniforme, anticipaba a los demás sentidos el goce de todas las sensaciones agradables que atesoraba su sabor. La muchacha probó un sorbo, lo degustó con algo de pereza y deleite a la vez, y al fin fijó la vista en su amiga.

–Es de lo más raro, pero parece que sí. Voy a tener que investigar ese incendio.

Después de varios días después del fin de semana acordado, las amigas lograban reunirse. Un viaje urgente de Samantha a Londres, por asuntos legales de la disquera, más el anticipado regreso de Curzio a los brazos de Adelle, con la mala noticia de una semana de ausencia debido a un caso complicado, habían retrasado el viaje. En uno de los confortables sofás del cuarto de audiciones, las dos mujeres completaban la velada con una botella de vino. Después de las noticias mutuas principales, y la frugal pero deliciosa cena, ahora compartían la bebida y el diálogo con total tranquilidad. Aquiles dormitaba tranquilo a los pies de su dueña.

Después de pensarlo, Adelle se había decidido a no retrasar más la estancia de un fin de semana con Samantha, aunque su amado detective no la acompañara esta vez. El motivo, tras cerrar la captura de un astuto estafador y regresar de su ausencia, fue la precipitada asignación de un nuevo y extraño caso. Luego de las investigaciones preliminares, el incendio en la casa de subastas había regalado algunas incómodas preguntas. Las evidencias, por un lado, apuntaban a un acto de terrorismo que, además, había cobrado no pocas víctimas y causado grandes daños. Sin embargo, no era ese el motivo de la apresurada designación de uno de los mejores detectives de la policía para esclarecer el suceso. Algunas de las pruebas habían desatado los misterios debido a varias inexplicables incongruencias, antes de la subasta, y hasta en el proceso que desató el propio incendio.

Los peritos, por más que buscaron, no encontraron rastros de sustancias químicas catalizadoras, detonadores, explosivos, u otro artefacto o preparado similar en el epicentro del fuego. Ninguna cámara de seguridad de los alrededores del edificio registraba la entrada o salida de personas sospechosas, ni otros bultos que los objetos destinados a la puja. Las huellas, y las aterradas declaraciones de los poquísimos sobrevivientes, confirmaban que el incendio había empezado, súbita y ferozmente, en la mismísima sala de la subasta. Un antiguo clavicémbalo, donde una muy rara partitura se iba a tocar por vez primera en más de cien años, era el núcleo del desastre. Allí, justo en un apasionado pasaje de la ejecución, según la única persona que logró huir con vida de la habitación, se había generado la poderosa conflagración.

Aunque era innegable que el siniestro partía del instrumento, nada en sus restos ayudaba a averiguar cómo se habían originado las llamas. Ninguna evidencia probaba el modo en que se había suscitado el fuego. No había rastro alguno de que el clavicémbalo hubiera sido saboteado. La investigación estaba en marcha, pero un desolado Curzio Montenegro, quien había contado todo esto a su pareja el día antes de partir Adelle al encuentro con su amiga, se hallaba por el momento en callejón sin salida.

Ante el misterio, la periodista, aunque sin revelarle nada a su jefe, había convenido con el policía que aquel podía ser un buen tema para sus lectores, siempre ávidos de misterios. Ahora conversaba sobre los detalles con Samantha.

–Pero, Addy, ignorantes y todo, como tú les dices, no creo que tu público se trague eso de un incendio espontáneo. Ahí pasó algo. Un clavicémbalo no se enciende por sí mismo.

–Otras cosas peores se han tragado, créeme. Te digo, esto del fuego me parece interesante, pero está muy verde todavía, es verdad. Me hace falta que haya algo más. Hay misterio, pero no me sirve.

–¿Y de quién era la partitura rara esa? ¿Es un músico conocido?

–Pues, mira, que eso no se lo pregunté a Curzio. De todas maneras, en la página web de la casa debe haber una lista de las piezas que iban a subastar. Pero no he revisado nada. Ya te dije que no me preparé para la cobertura porque sabía que no iba a ir. Lo que sí escuché es que ese clavicémbalo era muy valioso. Creo que había sido utilizado por Bach o por Handel y había toda una sorpresa con que algún músico hiciera una función especial, justo antes de vender la pieza. No sé si era el maestro Ludanov o Wendy Ashtray, pero uno de ellos tocaría algo muy especial en la noche del evento. Nada, pura publicidad.

–No era Ludanov. Iba a tocar Aaron Friederich. Lo escuché en un noticiero, me parece…

–Claro, sí, qué pena. ¡Verdad! ¡Tienes razón! Él está en la lista de los muertos. ¿Lo conocías, Sammy?

–Nos cruzamos alguna vez, en Abbey Road según recuerdo, pero fue apenas un saludo y ya. Estaba mezclando un disco de temas del barroco. Él era un maestro virtuoso de los instrumentos antiguos…

Un silencio se paseó despacio por el salón. La música, justo en ese instante, dejó de sonar. Adelle terminó el contenido de su copa y sonrió.

–Oye, esas variaciones de Rachmaninov a Paganini están geniales, pero no estoy muy clásica hoy. ¿Ya tienes ánimo para escuchar rock o todavía?

La otra dudó por un segundo. Pero decidió de inmediato.

–No, Addy, mejor hoy no. En fin, pero cambiemos de aire de todas maneras –Samantha se paró del asiento y se acercó a la estantería donde reposaban cientos de discos junto al equipo de audio. El perro levantó la cabeza y la siguió con interés un instante, pero enseguida volvió a recostarse en su sitio a los pies del sofá. La chica manoseó los compactos–. A ver. ¿Vivaldi? Ah no, ya, no quieres clásicos me dijiste. Aunque ese es medio rockero ¿eh? ¿Miles Davis…, Vaughan…, Hooker…?

–No, no, que el blues tú sabes cómo me pone y hoy tengo que dormir sola. Mira, te sugiero algo mejor. ¿No tienes a los cubanos del Buenavista Social Club? Pues, eso mismo…

–¿Y el bolero no te pone…? –sonrió Samantha.

–Sí, también, pero al menos ahí puedo bailar un poco –se defendió la otra.

–Vamos, deja eso, que ni yo, con estudios de Juilliard y todo, puedo bailar bien el son cubano. Eso es increíble. Está bien, dale al enfermo lo que pida. Allá va el ritmo del Caribe. ¿Quieres más vino?

El sonido sabroso de la música cubana inundó el salón. Samantha rellenó las dos copas y regresó al confortable sofá. Las muchachas, hicieron un brindis, callado y sonriente, y disfrutaron por un momento de un nuevo sorbo y de la contagiosa melodía.

–Me he quedado un poco curiosa con eso de la partitura misteriosa. ¿No te acuerdas de quién era?

–No, no me acuerdo. Pero búscalo en la web, Sammy. Eso es fácil…

–No, deja eso. Ahora no me voy a parar de aquí hasta mañana.

–¿Ah, sí? ¿Y quién te va a servir el vino toda la noche? Porque no voy a ser yo…

Una breve risotada se convirtió de pronto en un silencio, esta vez, algo triste. En contraste con las notas alegres que se escuchaban del disco, las dos mujeres compartieron una expresión nostálgica. En las noches de festejos, y más de una había acontecido en este mismo sitio junto al estudio, era Scott quien hacía gala de amabilidad y rellenaba las copas, en especial de las muchachas presentes. A cada vez que servía a su esposa, le regalaba un beso y la frase amorosa en su oído, te abrazo, te curo, mi amor. Sus compañeros de banda, ante lo repetido del gesto, lo embromaban y le pedían tragos, sólo para escuchar las ingeniosas y siempre exageradamente vulgares respuestas que el músico prodigaba a sus amigos.

–¿Ya lograste entrar? ¿Lograste empezar a escuchar el material para aquello del disco en vivo? –un gesto de la copa de Adelle señaló a la pared de cristal que delimitaba el cuarto de audiciones con el espacio enorme, ahora a oscuras, del estudio.

–Sí, ya entré –y Samantha pareció de pronto recordar algo y arrugó el rostro.

–No hace falta hablar de eso si no quieres –su amiga la miró despacio.

–No, no es nada relacionado con Scott –hubo un corto silencio–. Aunque, pensándolo bien, creo que sí, pero no lo sé bien…

–Sammy, eso es un trabalenguas que no hay quien entienda…

–Ven conmigo.

La productora se puso de pie y se movió hasta una pequeña caja de seguridad empotrada en una de las paredes. Tecleó una combinación y, al abrirse la cajuela, tomó un llavero con varias llaves. Por la derecha, junto a la pared de cristal, había una salida. La muchacha manipuló el picaporte, atravesó el umbral y encabezó la marcha. Aquiles, de inmediato, abandonó su lugar y siguió los pasos de su ama. Por un pasillo lateral, cubierto con una gruesa alfombra como el resto de la estancia, bordearon la enorme pared del costado del estudio. Era uno de los lados del largo rectángulo que conformaba la pieza principal del cuarto de grabaciones.

Por una ancha puerta, la muchacha volvió a usar una de las llaves y penetró a un mínimo recibidor. Allí había otros dos sólidos portones de gruesas chapas de madera, acolchonados en el interior y por ambas caras externas, que, además de ser un muro de contención sonora, delimitaban las entradas a la sala de control y a la pieza principal. Samantha abrió la de la derecha, encendió el interruptor maestro de la energía y entró a la habitación, que se iluminó de inmediato. Una enorme mesa de mezclas, justo debajo de la ventana acristalada, dominaba prácticamente la visión con sus muchos botones y mandos disímiles. Los teclados de las computadoras, un par de grandes pantallas, las bocinas, más las sillas de trabajo, algunas estanterías y otros muebles, completaban el escenario.

La muchacha ocupó una de las butacas frente a la consola. Con un movimiento de las ruedas del asiento se desplazó hasta el borde del equipo y encendió todo el sistema. Un sinfín de parpadeos lumínicos, luces de colores, monitores y números tomaron sitio en la mesa de mezcla. Adelle se sentó en la otra butaca. El perro buscó sitio en un rincón sobre la alfombra.

–No sabía sí contarte esto, Addy. No he querido hablarlo con nadie y es muy raro. Creo que hasta un poco sobrenatural… –la voz le tembló al terminar la frase.

Su amiga la miró con una mezcla de curiosidad y alarma. Era cierto que Samantha era creyente, pero no fanática. Era cierto, también, que sus meses recientes habían sido bastante poco felices con toda la historia del accidente y la muerte de Scott y sus amigos de la banda. Quizás estar sola en el enorme sitio que ocupaba el complejo podría hacerle sentir mal, pero para nada Adelle podría imaginar a la productora presa de algún delirio o de alucinaciones de más allá. No, qué va, esa no sería nunca Samantha Dyllis.

–¿Qué pasa, Sammy?

La chica buscaba en la pantalla de la computadora. Al fin seleccionó un archivo de audio, lo abrió y antes de que empezara a sonar pausó la reproducción.

–Esta es la maqueta de una canción que estábamos grabando Scott y yo. Fue como dos semanas antes de mi cirugía y un poco antes del viaje. No la había escuchado desde entonces hasta hace un par de días. Por favor, Adelle, no quiero que le digas esto a nadie…

–Me estás preocupando. ¿Qué cosa es?

Por toda respuesta, la otra volvió a pulsar sobre el archivo con el ratón y el sonido se dejó escuchar. Las gráficas que convertían a una canción en sinuosos picos y ondulaciones, como un electrocardiograma, según se le antojaba siempre a la periodista, cambiaban de color en la pantalla a medida que avanzaba. Al principio, las voces de Samantha y de Scott acordaban un tono específico. El hombre decía con claridad que no apurara el primer compás. Al instante empezaba a sonar una guitarra, un piano, y la voz femenina entonaba una lenta balada. Era un tema triste, que hablaba de despedidas, de ver el mundo desde el cielo si llegaba la partida. La segunda voz se unía de pronto. Sin embargo, apenas habían terminado la segunda estrofa, una risotada rompía la candencia. Las dos voces, entre risueñas protestas, se culpaban mutuamente en broma.

–Es que Scott se equivocó –aclaró Samantha–, cantó los versos del final antes de tiempo.

La grabación avanzaba entre silencios y diálogos. La canción se dejó oír nuevamente y otra vez se interrumpió por alguna equivocación del hombre. La muchacha adelantó algo el archivo. Las voces se transformaron en risotadas y leves gritos, como juegos. Muy pronto, los inconfundibles ruidos, risas y susurros de una pareja haciendo el amor se dejaban escuchar con claridad.

–Oye, oye… –la periodista sonreía maliciosa, mientras blandía su copa de vino–. ¿Pero esto es lo que quieres que oiga? Hoy que estoy solita. ¿Es para darme envidia?

Sin embargo, la otra no mostraba cara de broma alguna. A saltos, avanzó por el archivo, como buscando un sitio determinado del registro. Los ruidos, ya francos jadeos y quejas cada vez más excitadas y profundas, continuaban.

–Bueno, Samantha, que tú eres mi hermana, pero tampoco tengo que pasar la noche oyéndote… –la inminente grosería y el tono ya algo incómodo de la visitante fueron bruscamente interrumpidos por un gesto de la productora y un sonido muy extraño desde la grabación.

–¡Ahí! ¡Ahí! ¿Lo oíste?

Adelle se paralizó por un momento. No había escuchado bien, pero algo la hizo erizarse de pies a cabeza. Un escalofrío la obligó a contraerse un poco en el asiento. Aquiles, desde un rincón, comenzó a ladrar sin pausa.

–¡¿Qué cosa es eso?! –preguntó con un hilo de voz.

Por toda respuesta, Samantha regresó el archivo un poco atrás. La grabación, justo en un jadeo exaltado de la muchacha, se interrumpía de pronto. Luego de un silencio, entonces se oía una especie de soplido como de hoguera o de estertor, un bostezo con geografías de demonio, un hueco sonoro que al abrirse parecía tragarse la luz y devolver el mundo a las sombras. El bisbiseo, más que dejar escuchar su rumor, casi se corporizaba dentro de la estancia y fuera de las bocinas, como si pudiera a la vez ser un ente líquido, sólido, gaseoso, una aparición vertical que se tornaba en puerta hacia lo ignoto. El raro eco apenas duraba unos segundos. Sin embargo, era suficiente para aterrorizar a quien lo escuchara. La muchacha volvió a pausar la reproducción y miró a la otra con grandes ojos asustados.

–A ver, Sammy, es verdad que eso suena horripilante. Me ha dejado congelada. Pero, a ver, piensa que puede haber sido cualquier cosa. A lo mejor le dieron un golpe a un micrófono, a un instrumento o algo. No te podrás acordar de eso haciendo el amor…

El perro no dejaba de ladrar, como asustado. Su ama le dio una orden y el animal, aunque receloso y dejando escapar gruñidos por lo bajo, vino a echarse a sus pies. La muchacha otra vez encaró a su amiga.

–Eso mismo pensé yo al principio. Pero entonces descubrí esto otro…

Al activar nuevamente el archivo hubo un silencio de algunos segundos. De improviso, los sonidos del amor regresaron muy fugazmente, casi irreconocibles, y, después de otro silencio, una conversación en voz muy baja. Con un poco de esfuerzo, era posible descubrir las mismas voces de la pareja. Sin embargo, algo había cambiado. Ahora el diálogo se escuchaba algo alejado, como si una pared de hielo o un velo lo encerraran.

–No entiendo. Se oye más lejos, pero, ¿qué tiene que ver eso?

–Ahora verás. Voy a eliminar los sonidos de ese primer plano.

Samantha manipuló algo en el teclado. De las pistas de audio, visibles en varias hileras de gráficas que corrían a través de la pantalla, quedó activa una sola. Entonces oyeron otra voz. Más que una voz parecía ser una sentencia ineludible. Sonaba grave, apartada, inequívocamente masculina. Articulaba con aire mitad solemne y mitad ajeno, con resonancias entre la soledad y la monotonía, pero con total nitidez y autoridad. Unos raros gruñidos, muy al fondo, acompañaban el recitativo.

La pared de hielo se esfumaba y la voz tomaba presencia. Un calor inusual invadió la habitación. Sonaba como los ojos hipnóticos de algún reptil invisible presto al ataque. El monocorde y grueso estribillo se abría como una boca, como un agujero informe sin claridad alguna ni destino. Parecía que el ruido mutara y pudiera ser a la vez incorpóreo y tangible. Su presencia podía de pronto estirar despacio un eco, cualquier balbuceante extremidad o intención, y llegar a tocar la piel, o tal vez tragarse todo el espacio donde aparecía, como ausencia omnipresente, como abismo del irraciocinio. La ininterrumpida letanía, una especie de oración repetida en lengua extraña, duraba casi un minuto.

El escalofrío, helado, paralizante, volvió a recorrer la nuca y luego toda la piel de Adelle. El perro, después de un par de desconsolados gemidos, abandonó el cuarto a toda carrera, con la cola gacha entre las patas traseras y el bufido de una protesta inconforme y aterrada.

–¡Dios mío, Samantha! ¿De dónde sacaste eso?

–¡Eso quisiera saber yo! ¡¿Cómo se grabó eso ahí?! Además, parece algo así como un rezo en latín, pero no lo reconozco. ¿Puedes traducirlo?

–Sí, claro que lo entendí. ¡No lo repitas más, Samantha, por favor! ¡Es horrible!

–¿Pero, qué dice?

–¡Vamos afuera! ¡Apaga todo eso y vámonos de aquí! No es un rezo, Sammy. Es un llamado siniestro. ¡Es una invocación diabólica!

Adelle, muy asustada y sin poder contenerse, rompió a llorar.

Josepe Andoni Fortabat Caden (I)

Huesca, Aragón, España.
2026, mediados de noviembre.

La puerta se abrió por completo y la figura que apareció en el umbral, algo rolliza y de mediada estatura, armó de inmediato una agradable sonrisa acompañada de unos brazos abiertos.

–¡Mi querido amigo, cuánto tiempo! ¡Sea bienvenido!

El visitante y el anfitrión se enlazaron en un fuerte y sincero abrazo.

–Pero pase, pase usted, lo esperaba impaciente. Vamos a la biblioteca…

Caía la tarde en la ciudad de Huesca. En una modesta y tranquila casa en las afueras, el sacerdote católico Josepe Andoni Fortabat Caden recibía al profesor británico Zilas Swan. Los dos hombres penetraron a la edificación y avanzaron por un corto pasillo, flanqueado de puertas, todas cerradas. El último marco del corredor era el destino del viaje.

La biblioteca, una habitación mediana y bien iluminada a pesar de las cortinas, era un sitio silente y cómodo. La temperatura, la sobriedad, las discretas pero eficientes lámparas, la disposición de los estantes y las cómodas butacas y el sofá, apuntaban a un lugar de absoluta paz espiritual y disfrute del conocimiento y la lectura. Un buró de regulares proporciones, a juego con el tapizado del resto de los muebles, marcaba el centro de la estancia. Hacía allí se dirigió el hombrecito, seguido del recién llegado.

–¿Qué le ofrezco? ¿Puede ya beber a estas horas? Tengo un ron cubano excelente. Dicen ellos que sirve para entrar en calor, así que motivos tenemos…

El inglés sonrió.

–¿No estará usted sucumbiendo a las tentaciones, padre?

–Usted sabe que no bebo. Fue un regalo de unos amigos de esa isla. Si por algún pecado de gula seré castigado alguna vez será por esto –el curita señaló una panzuda vasija que reposaba en una bandeja junto a dos enormes tazas blancas. El olor y el humo que ascendía lentamente del interior no dejaban lugar a dudas del contenido.

–Lo acabo de preparar mientras esperaba su llegada –explicó Fortabat.

–Ah, el chocolate… veo que lo sigue haciendo usted mismo, a su medida y gusto. Pero así, en verdad vale la pena ser tentado –sonrió de nuevo Swan–. Pues lo acompaño, venga ese ron, pero con hielo por favor, y también sírvase usted.

El sacerdote cumplió con prontitud la gestión de escanciar una buena dosis de ron y hielo en un vaso de grueso fondo cuadrado y boca redonda. En una de las tazas, vertió una generosa cantidad de un líquido oscuro, aromático y humeante. Las dos butacas fueron ocupadas y después de un primer sorbo mutuo, los hombres se dispusieron a conversar. El sacerdote inició las acciones.

–Si le soy honesto, su aviso postal y su visita me sorprenden un poco. Además, por lo discreto que ha sido usted con los motivos de este viaje, más que lo usual, diría yo, asumo que no son buenas las noticias que trae.

–No lo son, amigo mío, no lo son –respondió Swan y repitió un trago mínimo de su vaso.

El curita lo miró con paciencia. Era un hombre más joven que el profesor Swan, que ya vivía más de la mitad de sus sesenta. El religioso apenas rebasaba los cincuenta y tres años. Era más bien pequeño, de carnes rollizas pero duras y, para cualquier observador desinformado, parecería un hombrecillo simple, como un hobbit de J.R.R. Tolkien o un pastor de tranquilas maneras. La cabeza sin un pelo, la barba compacta de matices rojizos y unos azules ojos inquietos que no podían ocultar el brillo combinado de una rara mezcla de paz y mucha astucia, eran algunos de sus signos físicos más visibles. Sin embargo, detrás de aquella mirada se escondía una de las mentes más brillantes, valientes y capaces de toda la Iglesia Católica.

El padre Josepe Andoni Fortabat Caden era un exorcista. Luego de arduos y largos estudios sobre criaturas infernales y posesiones, se había convertido en uno de los más famosos personajes del mundo de la demonología católica. Aquel curita en cuya sangre se mezclaban explosivos genes irlandeses y vascos, con ancestros donde no faltaban terroristas, independentistas, nobles, guerreros, reyes y hasta indianos delincuentes regresados de América o muertos a manos del verdugo, más de una vez había salido ganador en múltiples batallas contra las huestes del Averno. En no pocas ocasiones resultó ser incomprendido, hasta por algunos obispos de su propia institución. En su haber no faltaban bromas, comentarios sarcásticos y hasta insinuaciones de excomunión producto de sus estudios y su labor.

Sin embargo, había logrado con sus obras un respeto a toda prueba y el saber blindado de su experticia. Las irrefutables victorias sobre posesiones diversas, algunas terribles en verdad, lo habían ubicado como el mejor de su ramo en España y uno de los más reputados en Europa y el mundo. A pesar de su fama y de sus muchos libros, tanto de ciencias teológicas como de literatura de ficción, además de las constantes invitaciones a conferencias y cursos de universidades y sociedades de todo el mundo, seguía en su parroquia dando misas diarias, haciendo bautizos, confesiones y bodas. Estar cómodamente instalado en una butaca de su biblioteca, con un buen libro, sus discos de música clásica y una taza de chocolate caliente, era el mejor de los estatus que el padre Fortabat podía desear. Aunque la vida se empeñara, con más frecuencia de la que él mismo deseara, en apartarlo una y otra vez de tan sencillos placeres.

–Usted dirá, amigo mío, todavía la adivinación no es los dones que me ha sido conferidos por la providencia –sonrió el párroco.

En palabras muy directas, en un estilo claro y sintético, Zilas Swan relató a Fortabat Caden lo sucedido en el estudio de grabaciones de Samantha Dyllis y el incidente de la invocación que escuchara junto con su amiga Adelle Archard. El misterio de la llegada de una exhortación, quizá demoniaca, a las muy seguras computadoras del lugar; la carencia de conocimientos de latín de los músicos y de la productora; la casi absoluta exclusión de que el hecho fuera producto de una broma o un hackeo desde el exterior; el detalle de que el sitio fuera un antiguo convento católico; el terror que sintieran y la ayuda pedida por las dos amigas al experto, así como el extraño mensaje de la propia imprecación en latín, desfilaron a través de los argumentos del británico. El curita escuchó sin interrumpir y con total atención.

–Asumo que ha traído usted una copia de esa grabación, ¿verdad?

Por toda respuesta, el inglés extrajo un breve sobre del bolsillo interior de su saco. Al abrirlo, dejó ver una pequeña cajuela rectangular de plástico. El padre Fortabat no pudo menos que volver a sonreír.

–Una cinta de casete. Amigo mío, usted se pasa de discreto y prudente.

–Lo primero que hice luego de escucharla fue grabarla en formato analógico. En mi computadora sí la estudié antes de todas las maneras. Es un texto en latín, con una voz bastante poco usual, poco humana me atrevería a decir, por su manera de articular y el tono. La descompuse y hay apenas un segundo plano muy lejano, con unos sonidos raros, indescifrables, que parecen una especie de rugido o gruñido, aunque hay un cierto patrón que se repite, pero eso lo podemos ver con más calma luego. Esa la separé y está también grabada aquí –y el experto agitó el objeto contra la palma de su mano–. Pero no descubrí nada raro al fondo.

–¿Entonces...? –incitó el párroco.

–Parece auténtica –y la voz y los gestos de Swan traslucían sincera preocupación–. Más allá del suceso de cómo llegó ahí esa grabación, que es misterioso pero no imposible como usted y bien sabemos, me interesa más saber quién pronunció esa frase. O qué…

Fortabat lo miró de hito en hito. A pesar de aquel fracaso mediático que marcaría para mal la vida y el prestigio del inglés como investigador de lo paranormal, el cura sabía que no era ningún estafador advenedizo en busca de fama y fortuna y respetaba mucho sus saberes. Se habían conocido en particulares circunstancias profesionales que los unieron. Fue un asunto, en verdad demoniaco, que ninguno de los dos aclaró nunca a los medios de prensa y que rara vez mencionaban, incluso entre ellos. Luego de ese suceso, en unas cuantas ocasiones se consultaron sobre diversos fenómenos paranormales y quedó además una buena amistad entre ambos hombres. De hecho, algunos de los exorcismos del párroco habían sido acompañados por consejos y recomendaciones del especialista británico. Sabido el interés del inglés por los sonidos, y enterado el sacerdote de que estos también podían ser un arma infernal, la colaboración mutua había sido si no frecuente, al menos sí plural. Sin embargo, ambos mantenían un discreto velo de silencio sobre sus respectivas ayudas. Casi nunca se dejaban ver juntos en público y, sobre todo para los medios, eran dos simples expertos, casi en su cenit el uno, casi en el declive del olvido el otro, pero no muy aprovechables desde el amarillismo para historias espeluznantes o morbosas que sacar a la luz.

–El asunto sería saber dónde está y de dónde viene ese quién… o ese qué –repitió el sacerdote la construcción gramatical del otro. El padre Fortabat hablaba el inglés con un deje irlandés mezclado con candencias castizas y vascas. El aprendizaje de esta lengua, gracias a su madre, más el euskera paterno y el castellano, y luego los idiomas que estudiara en el seminario, armaban una paleta amplia para expresar sus pensamientos.

–¿Sabe usted si la banda musical de la que me habla participaba en rituales satánicos o hacían ceremonias ocultistas en ese estudio? Esas puertas son usuales para facilitar el paso de las criaturas demoniacas.

–La productora me asegura que no. Tienen algunas letras un poco explícitas en lo sexual, un par de temas de contenido mágico o esotérico, hasta de duendes y magos, pero a pesar de sus éxitos no eran una banda de excesos. Ni en sus obras, ni en sus comportamientos.

–Pues, vamos a oír esa cinta… –Fortabat tomó el casete y se dirigió a un estante de un costado de la biblioteca.

Abrió la doble hoja de las portezuelas de cristal del mueble y varios equipos electrónicos quedaron al descubierto. En un estante inferior, el más bajo, una pequeña y vieja grabadora negra de mesa se tragaba la luz en su recubrimiento de goma oscura. En las blancas manos del párroco, parecía más silenciosa su cubierta.

–Todavía la conserva… –sonrió satisfecho el profesor británico desde su butaca. En la primera colaboración de trabajo que ejecutaron juntos, Swan, siempre reacio a dejar rastros fáciles de copiar y luego a los mensajes electrónicos, había enviado esa grabadora con un casete que contenía consejos y preguntas del caso que analizaban.

–Así es…

El curita conectó el equipo a un tomacorriente de un costado del buró. En una pequeña mesa colocó el aparato, introdujo el casete y encendió el interruptor. El visitante se acercó también, sin soltar su vaso. Antes de oprimir la tecla de reproducción, Fortabat miró a su colega.

–¿Alguna recomendación antes de escuchar esto, amigo Swan?

–¿Lleva usted su crucifijo puesto?

El párroco hizo un breve silencio. El rostro serio del otro hacía notar que no había un atisbo de broma, ni en la candencia, ni en las frases que utilizaba el británico.

–Siempre. Además, usted sabe que mis protecciones divinas van junto conmigo en todo momento. Uno no se quita y se pone la fe o el ordenamiento sacerdotal, mi querido amigo.

–Créame, nos hará falta. Presiento aquí un gran peligro, padre Fortabat… –el profesor hizo una breve pausa y regresó al mismo tono que usaba para sus clases universitarias–. Primero escuchará usted el patrón de rugido, o lo que sea, que le dije había descubierto en un segundo plano. Es un elemento interesante pero no es lo más importante. Después viene la invocación. Usted sabe latín, creo que no necesitará mi traducción, pero en todo caso la aprendí de memoria y no la he escrito en soporte alguno.

–No sobran precauciones, hizo usted muy bien. Al igual que lo de la cinta. Lo digital es hoy muy vulnerable.

–Salvo que sea robada, no hay modo de piratear lo analógico, padre.

–Escuchemos pues…

El curita encendió la grabadora. Una sucesión de incomprensibles gruñidos, bastante horrísonos y cada uno diferente al otro, se dejaban escuchar de modo un poco alejado e intermitente. Durante algunos segundos, parecían tener una cadencia regular, pero luego se dispersaban, hasta cesar.

El párroco apagó la reproducción.

–No parece ningún animal conocido. Pero tampoco me suena a ninguna de las voces o gruñidos que yo haya oído en alguna de mis ceremonias. Y son varios…

–Atienda usted ahora… –y Swan apuntó al equipo con su dedo –. Primero hay una serie de preludios sin aparente significado y luego es la invocación como tal…

Fortabat encendió de nuevo. El casete giró y desde la bocina del pequeño aparato, se empezó a escuchar un pesado silencio. De pronto, había una suerte de soplido misterioso, justo como un anuncio o una presentación. Al instante una agitación sin nombre, como un bostezo macabro que dejara abierta su boca, como un eco indefinido que se hacía palpable y hondo, se extendía durante algunos segundos. El sonido hacía cargar el ambiente. Semejante a nubes, a preludios de tormenta, así lucían las vibraciones que escapaban lentamente de la bocina. Un torvo ronroneo, como si para un sonido fuera posible hacerse sólido y permanecer, empezaba a ocupar sitio en el aire, en los sentidos, hasta en la realidad delante de los ojos de aquellos dos hombres.

Una presencia maligna, inmaterial pero cercana, casi tomaba sombra por sombra la estancia, tal si un líquido invisible y perverso inundara resquicios, esquinas, vacíos. Las cortinas, como agua de la noche, rodeaban los sentires y llegaban hasta la piel, a la saliva de la boca, a cada bocanada que respiraban. En el espacio alrededor se sentía la posibilidad de que sucediera una aparición ominosa y súbita.

De pronto, una voz de tonos graves, autoritaria, con leves rasgados y crueles acentos ante algunos fonemas, comenzó su discurso con irritante pero total nitidez. Un velo vertical, como una frontera helada, crecía entre la voz y su persistente letanía. Con cada sílaba, había una suerte de pared fría, impalpable pero cierta, que se alzaba para encumbrar más aquella voz. La invocación duraba casi un minuto. Al callar, la luz y el ambiente tranquilo se restablecieron nuevamente en la estancia. Solo el leve siseo de la cinta vacía se escuchaba a través de la bocina del aparato.

El padre Fortabat apagó la grabadora. Con muy lentos pasos regresó muy callado a su butaca. Su rostro, habitualmente sonrosado, parecía ahora una pieza de marfil casi acerado. Sus rasgos, rollizos, estaban afilados y tensos. El visitante también volvió a su asiento. Su cuerpo, su rostro, sus manos algo crispadas, igual dejaban ver una gran tensión.

El sacerdote estiró lentamente la mano a su taza. Sin embargo, apenas sus dedos tomaron el asa y levantaron el recipiente, detuvo el gesto y abandonó la vasija en su bandeja. De pronto había perdido hasta su irrefrenable gula por el chocolate. Su vista fue despacio, desde el vacío, a chocar con los ojos intranquilos del británico. Al hablar, sus palabras sonaron firmes, pero en una entonación muy baja y muy preocupada. Tan preocupada, que hasta se permitió blasfemar.

–Ha hecho muy bien en venir a consultarme. Usted está en lo cierto, profesor Swan, hay un gran peligro detrás de todo esto. Es preciso saber de dónde ha salido semejante horror. Pero, sobre todo, necesitamos saber qué diablos es eso…

Ficha

estado
Inédita
género
Novela de horror
derechos
Disponibles para ediciones y traducciones fuera de Cuba. Consultas de derechos · derechos@antoniolopezsanchez.art

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