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Sinopsis

La novela hace un recorrido a través de una jornada en la vida de Juan Pérez. Un periodista de cuarenta y tres años, que vive en la capital de una isla muy peculiar en las Antillas, en la segunda década del siglo XXI, protagoniza un retrato del excepcional y casi surrealista devenir diario que lo rodea. A través del realismo, el drama, la reflexión, algo de humor y hasta el absurdo, se dejan ver los anhelos, avatares y límites que navega Juan Pérez durante dos vueltas completas del reloj. Sobre todo, destacan todos los amores y búsquedas que sostienen al personaje principal en su brega.

De alguna manera, el texto es un tangente homenaje al Iván Denísovich, escrito por Aleksandr Solzhenitsyn. Como detalle quizás destacable, en pago más de gustos que de influencias desde el autor, hay un explícito guiño al Guillermo Cabrera Infante de Tres tristes tigres.

Además, dentro de las páginas y en un momento muy puntual de la trama, se rinde tributo a los estilos escriturales de Jorge Luis Borges; Luis Rogelio Nogueras (un importante poeta y novelista cubano) y al propio Cabrera Infante, así como a algunas fórmulas recurrentes y nunca extintas de cierto periodismo nacional de la ya mentada isla.

Una jornada lluviosa, con recuerdos, buenos y malos ratos, y amigos y amores y sueños se ofrece desde las páginas de novela. Una jornada, sobre todo, que empieza y acaba llena de preguntas.

Con voz y voto

Alguna vez, en mis andares como crítico e investigador de la Nueva Trova, escuché que un compositor comentaba que una de sus canciones había envejecido. El tema, en uno de sus versos, describía específicamente el valor clandestino de compra y venta de divisas. Unos pocos años después de componer la letra, ese valor se había disparado astronómicamente y superaba en mucho lo dicho por el verso original.

Aunque no creo que haya envejecido, porque cada relato de una época es memoria, es hito que queda registrado, algo semejante sucede con esta novela. La realidad literaria que describe, ubicada más o menos en algún momento entre finales de los noventa e inicios del siglo, fue superada en mucho, para mal, por la realidad habitada, especialmente la más cercana y reciente. No pocas de las situaciones que describe la obra, tanto en tono elogioso como a veces en aire crítico, quedaron desarticuladas ante los posteriores avatares de la vida real.

Por diversas razones esta obra ha permanecido inédita. Aunque hay algunas circunstancias del país que prácticamente desaparecieron y ya no son como en la novela se cuenta, no teme el autor que estas páginas se vuelvan inútiles. Si la vida hubiera mejorado, la obra sería un recordatorio, una advertencia, la alerta ante ciertos males a los que no se debe regresar. Ningún relato que pueda contarnos algo del pasado, aunque sea más o menos reciente, resulta inservible. Si la vida ha empeorado, esa misma memoria sirve de faro, de luz que nos recuerda, cuando llegue la hora de reinventarlo todo, qué éramos, qué queremos ser, y qué no, en un futuro.

Más allá de los retratos que narra, superados, superables, mejores o peores, toda obra de arte desea remover algo en quien la recibe. En este caso, realidades aparte, si el texto consigue despertar alguna pregunta, pasada, presente o hasta por venir, se sentirá satisfecho este escriba. Habrá una novela que cumplió su cometido.

ALS

Fragmentos

Preludio

Las preguntas son una suerte de animales. Con pan y circo, con garrote y zanahoria, con silla y látigo, y siempre domador mediante, se logra que se mantengan dóciles, que se amansen. Hasta se pueden domesticar durante mucho tiempo. Las preguntas son como virus, como bacterias mortales. Es posible contenerlas, confinarlas, observarlas desde que nacen y manipular sus conductas, sus saberes. Se puede alimentarlas, entrenarlas incluso, para que vayan a los sitios deseados. Para que cumplan, como bueyes, sus cometidos, en aras de alguna cosecha. Para que sirvan a sus dueños.

Sin embargo, las preguntas también pueden ser bestias terribles, entes feroces, sujetos indomables. Porque hay un día donde las respuestas habituales, las establecidas, las siempre efectivas, de pronto fallan. Tienen alguna contradicción, algún desperfecto, pero siguen adelante. Así comienzan despacio a filtrarse, a hacer aguas, a quedarse cortas, a envejecer sin mejorar sus esencias y sus argumentos, sin desarrollar sus sostenes y ofrecimientos. Un día las respuestas empiezan a aferrarse, a intentar sostenerse a cualquier precio. Incluso, en el colmo de la ceguera y la tozudez, a sostenerse en detrimento de ellas mismas, de sus propios cimientos verdaderos, de sus paredes reales, de sus cielos posibles. Sin reconocer que llegó la hora de apartarse y ceder. Ese día, puede cambiar todo. Porque uno de esos días, insatisfechas, se pueden escapar las preguntas.

Entonces, se inoculan despacio en su hábitat preferido. Crecen poco a poco en la duda. Se multiplican en el desamparo, en las decepciones. A partir de ese día en lo adelante, las preguntas sufren su metamorfosis. Porque una vez que olvidan, o peor, que usan todo lo aprendido. Una vez que crecen. Una vez que escapan de sus jaulas, de los canales establecidos, del momento y el lugar adecuado, de las inamovibles certezas repetidas y obligadas, de la oscuridad y la ignorancia donde por lo general las mantienen confinadas, pueden ser muy peligrosas.

Porque las preguntas libres tienen fauces y zarpas y memorias. Y algunas, las peores, tienen hasta odios y rencores. Si las atenaza el hambre de saber, son capaces de atacar. Sin previo aviso. Sin medir sus oponentes, sin pensar en resultados ni conveniencias.

Y saltan, a pecho, a rostro descubierto. ¿Qué? Enseñan los dientes, los deseos. ¿Cómo? Sacan las uñas, las púas, las coces. ¿Cuándo? Son como felinos. ¿Quién? Como aves de presa. ¿Dónde? Y disparan sus verdades, se liberan de los venenos que las alimentaron. ¿Por qué?

Las preguntas pueden invadirlo todo. Quizás despacio, calladas, observantes. Quizás poco a poco, hasta con descuido. Pueden incluso simular que siguen en su aprendido letargo, sumidas en los credos y dogmas que las adormecen, dóciles. Pero si se les acaba la paciencia. Si se les marchita el convencimiento. Si las respuestas, armadas de cualquier silencio, intentan acallarlas, pueden volverse ingobernables.

Cuando las preguntas descubren la siempre cruda, la siempre dolorosa y feroz herida del engaño. Cuando las preguntas encuentran la mentira, se ponen furiosas. Indetenibles. Como tiburones frenéticos enardecidos por el olor de la sangre. Y muerden, y desgarran, y embisten, hincan los aguijones, se inmolan, se lanzan a sí mismas, sin prever las consecuencias. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién? ¿Dónde? ¿Por qué?

Así, alguna de ellas puede anidar en tu interior. Echar raíces. Multiplicarse. Y puede que tú también parezcas sumirte, dócil, en los aprendidos credos y dogmas. Pero, una vez despiertas allí dentro. Una vez que sabes de sus hambres y caminos, ya no hay modo de seguir ajeno a las sendas que revelan. Una vez que te han poseído las preguntas, resulta imposible despertar, vivir o hasta morir sin ellas, de cada jornada en lo adelante.

I. Amanecer sin dolor

Como martillazos sobre un trozo de riel ahorcado de un alambre, lejana reminiscencia inevitable, inolvidable, de los años de servicio militar, el despertador convoca histérico al de pie. Son las cinco de la mañana. Mientras un brazo medio inconsciente se estira, para silenciar en la espalda del aparato la hiriente letanía electrónica del llamado, en un primer acto, y para encender la lámpara en el segundo, alguna frase en su mente le recrimina porque otra vez se equivocó al programar la hora. No tenía que levantarme tan temprano, rumia una voz inconforme en su interior.

Juan abre los ojos y se sorprende, hasta se agita un poco, ante la certeza de estar de vuelta en la realidad. El cielo raso, con gruesos trazos de blanca lechada que cruzan desalineados las chapas cuadriculadas de madera, le confirma su regreso. En tanto retorna de los predios del sueño, sus ojos, magia mediante, atraviesan la capa para el acostumbrado pronóstico del estado físico de su techo. De seguro habrá una nueva grieta. Una nueva arruga del repello. Una cabilla batallando a silentes empujones contra el cemento, que a diario cede un poco más de terreno.

En un extremo, el menos iluminado, las humedades hijas de las lluvias que se filtran hacia abajo juegan hoy a parecer un animal diferente. Como cada mañana, Juan imagina qué pintor, abstracto o figurativo, según sea el capricho del rastro mohoso y amarillento en la plancha de madera ya medio arqueada, podría firmar el retrato que expande mapas sobre la cabeza del inquilino.

Tengo lo que tenía que tener, recita silente, autocompasivo. Y entre las redes de la somnolencia que ya se disipa, una imagen se difumina de modo más lento. Al parecer una mujer estuvo vagando por uno de esos disparatados senderos de lo onírico. Pero, ahora mismo, con el pesar de no poder saborear el recuerdo de algún pasaje erótico, Juan no era capaz de reconstruirla.

El recuento del despertar le trae una memoria y se lleva los dedos a la mejilla izquierda. Ya no me duele, por suerte, piensa. Y recuerda sus andanzas de unos cuantos días atrás, ante el inesperado dolor de una muela que yacía partida, silente y olvidada en su mandíbula superior. Algún demoníaco habitante del mal, de seguro aliado con uno de esos nombres aterradores de la literatura médica, o peor, de la estomatológica, había tomado por asalto el dormido cráter. Bajo tan terrible liderazgo, se produjo una rebelión de infecciones y de líquidos purulentos, en inasible y doloroso plural. Luego de una madrugada eterna de aguijonazos, un mediodía dominguero de primeros tratamientos, y el pronóstico de una semana de pastillas, al fin se enfrentó Juan al suplicio de la consulta donde le extrajeran la muela en erupción.

Era un suplicio, pero no por culpa de cualquiera de los clásicos temores al dentista. No se azoraba Juan ante la aterradora exhibición del raro instrumental, augurio de inimaginables tormentos, con su impoluta frialdad de acero inoxidable. No se sobresaltaba al constatar el regreso a la vida del sádico taladro de salpicante chirrido, una cabeza de dragón metálica, cuyo sibilante y agudo sonido mezclaba reminiscencias entre eras industriales y el potro medieval del verdugo. No era temor o, al menos, no ese temor.

Se trataba de un miedo diferente. Mucho mayor que a cualquiera de los aparatos y verbos del sillón dental. Era el miedo a la gestión, al tiempo perdido. A verse atrapado en las mínimas pero todopoderosas odiseas burocráticas. A caer en las opciones, casi siempre Escila o Caribdis, que por lo general se ofrecían para resolver cualquier problema. Fuera un ministerio, una revista o un simple puesto de salud estomatológica, cada institución tenía sus propias lógicas, sus laberínticos algoritmos, plagados de minotauros disímiles, y nunca diseñados para mejor favorecer a los necesitados. Más bien, eran como un mítico e impensado trabajo trece de Hércules. Sólo los más resistentes y decididos héroes lograban su cometido.

Juan recordó, en una rápida edición, las varias visitas antes de que su volcán bucal fuera finalmente extinguido. La primera vez, de urgencia, una doctora desganada, en plena modorra tras el almuerzo a solas de un dominical mediodía de guardia, hizo las labores iniciales de escombreo, casi aún en pleno terremoto. Con eficiente pero exasperante calma, apartó un poco de lava, apaciguó fuegos y dispersó cenizas. Un ejército de antibióticos fue dispuesto al ataque, y de paso, cargó con la mitad de presupuesto que le quedaba a Juan para superar la peligrosa pendiente de los últimos días del mes. Por cierto, interrumpió su remembranza, hoy deben pagarme dos colaboraciones en La Larva Muda. Si la reunión se acaba temprano voy a pasar por allí.

Después, volvió a su recuento, vino la ida a sacar el turno para la obligada reparación capital o, lo más seguro, la demolición definitiva de su muela, ya en peligro de un derrumbe que rozaba lo superlativo. Por suerte, la compañerita muchacha encargada de la tarea lo atendió con presteza.

Más allá de la hebilla de dorado plástico, floreciente en medio de su pelo primorosamente teñido de negro cuervo y que hubiera sido la envidia de Scheherezada. Más allá de unas uñas, que bien podían pasar como el mapa de alguna zona montañosa si no hubiera sido por sus colores violeta y rosa primorosamente dispersos en montoncitos a relieve. Obviando esos detalles, la chica fue menos lenta que lo habitual esperado en estos casos. Pero la felicidad nunca es completa. El turno, requerido al menos en la semana siguiente a la que la armada antibacterial comenzara su ofensiva, era imposible antes de quince días.

Una vez que fuera el feliz poseedor de una fecha programada para su atención, Juan tuvo la osadía de creer a punto de mate el asunto. El día del turno voy, me sacan la pieza y ya, razonó. No imaginaba que su aventura molar, contra toda lógica, o más bien desde la ilógica habitual, aún tendría tres capítulos más, divididos en las correspondientes visitas a su policlínico.

Las dos primeras resultaron intrascendentes, salvo por el nimio pormenor de que no fue atendido. La primera vez no había agua en toda la instalación. Una avería, según le explicara la recepcionista. Una señora, también con el pelo teñido en rechinante negro, pero sin hebillas. Ya la están reparando, pronto tendremos agua, aseguró con la misma firmeza ingenieril de don Francisco Albear. Y con inusitada eficiencia pospuso oficialmente el turno, cuño y firma mediante, para otra semana.

Aquel papelito rectangular, mal rasgado en uno de sus lados y primorosamente escrito a lápiz, valía tanto o más que un salvoconducto divino. Con uno así, hasta de Casablanca hubieras podido salir, comentaría su amigo Justo Blanco, eterno amante de símiles cultos y comparaciones absurdas, ante la sonrisa cómplice del Best, Jesús Bester según sus documentos legales, el otro compinche habitual, la tercera pata de aquella ya larga mesa amistosa.

En la segunda visita, aunque la avería del hospital había sido parcialmente reparada, aún se extendía la temporada desértica al área estomatológica. Pronóstico, otros cinco días. Y la diosa de la recepción, aunque sin prometerle el comienzo de alguna hermosa amistad, le otorgó otro salvoconducto.

Al fin, en una radiante mañana que incluso alcanzaba para sentirse optimista, aunque la muela amenazara lejanamente con empezar a doler de nuevo, quizás ya vencidas las tropas antibióticas, llegó Juan a la consulta. Su euforia no tuvo límites cuando superó, escaleras al cielo, la infranqueable recepción y constató, gracias a un simpático arroyuelo que huía por debajo de la puerta del baño clausurado y que le mojó las sandalias al pasar, que ya había agua en todo el recinto.

De todas formas, su entrenado sentido de la contención a la alegría le advirtió que había mucha gente en la sala. No importa, pero hoy salgo ya de esto, se animó decidido, estoico, preparado para cruzar el Rubicón de cualquier espera, por larga que fuera la travesía. Y casi en la aberración del optimismo, encontró un asiento disponible, cuando un insoportable pionerito obligó a su derrotada mamá a bajar los tres pisos en busca de un jugo, unos caramelos, o cualquiera de las mil combinaciones alimentarias que se venden en un hospital en la mañana. Ya instalado, incluso se atrevió a sonreír. Era la señal que esperaban los demonios. Entonces empezó el show.

Una enfermera hizo su aparición en el salón de espera y exigió la atención de todos, por favor. La luz ambiente se oscureció y un seguidor la rodeó de un blanco círculo iluminado. La enfermera, ni muy joven ni muy vieja, ni bella ni fea, caminó hasta el centro del escenario. Muy buenos días a todos, tenemos un problema. Juan, desde el lunetario, comprendió de súbito cómo se sentirían los encargados en la Tierra de cualquiera de las expediciones Apolo al escuchar esa oración. Houston, tenemos un problema, resonó en el centro de control de vuelos recién inaugurado en la atestada sala de espera.

La enfermera sonrió y sacó una chistera, blanca por supuesto, aunque sus zapatos, unos zuecos de goma verde, no hacían juego con el resto del níveo conjunto. Con dos pases mágicos de su varita, sacó un papel, un pequeño rectángulo con un lado mal rasgado, y las luces destellaron en colores mientras la música tocaba redoblantes. ¿Quiénes tienen turno de seguimiento con la doctora Eloísa? Unas manos tímidas se levantaron y los redobles se hicieron más intensos. Pues, la doctora Eloísa… ¡¡No viene hoy!! El platillazo final ahoga las frases de protesta y el desconsuelo de los eliminados. No importa, será en otra ocasión, gracias por participar, pueden retirarse, gracias, pasamos a la segunda ronda.

El escenario se oscurece otra vez. Nuevos redobles y luces que parpadean. Otro papel de la chistera. ¿Quiénes tenían hoy turno para prótesis? Otras manos se alzan, temblorosas, pocas. Pero la enfermera no se conforma. Sádicamente recrudece la tensión, estrecha el cerco. ¿Para prótesis no hay más nadie? Una voz rompe la dramaturgia. Bueno, seño, yo tengo turno pero creo que primero me van a hacer una placa y no sé si es todo aquí. La enfermera frunce el entrecejo, pero no se deja robar la iniciativa. El redoble se acompaña de una cuerda de metales que, con una larga nota sostenida, incrementa la tirante espera.

Al fin el platillazo como un estallido. Luz en todo el escenario. Para las prótesis… ¡¡No ha llegado el material!! Antes de la réplica desde el público, remata con una elegante estocada, y no se están haciendo placas, hasta que reparen el equipo. Es que se mojó, apunta en voz baja, confidencial, en simulada complicidad con uno de los que todavía quedan. Sin reparar de pronto en que durante casi tres semanas no hubo agua en el policlínico, ni siquiera de lluvia. Pero es un lunar ínfimo, que no empaña su actuación.

Con maestría, con gracia inigualable sobre la escena, como un torero sin capote, armada sólo de unos omnipotentes papelitos, se ha deshecho en un par de pases mágicos de casi la mitad de los asistentes. Derrotados, cabizbajos, otro grupo abandona la sala. Muchas gracias, gracias por acompañarnos, regresen otra vez, sonríe la enfermera al despedir a los eliminados y un tercer papel de su mágica chistera vuelve a bajar la luz y a subir los ya desbocados tambores. ¿Quiénes vienen para extracción o para obturaciones? Y el redoblante casi se empareja en velocidad con los asustados latidos del corazón de Juan. ¿Extracción, obturaciones? ¿Eso era, dicho en castizo vulgaris, sacarse una muela o hacerse un empaste, no? Sí, a eso vine. Y levanta la mano.

El redoblante sube en intensidad su volumen. Las luces parpadean ininterrumpidamente. Y al fin Juan, casi sin creerlo, ve como la enfermera saca de la chistera miles de palomas, un montón de conejos y flores, y un millón de papelitos coloreados, con nombres escritos a lápiz y los lados mal rasgados, que brillan, que se apoderan en hermosa y lenta caída de los resplandores del escenario, destellando cada vez que son tocados por la luz de los varios seguidores que se mueven enloquecidos, y un toque de gloriosas trompetas anuncia la victoria. ¡Ustedes sí se pueden atender hoy! Y los ganadores dan la triunfal vuelta olímpica al policlínico, como héroes helenos, y son aplaudidos y celebrados y envidiados por todos. Hasta que una voz lo saca de su ensalmo, y unos zuecos de goma verde lo encañonan, sí, mi niño, dame el turno y baja esa mano, ya sé que tú eres para extracción.

Ficha

estado
Inédita
género
Novela
derechos
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