Sinopsis
Dos civilizaciones, desde un hogar extinto, persiguen a un fugitivo, mientras se hacen la guerra y destruyen dimensiones a su paso. Davolas y andaras siguen al Maestro Astrom hasta la Tierra. Pero este intento de captura e invasión encontrará un escollo insalvable en la atmósfera terrestre y también despertará la ambición por las artes secretas que custodia la Biblioteca. Allí se esconden terribles misterios y poderosas fuerzas de creación, pero también de muerte. Sin embargo, es el amor el sentir que encarnará en sus elegidos la verdadera batalla por la vida.
Varios protagonistas, en diversos escenarios espaciotemporales que tarde o temprano deberán converger, intentarán apoderarse de tan notables secretos o lucharán por impedir que los poderes del Demiurgo caigan en manos malignas. Una historia de fantasía y amor que se desarrolla durante siglos y tratará de resolverse desde el presente en viaje hacia el pasado.
Con voz y voto
Esta novela tiene algunas claves internas que me interesa revelar. De alguna manera resulta ser una suerte de precuela de mi obra El otro lado del espejo. Sin que signifique una primera parte, o sin que resulte preciso leer una para entender la otra, sí tiene diversos vasos comunicantes. La Biblioteca que aparece en ese libro anterior, con sus corredores inmensos y sus espejos, tiene una clara influencia del escritor argentino Jorge Luis Borges. Sin embargo, saber algún posible origen, o al menos un estadio anterior de ese lugar, hablar de su mundo, sus responsables, sus alumnos y maestros, podía ser también una fábula interesante y digna de contar. A esas respuestas, o al menos a algunas, se intentó responder en esta nueva novela.
De modo que, desde una historia de amor (siempre, siempre ronda este sentir), surgen aquí nuevos personajes y nuevos juegos con el tiempo y el espacio. Como se trata de una obra relativamente corta, pues apenas rebasa el centenar y tanto de cuartillas, este texto quizá deje puertas abiertas para regresar a sus ideas principales. Tal vez no con iguales personajes, pero sí con ese eje central de la poderosa y también ambicionada Biblioteca, con su guardián, y con algún otro amor o fantasía por resolver. De manera que posiblemente haya alguna otra novela que nazca dirigida a tales rumbos. Por ahora, a la espera de páginas, queda esta.
ALS
Fragmentos
Davolas y andaras (I)
Dimensión Helvede,
Burbuja espaciotemporal Ihad.
–Entonces, ¿habrá guerra?
El líder de los davolas había caminado hasta uno de los bordes, enorme y trasparente, de la burbuja. La vasta oscuridad de los espacios, levemente salpicada de destellos luminosos, llenó su mirada. De pie, de espaldas, lejos del sostas, el trono que sostenían las ingrávidas e incansables llamas de los espíritus ithares, el jefe parecía menos imponente. La melena negra y tranquila sobre los hombros, la capa, también negra, de su alta investidura, no revelaban del todo el poderío y la fuerza física y mental de aquel gran guerrero. Entonces se volvió a mirar a sus acompañantes. Una suerte de mínimo sismo acompañó al gesto y ahí sí se hicieron tangibles toda su majestad y señorío. Los dos soles de sus ojos, dos fraguas, dos piedras doradas recorrieron los rostros de los presentes. El davol Jezz Uzzer esperaba una respuesta.
De un lado, impávido, con el rostro indescifrable detenido en una mueca que simulaba un comienzo de sonrisa, estaba Merhis Murtp, el más alto consejero de Uzzer y líder del templo de las Afirmaciones y de los sacerdotes. Del otro, Nevesta Aroha, jefa de todas las legiones del ejército davola. Los ojos de esta última recorrieron despacio el perfil del consejero. Imaginó que este ya urdía alguna respuesta ingeniosa, un acertijo, un juego de palabras a partir de sus muchos saberes. Pero nunca dirá un argumento directo y claro, pensó. El dasir Merhis vestía siempre de gris, no usaba armadura, al menos por fuera y de modo visible, y la espada de lujosa empuñadura que portaba, de seguro jamás había cruzado su filo con otra. La piel lechosa, los ojos pequeños, y apelar a los circunloquios y silencios en cualquier situación eran sus más visibles rasgos.
Nevesta, en cambio, era toda pasión y sinceridad. Su tez como la noche, el pelo en largos rizos níveos que ahora llevaba recogido bajo una sobria tiara de acercuro, las dos esmeraldas de sus ojos, sus líneas intensas y a la vez suaves, todo el conjunto contrastaba con el blanco impecable de su armadura de rocastro. Una espada y una larga daga, ambas también de acercuro, ese material casi inasible y hecho de sombras, redondeaban el conjunto. Por un instante, un veloz repaso de los últimos sucesos atravesó su mente.
Otra vez se enfrascaban en una búsqueda en persecución del maestro Astrom y sus legados. Otra vez visualizó las guerras, los lugares dejados atrás, la destrucción de dimensiones enteras. La última imagen era la reunión para un informe del dasir. Hablaba de la aparición de un nuevo mundo. Especulaba con la noticia de que sus habitantes eran físicamente iguales a los davolas. También a los andaras, recordó Nevesta a sus eternos competidores y enemigos, inmersos por igual en la persecución de Astrom. Los rivales que, inexplicablemente o tal vez como siempre, no habían tardado en aparecer. De nuevo, Aroha se preguntó si tanta muerte y sufrimiento valían la pena. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la Caída y el comienzo de todo esto? De nuevo, recordó al maestro Astrom, sin poder evitar la tristeza y la nostalgia. No, ella no podía permitirse ser débil, no ahora, no delante de ese animal rastrero de Murtp. La davola sacudió la cabeza y abandonó sus pensamientos. Sólo entonces, sin hacer caso a la mueca de la falsa sonrisa del dasir, decidió responder.
–Sí, mi señor. Es muy posible…
De barro, de tiempo, de páginas (I)
Ciudad Roca Blanca, Mar Zuria,
Isla de Gair, 252 a. C.
Un rayo de luna se filtró a través del mínimo espacio que dejaba la ventana entreabierta. Era una de esas noches claras y frescas, aunque en la habitación todavía no se disipaban los ardores. El destello luminoso, como un firme trazo de plata, resaltaba a contraluz la delicada curva de una cadera y el muslo de una mujer desnuda. Las mantas revueltas con la carne, la plácida suavidad de las formas dormidas, la mirada, feliz y también ávida de su joven esposo, todo conspiraba para que la estampa se detuviera un momento. La felicidad por el amor recién consumado, el disfrute mutuo del deseo satisfecho, parecían volver inmóvil a la vida. Afuera podían engullirse mundos y soles entre sí. Podría caer el cielo ahora mismo. En el pecho del joven Alkatib Alaya, embrujado por el amor, hipnotizado por las suaves líneas del cuerpo de su bella esposa, ahora mismo sólo cabía la paz.
–Te amo, Sawja Alhabib… –pronunció solemne, convencido, en un susurro que apenas se movió de su mente a sus labios.
La muchacha pareció escucharlo. Al menos, un rayo de ese amor, un disparo limpio y puro de entrega llegó a sus sentires. El cuerpo femenino se movió y un abrazo hacia su par masculino culminó el momento. Alkatib la acarició suavemente en el pelo y a acomodó sobre sí.
–Mañana el maestro decidirá por fin quién entre todos será su aprendiz en la biblioteca… –todavía musitando dentro de su cabeza, el posible candidato analizó rivales y posibilidades. Miró de nuevo el cuerpo de su amada y antes de rendirse definitivamente al sueño, un susurro huyó de sus pensamientos y se hizo voz tangible.
–Y seré yo…
Gemas y regresos (I)
Ciudad Roca Blanca, Mar Zuria,
Isla de Gair, actualmente.
A la izquierda de la carretera, un sol tranquilo descendía en su viaje para esconderse tras del mar. El auto avanzaba veloz y unos resplandores rojizos se filtraban de vez en cuando por los cristales hasta la pizarra. Desde la ventanilla, la agradable vista del enorme azul inspiraba calma. Una mano femenina, mientras la otra sostenía el volante, encendió la radio y movió el control hasta encontrar una estación de música clásica. Los sonidos de una pieza interpretada por un cuarteto de cuerdas parecían servir de fondo ideal al hermoso atardecer. Sin embargo, no era de placidez el sentir que rodaba también con el vehículo.
La dueña de la mano consultó un pequeño y antiguo reloj de pulsera.
–El viaje ha sido rápido, pero todavía me queda un buen tramo…
Aunque estaba sola, la conductora prefirió hablar en alta voz. Había cierto contraste entre su tono, calmado, agradable pero poderoso, y la música lenta que inundaba la escena. En el asiento del copiloto había un mapa abierto. Si bien el auto tenía los dispositivos electrónicos modernos más adecuados, la conductora todavía prefería guiarse por papeles y no por pantallas. Además, también había un sobre abierto.
Después de tanto tiempo, suspiró, y miró de nuevo el mínimo embalaje de papel. Dentro había una postal, una foto y una nota con letras de imprenta. En la postal había una imagen de la torre más alta del convento Nuestra Sagrada Ermita Arcangélica de Roca Blanca y resaltaba la estatua que coronaba la cúpula. La figura, apolínea, hermosa, alta, alada, con una espada desafiante en su mano, supuestamente representaba al arcángel Gabriel. De hecho, todos reconocían el convento con ese nombre, San Gabriel.
Sin embargo, la mujer sabía muy bien que otro había sido el modelo para plasmar en bronce semejante belleza masculina. Vaya usted saber cómo y cuándo lo vieron y lo dibujaron. Además de la postal, la nota anunciaba una reservación para un hotel en Roca Blanca, con una fecha específica. Debajo, estaba la foto.
Con gesto inconsciente ajustó su blusa bajo el cinturón de seguridad. Aunque sus ropas eran elegantes, vestía de modo informal. Un largo viaje y luego unas horas en auto, más la travesía marítima que todavía le faltaba, no eran escenarios adecuados para vestidos ni excesos. Además, quién sabe lo que me pueda encontrar en ese templo o cómo se llame ahora, calculó con frialdad, es mucho mejor llegar preparada.
La vista del mar a su izquierda la distrajo por un segundo y sus pensamientos volaron a los recuerdos. Casi sin querer su mano, en gesto muchas veces repetido, acarició una gema colgada en el centro de su pecho, justo en el nacimiento de los senos. La piedra, como el dibujo de un corazón algo irregular, era de una blancura impoluta. Aunque de vez en vez, al toque de la luz, algunos destellos iridiscentes parecían cruzarla veloces desde adentro como un oleaje. Bajo un muy especial mecanismo, en la parte baja de la gema, se escondía una minúscula llave. El material de esta llave, al igual que la cadena que sostenía la joya, era de una extraña consistencia. Si se le miraba fijamente, daba la sensación de no ser del todo visible, como si fuera un metal que estuviera hecho de sombras.
Sin embargo, sólo ahora, muchos siglos después de haberla recibido, al fin descubría el verdadero contenido que ocultaba su interior. Había sido una mañana, muy pocos días atrás. Justo al mirarse el espejo, cuya superficie de pronto pareció ondear como un vertical lago movido por el viento, la joya vibró entre sus senos y reveló la llave oculta. Luego, al medio día, había recibido entonces la postal y una foto donde una joya como esa, aunque de color azul, aparecía en la imagen. La breve nota sólo añadía la dirección de un hotel en Roca Blanca y la fecha de reservación.
Había tardado siglos, pero había llegado al fin el tan esperado aviso. Después de tanto tiempo, suspiró y de nuevo acarició la gema entre sus senos. Ella recordaba. Esa gema, la última mirada de aquellos ojos posados en los suyos, un beso, la ida…
Fue tan poco el tiempo y a la vez fue tan hondo, tan eterno, evocó. Había bastado un encuentro apenas para entender aquellas sentencias que hablaban de la fusión de dos almas, de compartir vidas, de ser uno parte del otro. Yo lo viví, no necesito que nadie me lo cuente, es real, suspiró. Un breve latido de la joya en su pecho pareció darle la razón.
La mujer revisó el espejo retrovisor. La carretera estaba limpia tras de sí. A lo mejor, no por mucho tiempo, repitió en sus pensamientos, en esta visita seguramente no estaré sola. Ellos de seguro también saben, afirmó para sí y no pudo evitar estremecerse. De un vistazo comprobó sus rizos blancos, y las dos esmeraldas de sus ojos, como bosques en el océano de aguas negras de su rostro, le devolvieron la mirada desde el cristal.
–Tanto tiempo… –repitió y algo semejante a una tristeza muy antigua recorrió sus pensamientos y su voz.
Nevesta Aroha volvió a palpar la gema en su pecho y miró de nuevo al mar que empezaba a teñirse de rojo de la atardecida. Entonces, con su tono seguro de siempre, respondió en voz alta a su recelo.
–Pero esta vez lo lograremos. Espérame, yo vuelvo…–y pisó el acelerador.
Un confiado rugido del motor completó la afirmación.
Gemas y regresos (II)
Ciudad Roca Blanca, Mar Zuria,
Isla de Gair, actualmente.
Aunque hacerlo en plena ciudad, y casi siempre de noche después de las actividades de cada jornada, no le resultaba del todo agradable, necesitaba correr. No sólo se mantenía en forma. Corriendo liberaba tensiones, borraba los cansancios del día, estaba a solas con sus pensamientos durante un tiempo. Además, después de hoy, no sé cuándo podré volver hacerlo, recalcó la mujer, y la frase en su mente marcó los últimos pasos de su ágil trote.
Luego de los cinco días del evento científico donde participaba, la doctora Minerva Seshat debía seguir viaje. Es tan sólo al otro extremo de la isla, a unos pocos miles de kilómetros, y parece que está a mundos enteros de distancia, evocó. Apenas llegó al hotel que la hospedaba, bullicioso, muy turístico, en plena capital, descubrió un pequeño bulevar en un costado del enorme centro de convenciones que había en el complejo. Por esa calle, con dos tranquilos parques, con césped, árboles, caminos sin automóviles, y casi enlazados uno a continuación del otro, hacía un par de millas a la noche, cuando regresaba de las sesiones del trabajo. Una salida lateral del hotel, además de la cercanía, era la vía perfecta para estas andanzas, pues este acceso sólo lo usaban los empleados. Su manilla de huésped le garantizaba entrar y salir sin más molestias que la mirada inquisitiva y extrañada de los encargados de la seguridad del hotel. La segunda vez que la vieron ir y virar al empezar la noche, ya perdieron todo interés en ella. Comodidad y distancias aparte, a la doctora Seshat le gustaba la discreción sobre sus andares. Ese lobby es demasiado escandaloso y siempre está lleno de todo tipo de gente, afirmó para sí.
Al día siguiente debía alquilar un auto. Le esperaba un viaje, no sólo a un sitio algo lejano en geografías, sino en sus recuerdos. No tengo idea de cómo lucirá la…, bueno, el templo, o cómo se llame ahora, después de tanto tiempo. Mientras corría, en gesto repetido llevó a la mano a su pecho. Una gema en forma de lágrima, de un azul de un tono como de océano abisal, buscaba cobija en su pecho, justo en el nacimiento de los senos. La cadena parecía como hecha de sombras y la gema, ahora invisible bajo la ajustada camiseta deportiva, casi no se movía con cada zancada.
En su mente, recordaba la clausura del evento, una cena con un brindis multitudinario y abundante que rápidamente subió de tono. Sonrió al rememorar los fallidos y casi vulgares intentos de un investigador norteamericano por llevársela a la cama. Sí, con valor de whisky, sonrió para sí. Suspiró por desechar las flores del alemán Karengel Frigzey, viejo colega de debates académicos, con cuerpo enorme de lanzador de bala y no de historiador, y eterno enamorado de la doctora. El regalo, junto con los una vez más rechazados requiebros del pretendiente, se quedó en un cesto de uno de uno de los baños a la salida del centro de convenciones, anexo al hotel. Me gustan mucho las flores, pero no con esas propuestas. Por un instante rio divertida al imaginarse como esposa del gigantesco alemán. Ay, Penélope, te entiendo, qué difícil lidiar con tantos aspirantes. Pretendientes yo tengo sólo uno, y muy bien correspondida que soy, y su mano acarició otra vez la gema azul bajo la camiseta. La misma joya que apenas pocos días antes, al mirarse en el espejo en la mañana, había revelado al fin una llave oculta en su interior.
Justo detrás de ese espejo, de pronto vuelto aguas verticales cuando la profesora susurró un nombre, había aparecido una postal, una reserva para un hotel en Roca Blanca y una foto de otra joya. El envío de todo a una dirección adjunta en el misterioso paquete cerraba por fin una espera de muchos siglos. Tantas veces había repetido ese ritual ante un espejo al amanecer que esa ocasión ni siquiera la tomó por sorpresa. Apenas un par de lágrimas sellaron la larguísima espera. Por eso hoy sólo quiero llegar, tomar un buen baño, hacer una comida rápida en la habitación, un vino para relajar el final de la jornada, y a la cama, que el día de mañana será largo.
Sin embargo, al parecer había otras personas que no compartían tales planes. Cuando la doctora Seshat dobló la callejuela que la llevaba a la entrada lateral del hotel se detuvo de pronto, un tanto sorprendida. Este acceso era discreto, sí, pero también algo solitario. Luego de la cerca que marcaba el fin del complejo hotelero, y acabados los trasiegos del día, la calle casi siempre permanecía silenciosa y vacía.
Justo ese era el sitio escogido por tres hombres que con premeditada rapidez la rodearon. Gorras, gafas a pesar de la hora nocturna, la capucha de las sudaderas sobre las caras, ese era el vestuario para evitar ser reconocidos. Quizá lo hacían más por las cámaras que por esconder sus fisonomías de cualquier posible víctima de atraco. El miedo borra la memoria. De todos modos, aunque las cámaras abundaban alrededor del complejo, reconoció Minerva, por aquí no parecía haber alguna.
–Dame todo lo que traes y no te va a pasar nada–conminó la voz del hombre que quedaba frente a ella.
La doctora no pudo evitar una sonrisa. Un ajustado pantalón deportivo, unas zapatillas, la camiseta y un teléfono móvil, sujeto en un soporte de velcro alrededor de su brazo y encargado de llevar rock a sus audífonos, eran las actuales posesiones de la mujer. Para correr no llevaba nada más. ¿La gema? ¿Querrán la gema, estos?
El hombre se aproximó. Tenía una estúpida mueca de condescendencia debajo de las gafas oscuras. Con otro paso se acercó más y extendió la mano hacia la doctora. La mujer aprovechó el gesto. Con rápidos movimientos, agarró la mano, haló el brazo hacía sí y puso su espalda contra el pecho del asaltante. Un segundo después este volaba y era limpiamente proyectado contra el asfalto. Rodilla en tierra contra el cuerpo caído, la mujer completó veloz su defensa. Uno, dos, tres rápidos golpes de puño al cuerpo caído, cuello, nariz y ojos, que borraron la mueca y la tornaron grito de dolor, y de paso también destrozaron las incoherentes gafas oscuras, dejaron por completo fuera de combate al agresor. La doctora recuperó de inmediato la postura erguida y encaró a los dos enemigos que quedaban.
El segundo, con un alarido que intentaba asustar a la mujer se lanzó al ataque. El golpe, detenido en el aire, se convirtió en un brazo torcido hacia atrás. El crujido de alguna articulación por completo fuera de lugar, quizá en el codo o en el hombro, provocó convertir el alarido del ataque en exclamación de puro sufrimiento. Dos precisas, cortas y dinámicas patadas a corvas y rótulas, más crujidos, más articulaciones inutilizadas y fuera de lugar y más dolores, terminaron de hacer caer al segundo atacante.
El tercero, con más miedo que ganas, extrajo un arma de su cintura. Era un extraño cuchillo, de antigua empuñadura y con cierto trabajo fino en las guardas. Lo más llamativo era la hoja. En medio de la noche, parecía hecha de un material poco visible, mezcla de opacidad y transparencia, que hacía difícil definirlo a la vista. Sorprendida, pero sin detenerse ante el asombro, Minerva Seshat se lanzó al asalto.
Sus manos, en bien sabida y variable coreografía, ejecutaron un veloz programa. Amago a la cara, agarre de la muñeca armada, torcedura amplia, grito de dolor, arma al suelo. Puños en secuencia alterna continuada que atacaron ingles, abdomen, plexo, cuello y mandíbula, dictaron el derribo del tercer rival. Con agilidad, la doctora recogió el cuchillo, lo escondió en la cintura, ajustado bajo el pantalón, y se dirigió al hotel.
A solas en el elevador, a la luz del techo del aparato, examinó con calma la extraña daga. La palpó con fruición y asombro, pues sus dedos reconocían esa textura a pesar de que hacía mucho tiempo no la tocaban en un arma. A la vista saltaba el inusual comportamiento de la hoja. Era medio opaca bajo la luz, medio invisible, y casi oculta en las sombras. No había duda alguna.
–¿Acercuro? –pensó asombrada–. ¿Cómo puede ser posible? Esos no eran davolas, ni andaras. Tampoco parecen iniciados del antiguo templo. ¿Estarán usando delincuentes ahora esos malditos? ¿De dónde sacaron este cuchillo?
La sorpresa no paralizó a la mujer. Ya en su habitación, por teléfono pidió a la carpeta disponer de un auto y preparar su cuenta para la mañana siguiente. Después de desayunar en el restaurante, cerraría su estancia, informó. Sin embargo, sus acciones fueron otras. En la mesa de noche, en un sobre debidamente identificado para entregar a la gerencia, dispuso un cheque a nombre del hotel con la cantidad suficiente como para cubrir generosamente la deuda de su estadía. No van a perseguirme también por robo, sonrió con calma y seguridad.
Con rapidez recogió todas sus pertenencias, cubrió su pelo negro con una peluca rubia, se puso ropas informales, mantuvo sus zapatillas y sumó un pequeño sombrero de plumas un poco escandaloso y unas gigantescas gafas de sol llenas de adornos coloridos. Nada que ver esta imagen casi grotesca con la de la sobria y siempre elegante doctora. Por otra de las salidas de empleados, abandonó el hospedaje. En la esquina, en el otro extremo del hotel, y lejos del bulevar de sus carreras, robó un automóvil. Lo dejaría luego, en cuanto estuviera a salvo, bien limpio de huellas o rastros. Por ahora, era preciso alejarse pronto de la zona y buscar un lugar para pasar la noche a buen recaudo. La comida y el baño serán más tarde, pero serán, sonrió y acarició la gema en su pecho. Tengo que averiguar cómo dieron conmigo, si dejé alguna pista o si es una casualidad todo esto, pensó y aceleró para alejarse del área turística de la ciudad.
¿Casualidad? ¿Con una daga de acercuro?, repasó, no, no fue azar, así que iré con cuidado a la…, bueno, al templo. Tendré que estudiar bien la ruta para mi viaje. De todos modos, vaya por donde vaya, si son ellos, de seguro me van a estar esperando allí. Un suspiro decidido completó el pensamiento. Estaré lista, resolvió, y ya no estaré sola.
Un rato después, sin dejar de mirar a sus espaldas por el retrovisor, se quitó la peluca y, usando sus dedos como peine, sacudió su pelo negro y abundante. Los artificiales cabellos rubios y las horribles gafas gigantes, dentro del indiscreto sombrero, fueron a parar a un apartado bote de basura en cuando dejó la zona hotelera. Con un gesto, pasó las yemas por la hoja de la daga en el asiento del copiloto y luego volvió a acariciar la gema en su pecho. Voy a estar, mi amor, seguro que sí, repitió en su cabeza. A la mujer, fuera la doctora en historia antigua Minerva Seshat o fuera en realidad Sawja Alhabib, no le gustaban las sorpresas.
Ficha
- estado
- Inédita
- género
- Novela de fantasía
- derechos
- Disponibles para ediciones y traducciones fuera de Cuba. Consultas de derechos · derechos@antoniolopezsanchez.art