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Obra de literatura erótica, escrita para lectores adultos. Obtuvo Mención en Cuento en el XXX Premio Farraluque de Literatura Erótica, 2026.

los dos amantes se echan a un lado y sólo siguen sus corazones
Silvio Rodríguez

¿Sería mejor si fuera lunes o jueves? ¿Cambiaría algo? La mujer camina, con un poco de nerviosa prisa y, a la vez, pisa firme, con esa indetenible seguridad femenina de las decisiones ya tomadas. Puede que sí, si fuera lunes a lo mejor me sentía más tranquila. Total, no voy a hacer nada malo. Vivir nunca es malo. Apenas da un par de pasos más y una voz en su cabeza trata de hacerle aminorar su marcha. Tú sabes que sí, es muy malo lo que vas a hacer. La voz interior silencia el resto de los pensamientos, la tortura un poco, pero no logra ni detener su viaje, ni hacer cambiar su parecer. Hoy no es lunes ni jueves, es domingo. Si fuera lunes faltaba al trabajo y eso es más difícil de encubrir. La voz, hierática, ofidio de lo establecido, serpiente inquisidora, responde con prontitud. Al trabajo no faltarías, a la misa, sí. Eso, se reafirma la mujer con su propia voz, voy a faltar a misa. Una grieta en la acera, curva como un largo y retorcido reptil, desvía sus pensamientos. ¿De qué será el sermón de hoy? Sobre el Apocalipsis, pecadora, sobre el fin del mundo donde arderás, responde el ofidio. Vas a faltar a misa, Eva. Vas a faltar misa para verte con un hombre. Sí, creo que sí, ha llegado el Apocalipsis, y que bien venido me llegue. Adúltera, silabea la serpiente. Como si un primer sello se rompiera en su cabeza, como la primera trompeta de una singular fanfarria, sin dejar de caminar, Eva repasa los caminos que la han traído a este día. Una por una evoca sus propias revelaciones, en tanto rectifica el borde del vestido y hace más acompasado su paso. Yo soy una mujer, madura, independiente, dueña de mis decisiones. La serpiente resopla y la hace dudar, pero sólo por un segundo. Coño, tengo 46 años y me comporto como si tuviera sesenta en el siglo dieciocho. Da igual que sea domingo. No, no da igual y Eva lo sabe en verdad, aunque no por asuntos de credo. Faltar al trabajo, a pesar de su horario abierto, es más evidente. Además, está la chismosa de Elia, la amiguísima de su esposo, que trabaja en la oficina del lado. Esa se lo soltaría todo con un gusto si me agarrara en algo, tan hipócrita. Como si yo no supiera que toda la vida ha estado puesta para Carlos. Hoy nadie sabrá nada. El pensamiento se disocia, la mujer evita el paso de un auto, sube un contén más alto que los otros, retoma el ritmo y regresa al soliloquio. Sí, el domingo en la mañana era el mejor día. Ella, mitad por una fe nunca muy arraigada a las prácticas, aunque sí sincera, y mitad por algún aliciente que la sacara de una cada vez más reiterada rutina hogareña, había empezado a ir a misa un año y tanto atrás. Siempre lo hice, explicó a su asombrado esposo, lo que había perdido el hábito. Igual, con Dios hablo yo, sin curas ni altares, qué carajo. No blasfemes, apunta la serpiente. Sin saberlo, con esa decisión, Eva preparaba lo que meses después, lo que hoy, le serviría de estupendo pretexto. Claro, Carlos se queda en la casa, mirando el futbol o la pelota o las películas porno esas que tiene en la computadora y que cree que yo no lo sé. Total, para lo que le sirven… La serpiente inquisidora aprovecha y se oculta y no responde al pensamiento, aunque deja entrever con un bisbiseo que es también pecaminoso. Mucho tiempo, mucha energía ha costado esta decisión, este domingo. Él también es casado, se dice Eva, no me lo escondió, y tampoco tiene muchas posibilidades, pero algo inventó esta mañana. Por fin, después de largas semanas van a verse. ¿Yo no estaré muy vieja para esto? Yo conozco tus obras y tu amor y tu fe y tu servicio y tu paciencia, dicta con voz monótona el ofidio inquisidor. Yo estoy loco por conocerte, repite la voz varonil de su pretendiente en uno de los mensajes grabados que ha escuchado. ¿Y yo conozco a este hombre cómo para enredarme en esta aventura? No, pero quiero conocerlo más. Se habían encontrado por pura casualidad. En una red social, un grupo sobre arte, ambos habían comentado un mismo cuadro. Un explícito desnudo, el famoso Origen del mundo, de Gustave Courbet, que mostraba una vulva coronada por el abundante y negro terciopelo del vello púbico, todavía desataba mojigaterías y prejuicios en pleno siglo XXI. Los dos habían defendido el cuadro ante algunas opiniones muy conservadoras y terminaron escribiéndose por mensajería privada. Al ver sus fotos y empezar a intercambiar textos, a ella le simpatizó el hombre y hubo viceversa. Este, ante el pelo oscuro femenino y en elogio a su figura, le dijo que ella hubiera podido modelar para el pintor. Con lo gorda que estoy ahora, piensa y, sin dejar de caminar, Eva se alisa el vestido alegre que escogió esta mañana. Por suerte, Carlos no me vio vestirme. Ni aunque me vea, ese ya ni se fija si yo salgo a la calle en bata o con turbante. La serpiente se anota un tanto y critica, maligna, te pusiste ese juego de lencería blanco, transparente. Sí, reconoce Eva, y un montón de imágenes recorrieron su mente al hacerlo. Sí, no lo voy a negar. Lo hizo pensando en resaltar sus muslos trigueños y el ahora algo profuso vello íntimo que él le pidió no rasurar un tiempo para este primer encuentro. Tengo que ver si de verdad podrías modelar para el cuadro, pidió en un mensaje. Ella escribió casi dos líneas de carcajadas. ¿Por lo gordita será? Porque no tengo tanto pelo como la modelo de la pintura, se franqueó esa vez. Hubo puentes que los unieron poco a poco. El arte, primero, pues ambos eran amantes de los desnudos en cuadros y esculturas. Después, la música, con muy nutridas conversaciones sobre discos y artistas. Todo eso se hizo lluvia en interminables intercambios de mensajes. Aunque me parece que yo soy un poco más culta que él, al menos he leído más. ¡Cómo me lo admira! Siempre me elogia, como si estuviera orgulloso de mí. Bueno, yo economista y él matemático, no parece una combinación tan mala. Da igual, es un hombre muy dulce. Sí, y chistoso, remató biliosa la serpiente con una mueca. Es verdad, siempre me hace reír con sus cosas. Eva piensa, por un instante, cuánto le hacía falta reír y lo a menudo que lo hace desde que empezó esta ¿relación? Ni sé cómo nombrar esto, se dice, y cruza ante el semáforo en verde al notar la calle vacía. Los diálogos se ahondaron al correr de los días. Se hicieron necesarios, luego diarios, luego varias veces cada jornada. Despacio, los intercambios se hicieron más y más explícitos, las indirectas directas y, al fin, una noche, para total sorpresa de Eva, pues no fue nada planificado, terminaron haciendo el amor de manera virtual, en una inesperada y sorprendente sesión de mensajes y textos grabados. Nunca me hubiera imaginado que podría excitarme de ese modo, nada más que leyendo y escuchando su voz, reconoció ella. El encuentro fue intenso y hondo y mutuamente muy satisfactorio. La descripción de ambos orgasmos, en días siguientes, fue profusa y detallada de ambos lados. Todavía había mezcla de gusto y sorpresa en Eva y, al parecer, también en su galán, cuando empezaron a imaginar hacerlo en la realidad y saltar el muro virtual. El sofá de la sala, una botella de vino, una bata cómoda y una ropa interior que debió ocultar en el cesto de las piezas sucias, toda mojada, qué pena, menos mal que yo soy la que lava, fueron los cómplices de esa primera noche, mientras su marido roncaba en el cuarto cerrado. Saltó el otro sello, tronó otra trompeta y empezó a desear conocerlo. Ya habían hecho el amor por medio de las palabras y hasta lo repitieron un par de veces, siempre sin planificar, siempre por mutuo deseo. Las cosas que me dicen en el trabajo al otro día, ni que llevara un lumínico en la frente. Claro, según ellos, los méritos son para Carlos, machistas todos y todas, como si una no interviniera también en hacer el amor. Increíble, una mujer satisfecha es culpa del marido. Una insatisfecha, culpa propia. Al final ellos siempre ganan. Total, si ese, ni se ha enterado. Era cierto, la habían celebrado en la mañana en esas ocasiones de placer virtual. Me gusta este hombre, se reafirma Eva y dobla una esquina. Lo malo es que él también es casado. Esa fue una larga conversación. Tampoco está muy feliz con su relación, aunque fue muy sincero. Nada de mi esposa no me comprende, estamos peleados, o alguno de esos pretextos. Se llevan bien, se entienden, pero como pareja no les funciona ya la historia. A buen arreglo, decidieron seguir adelante, sin planes, a ver qué pasaba. El que era, el que es, el que ha de venir, ¿ha aparecido? ¿Será? Pero los dos sabemos que, al menos por ahora, no es posible enredarnos en algo serio. Es demasiado complicado para los dos empezar de cero. Complicado no es imposible, pero hay que gatear antes de correr. Veremos. Igual, no me voy a torturar con eso, voy a vivir y que sea lo que tenga que ser. Me he pasado la vida reprimiéndome de todo, haciendo lo correcto. ¿Viene el Apocalipsis? Pues que me coja feliz. Voy a disfrutar lo que me sea dado por gracia divina antes de que se acabe el mundo o, al menos, antes de que termine el domingo. No metas ningún milagro en esto, pecadora, y el ofidio ruge otra vez en su mente. El placer es gracia divina. El amor es un regalo celestial. Sí, sobre todo el amor en una posada, adúltera, y la lengua bífida se regodea en la mente de Eva. Nada de posada, si eso ya ni existe. Él buscó un alquiler y hasta me mandó las fotos del lugar. Un poco cursi, cómo nos burlamos de las lámparas, tenía unos tronos y unos peces, y los cuadros con cisnes y lagos, pero todo muy limpio, pintado, en orden. De hecho, ya me queda menos, estoy cerca. Hasta cuidó que fuera lejos de la iglesia. No importa, salta el ofidio, el mal se ve, donde quiera que se esconda. Cállate, bicho. El recuerdo de la cama, amplia, impecable, sacude un poco el interior de la mujer. Sin poder evitarlo, acuden a su mente una mezcla de imágenes. Los textos apasionados de los mensajes de la primera noche, el recuerdo del tono varonil y desesperado de su voz pidiendo el orgasmo de ella, mientras cada sílaba temblaba de modo evidente por la inminencia del suyo, la inundan por un momento. Hacía mucho tiempo que Eva no se sentía tan excitada como en esas noches de mensajes y pasiones. ¿Será igual en la realidad? La mujer imagina las bombillas, a media luz, simulando la noche en la plena mañana de un domingo. Convertir en verdades la palabra, sobre tronos y lámparas, en carne los verbos. Sonará alguna trompeta. Voy a llevarte algo de jazz en el teléfono, te van a encantar unas baladas que tengo. Eva puede imaginar, casi escucha, casi siente como unos dedos masculinos hacen saltar el broche que a la espalda libera su sostén. Abre otro sello y ven y mira. Habrá un caballo blanco y una corona bordada en el encaje entre mis piernas y un caballo encarnado desde donde crecerá su espada. Habrá un caballo negro, encima de seguro estará la serpiente, que traerá la balanza, la decisión última, ya tomada, y que no detiene el paso de Eva mientras imagina, mientras acepta con gusto el salto del séptimo sello y un temblor que presiente en su vientre y que pronto hará realidad. Su sexo, al fin al descubierto, será el sol negro, tierno terciopelo y él mostrará una luna, vuelta como de sangre. Eva, desvestida de sol, con la luna bajo sus pies, quiere, reverencia esa corona alzada, se postra ante este ángel único de carne vital. ¿Cómo será ese sabor? Las alas de mis labios, van a adorar cada ángulo, cada línea, la perla de fuego, la cola del escorpión que habrá de herirme. Pero suenan las trompetas, el jazz conjura el cielo, lo enciende, me trastoca, y son sus ángeles los que llegan. Yo soy trompeta, boquilla, música, sus labios alados adoran a mis labios terrenales, hacen sonar el vivo metal del origen del mundo y el canto de mi placer. El cielo se desvaneció y todo monte y toda isla fue removida de lugar y su boca se esconde entre mis peñas y mis montes. El gran día de la ira, de mi ternura feroz, la mañana de esta misa de los cuerpos y las almas ha llegado. Se abre el cielo de mis revelaciones, mis rebeliones, y casi no logro sostenerme en pie. Llega el primer temblor, el primer ay de todos mis ayes. Porque sale fuego de su boca, me cabalga su ejército de armaduras, caballos y colas de sierpes, soy vestida de sol por su boca, por sus besos, con estrellas sobre mi cabeza y siento su luna, roja, crecida, cercar mi vientre con calores y deseos. Ahí está la bestia y su inflamada diadema y un solo cuerno y yo lucharé contra ella. Porque soy la gran ramera, desvestida, sobre la bestia púrpura y escarlata. Soy la ciudad mujer, el país vulva, el planeta alma, que va a fornicar contra leyes y rutinas y eras opresivas y maridos cansados y ciegos con películas pornográficas. Pero además soy una mujer viva y orgullosa de sentirme hembra y libre y presta a beber de las copas del placer. No hay pecado alguno en vivir. Brillan, hacen la noche los tronos y las lámparas, y rondan y bailan las copas de los cuerpos y nos bebemos el fuego y el azufre cada uno en la otra copa. La cama ancha, limpia, es un lago de llamas y hay otro lago ardor entre mis piernas. Es la bestia, la bestia erecta, la hembra y viril esposa de mi cordero, hoy indócil, húmedo, ansioso. La bestia viene atormentarme. Llama con fuego a mi puerta, abro mis joyas, mis cojines a sus perlas, a su roja luna que me mira. Mi puerta cede, a su bestia dulce y dura y tierna, a su alzado escorpión. A sus bríos se abren todas mis puertas. Llega el feliz suplicio, el fuego, y la cama es lago, es cielo limpio y nube terrenal y divina. Cae granizo y fuego entre los dos y se quema mi tercera parte y su escorpión me atormenta. Vivimos los dos la enloquecedora herida de esa púa amante y ansío vivir y estallar y él desea estallar en mi adentro. Llega la revelación, al fin, y a este árbol de la vida daré mi agua. Llenaremos nuestras copas, nuestros tronos, de simiente, de néctar, de vital y humana ambrosía. He aquí la llegada, la venida, he aquí que llego pronto y somos el alfa y la omega y él me llega. Somos el eterno retorno, plural uróboros, alquimia verde y roja de la gran obra del amor primero y último. Somos únicos y somos los mismos cada vez en que nos mordemos en reiterado hallazgo circular. Soy hembra, diosa, mujer, principio y fin, y estallo y se acaba el mundo, y empieza otro. Es el Apocalipsis, el fin de este comienzo, el fin de una noche en plena mañana de domingo. Eva nota que ha llegado al lugar acordado y borra de su imaginación las fogosas escenas, aunque no de sus ya despiertos deseos. Entonces se detiene, y encara una figura, de holgada camisa blanca y mirada honda, de sonrisa y presagio, que ha llegado antes, que saluda con beso cálido y ya sostiene entre sus dedos las llaves del edén alquilado. La serpiente se espanta de sus pensamientos. Una mano firme toma la suya y la guía, entre nubes, entre rojas losas en el piso, entre escalones y celajes. Eva se deja llevar, con algo de timidez y total anuencia, a través de un breve pasillo sin techo. Suceden unos pasos, una puerta, una pequeña sala y a través de un umbral se deja ver, sin los límites de la foto, el blanco lago con tronos y lámparas y una acogedora media noche fabricada entre paredes y cortinas a media mañana. El futuro será revelado. Están listas para arder las trompetas y por abrirse los sellos y prestos a volar los ángeles vivos de un amor por hacer. Entonces se hace el abrazo, el primer beso. Amaos las unas sobre los otros y también viceversa. Eva, mucho gusto en conocerte, yo soy Miguel.

ALS

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