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Las guerreras de la luz

Mi primera novela, la de las primeras veces

Ala del Mar · Mis libros · Las guerreras de la luz

Cubierta de Las guerreras de la luz, ilustrada por Rainel Cabarroi: empuñadura de espada con una rosa grabada en el pomo, sobre cuero verde

Nota de contratapa

Un malvado hechicero, venido de los cósmicos confines de las sombras, intenta detener toda la vida y el hacer en una tranquila isla, para instaurar el dominio de lo oscuro y apoderarse del mundo en favor de las tinieblas. Con la ayuda de Albor, un valiente y mágico colibrí enviado por la claridad, la muy joven Aria Musa y sus amigas deberán enfrentar grandes aventuras, antes de armar un ejército a golpes de espada y de esfuerzo y, convertidas en guerreras de la luz, combatir al brujo enemigo y a sus terribles secuaces.

Ficha

título
Las guerreras de la luz
género
Fantasía heroica
editorial
Editorial de la Mujer, La Habana
año
2011
cubierta
Ilustración de Rainel Cabarroi
premio
La Rosa Blanca 2012, Sección de Literatura para Niños y Jóvenes de la UNEAC, entregado el 19 de marzo de 2013

Fragmentos

VII · Donde habla el colibrí

El inquieto animalillo se posó en uno de los troncos del establo, a la altura de la muchacha, que dejó de jugar con Dalma y lo miró fijamente. Todavía no salía de su asombro, pues jamás imaginó que pudiera hablar con un colibrí. Pero desde la noche anterior habían ocurrido tantas cosas poco usuales que ya empezaba a acostumbrarse. Es cierto que ningún pájaro habla, pero este parecía ser muy especial. Y se demoró por unos instantes contemplándolo con suma atención.

Era pequeño, muy pequeño, pero cierto extraño fulgor, solo a ratos visible, parecía rodearlo como una leve aura. Brindaba seguridad, nobleza, y una fuerte sensación de valentía se percibía al mirarle a los ojos. Podría seguirlo a cualquier batalla, pensó ella, y el fulgor se hizo más nítido. El plumaje era verde, muy brillante, salpicado con rojísimos destellos, y se tornaba en un indetenible resplandor de viva esmeralda cuando se alzaba a volar. Pareces una joya, eres muy lindo, dijo para sí.

Al instante, el leve brillo alrededor del colibrí se hizo tangible, en mínimos destellos de plata y azulado fuego, y Aria sintió un agradable reflejo en su pecho, un sentir de bondad y de ternura, como cuando sus padres la abrazaban. Aunque, no supo bien, pero era un calor distinto. El pájaro no había movido su pico diminuto, pero ella hubiera jurado que lo había visto sonreír. Gracias, Aria Musa, tú también eres muy linda, y la sorpresa regresó al escuchar dentro de su cabeza aquella voz tibia como un rumor de mar. Sin embargo, la dosis de asombros para el día, no se habían agotado.

–Voy a contarte todo lo que sé –habló el ave y todo el lugar se llenó de cierta irradiación como de un astro, cuando dijo–: Yo soy Albor de Luz. Soy un guerrero de la claridad y el bien.

En otro momento, quizás se hubiera echado a reír al oír semejante declaración. Pero había tanta fuerza en aquella frase, tanta energía pura, que al instante se sintió mucho mejor y ni siquiera importaba el diminuto tamaño de aquel colibrí. Sí, lo seguiría hasta a una batalla.

–Soy un guerrero de la luz y estoy aquí para ayudarte a combatir a Mvago Docio, ese que se ha robado a tus padres y que todavía hará muchas más cosas si no lo detenemos.

–¿Pero, por qué a mi familia? ¿De dónde salió ese horror?

–Ese brujo es la segunda parte de una historia que comenzó hace muchos siglos en esta isla. ¿No has leído los pergaminos que halló tu padre?

–No, pero sabía bastante de esa leyenda.

El pájaro revoloteó un instante y volvió a posarse. Ahora los resplandores habían sido chispas como de metal al rojo.

–No es una leyenda, Aria Musa, todo lo que esos papeles cuentan ocurrió de veras. Aunque hace tanto tiempo, que todas las memorias se hicieron mitos. Tus padres lo sabían y estaban buscando el modo de impedirlo. Por eso te han instruido tan bien. Para Docio, son simples criaturas que debe sacar de su camino. Y todos los niños varones, más todos los adultos, sean hombres o mujeres, que encuentre en su camino, sufrirán la misma suerte. Pretende detenerlo todo. Hacerlo todo yermo y frío. Esos son sus planes –dijo Albor y siguió hablando.

–Ya una vez hubo que combatir en esta tierra contra artes de negras magias. Ya una vez un nigromante pretendió detener la isla, hacerla un sitio inmóvil y oscuro. Fue derrotado, pero no pudo ser destruido. Un guerrero de la luz se sacrificó y lo rodeó con su propio cuerpo. En algún sitio de estos lares, bajo una montaña, o puede que en un abismo del mar, no se sabe bien todavía, ese enemigo yace atrapado dentro de una enorme piedra de luz sólida y ha estado todos estos siglos pidiendo por ayuda. No puede salir, no puede usar sus poderes, pero sigue ahí latente el mal. Existe alguna idea de dónde puede estar, pero ninguno de los pergaminos lo decía con exactitud.

–¿A quién pide ayuda? –preguntó la muchacha que había seguido atentamente el relato.

–A las sombras. En dimensiones que ustedes los humanos no son capaces de entender, la luz y la sombra, el bien y el mal, combaten desde hace eras. En algún momento, lo oscuro trató de ganar ventaja apagando todo, la vida, el hacer, la historia y los esfuerzos de los lugares donde la luz y la sombra coexisten, como es aquí en tu hogar. De esos lugares perdidos entre galaxias y tiempos pasados y futuros, escapó el primer enviado de la oscuridad que llegó a tu mundo. De allí mismo ha venido Mvago Docio con sus poderes. Si logra detener esta isla, seguirá hasta lograr hacer de tu tierra un sitio de noches e inacciones eternas. Después irá más allá hasta apoderarse de todo este mundo. Y lo oscuro tendrá ventaja y así tratarán de hacerlo en otros muchos lugares del universo.

–¿Y tú, de dónde has salido tú, y quién eres? –preguntó la muchacha.

–Yo soy un guerrero de la luz –Albor ocultó cuidadosamente su nacimiento–. Llevo la claridad en mi adentro y de ahí salen todas mis habilidades y conocimientos. Como mismo Docio sabía ya de todas estas historias, también yo las conocí cuando volé hasta el centro de la luz al llegar a este sitio. Es la claridad, es el bien, quien ha dado pistas a tus padres todos estos años para que pudieran prepararse, encontrar los pergaminos y todo lo demás. Todo lo que ellos sabían, lo sé yo. Por eso soy yo quien te ayudará a luchar contra las sombras del mal.

–¿Tú…? –interrumpió la frase la muchacha y se dijo en su cabeza–: Tú eres demasiado pequeño…

Ahora el centellear fue un alegre aunque muy leve chisporreteo de colores diversos. Aria Musa podría haber jurado que el pájaro había vuelto a sonreír y no supo si era un sonido, o un oleaje, cuando la voz como el mar, tierna y varonil, se deslizó suave pero firmemente dentro de su cabeza.

–Ningún bien es pequeño, niña mía.

XXXV · Cuenta la voz de Glajur

XXXV CUENTA LA VOZ DE GLAJUR Un secreto descubierto nos conduce a un nuevo viaje La vela contra el oleaje llevará el pie hasta buen puerto Mas será el sudor el huerto donde oficios de riberas cultiven sobre maderas un fruto que hasta el mar brote La espada oculta en un bote marcará sendas certeras En cabalgata valiente mensajeras de la prisa dos desbordarán la brisa con palabras de lo urgente En nubes de sol ardiente la fe empujando sus credos la luz acallando miedos corre la alarma en la tierra Contra el mal se hará guerra con el acero o los dedos Pero en acecho callado lagarto que su odio abulta tras noche y miedo se oculta el tenebroso criado Una trampa ha preparado Civio contra las guerreras Será por horas enteras la caza y su aire violento y la sombra en este intento sorprende a las mensajeras

XLVII · El ataque

De inmediato, se distribuyeron las defensas de la barrera. En el primer anillo, en parejas que cubrirían un buen número de pasos, Albor ubicó la línea más abierta de combate. Dayloas y Aliama, en uno de los flancos; Nidai y una de las darcoras recién llegadas, al otro; y a Neelie con Aria en el frente. Las otras chicas llegadas con la capitana, custodiarían la retaguardia junto a una de las arqueras. Una larga franja era la responsabilidad por cada dueto.

En la segunda empalizada, de mayor visión por su altura y dotada de varias aspilleras, el resto de las darcoras con sus arcos mantendrían a raya a cualquiera que se acercara por el claro. Driadna, la mejor de todas, se mantendría moviéndose en el primer anillo. La orden era que nadie podía entrar al primer círculo. Y si entraba, no podría, ni pasar al segundo, ni salir indemne. Así de caras pensaban vender sus vidas.

Espadas y arcos en mano, con esa quietud de la calma que siempre precede a la tormenta, las chicas esperaban en completo silencio. Apenas anocheció, una suerte de velo de miasmas y hedores, un sucio conjunto de insectos dañinos y lúgubres presagios, envolvió todo el lugar. El mal se acercaba y unos nublados rojizos, un violento resplandor que cubrió veloz el cielo y casi hacía flamear las sombras, tapizaron la bóveda celeste. No pasó mucho tiempo antes de que se pudieran ver, por entre la sinuosa palidez de la noche techada de nubes, las siluetas de los primeros destacamentos enemigos.

–Mira, Albor, cómo han mejorado su porte nuestros amigos –soltó Neelie con ironía, mientras miraban a través de una rendija de la estacada.

Los bichejos parecían ahora menos torpes en sus pasos y marchaban en apretadas filas, con las mazas en alto. Varios bloques se acercaban sin ocultar sus intenciones. Driadna, observando por una improvisada tronera en el cercado, esperaba pacientemente. Desde la posición en que estaba, había establecido una línea imaginaria, tomando como referencias uno de los bordes del camino, a través de un pequeño pedregal hasta un cayo de césped, y sabía perfectamente el alcance de sus flechas. Gova que pasara esa línea, sería un gova muerto.

–Ya saben que estamos aquí, ese despliegue es para amenazarnos. Si cruzan, dispara –le ordenó Albor en un susurro y la darcora apretó el arco.

Aunque la noche impedía ver más lejos, de seguro las fuerzas enemigas eran más abundantes que este par de bloques que se mostraban casi al descubierto. Amenazadores, los babosos animales habían hecho una larga fila, maza con maza, que cubría toda la ruta desde las montañas hasta el borde del bosque, a la vista del frente del fortín. Todo para mostrar su número de efectivos. Gruñidos y velados gritos eran la banda sonora del asqueroso grupo. Y su olor ya era perceptible desde la estacada.

–Bueno, mis niñas, ahí están. Son muchos, pero confiemos en nuestras fuerzas –susurró el colibrí.

El malvado enemigo no tenía prisas. Por toda la noche estuvieron haciendo engañosas maniobras, avances y retrocesos y hasta llegaron a retirarse del todo en alguna ocasión. Aunque a sabiendas de que si llegaba el amanecer se debilitarían sus seguidores, el brujo alargó el tiempo sin que ocurrieran más que repetidos amagos. Contaba con el desespero y el cansancio que la tensión provocaría en las defensoras del fuerte. Por fin, a solo un par de horas de la salida del sol, se produjo una gran concentración de enemigos frente al vallado. El ataque parecía inminente.

Como la espera se alargaba, cada pareja se turnó para descansar algún rato. De todos modos, la cercanía de la pelea no permitía la llegada tranquila del sueño. Cuando de nuevo se reunió un buen número de posibles asaltantes, se dio la voz de alarma en toda la empalizada.

–Nunca vi tantos juntos. Ni cuando arrasaron Pedrepez… –susurró Driadna, que no abandonaba su arco ni su vigilancia a través de la aspillera.

–¿Neelie, te acuerdas de cuántos govas había en aquella taberna en Aranza? –preguntó Aria y le guiñó un ojo a la darcora.

–No, pero sí me acuerdo de cuántos quedaron –dijo la Eililith mostrando su enorme sonrisa.

–¿Cuántos…? –preguntó Driadna y la respuesta fue una carcajada al unísono.

–¡Ninguno!

Entonces, desde las filas del enemigo se escuchó un largo ladrido. Una extraña orden, pronunciada por alguna maligna voz, rebotó contra las piedras y follajes. Los sitiadores, primero torpes, después ganando velocidad, se lanzaron a ciegas contra la empalizada. Apenas el primero de ellos atravesó la línea imaginaria de Driadna, una flecha lo lanzó atrás, invirtiendo violentamente el sentido de su carrera y haciendo estallar la primera llamarada oscura de las muchas que habría aquella noche. De inmediato, las seis flecheras restantes, con excepcional puntería, empezaron a dejar espacios en blanco en el avance enemigo.

Tras la estacada, las muchachas esperaban. A una orden del colibrí, una integrante de cada pareja de los flancos se acercó al frente. Confiados en su número, los asaltantes ni se molestaron en rodear al fortín, todos venían en la misma dirección.

A pesar de los incesantes flechazos, que acertaban en su mayoría, pronto la avanzada estuvo muy próxima al vallado. En ese momento, empezaría su papel la primera defensa. Seja y Albor habían dejado lista una invocación, como trampa que rodeaba el reducto. Durante la noche, y peor aun por el día, quien se atreviera a cruzar el invisible velo, ardería sin remedio. Los primeros animalejos, mazas en alto y profiriendo temibles ladridos, se acercaban. Desde el suelo, un círculo pedregoso comenzó a brillar. Y una especie de pared translúcida dejó correr sobre sí un resplandor iridiscente. Las luciérnagas de Seja, ahora como parte de un hechizo de la luz, extendían desde el suelo a lo alto una cortina luminosa e impenetrable.

Los más adelantados, presas de la carrera, atravesaron el transparente velo. De inmediato se arrojaron al piso, aullando de dolor. Enormes quemaduras recorrían sus babosas pieles y en unos instantes, las ya habituales llamaradas apestosas y la baba negruzca, eran las únicas huellas de los asaltantes. En poco tiempo, la primera oleada cayó bajo los ardorosas mordidas del hechizo en sus cuerpos. No había enemigo capaz de atravesar tal conjuro y ninguno logró siquiera acercarse a la estacada.

Lejos, en una de las laderas, un ser de mirada fría se estremeció de ira y al instante todos sus seguidores gruñeron o ladraron al sentir en sus primitivos cerebros la rabia del brujo. Aprovechando el resto de la noche, el propio Mvago Docio observaba el inicio del combate y notaba como sus tropas llevaban la peor parte, enfrentados con la luz. El nigromante ya sabía que había perdido a su predecesor y estaba muy furioso. Las huellas no dejaban dudas. Un Árzulbol, un odioso campo de Imi–Iyá, eran las muestras de que hubo pelea. Pero no había ningún rastro de que hubiera sobrevivido alguna fuerza de las sombras. Y habían sido esos, que ahora se atrevían de nuevo a desafiarlo, los que le habían costado esa gran pérdida.

Jamás se lo diría, pero Docio reconocía ahora que su sirviente Civio había tenido razón. Eran muy persistentes estas humanas. Debía haberlas arrasado sin piedad. Ocupado en sus planes, en la revisión de los pergaminos que encontrara en la biblioteca de ese viejo cuentero y los otros hallados al inicio de su viaje, en hacer surgir a los gonaras, y en preparar complejas hechicerías para aumentar su poder, no quiso escuchar de lo que tramaban, tal le contara su siervo. Estas eran las consecuencias. Aun así, no importaba. Pronto serían aplastadas, estas, y todas las demás en la isla, y luego todo este mundo. Después, la sombra iría a ajustarle cuentas a la claridad.

Emitió un llamado y de inmediato acudió un bichejo de enorme estatura, casi el triple de lo habitual. En una lengua extraña, llena de golpes guturales y gruñidos, el brujo dio una orden. Un tiempo después, sus sirvientes derribaban varios grandes árboles. Alejados del fortín, se enfrascaron en una afanosa labor, que debido al número abundante de brazos, prosperaba con rapidez.

–¿Para qué han cortado árboles? –preguntó Dayloas.

–Están preparando balsas de sombra. Harán unas junturas de troncos, con una invocación y las pondrán sobre el círculo. Son el mejor remedio contra el velo de la claridad. Dentro de poco, los govas lograran llegar a la valla –advirtió Seja la Voz y se hizo un gran silencio.

Aunque sobre el mar una muy tímida aureola rosada anunciaba los preludios del amanecer, todavía la oscuridad enseñoreaba. Pronto hubo un nuevo y abundante destacamento enemigo avanzando hacia el fortín. Varios grupos, por tres sitios, cargaban una suerte de balsas de negros troncos unidos por recios nudos y sin espacios entre ellos.

–Aplastarán la luz del círculo y van a pasar por esas vías. La única ventaja es que podrán ser un blanco fácil –apuntó Albor y agregó mirando de hito en hito a la capitana y a la guerrera–. Yo saldré fuera de la empalizada, a ninguna se le ocurra seguirme, pase lo que pase…

–¡Ahí vienen de nuevo! –exclamó Driadna.

Envalentonados, los atacantes gritaban con ferocidad y hacían aspaventosas maromas con sus mazas en alto, en tanto lanzaban fuertes ladridos. Todavía algunos se lanzaron a través del velo y sus llamaradas, olores y babas incrementaron las bajas, pero por tres lugares, no sin caer más de uno bajo las certeras flechas darcoras, colocaron las negras balsas. El círculo quedaba roto y un primer grupo se aproximaba al cercado. Como una centella de fugaz rojo, el colibrí detenía todo intento de cruce.

Usando las mazas como garrochas, apoyados en los cuerpos de sus propios secuaces, dos, tres, cinco, seis de ellos lograron saltar por varios puntos la empalizada. Otros, en grupos agazapados, para huir de las flechas, golpeaban insistentes con sus armas sobre el vallado. Detrás de la estacada, y sin tregua, se generalizó el feroz combate cuerpo a cuerpo. Afuera, el pájaro trazaba apretados lazos y abundaba la cosecha de babas oscuras tras su vuelo. Aún así, el enemigo prosperaba en sus posiciones.

Neelie y Aria de inmediato entablaron pelea. Al principio parecieron superadas en número, pero al despachar con rapidez a los pocos que habían saltado, sin que una maza o una mordida las alcanzara, se dedicaron a tratar de eliminar a los enemigos mientras intentaban el cruce. Al empezar a proliferar llamaradas y hedores babosos, pronto los atacantes buscaron otros puntos de acceso. Las demás parejas, moviéndose sin cesar a través de toda la cerca, también defendían la plaza sin dar tregua.

En un punto cerca de la retaguardia, una sección de la empalizada cedió con estrépito y, como un cauce desbordado, los govas se precipitaron a través del perímetro con grandes gritos. Una de las chicas defensoras de esa franja cayó abatida por la sorpresa y el alto número de intrusos. Su compañera, una de las darcoras, que se lanzó en su ayuda al mar de atacantes, corrió la misma suerte, no sin antes llevarse por delante a varios de ellos al otro mundo.

Atendiendo a la vez a los que trataban de cruzar y al grupo que se avecinaba amenazante por su propia retaguardia, Driadna no dejaba de disparar. Por suerte, después de las que tomaran en el Monte de las Memorias, las darcoras habían fabricado una gran provisión de flechas durante sus días de guerrilleras en los montes. Fue ella la que gritó a las otras que el peligro estaba ya muy cerca.

Aliama y Dayloas, sin dejar de derribar a los que encaraban el paso por la valla, ampliaron su área de defensa. Desde el segundo anillo, las flecheras seguían cobrando a rival por cada disparo de sus arcos. Aria y Neelie se lanzaron al combate entre ambas cercas, en un desesperado intento por detener a los invasores.

En el espacio entre las dos barreras, de unos cinco pasos de ancho, los sitiadores avanzaban en un apretado racimo. Por el hueco abierto en la empalizada, seguía entrando un tropel de agresivos soldados enemigos. Pero ahora, tendrían que superar dos diestras espadas que ya los reducían, escribiendo llamaradas y rastros babosos en cada trazo de sus aceros.

Como en una danza, el dueto de la Eililith y la guerrera marcaba pasos y ganaba terreno en cada ademán de sus armas. Una estocada y un contrincante eliminado. Cortar los brazos que alzaban una maza. Una media vuelta, ora alargando, ora acercando la hoja según cercenara cabezas o desviara ataques. Otra estocada y un largo arco horizontal que dejaba a su vera huellas llameantes y lastimeros aullidos. Un giro en diagonal que esquivaba un golpe. Un golpe con el mango de la espada en una frente enemiga demasiado cercana y un cuchillo clavado con la otra mano en la garganta. Una rápida cuclilla ante un ataque dirigido al cuello. Una estocada más. Así era la improvisada y siempre variable coreografía con la que avanzaban ambas combatientes.

Los atacantes, ya avisados del agujero, abandonaron los intentos de saltar y exponerse a los flechazos o a las acometidas del colibrí y se lanzaron en masa hacia el pedazo de cerca derribado. Varios de ellos, con sus armas, trataban de hacer mayor el boquete, y ajenos al combate, seguían golpeando y para hacer caer los postes.

Por un momento, a pesar de que Albor no cesaba de abatirlos fuera de la cerca, el número de agresores se acrecentó desmesuradamente. Aunque a Neelie y Aria se habían sumado Aliama y Dayloas, y las cuatro eran un valladar casi infranqueable de espadas, el aumento de las mazas en combate las había hechos retroceder. Desde el final del río de hostiles, con rumbo hacia sus compañeras, Nidai se batía sola, pues su pareja había caído. Aun así, el enemigo avanzaba indetenible.

Una veloz exhalación pasó de pronto a través de las muchachas y se lanzó al mismísimo centro del grupo invasor. Una frase se colgó del aire y al instante se completó con un envalentonado alarido.

–¡Darcoras, a mí!

Esgrimiendo su hacha, tan larga casi como su propia estatura y que a cada péndulo arrancaba gritos y sembraba negros espumarajos rivales, Driadna había ejecutado una muy osada iniciativa. Y de una carrera se adentró en las nutridas líneas rivales.

De un salto a través del segundo anillo, las chicas dejaron los arcos y tomaron sus largos y temibles cuchillos de monte. Y atacaron el apretado mar de bichejos que abundaba entre las cercas. Detenidos ante la imagen aterradora de un pelo enrojecido y loco que les aplastaba con hachazos inmisericordes. Inmovilizados por la sorpresa de las otras que saltaban y caían en el centro de sus huestes, propinando heridas con aquellas brillantes hojas, los govas tuvieron un par de segundos de indecisión.

Al momento, Aria, Aliama y las Eililiths, arreciaron la defensa. Las espadas eran indetenibles, las mazas caían, todo el suelo era ya un vaho espumoso, las llamaradas se sucedían una y otra vez. Entonces resonó el grito. Un aullido cortante, una sonora navaja de hielo y el zumbido de unas alas, anunciaron la temible presencia. En el mismo centro del grupo atacante, aplastando incluso a uno de sus propios compinches, un feroz gonara se posó violentamente en tierra, presto al ataque. La espalda de la pelirroja, que hacha en mano abría surcos entre las filas enemigas, parecía ser su próximo blanco.

Sin embargo, la ayuda llegó de inmediato. A una sola voz, casi por instinto, las Eililiths lanzaron un aviso telepático. La valiente darcora ni siquiera se detuvo a volverse para mirar al volador. Gracias al mensaje de sus aliadas, como si un relampagueante centelleo hubiera iluminado fugaz en sus ideas, había visto en su mente al poderoso animal que la amenazaba. Los nervios que unían cada parte activa de su ser ensayaron, con la misma celeridad con que recibiera la señal y a la vez como si el tiempo se hubiera detenido, cada uno de los pasos que su cuerpo daría para destruirlo.

En un solo gesto, mientras las fauces del gonara ya casi tocaran su espalda, Driadna tendría que dar media vuelta, acompañada de un enérgico vuelo rasante del hacha, impulsada de una vez con toda la fuerza de su giro, hasta trazar una diagonal que atravesara el cuello de la bestia, de arriba a abajo. Después, evitaría de un salto cualquier posible reacción y lo remataría si era necesario. Era el único modo de derrotarlo sin que llegara a morderla. A la misma velocidad con que su cerebro había resuelto la pelea, la llevó a cabo en la realidad.

La agresiva cabeza del gonara se desprendió del cuerpo, el grito fue a dar al suelo con las fauces abiertas y los ojos todavía incrédulos, hasta chocar contra los pies de unos horrorizados govas que se empaparon de la borboteante salpicadura de la oscura sangre. Las espadas, avanzaron en manos de Neelie, Aria, Dayloas y Aliama. Cada una trataba de abrir una brecha a través de la doble cerca y, acompañadas de los cuchillos de las darcoras que quedaban, redoblaron sus encarnizados duelos.

Apenas Driadna levantó el hacha en señal de triunfo tras derrotar a la bestia, con el tiempo justo para una mirada agradecida a sus compañeras antes de seguir combatiendo, otro terrible rugido estremeció el lugar. A su espalda, un segundo gonara apareció de pronto, acercándose en una picada amenazante, de pronunciado y agudo ángulo. Era tan rápido el avance, se veían tan abiertos y cercanos los afilados dientes rumbo a su víctima, que antes de que en verdad ocurriera, todas anticiparon en sus cerebros la escena. Aunque la pelirroja se volviera y usara el hacha para intentar defenderse, la agresión del feroz volador sería imparable.

Fue Dayloas, parada casi junto a la darcora en el momento de despachar a un par de govas, quien logró hacer algo. En ágil reacción echó a correr, dio un salto en el que pisó la cabezota de un bichejo que se encorvaba herido y tomó impulso para elevarse lo más alto posible, hasta interceptar la ruta del volador. Al cerrar la parábola de su espectacular caída, la Eililith se interpuso ante las fauces que ya casi tocaban a su compañera, y en gesto casi instintivo alargó la espada.

Sin posibilidad de frenar su ataque, la fiera mezcló el alarido de su acometida con un estertor terrible de dolor y muerte. El acero de Dayloas penetró justo entre sus fauces, garganta adentro y se clavó hasta la empuñadura en un viaje por del cuello musculoso, donde cercenó venas y ligamentos y provocó una dolorosa y agónica asfixia. La bestia, ahogada al momento por sus propios fluidos, se desplomó sin control, dejándose llevar por la inercia del vuelo.

Impulsadas por el final de la picada, las dos chicas rodaron tras el violento choque con el cuerpo del gonara. Con el aguijón de su cola, con las alas expirando en impetuosas abatidas, con todo su ser en pesada caída, el animal aplastó a unos cuantos de los suyos. Aunque su cuerpo se resistía y cumplía las últimas alocadas órdenes de sus nervios, estaba ya muerto.

Neelie, Aliama y Aria Musa vieron toda la escena. Las escasas fracciones de segundo que duró el encontronazo, parecieron detener todo lo demás en el combate. Al momento, avanzando desde el otro extremo de la pelea, rodeada de enemigos y sin dejar de batirse, Nidai las regresó a la realidad con un grito de alerta. Un bólido brillante, flotando a su lado, les rompió un oleaje en las mentes. ¡Alguien que las atienda!

Aria Musa corrió al final del doble valladar. El cuerpo sin vida del gonara casi impedía el paso y la guerrera lo trepó ágilmente. Dio un salto sobre la cubierta quitinosa y miró hacia abajo. Una exclamación de angustia se le escapó inevitable. Driadna, con el hacha a su lado sobre el suelo y los ojos anegados en llanto, sostenía sobre el suyo el cuerpo ensangrentado de la Eililith. Por las grandes heridas que los dientes de la bestia habían abierto en su hombro y su pecho cuando todo el brazo penetró en la terrible boca durante el ataque, la vida se le escapaba indetenible.

–¡Dayloas, Dayloas!

La Eililith levantó una mirada ya sin brillo. Una sonrisa se dibujó en su rostro al reconocer la cara amiga y sus labios balbucearon una pregunta.

–¿Lo… maté? ¿Y Driadna… Driadna…?

–Estoy aquí, contigo. Lo mataste, lo mataste, Dayloas y me salvaste la vida –la darcora respondió con voz entrecortada y un par de mal contenidos sollozos, mientras sostenía sobre el suyo el cuerpo cada vez más débil y le limpiaba el rostro de la sangre y de sus propias lágrimas. Una calma inefable llenó entonces la cara y los ojos casi apagados de la muchacha herida.

Aria tomó entre sus manos las manos de la chica. Pero ya no había nada que hacer. Muy despacio, como si se durmiera, la Eililith dejó caer su cabeza sobre el pecho de Driadna y se borró la sonrisa de su cara. Una mirada abierta, inmóvil y tranquila, quedó apuntando a las alturas.

Con ayuda de la guerrera, la darcora se incorporó. Una larga herida en su hombro era el resultado de su choque con el maldito animal, pero no parecía ser muy profunda o grave. Sobre sus gruesas ropas de montañesa, se mezclaban sus propios fluidos vitales con los de la amiga caída. Estaba aún muy conmovida, sin embargo, todo su cuerpo y su cara vibraban con una furia innombrable. Ensangrentada, temblorosa, con el hacha entre sus dos manos y el rostro encendido, de un rojo que sobresalía sobre el sudor, el polvo y la sangre propia y de los govas muertos, inspiraría hondo temor a cada enemigo que hubiera podido verla. Aria puso una rodilla en tierra y cerró con suavidad los ojos de la Eililith. Un estremecimiento la recorrió y se puso de pie, mientras un sollozo se mezclaba en su pecho con un gemido de odio y coraje. Las dos muchachas se miraron por un momento.

–¡Por Dayloas! –se dijeron con un apretón de manos y una mirada donde la ira y las lágrimas se mezclaban. Entonces, a una sola voz, corrieron hacia el enemigo.

Un segundo después, sin dejar de defenderse de las espadas que los trozaban, los habitualmente inexpresivos ojos de los bichejos se colmaron de asombro y de miedo y retrocedieron espantados un par de pasos profiriendo incomprensibles sonidos guturales. Quizás hubieran corrido a mejorar sus posiciones, un poco más atrás en el doble cercado. Sin embargo, otro gonara aterrizó desafiante y los impulsó de nuevo al combate con un rugido. La llegada del volador pareció imprimir un poco de valor a las intenciones de los sitiadores, pero una escena los conmocionaba, como si sus reducidos pensamientos pudieran aquilatar los riesgos del más cercano futuro. Y el terror los dominó.

Desde el fondo de la doble línea, como si la temeridad y el más completo desprecio al peligro se hubieran personificado y se corporizara en dos chicas, Aria y Driadna avanzaban como un huracán de furia. Sus vientos eran las piernas en veloz carrera hacia el grupo enemigo. Sus nublados, su cielo amenazante, eran una enorme hacha y una brillante espada que se acercaban desde lo alto de las manos que las empuñaban. Sus truenos, un largo grito de guerra que encogió los ánimos de los atacantes. Pronto llegaría la lluvia, en indetenibles hachazos y estocadas.

Como si el tiempo se hubiera detenido, como si el miedo alargara a propósito los segundos de pánico que experimentaban los govas, cada paso de las dos combatientes demoró una larga eternidad en caer sobre los espumarajos que ensuciaban el suelo y acercarse cada vez más. Cada ademán se veía lento, interminable, como en una pesadilla. Cada momento se hacían más grandes los rostros arrebatados, el silbido del hacha hacia atrás preparando el primer golpe, un brillo de la espada retrocediendo en impulso, el salto de ambas guerreras, el presagio del dolor. Entonces, todo se aceleró vertiginosamente.

En un formidable empuje, Aria y Driadna pasaron a través de la línea de sus compañeras y penetraron el amasijo de bichos. Con el temor demorando sus reacciones, los animalejos gritaban y caían como muñecos bajo cada mortífero péndulo del hacha y cada giro o estocada del acero de Adanta. Había sido tan violento el brío, tan imparable el arranque ofensivo, que de pronto las dos muchachas se vieron solas en el centro del mar de atacantes, haciendo cada vez mayor el claro de llamaradas y babazas alrededor de sus armas. Un rugido las hizo centrarse en el más importante rival. Con las alas abiertas en un reiterado zumbido, la cola alzada esperando lanzar sus aguijones y la boca abierta de gruñidos y dientes y afiladas amenazas, el gonara se aprestaba a asestar su mejor golpe a las combatientes.

El resto de la tropa sitiada no se dejó robar la iniciativa. Avanzando también, Neelie y Aliama causaban grandes estragos. Desde el mismo borde del hueco de la empalizada, Nidai y Albor trataban de aplacar la marea enemiga y cada vuelo enrojecido y cada golpe del acero, apartaban mazas y traían consigo nuevos gemidos lastimeros. Las darcoras no detenían sus largos cuchillos a pesar de haber perdido a otra compañera. Inyectadas de coraje por aquella demostración de arresto sin límites, cada guerrera multiplicó sus esfuerzos y desde sus posiciones se lanzaron tras Driadna y Aria Musa. Con fuerza renovada, las combatientes avanzaron destruyendo numerosos invasores a su paso. El desorden comenzaba a anidar en las filas atacantes. La última esperanza de este asalto estaba en el volador.

Las dos chicas, que ahora eran un vendaval que abría trillos y estragos enormes dentro del compacto cauce de las tropas rivales, no conocían el miedo. Como una obra largamente practicada, primero Aria desvió la atención del gonara lanzando una larga estocada a sus fauces. Cuando la siniestra cabeza se desplazó para morderla, ya Driadna descargaba un hachazo destructor contra el cuello. Sin detener sus acciones, la pelirroja hurtó el cuerpo de un salto, evitó el latigazo que lanzó la cola, y de un golpe en arco dado con las dos manos, la rebanó en dos pedazos. El fin del asalto lo decretó su hacha, al encajarla con todas sus fuerzas, justo en el centro de las alas. El crujido de las placas quitinosas se mezcló con el lamento quejumbroso que lanzó la terrible fiera.

Entretanto, cuando el gonara movió las fauces, adolorido, para encarar el ataque de la darcora, Aria le hundió la espada hasta el fondo entre el hombro y la raíz del cuello. Su acero y el hacha casi hirieron el cuerpo del animal al mismo tiempo. El dolor fue insoportable y la bestia se desplomó sin remedio.

En un segundo aire, las defensoras del fuerte doblegaron en un arrebatado empuje final sus energías. Las babas de los govas fulminados eran ya casi una alfombra que cubría todo el espacio de la doble valla y se extendía bajo el avance de las peleadoras. Atontados, ya incapaces de resistir, los supervivientes volvieron por sus pasos y se dieron abiertamente a la fuga. Presas del miedo, se desparramaron hacia las balsas de oscuridad que les habían servido de entrada. Incluso hubo algunos que, olvidados del mortífero velo de la claridad, atravesaban por doquier el círculo. Nuevas bajas, con nuevas quemaduras y gritos, quedaban como la última firma de la pelea.

El espacio entre las dos empalizadas estaba libre de atacantes. Todavía hubo un par de flechas que cobraron nuevas vidas de los govas retrasados, pero el grueso de los sobrevivientes huía, poniendo fin al combate. Pronto saldría el sol y traería algo de sosiego a las sitiadas. La primera noche, aunque no sin carísimos precios, terminaba con una victoria para la claridad.

Los textos literarios se publican siempre en su idioma original, el español.

Presentaciones

Antonio López Sánchez recibe el Premio La Rosa Blanca
Entrega del Premio La Rosa Blanca, 19 de marzo de 2013
Ceremonia de entrega del Premio La Rosa Blanca
Ceremonia del Premio La Rosa Blanca, UNEAC, 2013

Prensa

Con voz y voto

Esta novela abrió puertas y caminos que, al menos mientras viva, creo que no van a cerrarse más. Fue mi primera incursión, seria, tanto en el género de largo aliento como en los predios de la fantasía. En buena medida me regaló tangibles satisfacciones. Incluyo en esa lista, sobre todo, las obvias enseñanzas del oficio, el encarar con disciplina casi monacal la escritura de una novela y luego seguir todos los pasos que involucran el nacimiento de un libro.

Mi primera novela tuvo una tirada de un alto número de miles de ejemplares. Para fortuna del autor novel que la firmaba, en todo el país se vendieron bien los títulos que llegaron a los estantes. La obra tuvo positiva acogida, tanto por el público como por nuestra exigua crítica literaria. Recuerdo que, a diario, camino a casa, debía pasar por una librería y notaba, con alegría, no lo oculto, cómo poco a poco descendía el número de libros en exhibición. Algún dato recogió que fue unos de los libros más vendidos aquel verano. Eso, alcanzado sin campañas, sin un aparato publicitario detrás del autor, sin redes sociales, sin que nadie publicitara la obra en los medios, era sin duda un logro enorme.

De hecho, gracias a la magia de las distribuciones nacionales cubanas, durante varias ediciones de la Feria Internacional del Libro y por varios años, fue común que en algún recóndito almacén de alguna provincia aparecieran nuevos ejemplares de la novela. Ya era broma habitual llegar a la Feria y preguntar a los encargados de las ventas si de nuevo había Guerreras. Hasta en Ferias provinciales se me aparecieron algunos volúmenes.

Para asombro de este escriba, el público la seguía teniendo presente y, según los libreros, que son los que más saben de eso en Cuba, siempre se vendió bien. Huelga decir que el autor no cobró más que las regalías correspondientes de la primera edición y luego ni un centavo sobre tales ventas. Pero, al menos, dejó el grato sentir de saberse leído.

En predios más institucionales, la obra resultó galardonada con el Premio La Rosa Blanca, otorgado por la Sección de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. En terrenos personales, fue el arranque, el inicio, el echar a andar. Dije más de una vez que esa era la novela de las primeras veces. Estaba hecha con todos los defectos y la falta de oficio de un autor bisoño, pero estaba, también, llena de todas las pasiones. Y esas, amorosas y mágicas, aventureras, guerreras de sus luces, casi siempre aciertan.

A. López Sánchez

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