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Cubierta de El otro lado del espejo, ilustrada por Rainel Cabarroi

Nota de contratapa

¿Podrían invadirnos quienes habitan el otro lado del espejo? ¿Podría trastocar el devenir, cambiar el futuro esa invasión? Ante tales posibilidades, Adiur Lugh, uno de los últimos magos de la Biblioteca, usará todos sus poderes como Copista para salvar su amor para el porvenir. El protagonista deberá viajar de un Cauce a otro, a través de diversos tiempos y dimensiones mágicas, a fin de hallar poderosas reliquias y combatir a sus enemigos. Pero en su camino hallará duros obstáculos, como laberintos, acertijos y batallas, que pondrán a prueba tanto la fuerza de su espada como las de su mente y su corazón.

Inspirada en una cita del argentino Jorge Luis Borges, y con el uso en homenaje de algunas frases, ideas y objetos creados por este autor, se teje esta novela de fantasía heroica. Un relato donde el amor y el bien son los motores que conducen a asumir el sacrificio y la lucha.

Antonio López Sánchez (Ciudad de La Habana, 1973) Licenciado en Comunicación Social por la Universidad de La Habana. Periodista, poeta y narrador. Es graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, en el año 2007. Tiene publicados los libros El Escudo de Valnúss (Editorial de la Mujer, 2015), Las guerreras de la luz (Editorial de la Mujer, 2011), así como Trovadoras (Editorial Oriente, 2008) y La canción de la Nueva Trova (Atril Ediciones Musicales, 2001), entre otras obras.

Ficha

título
El otro lado del espejo
género
Fantasía heroica
editorial
Editorial Gente Nueva
año
2017
cubierta
Ilustración de Rainel Cabarroi
premio
Mención en el Concurso La Edad de Oro 2014

Fragmentos

I

Debo a la conjunción de un libro imaginario y un espejo este último relato. Del libro, solo debo decir que pronto crecerá para recoger estas memorias finales. Del espejo diré que… porque hubo un espejo…

Dudo ante esa imagen, esa idea. Ni siquiera después de tanto tiempo debiera atreverme, justamente yo, a escribir, o mejor, a tejer ese vocablo, ante el que tiemblo. Digo tejer, porque mis manos, aunque ahora se estremecen al nombrar tal artilugio, ya han descifrado el misterio de volver a construir aquellos signos sonoros que una vez tornamos en palabras. Los signos que luego escaparon de nuestro poder y se hicieron realidad. Los que convirtieron ese mundo imaginado por nuestros sueños en la realidad de otros, o más bien, en la peor de sus pesadillas. Como si algún dios (cómo no temer ante semejante idea, si nosotros casi creímos ser dioses), quisiera castigarnos por no respetar nuestras propias fuerzas y creaciones. Y luego nos lanzara a ser devorados, a padecer, por ellas.

Digo tejer, porque, decidido a dejar huellas capaces de encarar al olvido, ya no creo Cauces con mi escritura. Estos hilos metálicos, tan flexibles, tan mansos como los trazos de un niño sobre la arena, son a la vez terribles y feroces. Porque tienen insobornable memoria. Porque estas hebras de plata que corren sumisas debajo de mis dedos, sobre una dúctil, pero casi indestructible plancha de oscuro acero, son la evidencia tangible, aunque ya inmóvil y desprovista de poder, de los recuerdos.

La Biblioteca de Acero, aquella idea de un loco monje a la que mi maestro dedicó el final de su vida, es ahora mi hogar, mi labor, mi obsesión. La próxima Humanidad, una vez que deje de arrastrarse por el espacio, tras esos mundos que una vez nosotros mismos creamos y dejamos atrás, regresará a examinarse en su propio adentro. Los seres humanos han ido tan lejos a buscar respuestas que solo han obtenido más preguntas. Entonces, aquí, donde siempre estuvo el verdadero saber, van a encontrar las escrituras. Todo lo acontecido, todo cuanto hicimos real, todos nuestros errores y caprichos. Hallarán los hilos con los cuales, sobre eso que llaman realidad, nosotros hemos tejido historias y sueños. Los mismos sueños donde muchas veces tuvimos que andar o que pelear. Los sitios a los que fuimos, para amar, o para morir…

Yo, el Copista, una vez poeta y demiurgo, una vez todos desde mi escritura, pronto seré nadie, tras mi ida. Pero un Nadie con mi propia Odisea, porque he visto por una vez el futuro. He alcanzado sus orillas. He sentido terror ante la muerte posible del amor. He temblado ante unos ojos llenos de adiós. Y he regresado. Yo, el último de los Copistas, he visto, y he querido cambiar, el futuro…

II

Parecía como un sueño. Al centro de aquella monstruosa plaza, como en la arena de un circo siniestro, estaban los cuatro acusados, rodeados por una aullante multitud. Tres hombres y una mujer, con las manos atadas a la espalda y las cabezas altivas, enfrentaban a sus jueces. Alrededor, el infierno. Tronaba el eco de un monólogo ininteligible por los altavoces. A cada palabra, al final de cada improperio de los magistrados, estallaban los ensordecedores gritos de la jauría que, desde unas gradas circulares, observaba el dantesco espectáculo.

El impecable anfiteatro, quizás más torvo justamente por su inmaculada y fría construcción, era la sede de un juicio. Más allá de la redonda estructura de piedra blanca, de los curvos peldaños ocupados por el delirante público, se extendían las enormes dimensiones de la plaza. Alrededor, varios edificios, sedes de mandos, leyes y órdenes, también de piedra, ahora lucían brillantes y ambarinos bajo el sol dorado de la tarde. Aunque tan aséptico aspecto, los colores devueltos desde cristales y paredes, revelaban más bien cierto tono macabro. Como si un resplandor fantasmal se alzara desde el centro de la ciudad de Nueva OmmO.

Sin embargo, la mole blanquecina del ahora ensordecedor hemiciclo estaba rodeada de un grupo humano mucho mayor y más nutrido. Pero, a diferencia de los que ocupaban las graderías en el interior del lugar, estos callaban. Los ojos duros. Las bocas contraídas en un silencio que se hincaba, que dolía más con cada insulto de los otros. Las vestiduras monocordes, raídas. Los puños, apretados, se crispaban furtivos bajo la ropa. Como un reflejo al revés de la euforia salvaje de los de arriba. Como invertidas copias, incapaces de actuar por propia voluntad, pero con voluntad aún.

Solo uno de ellos, bajo el amparo del repetido y tosco chaquetón que usaban aquellos seres lentos y tristes, apretaba algo distinto en su mano, oculta en un bolsillo. A través de sus ojos se escapaba un brillo, que delataba su impotencia. Un gesto de miedo y furia anidaba en los dedos entrecerrados, sujetos al disco de un solo lado. Aquel objeto imposible, con su peso liviano y siempre algo frío al tacto, ahora sobrevivía apretado a su piel, como la única puerta de regreso a un pasado también ya casi imposible.

Con una energía espoleada por el terror y el ansia, atravesó la pesada barrera de cuerpos mudos que ceñía al anfiteatro. En un momento en que logró llegar al borde del inerme conglomerado, justo en una de las puntas de la curva gradería, al fin pudo mirar a la muchacha acusada. Esos ojos de mujer le dictaron las próximas decisiones.

Por entre las cabezas de los krys, la guardia élite del gobierno, con sus impecables uniformes de camuflaje iridiscente y los negros fusiles reflejadores, encontró el rostro de DammaD. Estaba también arrodillada, atada de manos frente a sus captores, al centro del espantoso circo. Qué dolor verla así, tan indefensa. Sin embargo, aquella mirada que tan bien conocía, le impidió cometer una locura. Los ojos de esa mujer le salvaron la vida. DammaD apenas volteó un poco la cabeza. Apenas sus pupilas rozaron por un instante las suyas, pero fue suficiente. Había visto reír, llorar, rabiar, temer, dudar y amar a aquellos ojos. Podía entenderlos como si delante de sí tuviera un espej…; no, no, más bien, como si se hallara a sí mismo en otra persona. Por eso comprendió el mensaje. No obstante, algo se retorció adolorido en su adentro cuando la muchacha volvió nuevamente la vista al frente, como si lo ignorara o no lo conociera. Aunque bien sabía él que era para salvarlo.

Los siete jueces, sentados en altas sillas de enormes respaldares, encaraban a los reos. El audio en la plaza, y todos los cristales trasmisores, se ocupaban ahora mismo del juicio. Habían caído los últimos rebeldes. El dominio de los Señores Lex quedaba establecido. El lado real del espejo, este lado, había sido conquistado al fin. Por eso, cada acusación, cada ofensa, era alimento para el morbo y los gritos de una parte de la multitud. Estos prisioneros servirían para un último escarmiento.

El hombre, atrapado, sobrecogido aún por la visión de aquellos ojos seguros, por esa mirada que con firmeza le impedía arrojarse sobre los soldados y eliminar, al menos, a unos cuantos antes de que fuera por igual juzgado, o borrado de una llamarada, dejó vagar sus pensamientos un instante. Había mucho pasado que podía recordar ahora. A pesar de lo que dolía.

El hombre rememoró la primera vez. ¿Hacía cuánto ya? ¿Cuándo sintió el febril estremecimiento de saber que el universo cabe por entero en unos ojos de mujer? ¿Cuándo reparó en su pelo, que cambiaba de color, a veces sin quererlo, a veces a voluntad, solo para jugar y reírse de su cara de asombro? Su pelo como una llama, como un sol. Ella era un asombro, un repetido descubrimiento. Como si él mismo no la hubiera inventado de alguna manera. Como si el brillo más dorado de esos cabellos, ese oro robado a los tigres, no fuera también fruto de su propia mano. Así empezó a sufrir por ella y por todos los otros. Como un dios compasivo con sus creaciones. Así tomó la decisión de subsanar sus propios errores y de reparar aquella realidad. Al menos, el trozo de tiempo donde, junto a ella, no parecía que todo fuera un sueño. ¿O sí? ¿Cuánto tiempo hacía?

Pero apenas bastaba con recordar el día anterior. La noche, feliz, amante. Como si hubiera sido la primera vez, como nunca y como siempre. La madrugada, agotada, remanso. Y entonces, la sorpresa de la llegada de los krys. El ataque a la casa, que les habían asegurado que estaba bien protegida.

Tal si fuera la última memoria de su vida, el hombre repitió en su cabeza escena por escena. Las sirenas como aullidos hambrientos. Los resplandores en giros enloquecidos, cuyos colores danzaban malignos sobre las paredes. Las primeras llamaradas, los disparos mordiendo con saña cada trozo de pared, cada ventana, cada piel que alcanzaban. El estallido de los atronadores fusiles de reflejos. La desesperada resistencia. Los caídos. La sangre. Los gritos ensordecedores. El miedo como un puñado de arena en la garganta y, a la vez, como un fuego en su cerebro, que azuzaba su mano a combatir. A responder al odio con el odio. Y ella, como si supiera, como si siempre hubiera sabido, protegiéndolo. Salvándolo con sus órdenes. Ella. La líder que peleaba por su lado del espejo. Ella. Su amor…

–¡Vete, es una orden!

–¡DammaD, no voy a dejarte aquí en poder de estos perros! ¡O nos escapamos juntos o nos morimos juntos!

Y otra vez su mirada. Más suplicante, más amorosa, más dura y firme que nunca.

–¡Ellos no van a matarme ahora! ¡Me juzgarán, como escarmiento para todos! ¡Pero solo me van a matar en ese momento! ¡Tú eres el único que puedes regresar a salvarnos! ¡Con un arma o con tus palabras, no sé cuál de las dos es más poderosa en manos de tu magia! ¡Pero si te vas, nos salvamos todos! ¡Vamos a ganar! ¡Y vamos a volver a vernos! ¡Tú y yo tenemos todo el futuro! ¡Vete, ya, vete!

Entonces, casi sin pensar, sin hacer tangible la idea de que se iba, de su boca escapaba en susurros el conjuro. En su bolsillo, como un recordatorio del pasado, de su verdadero origen, el disco de un solo lado lo helaba más que nunca. Mientras el hechizo lo hacía desaparecer, más que ver, podía adivinar la arrolladora entrada de los soldados, los últimos disparos, la captura. Luego, solo el dolor. La soledad. El miedo.

Un nuevo estruendo de la gradería lo trajo de vuelta a la realidad. Los jueces se aprestaban a dictar sentencia. El hombre tuvo un fugaz renacer de la esperanza. Quizás con ella fueran más benévolos, pensó. Y otra vez la furia, el miedo y la impotencia, mirando de frente a la muerte, a la posibilidad de perderla, trataron de empujarlo a la acción. Podría fatigar un rescate, un desesperado intento por salvarla de cualquier cárcel, de cualquier tiempo donde fuera encerrada. El ronco bramido ahora fue más poderoso. Los rebeldes, sin excepción, eran condenados a muerte. La pena se haría cumplir allí mismo, de inmediato, frente a los ojos de todos.

La piel volvió a experimentar el frío del disco. Era fácil imaginar el resto de la escena. El piso donde se arrodillaban los prisioneros se encendería. Los fuegos serían reflejados de un sitio a otro y, luego, concentrados en el redondo espejo abierto que era el centro de la pista. En apenas unos minutos, las llamaradas crecerían a través de los cuerpos. Sería una visión horrible.

Entrecerró los párpados y se concentró. Quedaba solo una solución. La única que jamás hubiera querido. La que temía y evitaba. La que había tratado de olvidar durante eras. Pero ahora era preciso pagar cualquier precio si quería salvarla. Sus dedos apretaron el disco y el sudor de su mano lo hizo sentir más frío. El juez levantó su brazo. El hombre gritó entonces una larga frase.

III

Podía enumerar cada imagen que aparecía ante sus ojos. La habitual tenue luz de las galerías. Los anaqueles llenos de libros. La larga vista de la repetida estructura hacia arriba o hacia abajo. El misterioso caracol de la escalera, senda de curvo hierro vertical, como la viva y metálica encarnación de una plegaria, o de una trampa, que pudiera llevar por igual al cielo que a los infiernos. Los interminables pasillos…

–La Biblioteca… –y su pensamiento tenía nostalgia, consuelo, rabia.

En su cabeza, y en sus labios, solo faltaba un inevitable suspiro de añoranza para redondear la escena. El punto final que completaba los regresos. Pero, antes de tal acto, otra fue la sensación. En el pasaje, a la vista, yacía un cuerpo sin vida. De inmediato reconoció las ropas usuales.

–¡Un Copista! ¡Y está muerto! ¿Acaso…?

La sorpresa se transformó en energía. Tomó la espada que brillaba en débil destello en el piso y echó a correr. A pesar de la enormidad de la Biblioteca (algunos que habían podido entreverla en sus delirios, afirmaban que sus galerías y anaqueles eran infinitos, al igual que sus interminables pisos hacia arriba o hacia abajo), para quien hubiera nacido y crecido en ella, no había muchos secretos en sus rutas. Al menos en las más habituales.

Al fin, como colofón de un largo pasillo, se hizo tangible una puerta. Tras la precipitada entrada, arma en mano, el hallazgo. Una figura anciana, de ojos sabios y bondadosos, se volvió con parsimonia. Las miradas se cruzaron.

–¿Eres tú, hijo mío? ¿Debo llamarte Adiur? ¿O Manus Deus?

El recién llegado bajó la espada. La cólera y el empuje se dulcificaron, a pesar de que miles de preguntas pugnaban por nacer desde su cabeza.

–Usted puede llamarme como desee, maestro Segrob –y se entregaron al abrazo. El pecho enorme y poderoso del visitante cobijó el cuerpo pequeño, la blanca barba y los cabellos. Había ternura en aquel gesto. Sin embargo, el tono de voz cambió de inmediato–. Aunque sí me regocije verlo, no me alegra para nada estar aquí. Y usted lo sabe…

–No puedes escapar de los Cauces que nacen y corren por el tiempo. Tú mismo debías saber que era inevitable que esto sucediera. Pero has querido probar que con tus actos, con tus credos, serías mucho mejor Copista que con tus escrituras y palabras…

El otro lo interrumpió. A pesar del respeto, algo de rabia había en la voz.

–Hace mucho que yo dejé de ser un Copista, maestro.

El anciano lo miró despacio. Parecía que con la edad todos sus sentimientos funcionaban con más paz, a una velocidad donde la prisa no tenía ningún sentido. Pero el brillo de sus ojos delataba que aquella mente aguda viajaba a millones de ideas por cada instante.

–Eso es un imposible. Aquí, ya sabes, somos casi inmunes al tiempo, por lo menos al de este mundo. Por lo que sólo la muerte bajo otra mano o la decisión de irnos a perder detrás de las mismas palabras que creamos, te impedirán ser lo que te está destinado. Has renunciado a unos caminos, has intentado otros, pero con poderes o sin ellos, eres lo que eres –y la voz de Segrob sonaba filosófica, pero nada lejana. Hizo una pausa y como si recordara algo de pronto, volvió a sonreír–. A fin de cuentas, todavía no me has dicho tu nombre, el de ahora…

–Usted lo sabe. En este Cauce he sido Adiur… Me llamo Adiur Lugh –el hombre sonrió también–. Manus Deus sonaba muy pretencioso para algunos…

–Pues bien, mi querido Adiur, ¿qué te trajo de vuelta?

El visitante calló. Otra vez revivió en su memoria las últimas escenas. El combate y la huida. Aquel juicio absurdo. La sentencia que la chusma acogía con un bramido y que los oprimidos recibían con un silencio de bocas apretadas y puños crispados. La imagen de las llamas que subirían por los cuerpos de los condenados. El siempre frío contacto de sus dedos con el disco de un solo lado. Los ojos de DammaD. El brazo del juez en alto.

–He venido a recuperar mis poderes.

El anciano Segrob avanzó hasta una butaca, la giró para encarar al hombre, y se sentó con parsimonia. A su espalda, había una mesa de trabajo que contaba con una cómoda silla. Sobre el grueso tablero, algo inclinado hacia el frente, descansaba una plancha de acero oscuro con una gran cantidad de hilos de plata en un lado. Alrededor, además de los anaqueles atestados de libros, un pequeño armario y dos lámparas esféricas colgadas del techo eran el resto del mobiliario de la habitación. La butaca suspiró levemente al recibir el cuerpo.

–Seguramente ya has visto lo ocurrido. Esa espada en tu mano es suficiente prueba. Por increíble que parezca, la guerra llegó a la Biblioteca…

–¿Pero cómo fue posible? ¿Quién sería capaz de crear semejante Cauce?

La mirada del viejo escriba estaba fija en los blancos pliegues de su cómodo blusón. Unos pantalones de tela ligera y unas sandalias completaban su vestuario. Sin alzar los ojos, retomó la palabra.

–Han pasado muchas cosas en la Biblioteca desde tu renuncia. Todavía suena a locura, pero hubo Copistas que trataron de apoderarse de los Cauces que creaban. Y hasta de los que crearon otros…

–Pero, maestro, yo lo hice –lo interrumpió Adiur–. Renuncié a mis poderes, a seguir creando, y me lancé a un Cauce para cambiarlo desde mis propias fuerzas…

–No fue así –y la mano alzada del anciano se agitó pidiendo silencio.

Con la pausa, Segrob aprovechó para mirar fijamente a su discípulo.

–Tú lo hiciste por otros motivos. Más honestos, hasta más humanos. Aquí penetraron la envidia, las ansias de poder, las razones más mezquinas. Se trató de acallar los Cauces que no pudieran ser dominados, lo cual es un absurdo. ¿Para qué dotarlos entonces de voluntad? Los Copistas olvidaron demasiado pronto sus deberes para con sus creaciones. Idearon Cauces terribles, llenos de sufrimientos y criaturas odiosas y los detuvieron, los hicieron cruzar con otros. Incluso los abandonaron, o peor, hasta intentaron destruirlos... Tú renunciaste a tu magia y a tus escrituras y, además, arriesgaste tu vida, incluso para remediar los males que otros crearon. Y para salvarla a ella… Tú lo hiciste por amor, no por odio, ni por ansias de poder…

–Por eso mismo he regresado. En el Cauce que acabo de dejar, los Señores Lex, del otro lado del espejo, están a punto de acabar con la rebelión en el lado real. Cuando el juez baje su mano… –y la voz se le quebró, pero de inmediato se repuso, aunque no pudo evitar bajar el tono, ni logró completar la escena próxima a suceder–. Habrá fuego, arderán…

–¿Cómo regresaste?

–El disco de un solo lado. Es la única reliquia que llevé conmigo. En verdad no pensé nunca utilizarla. Ahora mismo, marca el sitio exacto, el momento justo a donde deberé volver.

–¿Sabes que ya no podrás usarlo más, verdad?

–Lo sé, maestro. De hecho, aunque renuncié a mis capacidades, y deseé no emplearlo nunca, me acompañó todo el tiempo. No creí tener que usarlo. Ahora solo marca el instante y el lugar al que debo regresar. Como un faro. Y cuando llegue allí, no podré encontrarlo más, claro está…

Segrob guardó silencio. Reflexionaba.

–¿Qué ideas tienes?

–Escribir un nuevo Cauce. Crear otro inicio. Impedir desde el principio que los Señores Lex invadan este mundo y ocupen el lado real del espejo. Impedir que se expandan y desarrollen las armas terribles que lograron crear.

–Espera, espera. No te dicho todo aún. La guerra cambió muchas cosas aquí. De hecho, todo ha cambiado tanto que aquí solo he estado yo por mucho tiempo. Esperándote… El odio nos ha destruido, hijo mío. El mal, la muerte misma, nos ha alcanzado, incluso aquí en la Biblioteca. Lo más importantes es que ya no hay posibilidad de iniciar un nuevo Cauce. Además, de todas formas, ese que has dejado atrás terminará por sí mismo si no logras regresar. En algún momento tendrás que dejar que siga su curso o intervenir en su historia. Aunque por ahora hayas logrado detenerlo, sabes que eso no va a durar por siempre. Bastantes problemas tuvimos ya con los disturbios que creamos en el tiempo y las dimensiones de este mundo. Y hasta con nuestros propios disturbios…

–Vi muertos en los pasillos…

–Hace mucho que están ahí. Aquí no se corrompen… –y el anciano resopló con cansancio y otra vez alzó la vista, como si recordara algo lejano. Sin embargo, de un ágil gesto se puso de pie y se acercó al otro.

–Escucha, Adiur, los Copistas nos creímos dioses. Y no lo somos. Hemos olvidado a los verdaderos dioses, los que quizás nos crearon a nosotros mismos, los que en verdad hicieron la Biblioteca con todas sus posibilidades. Esos, que se han ido o hasta se dejaron matar por nuestro egoísmo, tal vez fueron los que nos permitieron todo esto. Esos, que dejamos de adorar y de temer, ahora nos han castigado del modo más sabio. Si no respetamos nuestras propias creaciones, estas mismas acabarán por destruirnos. Fueron ellos, si es que existen, los que nos han dejado vagar por el tiempo y el espacio hasta que llegamos a este mundo. Ahora deben estarse burlando de nuestro fin…

–¿Me ayudará usted, maestro? ¿Recuperaré mis poderes?

–Tú nunca perdiste tus poderes, hijo mío. Preferiste obviarlos, pero no es algo que puedes abandonar a tu gusto. Aquí la guerra acabó con todo y los talismanes de la Biblioteca han ido desapareciendo. Solo puedo darte un camino, un último Cauce a recorrer por entero, para que llegues a tu destino y encuentres las reliquias que quedan. Allí tendrás que volver a vivir toda la historia. Deberás derrotar a los Señores Lex antes de que logren conquistar el lado real del espejo. Es la única manera. Tienes que cortar de raíz esa mala hierba y para eso tendrás que ir a otro tiempo y otro sitio. Si triunfas, podrás entonces retornar al Cauce que dejaste detenido, para intentar solucionarlo como deseas. Para salvarla…

Adiur reflejaba la duda en los ojos y en el rostro.

–He perdido el disco una vez que lo he usado. No me es posible viajar a ningún sitio, solo de vuelta allá, donde lo dejé. No podría ir a otro Cauce…

–Sí puedes si yo te muestro otro sendero –le interrumpió Segrob y se dirigió al umbral.

Dudó un instante y se volvió a mirar al hombre, pero enseguida, como dándose ánimos, o como impartiendo una orden, casi gritó las palabras.

–¡Ven conmigo! –y abrió la puerta. Y salió.

Adiur lo siguió a pocos pasos. La Biblioteca lucía enorme. Silenciosa. Todo lo que recordaba de ella ahora no estaba. Las galerías hexagonales parecían más pequeñas y calladas. Los anaqueles, antes siempre limpios, con algún Copista merodeando en busca de algún texto, estaban ahora desordenados, llenos de polvo, sin nadie alrededor. Los libros, muchos de ellos abiertos, dejados en incómodas posiciones en el suelo, se veían abandonados, con las páginas dobladas o rotas, con total descuido. Todo parecía ser como el regreso a un gran retrato, a un paisaje que se ha guardado mucho tiempo en la memoria. Sin embargo, al comparar la imagen real con el recuerdo, esta había cambiado en innumerables formas. Al visitante le extrañó no encontrar más cadáveres en este recorrido.

Su guía atravesó otros largos pasillos y galerías y se detuvo frente a una gruesa puerta. Asombrado, Adiur lo vio sacar una llave metálica de color blanco, que colgaba de una cadena en su cuello, y manipular una cerradura. Nunca hubo cerrojos en la Biblioteca. Su maestro no lo dejó preguntar.

–Aquí guardamos los últimos talismanes y el futuro de este mundo, y quién sabe si hasta del nuestro –y al abrir, junto con un suspiro que apagó la frase, apareció una habitación estrecha, de muy poco espacio. Una extraña luz nacía de una lámpara que parecía alumbrar el lugar desde hacía eras.

Solo había tres objetos en el pequeño cuarto. A la derecha, un cajón. A la izquierda, junto a la pared, rodeado de un marco de plata, un gran espejo vertical y a su lado otra puerta, pero cerrada. Una mesa se arrinconaba contra el otro lado de la estancia. Adiur se sobresaltó de inmediato.

–¡Están locos! ¿Cómo alguien ha traído un espejo a la Biblioteca?

–¡Escucha, hijo, ya el mal está hecho! Por ese espejo, justamente, entró la muerte a este lugar. Él fue el camino del mal. Pero ese mismo espejo servirá ahora para tus propósitos. Es la única manera, si lo consigues…

El discípulo calló, aunque miraba su reflejo con visible tensión. Como si sintiera que algo ominoso y terrible brotaría del cristal en cualquier momento. Su maestro, en cambio, mostraba una notable calma. Con paso tranquilo se dirigió al cajón. Esta vez su mano, y un susurro sobre un extraño y viejo candado, fueron los que obraron la apertura del enorme cofre. El anciano se inclinó y extrajo un objeto del interior.

–Aquí está tu camino de vuelta.

En las manos de Segrob había una espada. La vaina, sólida, de negro y duro material, tenía un único adorno en su centro. De un tintero de oro saltaba un pez, también dorado, de vistosas aletas y cola exuberante. La empuñadura del arma estaba hecha también de motivos marinos. Desde la guarda se alargaban dos trabajadas alas, firmes, diseñadas para rodear y proteger las manos de quien la empuñara, en las que se entretejían tallas a relieve de corales y algas, como si una corriente las moviera. Todo sin adornos rebuscados, pero de exquisito gusto. El mango, de regular tamaño, estaba revestido de una suerte de cuero azul oscuro, curtido, cómodo. Al final, una serpiente marina se mordía la cola. En el centro de la circunferencia, una piedra azul parecía contener el mar. El cinturón y la faja, ambos de cuero negro, estaban labrados con disímiles imágenes que remedaban el fondo de los océanos y retrataban parajes, objetos y criaturas, tanto reales como imaginarias.

Adiur saludó el arma con una inclinación de cabeza y la tomó de manos de su maestro. Con destreza manifiesta, cruzó la faja sobre su hombro y se ajustó el cinto a la altura de la cadera. Con la diestra, empuñó la espada y la sacó a medias de su vaina. Una inscripción, tejida sobre el acero con minúsculos hilos de plata, casi al borde mismo de la guarda, se dejaba leer en un viejo alfabeto humano. Soy tu ida. Soy tu regreso, leyó la antigua sentencia. Curioso, buscó los ojos de Segrob. La explicación del anciano no se hizo esperar.

–A través de este espejo irás al Cauce que necesitas. No lo he escrito yo, pero sí lo he continuado hasta cierto punto, para intentar ayudarte. Retornarás otra vez al principio de tu historia, o más bien a otro principio, quién sabe del todo qué puede ocurrir en un Cauce. Allí estará por llegar la invasión del otro lado de los espejos. Tendrás otra vez tus poderes y vas a poder ver de nuevo a quién quiera que sea esa mujer que te ha conquistado… –otro suspiro hizo detener la enumeración del viejo preceptor. Adiur lo miró extrañado, aunque enseguida comprendió. Sin embargo, el anciano no lo dejó hablar–. Pero tendrás un problema…

El maestro encaró a su discípulo y se le acercó. Como cuando era un chiquillo, le puso las manos en los hombros. Sólo que ahora estos eran más altos y más robustos. No obstante, el brillo en los ojos que alguna vez viera crecer y alegrarse con el aprendizaje, la misma bondad y firmeza que tan bien conocía, se mantenía intacta en aquellas pupilas. Segrob apretó ligeramente los dedos y su voz sonó apenada.

–No recordarás nada cuando llegues. Estarás por tu cuenta y riesgo. No hay ninguna magia conocida que pueda garantizar que el Cauce suceda en el tiempo tal y como lo deseas, para que logres tus objetivos. Es bastante posible incluso que encuentres a algún que otro Copista, y dudo que haya ido sin usar sus poderes, como hiciste tú cuando renunciaste. Lo que ocurre es que no sé en qué bando quiera estar. Esta espada es Gressus, la Memoriosa. Fue forjada por un tal Oeneri Funes, en una comarca sureña que… Nada, esa historia no viene al caso... Lo que sí debes saber es que esta espada no sólo será tu arma y tu protección, sino que te traerá de vuelta a la Biblioteca, para que puedas regresar entonces a donde dejaste el disco de un solo lado y terminar ese Cauce. Pero solo lo hará si finalizas con éxito tu empresa. Si eres derrotado, no sólo no regresarás nunca, también sabrás que en el otro Cauce el fin será… –y la voz que no concluyó la frase fue más terrible que cualquier premonición llena de argumentos.

Sí, Adiur sabía lo que pasaría. Detener un Cauce indefinidamente era una locura escalofriante y los pocos Copistas que se atrevieron alguna vez a hacerlo sufrieron indeciblemente. Las consecuencias eran el caos, la muerte, las distorsiones más oscuras y la aparición de los cataclismos temporales más espantosos. Había que regresar allí. Había que crear la continuidad de ese fluir temporal. Aunque, ahora mismo, ni siquiera sabía a ciencia cierta qué posibilidades tenía de lograr el éxito. Incluso, aunque lograra en este nuevo intento detener la invasión de los Señores Lex, tampoco sabía con total certeza si eso tendría influencia en el Cauce que dejaba detenido.

Por ir al pasado no se cambiaba el futuro, simplemente surgía uno nuevo, otro Cauce. Las personas, las dimensiones, las historias, obviamente repetidos en ese nuevo fluir, tenían inextricables enlaces y relaciones, pero también rupturas y disparidades, con el que se dejaba atrás. Tales correspondencias entre ambas sendas, aunque no se podían prever, ni dominar, sí eran imposible de separar. Aprender estas verdades costó la vida de muchos Copistas y trajo consigo innombrables calamidades al mundo e, incluso, a la propia Bilioteca. La destrucción de un Cauce, detenerlo indefinidamente, o su total abandono, influía inevitablemente, y siempre en negativo, en sus habitantes y en los Copistas que lo hubieran creado.

Ahora, Adiur pretendía una muy incierta apuesta. Irse al inicio de un Cauce y ganar una batalla. Con esa supuesta ventaja, debía regresar a otro Cauce a ganar otra. Su mentor lo miraba con calma, mientras parecía leer sus expresiones.

–Hay un detalle que debo saber, maestro Segrob…

–Espera, antes quiero que veas algo. Quizás, aunque luego no lo recuerdes, pueda servirte de ayuda o de inspiración.

El anciano abrió la puerta junto al espejo. Una galería gigantesca, mucho mayor que las habituales de la Biblioteca, se perdía hacia lo profundo de un laberinto de corredores y anaqueles, escaleras y nuevas galerías. Sin embargo, aquí no había libros. Un sin número de oscuras y finas planchas de acero se apilaban en ordenados grupos, como páginas inmensas.

–¿Qué es eso?

–Es la Biblioteca de Páginas de Acero. Una loca idea de un monje, no menos loco, llamado Papini, que me pareció muy interesante. Ya la realidad demostró que los libros no son eternos, ni siquiera aquí. Menos cuando la guerra se vuelve tan normal, y cada vez más poderosa. Mucho se ha perdido y tenemos el deber de conservar todo lo que vale de este mundo. Creo que he descubierto que más que repetir hechos e historias, porque todo siempre se repite y ya ha pasado alguna vez, un Copista debiera en verdad preocuparse de preservarlos. De hacerlos memoria, de conservarlos para mañana, y no de crearlos. El acero y los hilos de plata, más unos pocos conjuros, me ayudarán en esa tarea. La llamo tejer. Es otro modo diferente de copiar. No surgen Cauces de ahí, sino se asientan recuerdos. A eso pienso dedicar mis últimos años. Si triunfaras, tal vez antes de tu ida puedas seguir adelante mi trabajo…

–Maestro, eso me ayudará seguramente, pero no me ha dicho usted si hay más talismanes.

–Los que haya, si es que hay alguno, estarán en ese Cauce. El más importante es el Espejo de Papel. Ninguno de tus enemigos deberá apoderarse de esta reliquia, que ojalá todavía exista en manos correctas. Solo podrás usarla una vez, como el disco. Pero te será muy útil. En su momento, si se decide a revelarse ante ti, sabrás cómo utilizarla. Sobre otros amuletos… No sé… De todas formas, en cuanto cruces al otro lado, tendrás otra vez todas tus fuerzas, todos tus poderes, pero ningún recuerdo. Si triunfas, tu espada te traerá de vuelta.

–Bien, creo que es hora de irme… –concluyó el discípulo.

El anciano, antes de abandonar el lugar, tomó de un estante un par de hojas de papel y un tintero con una pluma. Los dos hombres regresaron a la habitación estrecha y se pararon frente al espejo. El mayor colocó los objetos en la mesa y encaró al otro.

–Has escogido el más difícil de los caminos, pero te entiendo –y otro suspiro volvió a escapar de las palabras de Segrob.

Esta vez, Adiur sí preguntó.

–¿Ella era muy hermosa, verdad?

–Como para renunciar, irme a su Cauce, y hasta dejarme envejecer a su lado, con tal de compartirlo todo.

–¿Entonces valió la pena? –volvió a preguntar el otro.

–Cada instante… Aunque se me fuera primero. Aunque no tuviera ningún sortilegio para salvarla –el viejo mentor señaló la puerta donde se almacenaban las Páginas de Acero–. Ese es mi regalo a su memoria. Dentro de todas las historias que quiero conservar para este mundo, estará la de ella y todo el amor que me dio…

–Entonces, ya sabrá usted por qué hago todo esto.

Segrob no contestó, en cambio, se apretó en un abrazo al amplio y fornido pecho del visitante. Los dos estaban muy conmovidos.

–Hasta siempre, maestro. Ojalá volvamos a vernos.

–Eso solo será si me quedo aquí. Quizás me vaya a morir a ese mismo Cauce donde estuve. A yacer bajo una losa, para estar eternamente junto a ella –la voz sonaba triste. Su dueño parecía haber envejecido siglos en un instante. De inmediato regresó a la realidad y recuperó su habitual tono enérgico–. ¡Es hora, vete ya!

Adiur sacó la espada y apuntó con ella al espejo. Un transparente vibrar, como de aguas que rodaran por sobre la hoja, recorrió el limpio acero del arma. El discípulo miró por última vez a su mentor y alargó la mano armada hacia el cristal. Entonces, como tragado por una fuerza portentosa, desapareció a través de la vertical entrada.

–Hasta siempre. Que tengas mucha suerte, hijo mío –susurró Segrob.

El anciano observó el espejo hasta que los oleajes del vidrio se aquietaron y solo devolvieron su propio reflejo. Entonces se inclinó sobre la mesa y sacó la pluma del tintero.

–Esperemos que todavía haya esperanza –y el sonido del rastro de tinta que nacía sobre la hoja sustituyó al silencio de la habitación.

Los textos literarios se publican siempre en su idioma original, el español.

Con voz y voto

Esta novela fue escrita para ser enviada a un concurso. Se lanzó a competir, no tanto por afán triunfador, sino porque ser premiado en un concurso en Cuba es uno de los pocos modos expeditos de lograr publicar en un lapso más o menos regular de tiempo. El certamen es La Edad de Oro, el más importante en mi país para escritores de fantasía y ciencia ficción. Así que, en el año 2014, la obra El otro lado del espejo era reconocida con una mención en dicha lid. Tres años más tarde se publicaba.

En un par de entrevistas conté la anécdota de la idea para esta historia, surgida a partir de un texto de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, de El libro de los seres imaginarios. De ese origen, y también en homenaje a Borges, surgió la inclusión de varios objetos y referentes de la obra del gigante sureño, que fueron usados a discreción dentro de mi historia, sin citar sus orígenes literarios y sin relación alguna con sus historias originales. El otro lado del espejo fue en su momento una de las historias más complejas que escribí, dada la multiplicidad de escenarios y tiempos en que se desarrolla.

En otra novela escrita años más tarde, más o menos en suerte de precuela, se utilizó también el escenario de la biblioteca. No exactamente la misma biblioteca, pero con lógicas cercanías y parecidos. Quedó así una especie de inicio de saga, de historias con vasos comunicantes, que promete al menos un par de novelas más. Digo saga, pero las dos novelas ya hechas y, hasta ahora, las por hacer, son obras de fantasía que, aunque compartan relaciones, conexiones espaciotemporales, escenarios y quizá hasta personajes, pueden leerse modo independiente. No afecta, para entender una, el desconocer otra.

El otro lado del espejo fue una novela afortunada en cuanto a la venta, aunque quizá menos conocida por el público, dadas su exigua tirada, la nula promoción sobre su existencia, y los inescrutables designios de su distribución. Es uno de mis pocos libros que nunca tuvo presentación, un día salió al ruedo y ya.

No obstante, el solo hecho de que exista y se haya publicado es suficiente para agradecer. En especial, a Suntyan Irigoyen, que además de ser la editora (ya había trabajado antes en El Escudo de Valnúss), puso mucho de su empeño y quehacer para que este libro viera la luz. Ojalá el viejo Borges, además de perdonarme el atrevimiento, bendiga esta obra desde los ojos de sus posibles lectores.

A. López Sánchez

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