Nota de contratapa
Si te adentras en este libro tienes que estar dispuesto a arriesgarlo todo, a vivirlo todo y, en especial, a sumergirte en algo maldito. Porque el Grimorium te espera. Una vez que comiences su lectura, no podrás ya abandonarla; solo ir hacia adelante, llegar al final y formar parte de un terrible desenlace. En cada paso hallarás tensión, aventura, suspenso y un mar de aprensiones.
Aquí te van a acompañar tres historias paralelas, pero que transcurren en tiempos diferentes, y cuyos protagonistas persiguen un mismo objetivo: conocer más sobre un texto supuestamente vedado por siglos a hombres y mujeres, y que esconde un antiguo y aterrador misterio.
Después de estas recomendaciones, no quedan más opciones que abrir este libro o huir de su historia. Una última advertencia: si entras, no podrás escapar de estas páginas: el Grimorium te habrá atrapado.
Ficha
- título
- Grimorium
- género
- Horror
- editorial
- Editorial Oriente
- año
- 2018
- cubierta
- Ilustración de Rainel Cabarroi
Fragmentos
Texto de Abdul Alhazred
“De los muchos refugios usados por los dioses primigenios de aquella antigua gran raza inmortal, desde donde esperan para cumplir su retorno y dar término a su titánicas conflagraciones, quizás ninguno sea tan horrible como el Grimorio. En este libro, cuyo contenido se presume no ha sido terminado, habita el espíritu de una vil criatura. Los muy escasos testimonios veraces sobre su existencia se disipan entre los abundantes delirios de quienes perdieron la razón al intentar siquiera hallar el citado tomo. Su creación se atribuye a entes arcanos e incognoscibles y, sin duda, muy anteriores a la existencia de la humanidad misma. Poco hay en claro acerca de semejante engendro de las sombras y, tal vez por eso mismo, no se le ha concedido la atención necesaria al demencial significado y propósito de este volumen. Sólo se sabe que, al abrirlo, apenas una página es visible. Ubicada hacia la parte izquierda, pegada cual una abyecta planta parásita, sucede a la espalda de la horrible carátula. Desde ella penetra la voz del ente hasta dominar la voluntad de quien lee. La derecha, siempre en blanco, es una especie de pozo insondable. Esta hoja, de palidez semejante al aura lechosa de un espectro, espera por las palabras escritas de quien ha abierto el libro. Tal alma desdichada, bajo el poder de fuerzas inmateriales que ya no podrá rechazar sino al precio de la locura, tendrá forzosamente que describir sus sensaciones, sus obsesiones más íntimas y sus miedos más profundos. Sólo así se satisface esta entidad y el Grimorio permite leer el folio siguiente. Sin embargo, la cara escrita se adhiere a la anterior, por medio de una desconocida secreción, y no podrá releerse jamás la hoja pasada. Se especula que, durante generaciones, cada nueva lectura y cada nuevo texto escrito han ido revelando página por página. Cuando se alcance el último folio, la criatura hará regresar su cuerpo y se escuchará en el mundo la Voz del Grimorio. Ese será el principio de nuestro fin. Allí viven, a la espera, los nombres, las sendas, los destinos. Desde allí comenzará el horror del definitivo regreso y la guerra final de la gran raza de los antiguos inmortales.”
Abdul Alhazred
Necronomicón
(Libro III)
(De la traducción de Wormius)
Hesternus (I)
Europa central, invierno de 1103 (d.C.)
Por suerte, había dejado de nevar. Elbio se arrebujó un momento en los gruesos vestidos que lo abrigaban y palmeó cómplice el cuello de su caballo. El animal resopló complacido y una pequeña nube de vapores se elevó desde sus belfos. Un tímido sol, apenas visible entre agresivas y espesas nubes de invierno, acompañaba la amanecida. De vez en cuando, algún rayo fugaz del astro rey arrancaba brillos cristalinos y puros destellos a la alfombra intacta que se antojaba la nieve. Pero era apenas un instante. La pesada y silente atmósfera gris del frío regresaba de inmediato.
–Ayer adelantamos bastante, Citius. Ya este debe ser el cruce hacia la abadía. Vamos, esta noche dormiremos bajo techo.
Al sentir la leve incitación de las rodillas de su jinete, el noble bruto inició un cómodo trote. El camino era bastante ancho, bien definido, aunque era notable que no se trataba de una ruta muy concurrida. La escasa nieve, sobre la dura tierra, no era un obstáculo que impidiera avanzar con cierta celeridad.
El muchacho, a pesar de la frialdad, se entretuvo con la vista. A un lado, crecía el enorme bosque que había tardado casi tres días en bordear. Del otro, algo más alejado, el severo macizo de una larga hilera de montañas. Las cumbres blanquecinas, medio veladas por el temporal incesante que las asediaba, eran un espectáculo imponente. Distraído, se sobresaltó un poco, al rebasar un recodo delineado por árboles y algunas grandes piedras, cuando casi se da de narices con otro jinete.
Los entrenados sentidos de Elbio se alertaron de inmediato. Su mano fue veloz a la empuñadura de la daga que llevaba al cinto, pero al instante siguiente recuperó la calma. El viajero era un hombre de edad mediana, acostumbrado a la vida ruda, tal revelaban su cuerpo corpulento de anchos hombros, sus manos robustas y las escasas pero bien marcadas arrugas en su rostro. Debajo de una capucha, algunos mechones entrecanos asomaban sobre su frente. Vestía como un monje y sus ojillos eran astutos y vivaces, con una mirada que casi desmentía la sonrisa que de inmediato se instaló en su cara. Montaba un buen caballo y, atada a su silla, otra cabalgadura lo seguía a pocos pasos. Esta llevaba unas grandes cestas, bien sujetas y cubiertas de gruesos paños, por donde asomaban algunos libros.
Un par de detalles llamaron la atención del joven acerca del jinete. Primero, que no logró identificar los hábitos. Así que no pudo determinar a qué orden religiosa pertenecía el sujeto. El otro destaque había sido apenas un ademán, pero no escapó a la vista atenta de Elbio. En el fugaz momento en que se vieron frente a frente, el hombre había deslizado con suma destreza su mano hasta un grueso y largo garrote que llevaba cruzado a la izquierda de la montura. Al considerar que no había peligro, la mano siguió su ruta hasta la rienda, como para disimular el gesto anterior.
–Buenos y santos días tenga usted, joven viajero.
La voz era sonora, tronante. A pesar de su tono cortés y de la soltura al hablar, que evidenciaba buenas maneras, parecía la voz de un gigante tratando de demostrar que era inofensivo.
–Buenas para usted, señor… –el muchacho sintió de pronto que no tenía nada más que decir. El hombre le ayudó a salir del trance. Para ponerlo en una disyuntiva más compleja.
–Puedo discernir, si no es mucha intromisión, que es usted un caballero. ¿Acaso un peregrino de vuelta de la honorable misión de rescatar el Santo Sepulcro en tierras sarracenas?
El rostro del muchacho no logró ocultar su sorpresa. Había hecho todo lo posible porque su imagen no revelara información alguna de su procedencia. No lo acompañaban ni armadura, ni escudo, ni montura fuera de lo normal, ni ninguna otra distinción de sus recién terminados días en la guerra. Todo aquello que pudiera comprometerlo o dar información sobre su persona había sido vendido, canjeado o abandonado. En sus alforjas, apenas podría adivinarse la boca de un pellejo con algo de vino, la silueta de una cantimplora y el bulto de sus escasos alimentos. Sólo la daga en el cinto y la espada podían develar su condición de hombre de armas, aunque no sus viajes. Sus ropas eran buenas, pero sin lujos excesivos. Salvo una pequeña piedra azul, colgada en su pecho y siempre bajo sus vestidos, no ostentaba ninguna joya que indicara su estatus. Sin embargo, este maldito monje lo había descubierto de un solo vistazo. La expresión de asombro del muchacho era evidente. El hombre sonrió.
–No se inquiete, maese joven. No soy un brujo ni nada que se le parezca. Es sólo un poco de agilidad visual. Me disculpo. Si no desea que su condición de peregrino a Tierra Santa sea revelada, debe empezar por no mostrar ese olifante que cuelga de su cintura. Tallado tan delicado sobre el marfil sólo puede ser un regalo de grandes señores y guerreros, quizás por gloriosas acciones en combate. Además, la empuñadura de su espada tiene un sitio donde se evidencia la falta de una joya. Puedo aventurar que se trata de una piedra preciosa con la cruz de nuestro Señor. He visto otras armas y la guarda de la suya sólo echa de menos el blasón de alguna orden de caballería de las que pelean en Jerusalén.
El muchacho no pudo menos que sonreír. ¡Qué ladino el maldito fraile! Su pensamiento repitió el acento condescendiente del hombre. Y lo exteriorizó.
–Ha acertado usted. Soy un peregrino que regresa de Palestina. Aunque, también tiene razón en que no es un asunto que sea menester ventilar en demasía. Seguiré su consejo y no tendré a la vista el olifante, que es, y muy cierto, el regalo de un noble señor. En cuanto a la espada, lo mismo. Se trata de asuntos complicados y recuerdos muy dolorosos, que no deseo divulgar.
Un suspiro terminó la frase. Al momento, Elbio cayó en cuenta de que quizás había hablado demasiado. No obstante, el monje, quién sabe por qué motivo, le inspiraba confianza. Además, llevaba muchos días de viaje solitario y, revelaciones aparte, lo más probable era que no volviera ver jamás a este hombre. Pero, en ese punto, el muchacho se equivocaba.
–De cualquier forma, mi joven amigo, cualquiera que haya llegado hasta Tierra Santa, ya tiene asegurado el perdón de todos sus pecados.
A pesar de que el hombre hablaba con expresión y voz beatífica, al otro se le antojó que había cierto irónico descrédito escondido en su acento o quizás en su sonrisa. Como si no creyera sus propias afirmaciones. Incluso, después de mirarlo de cerca, ya podía asegurar que sus hábitos no correspondían a los de ninguna orden cristiana conocida.
–No sé si será perdonable mucho de lo que he visto y vivido –otro suspiro concluyó la frase, dicha por lo bajo. El muchacho decidió cambiar el tema–. A propósito, por el rumbo que trae, supongo que viene usted desde la abadía de Neursyn…
El monje pareció ponerse en guardia. Un gesto mínimo de sus ojos y su boca dejó entrever que la afirmación, o la mención del lugar, tenían alguna implicación más allá que la de un simple viaje. Elbio tampoco era un mal observador. La disimuló de inmediato, pero la reacción de su interlocutor fue notable. La riposta no tardó en llegar a los labios del clérigo.
–Si no es indiscreto, ¿puedo saber los motivos que le llevan allí? –la sonrisa y la voz jugaban a lo cortés, a la indiferencia, pero sus ojos brillaban con infinita astucia–. Porque no hay doncellas en Neursyn que un joven como usted pudiera ir a reclamar. Y no creo que se apreste a tomar los hábitos…
Elbio sonrió de nuevo. Aquí sí no había misterio alguno que ocultar.
–Voy a encontrarme con el padre Oltraun. Cuando iba camino a Jerusalén estuve en esa abadía. Le alegrará saber que estoy… vivo –el muchacho pensó decir sano y salvo, mas prefirió otra palabra. La pausa fue evidente, pero de inmediato retomó la idea–. Es algo que debo hacer antes de seguir mi camino…
Un rescoldo alerta seguía despierto en su mirada, pero la desconfianza del religioso se disipaba poco a poco. Ahora su expresión era de compasión y no había ironía alguna en su voz.
–Me temo que tengo para usted no muy buenas noticias. La abadía ya no existe. Hace apenas un par de semanas fue asaltada y saqueada. Se desconocen los autores de tal crimen. No sólo robaron casi todo su patrimonio, sino que luego fue incendiada. Nadie sobrevivió, lo lamento…
Aunque adaptado a las situaciones difíciles que recién viviera en la guerra, la noticia estremeció al joven. Otra vez habló en demasía, sin poder contenerse, sólo que en un reconcentrado susurro.
–Me sigue rondando la muerte, parece ser mi hado… –entonces agregó en alta voz–. Hace mucho tiempo, en mi tierra, ese sacerdote era amigo de mi padre…
–El reino de Alba, supongo –el hombre volvió a sonreír–. No, no soy adivino, muchacho. Su acento no es difícil de ubicar para quien conozca su terruño... Déjeme proponerle algo. Si ya no tuviera que retroceder a la abadía, y yo le aconsejaría que así lo hiciera, le invito a que sigamos juntos adelante. ¿Puede saberse el rumbo de su viaje?
–Ha acertado usted de nuevo. Voy a tierras septentrionales, aunque no sé si regrese a mi región. Todavía no decido bien mi destino final, pero por lo pronto ese es mi camino… En cuanto a la abadía… Si no hubo supervivientes, nada me quedaba por hacer allí que no fuera corresponder la buenaventura de la que me proveyó aquel buen pastor. Y no quisiera ir a agradecerle a una lápida…
–Entonces no hay más que hablar. Al menos por un tiempo podemos ser compañeros de ruta. Mi viaje puede seguir por esos rumbos durante un tiempo. Yo también tengo decisiones que tomar. Así que mejor comencemos de otro modo, sin menciones a guerras, violencias o garrotes –el guiño cómplice del hombretón hizo sonreír a Elbio. El otro acercó su caballo y extendió su mano–. Me llamo Belardus Gulans…
–Yo soy Elbio Alana –el muchacho estrechó la mano del viajero. Era una palma fuerte, grande, cubierta de un rústico guante algo desgastado, con agujeros que dejaban asomar los dedos. El monje lo saludó con energía y una sincera sonrisa.
–A casi un día y tanto de camino hay una posada. Es poco conocida, porque estos son parajes intrincados, pero no faltará un plato caliente… Por lo pronto, movamos los huesos, que conversar en pleno camino con este frío no es en verdad buena manera de hacer amigos ni de mantenerse vigoroso. ¡Y hagamos algo por nosotros mismos! ¡Mira, toma esto! –de un gesto veloz, que asombró a Elbio por lo ágil, su nuevo acompañante le lanzó una gruesa bota, aparecida como por arte de magia.
El joven capturó el odre en pleno vuelo. Pesaba, lo que hacía suponer que estaba casi lleno. De inmediato, el monje estalló en un interminable discurso, en tono alegre y ya directo tuteo, que contrastaba con el cargante y gris invierno que helaba la atmósfera alrededor.
–Ahorra ese vinagre que veo en tus alforjas, mi buen Elbio. Tal parece que ese pellejo que traes estuviera hecho de piel de infieles sarracenos. Estoy seguro de que, si mido su contenido por su apariencia, debes cargar ahí algún líquido bilioso. Prueba mejor este trago de pura ambrosía. ¡Licor de dioses!
Elbio tomó un generoso sorbo. De inmediato, un reconfortante calor lo recorrió. Tenía razón el exultante personaje. Era un vino excelente. ¿De dónde lo habría sacado? No parecía ser alguien adinerado ni mucho menos. Ningún rico viaja solo y menos vestido de párroco. Ya veremos más adelante, convino el joven y se dio otro trago abundante.
Con un lanzamiento en sentido opuesto devolvió la bota a su propietario, quien le hizo los honores y apuró una larga libación. Una ruidosa carcajada selló la copiosa degustación. Los dos jinetes cabalgaban al trote, lado a lado.
–Vamos acompañados y tenemos un buen vino para el camino. ¿Qué más se puede desear en un día tan hermoso como este, mi amigo?
Belardus, en apariencia muy feliz, cantaba una tonada con grueso vozarrón. Un extraño pájaro llegó hasta una rama del borde del camino y se posó a mirarlos. Era un ave rara. El plumaje, desaliñado y algo sucio, mostraba un turbio color blanquecino que recordaba una pupila enferma. Elbio, con una sonrisa, mientras escuchaba a su nuevo amigo entonar un canto que narraba viejos amores y épicas hazañas caballerescas, no pudo menos que pensar que estaba absolutamente loco pero no era mala compañía. Sin embargo, el helado graznido que lanzó el pájaro, semejante al postrer suspiro de algún ánima moribunda, casi parecía contradecir tal pensamiento.
Grimorium vox (Archetypus scriptum)
(Archetypus scriptum)
(I)
De mis observaciones, sobre los modos de pensar y de actuar de estas criaturas, tengo ya algunas conclusiones. Los seres humanos obtienen las minúsculas percepciones de sus saberes a través de muy primitivos sentidos. Así interpretan la realidad que los circunda. Pero, en verdad, tales lecturas apenas alcanzan a percibir siquiera un tercio de todas las fuerzas y hechos que realmente se mueven a su alrededor. Por ello desconocen energías y poderes que para mí resulta un juego dominar.
Por ejemplo, el muy limitado entendimiento humano interpreta que mi estancia en este libro es forzada. Para ellos, mi permanencia es algo así como la equivalencia a un castigo. Son incapaces de entender las magnitudes cósmicas que condujeron mis esencias a estas páginas.
Cuando este mundo era un mero balbuceo del polvo ancestral, ya nuestra casta, y nuestra causa, eran una realidad tangible. Es cierto que la Gran Derrota nos separó y condujo a varios de nosotros a destinos muy disímiles, donde no faltó el ocultamiento o hasta la clausura. Pero las verdaderas capacidades, orígenes y destinos de mi raza, así como los espacios, las formas y los significados de nuestras batallas, son del todo inescrutables para estos seres miserables. Por lo que la idea de un encierro, de una condena, es una mera traslación de sus ínfimas nociones del transcurrir de la vida en el tiempo. Sus hábitos y conceptos siempre resultan ser muy poco abarcadores, casi por completo nulos, cuando se aplican a mi estirpe.
Este lugar no es mi prisión, es mi vehículo. Las eras que han transcurrido desde mi llegada no son una condena, son mi viaje. Las eternidades recónditas, los devenires perennes, son apenas una brizna que transcurre durante uno de mis parpadeos. Estas páginas son sólo un camino. Yo vivo en el rumor de los insectos ocultos en la noche. Yo soy incluso más poderoso que el tiempo...
Los textos literarios se publican siempre en su idioma original, el español.
Con voz y voto
Esta fue mi primera novela de horror. Según algunas escasas reseñas, pues ya se sabe lo exiguo de nuestra crítica literaria, funciona. Según el público, se vendió de modo casi arrollador. A la edición de la Feria Internacional del Libro donde se hizo la presentación del título, una actividad bastante escasa de asistencia, debo confesarlo, pude ir poco.
Imbuido en apremiantes asuntos personales, apenas estuve dos veces en los diez días que dura el evento. La primera fue en la poco concurrida presentación de marras, donde a Grimorium lo acompañaba el lanzamiento de un libro de literatura infantil, de la misma editorial. Ese mismo día, en la gran librería, tienda principal del recinto ferial, casi choqué con una mesa enorme, artúricamente redonda, literalmente repleta de ejemplares del Grimorium, repartidos en varias columnas de buena estatura.
Todavía bajo los efectos de la baja concurrencia, algo mohíno, recuerdo comentarle a la muchacha encarga de la tienda: creo que pusiste muchos. Debo decir que siempre, más si hay libros propios en venta, en los eventos me acerco a los libreros a indagar por la suerte de mis títulos. Y debo decir también que no hay peor sensación para un escritor, al menos para el escritor que soy, que ver languidecer sus libros en un estante empolvado.
Cuál no sería mi sorpresa, apenas cuatro días después, cuando pude regresar al recinto ferial, al descubrir que la mesa redonda estaba llena. Pero con otros títulos. Grimorium había desaparecido. Del todo incrédulo, barruntando razones posibles, traslados a otra bóveda, pedidos de algún sitio, fui a preguntar por mis libros. Todos se vendieron, me respondió sonriente la responsable de la tienda.
Grimorium es un libro afortunado en ese sentido. Sin embargo, preguntando como siempre, he sabido que llegó poco a las provincias del país, excepto a Santiago de Cuba, sede de la Editorial Oriente. Los tres mil ejemplares de la tirada desaparecieron a velocidades sorprendentes. Como en Cuba es casi nulo el hecho de que se hagan reimpresiones, sabrán los dioses de la literatura, cuántos posibles lectores perdió ese libro.
Aunque en algún que otro cuento he tocado las materias sobrenaturales y horrorosas, no he regresado al género desde la novela. Siempre aclaro, lo dije en varias entrevistas, que mi visión sobre el horror anda más de la mano de atmósferas, estados, aires, y no tanto de apariciones sorpresivas de bichos o manantiales de sangre y sustancias pegajosas.
Grimorium es un homenaje al maestro Howard Philiphs Lovecraft. Aunque sí hay en sus páginas una entidad superior, atemorizante e inexplicable, lo que supongo escalofriante es justo esa serie de sucesos que no se ven directamente, pero que en buena medida manera influyen e impactan en la historia. Agradezco a los lectores afortunados. Y pido paciencia a los pendientes. Tal vez todavía el Grimorium, magia o quizás mediante, pueda alcanzarlos.
A. López Sánchez