Cuento de literatura erótica, escrito para lectores adultos.
A mi hermano Ramón Haití,
por aquella caminata.
A Groucho Marx,
por aquel camarote.
Con toda honestidad, hasta ahora soporté sin protestar, pero ya esto es el colmo. Aunque protestar es algo que me resulta un tanto difícil en este estado. Bueno, alguna forma habrá. Hecho cenizas, convertidos en polvo mis restos y guardados en el ínfimo espacio que antes ocupaba en mi urna, en verdad protestar era poco menos que imposible. Aun así, lo de ahora ya me parece demasiado y hay que hacer algo.
No tuve hijos, ni me casé, y dediqué mi existencia sobre todo a trabajar para sobrevivir lo mejor posible. Siempre me gustó la tranquilidad, estar solo, andar a mi manera sin que nadie me jodiera mucho. De vez en cuando leer algún buen libro, eso sí, porque hay que cultivarse. Pero lo que más me gustaba era la calma, la paz y el silencio. Claro, hasta eso había quien no lo entendía y eran los comentarios, porque uno vivía a su modo. Mira qué negrito más fino, decían, no quiere mezclarse con nosotros los chusmas, siempre con un libro gordo de esos. Esas eran las frases habituales que escuchaba alrededor. Total, después de todo, nada de lo que hice o dejé de hacer al final me sirvió de nada. Me pasé los años solo, soltero empedernido, trabajando como un mulo sin lograr salir de este cuartucho, casi tan pequeño como lo era mi urna. En conclusión, toda una vida rodeado de la baja ralea, de la bulla constante, la ignorancia, el hacinamiento y hasta el delito. Pero nada, más o menos tampoco me fue mal y viví mis años. Un rato bien y otro peor, pero ahí. Tranquilo, a mi aire.
Lo que sí no entendí nunca es cómo este cuartico se empezó a llenar de gente. De tanta gente. Cuando empecé a envejecer, primero fueron mis dos sobrinas, las dos mayores, que vinieron desde allá del pueblito donde nací hace un montón de tiempo. El mismo al que me juré no regresar ni muerto y, sea dicho, hasta muerto lo he cumplido. Pues, nada, vinieron para ayudarme, para que no esté solo, Tío, me dijeron. Pero no protesté y hasta creí que sí, que estaba envejeciendo y era mejor no estar solo.
Después fueron las otras dos, las más chiquitas, que yo no sé de dónde mis dos hermanas parieron tantas hembras. Aquí estamos, Tío, venimos a ayudar a la familia. Pues nada, que también se quedaron, a abrirse paso en la ciudad. Un poco después aparecieron o llegaron los respectivos maridos, o, más bien, los más de uno divididos entre las cuatro sobrinas. Porque entre todas establecieron en el cuarto una suerte de inamovible pero pasmosamente enamoradizo matriarcado. Más tarde fueron los hijos, siete machos en total, qué manera de parir machos, también divididos entre las cuatro, y sin que ninguno por desgracia fuera solo una fracción de sobrinito. Hasta un gato trajeron. Para que los niños tengan compañía, Tío, me explicaron. ¿Y a mí quién coño me acompaña? Toda esa gente, hasta el gato como dice la frase, aquí, en el mismo espacio que cada día era más pequeño. Todo el día la música altísima. Todo el día las diabluras, los regaños y los gritos. Todo el santo día los muchachos persiguiendo al gato o el gato a ellos. El entra y sale… Y a la noche… Bueno, mejor ni hablar de lo que pasaba a la noche. En fin, que se acabó la tranquilidad.
Hasta un altar me pusieron en pleno cuarto porque uno de los maridos, uno que duró un poco más de lo habitual, era religioso. De su ejemplo se contagió y se inició en tales ritos la mitad de la familia, en tanto la otra mitad esperaba para sumarse. Entonces vinieron las fiestas y las ceremonias y los animales desangrados en pleno pasillo. Incluso, adentro del cuarto. Una pena que ningún santo de esos pidiera un gato como ofrenda. Entonces, tampoco protesté.
Cuando hicieron su entrada las broncas finales del correspondiente divorcio, y aunque el religioso se fue en la última de ellas como alma que lleva el diablo, me dejaron plantado el altar con toda su bisutería en la esquina del cuarto. Porque ya toda la familia lo necesitaba, según mis sobrinas. Para protegernos, Tío, me dijeron, porque ahora ese que se fue, nos va a maldecir y va a querer echarnos un daño. Los niños y usted, Tío, y hasta nosotras, necesitamos un resguardo, y no protesté. En realidad, no protesté ni dije nada más porque ya estaba bastante cansado de tantos líos y de soportar a tanta gente. Así pues, decidí que era tiempo de tener un poco más de descanso y de calma y me morí decente y tranquilamente. Sin aspavientos y sin largas y penosas enfermedades. Ahí empezó todo.
Para evitar todo el drama del velorio, el entierro y los animales siguientes y, sobre todo, para no ser pasto indefenso de toda clase de bicharracos repugnantes, mi última voluntad fue ser cremado. Pero cometí el error de no pedir que mis restos fueran echados al mar o dispersados al aire desde una loma cualquiera. Allá fueron sobrinas y sobrinitos, ex maridos, maridos recientes y hasta un par de maridos futuros a decidir en concilio mi suerte.
En una urna de barro, que debió ser usada para contener vaya usted a saber qué protecciones o hechizos, vaciaron mis cenizas. En un arranque de respeto colectivo, de sentido homenaje, decidieron llevarme de vuelta, con urna y todo, a un visible y honroso rincón. Porque no hay que olvidarse, caballero, que fue el Tío quien nos brindó su cuartico con todo desinterés, aunque nunca brindé nada, sino que se colaron o llegaron o hasta nacieron todos sin contar conmigo, pero, en fin, para qué protestar a esa hora. Así fui a dar con mis huesos, mejor dicho, con mis cenizas, justo a uno de los estantes del altar que amenazaba con devorar todo el espacio del maltrecho cuarto.
Entonces empezaron realmente mis penurias. Todo lo que me molestaba en vida permanecía inalterable. Incluso, con miras a empeorar después que una de las sobrinas, la madre de dos sobrinitos, declarara su nuevo embarazo, hecho que trajo consigo la habitual bronca y posterior redistribución de las camas y abundantes literas del cuartico, como ante cada venidero nacimiento. Creo que esa fue la primera vez que repararon verdaderamente en mí.
Uno de los replanteos del espacio implicaba mover de sitio el altar. Más bien, la idea era transformarlo en una aplicación avanzada, más eficiente y reducida, como los aparatos electrónicos modernos. Para ubicarlo se escogió una esquina de las paredes del cuarto. El nuevo sagrario, gracias a los consejos y conocimientos de uno de los sobrinitos, adelantado alumno del ex marido religioso, era en su versión actualizada mucho más poderoso y mucho más pequeño que su predecesor. La anticuada urna resultaba incompatible con la nueva tecnología. No sé en predios espirituales, pero en la dimensión física mi humilde recipiente no cabía en los abundantes, aunque ahora muy estrechos estantes. En buen arreglo me dejaron allí, muy cerca, en un rincón en el piso.
La nueva ubicación trajo otros males consigo. Cada una de las limpiezas generales, que de vez en vez acometía la brigada de sobrinitos y maridos presentes bajo las órdenes del matriarcado, ya me había ocasionado un par de sustos. Debía cuidarme de tales maniobras, tanto de aquellas que tenían propósitos higiénicos como de las hechas en aras de invocar protección mágica contra cualquier posible conjuro exterior. En todas abundaban las amenazas de caídas en los mueve la urna esa de ahí y barre, que hay tremenda cochambre debajo del Tío. Peor sucedía si el aviso era de alarma, siempre a grito pelado, al estilo de: ¡Niña, cuidado! ¡Dale suave, que le vas a dar al Tío con el trapeador ese! Evito repetir las tres o cuatro interjecciones de grueso calibre que acompañaban cada regaño para no ofender a los demonios.
Un dedo roto, con yeso incluido; dos huevos hechos tortilla cruda en el suelo; más otros quince o veinte tropezones de diversa magnitud y menores daños, fueron el saldo de los choques con una punta de madera que sobresalía del altar. No hubo habitante del cuartico que se librara de sufrir algún encontronazo con esa esquinita del piso. Esa sí fue la única aliada incondicional que he tenido y que protegía mi urna, tanto contra hechizos imaginados, como de patadas reales. Además, las palabrotas y maldiciones, que venían invariablemente después de cada trastazo, tendían a lesionar mi dignidad, de modo que para qué repetirlas. Todo eso, sin contar que el dichoso gato creía que la urna era su cepillo privado y gozaba particularmente, con ronroneo y todo, restregándose desde el hocico hasta la cola cada vez que me pasaba por el lado.
Una de las sobrinas, por su destacado desempeño laboral en una tienda y porque su nuevo jefe tenía grandes posibilidades de clasificar como futuro marido, anunció que traería pronto un televisor. Para la siempre escasa economía familiar, incluso a pesar del aporte obligatorio que como inflexible peaje debían pagar maridos remotos y recientes en sus respectivas condiciones de padres y padrastros, una inversión de tal índole era casi impensable. Por eso, hasta el momento, sobrinitos, esposos presentes y matriarcado en general, se desperdigaban en las casas vecinales detrás de las imágenes de la telenovela de turno, de la decisión del campeonato del deporte que fuera o de los programas infantiles. Todo esto con sus correspondientes lagrimones y posteriores debates en colectivo porque dejaron otra vez abandonada, sin dinero y en estado a Fulanita la Muy Sufrida y qué bueno está el Muchacho Moreno y Millonarísimo, el juegazo que ganó tal o más cual equipo en su respectiva liga, o cuál era el súper héroe fuerte entre los fuertes. En esta ocasión, la próxima aparición del aparato era una posibilidad tangible.
Como era de esperar, hubo que volver a redistribuir espacios y mi urna fue el primer obstáculo a salvar. La llegada del flamante televisor, con su mesa moderna y todo, celebró a la vez el nombramiento oficial como marido presente del flaco jefe de mi sobrina. En resumen, mi urna pasó a ocupar otro lugar. Fui colocado sobre la nueva mesa del cuartico, un espacio que sería utilizado a la vez como comedor, como estudio, como sitio de negociación diplomática o de confrontación armada. Algo hacia el centro, más como adorno, creo yo, que en un sitial de verdadero tributo, y de frente a la pantalla del nuevo televisor, siempre y cuando estuviera apagada por supuesto, estaba mi nueva última morada. Cuando era la hora de ver los programas de la tele, simplemente me ponían en el piso, cerca, junto a una de las patas.
Desde entonces, en pleno centro de mesa, o al pie de esta, he recibido rociadas del alcohol de todas y cada una de las botellas de ron (o del peor de los mofucos), abiertas en la casa por cualquiera de los maridos. Tome, Tío, para que se eche un palo, vaya. Salud, Tío, ashé. Sin que ninguno recordara que en mi vida jamás me di un trago. He sido testigo de los cocotazos que reciben los sobrinitos más chicos de cualquiera de las representantes del matriarcado, cuando no entienden la tarea y la quieren dejar a medias para irse a mataperrear por el barrio. He soportado con firme estoicismo los corre al Tío para allá que va a empezar la novela; o los, cuidado, no vayas a botar al Tío, en las maniobras de la limpieza semanal; o los, quita al Tío de ahí para poner el mantel a ver si como, que vengo rota del hambre. Hasta un doble nueve me dejaron subrepticiamente bajo la tapa de la urna para que no le contaran una data gordísima a uno de los maridos en un juego al prohibido. Incluso así no protesté nunca, pero lo de esta vez ha sido demasiado.
Anoche, ya bastante avanzadita la madrugada, llegaron mi sobrina la de la tienda y su marido el jefe flaco. Ya dije que prefería no mencionar los avatares que traía la presencia nocturna de maridos y sobrinas, desfogando sus instintos carnales en cuanto rincón posible se pudiera aprovechar en el cuarto, entre ronquido y ronquido de los sobrinitos. Pero anoche se pasaron. Entraron los dos, con la risita lujuriosa y el olor de haberse tomado una botella y tanto de alguna bebida fuerte. Traían esa intención de tratar de mantener el silencio, entre susurro y susurro y entre paso y paso, que al final solo consigue siempre hacer más bulla que una guerra. Además, venían apurados una del otro y viceversa, según pude notar.
Nunca fui un santo en materia de amores y mi soltería empedernida no impidió que hiciera mis trastadas cuando joven. Pero algún pudor tiene que haber, digo yo, y no es cosa de que todo el mundo tenga que enterarse de lo que uno hace en pareja. Porque llegaron los dos, y él la subió a la mesa, ahí, ahí al ladito mío, qué falta de respeto, y empezaron a besarse y a acariciarse a un ritmo que cada vez tomaba mayor fuerza. Yo creí que una vez encendidos los ánimos se irían a la litera, pero parece que el apuro se hizo mayor.
Entonces él se quitó la ropa, toda la ropa, dios mío. De verdad que fue estremecedor encontrarme de pronto a ese flaquito endeble, blancuzo, que a duras penas roza las cien libras y unas onzas, parado frente a mí, y verlo desenfundar una verga tremebunda, desafiante, que parecía una soga de barco, una viga de hierro, qué coño sé yo lo que parecía el bicho ese. Lo más malo fue después. Lo peor fue que por primera vez en tantos años tuve que pasar por la vergüenza de ver a mi sobrina desnuda. Quién me lo iba a decir. Aquella niña, aunque, de verdad ya no es tan niña, se quitó saya, blusa y todo lo demás con una velocidad olímpica y se quedó tal como vino al mundo. Bueno, tal como vino al mundo, pero algo más desarrolladita. Aparte, es mi sobrina y todo, y vaya, sin mala intención, pero nunca me había fijado que tiene un par de tetas enormes y rotundas, que podían perfectamente merendarse la viga del flaco y quedarse con hambre, además de unas grupas de criolla bien plantada. Por eso, cuando se subió a la mesa, de pronto abarcó hasta más allá la mitad del espacio. Con el establecimiento territorial de las grupas, mi urna rodó casi hasta el borde.
Pues tuve que ver la embestida del flaco y cómo la niña lo recibió, sin sobresaltos visibles, aunque dejó escapar un ronco suspiro. Empezaron, como es natural, a moverse, a moverse, a moverse, y uno ahí, empezando a tambalearse también por el meneo. A mitad de ese espectáculo, mi sobrina se acordó, ay, ay, corre a Tío para abajo, ay, corre a Tío para abajo. Pero qué va, el tipo a esa hora era un tren, y ella por el estilo, y del Tío no me acuerdo. Hasta tuve que soportar que me preguntara, ¿será boba ella o qué carajo?, en medio de todo aquello y entre susurro y susurro un, ay, Tío, por su madre, qué cosa es esto, qué cosa es esto, Tío, por dios, qué es esto. ¡Cómo si no lo supiera!
Pues nada, que pasó lo que tenía que pasar. Cuando más entusiasmados estaban, cuando parecía que se acababa el mundo arriba de la mesa, se vino ella, se vino él y se vino abajo la urna con el Tío. Con meneo y con dios mío, con un ruido como de explosión atómica y con el consabido reguero de ceniza por todo el cuarto. Eso, para no mencionar el escándalo que provocó el encendido repentino de las luces y el agitado despertar del resto del matriarcado y de los maridos presentes. Por cierto, estaban todos y todas en paños no muy mayores que digamos. Igualmente, se sumó completo el sobrinaje, más el alterado vecindario de dos manzanas a la redonda, que se presentó de inmediato solidaridad en ristre y en zafarrancho de combate. Todo esto, sumado a la nada discreta banda sonora que trajo consigo la visión de la imagen de mi sobrina, con la mesa ocupada en su totalidad por sus nalgas inmensas y un sobresaltado revoloteo de tetas gigantescas por todo el cuarto. Completaba el retrato el flaco con la soga de barco afuera, más o menos pendiente abajo y ya flexible, pero todavía en notables dimensiones respecto a largo y grosor. Solo faltaron por llegar la televisión y los periódicos. Nada, el acabose.
Pero eso no fue lo peor. Lo peor es este ultraje, esta falta de respeto de ahora. Porque no me importa ni siquiera que me hayan barrido, con esa escoba no, coño, que esa es la vieja de limpiar el baño, usa la buena, hasta hacer un montoncito más o menos con toda la ceniza. ¿Y buscaste debajo de la mesa? Barre, barre bien la esquina aquella, ay, qué pena, pobre Tío, y quita, quita eso que eso es pelo con un rollito de telaraña. Tampoco me molestó que con la ayuda de un recogedor de lata hayan rescatado mis restos dispersos por todo el piso, saca el trozo de barro ese de ahí, y cuidado no te cortes. Ni siquiera que alguien propusiera meterme en un horrible búcaro de yeso, con unas malanguitas sembradas encima, porque hay no sé qué mosquito y no sé qué epidemia en la ciudad y las plantas en recipientes con agua están prohibidas. Encima, ahora dicen que hace falta comprar una maceta, que ocupa menos espacio y es más estético, oye eso, y que las urnas de barro no aparecen ya ni en los centros espirituales.
No es fácil, pero eso no es el fin del mundo. Lo verdaderamente humillante es que, después de que mi urna se hizo mierda, mientras aparece la maceta o el búcaro o lo que sea, me han puesto en el suelo, bien extendidas, apisonadas mis cenizas en esta bandejita de madera. Y no quiero imaginarme por qué motivo el cabrón gato me mira, con aire de amenaza próxima a ser satisfecha. Es demasiado. Ahora sí voy a protestar.
Del libro en proceso editorial El color de las decisiones.