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Cubierta de El Escudo de Valnúss, ilustrada por Rainel Cabarroi

Sinopsis

EL ESCUDO DE VALNÚSS

(Editorial de la Mujer, 2015)

Una maga, una guerrera subacuática, un corcel hechizado y una corsaria, son los protagonistas de esta historia. Unidos por un mismo objetivo, restaurar la paz, tendrán que usar todas sus fuerzas y capacidades para hallar el modo de enfrentar a un temible hechicero que ha sembrado el caos y la destrucción en sus respectivos mundos. Espantosos y recónditos poderes de la oscuridad sostienen en secreto al despiadado enemigo. Sólo con la ayuda de una mágica reliquia del bien, el Escudo de Valnúss, podrá este grupo de amigos intentar desafiar tan feroces maleficios.

Ficha

título
El Escudo de Valnúss
género
Fantasía heroica
editorial
Editorial de la Mujer
año
2015
formato
Estuche con cinco volúmenes
cubierta
Ilustración de todas las portadas y del estuche: Rainel Cabarroi

Fragmentos

De La magia de la aurora

Un marino, que esperaba pacientemente junto a la salida del camarote, le hizo un gesto a la maga. Sin mostrar sumisión, pero con los ojos posados en el piso en expresión de absoluto respeto, el hombre la guió a través de un estrecho corredor, oloroso a madera y a salitre. Bajo la cubierta del castillo de popa había unas cuantas habitaciones. Al fin, tras cruzar varios pasillos, el marino se detuvo, le señaló una entrada y se esfumó, silencioso.

La muchacha tocó levemente y una voz la invitó a pasar. El salón era de seguro el último de los espacios en esa zona del barco. Una larga pared, con tres enormes ventanales, era la primera vista al entrar al amplio recinto. Dos lámparas en el techo, iguales a la que viera en su habitación, se encargaban de la luz en horas nocturnas. Ahora mismo, una claridad a raudales se adentraba desde el exterior. Un mar de vistoso azul, que de vez en vez exhibía algunos refulgentes burbujeos, se perdía hacia el horizonte, amenazando hipnotizar con su esplendor.

Las cortinas aquí solo ocupaban las ventanas. El resto de las paredes exhibía diversos tapices, con escenas de combates y batallas. Por todo mobiliario, una larga, robusta y muy baja mesa, presidía el centro del lugar. Un mantel de impoluto blanco cubría todo el tablero y se dejaba caer por los bordes, como la espuma de una catarata. Alrededor, sobre una enorme alfombra tejida en delicado mimbre, una miríada de cojines invitaba a sentarse. Varios platos que exhibían frutas y bocadillos ligeros, además de algunas botellas y copas, estaban servidos con notable gusto.

Sin embargo, los rostros de los anfitriones desmentían cualquier posible festejo. En una esquina, el caballo lucía ahora más grande y majestuoso, a pesar de estar echado junto a la mesa. Su verde mirada seguía despacio a la recién llegada. A su lado, la capitana parecía ahora menos impaciente, aunque sus ojos tenían la misma irreconciliable dureza y feroz brillo de antes. La otra, a pesar de la banda marrón encima de sus párpados, sonreía y jugaba con una hermosa fruta roja en una de sus manos. Sus aguzados sentidos ya le habían hecho saber de la presencia de la maga. Con cada movimiento, las minúsculas escamas de su piel brillaban o se oscurecían en diversos matices granas. El caballo, con voz grave, rompió el pesado silencio.

–Pasa, querida Zoria, te esperábamos.

La muchacha avanzó y ocupó uno de los cojines, de frente a la capitana. La mesa era ancha, mas parecía que los relámpagos que brotaban de las pupilas de la enérgica corsaria la quemarían de un momento a otro. Ella misma tomó la iniciativa. A pesar del torrente que semejaba todo su ser, su voz fluyó con absoluta calma y educado tono.

–Zoria Zylad de Valnúss, quiero pedirte disculpas por mi comportamiento de antes. Te reitero que eres bienvenida. Seguro tienes muchas cosas que deseas saber. Es muy posible que, entre todos, encontremos ahora algunas respuestas muy importantes. Por razones que pronto te diremos, es necesario que nos contestes antes algunas preguntas. ¿Estás de acuerdo?

–Solo díganme algo… ¿Dónde me encuentro, exactamente?

–Estás a bordo de mi barco, el Salgari. Navegamos por el Mar del Tigre, con rumbo a las costas montañosas de Fe Mondalia –enumeró concisa la capitana y agregó en voz baja, como si no quisiera dejar brotar cualquier sentimiento de debilidad o de pena en sus palabras–. Y creemos que hace casi un año saliste de tu tierra, pues ese es más o menos el período en que te hemos estado buscando…

Zoria se alarmó, mas de inmediato se llamó a la cordura. No recordaba nada después de los últimos momentos en el templo, salvo un amasijo de sensaciones confusas. Si había trascurrido tanto tiempo en verdad, era un pésimo augurio. Posiblemente nadie quedaba de los suyos. ¿Cómo habría sobrevivido ella? Un pensamiento, casi un consuelo, con la consistencia de una ola blanda y tibia, pareció envolver su mente. Un claro pedido de calma y de apoyo irrumpió en su cerebro. Al levantar los ojos, notó que el rostro cubierto por la venda le trasmitía fuerzas, aun sin decir nada.

–Es lógico que estés confundida, pronto aclararemos todo –el caballo hizo una breve pausa y al instante retomó la idea–. Ante todo, necesitamos saber con urgencia si sabes de algún otro amuleto, además del Elum de tu padre, del que haya podido apoderarse Soltrán…

El nombre la estremeció como una bofetada. Soltrán Sauort. El ambicioso hechicero que intentó hacerse de un poder inmenso, a costa de la traición a los suyos y de aplastar y torcer por la fuerza varias eras de equilibrio. El que había destruido su mundo y quién sabe cuántos otros. Sin embargo, una segunda pregunta surgió enseguida. ¿Cómo podría saber eso este corcel?

Un brote de cólera, dolor y tristeza intentó subir desde su pecho y le interrumpió la reflexión. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Zoria lo ahogó con esfuerzo sobrehumano. Por entre los tejidos cordones que servían para enlazar el triángulo invertido de su escote, su mano tomó el pequeño talismán que colgaba de su cuello y lo mostró fuera de la blusa.

–Salvo este, no hay ya ningún otro amuleto del País de Reul. Mi padre me lo pudo entregar cuando… –el brote subió con fuerza, y casi la obligó a callar. No obstante, pronto se repuso–. Los Doce Magos del Adar, quiero decir, los once que no traicionaron, lograron impedir que cualquier otro talismán cayera en manos del mal.

Un leve pero perceptible suspiro de alivio brotó al unísono de los ánimos de la capitana y del caballo. La otra mujer se mantuvo tranquila, aunque Zoria pudo sentir que la paz la invadía. El corcel miró curioso la joya.

–Esa es una muy buena noticia… Más adelante hablaremos de eso. Bien, tenemos mucho de qué conversar y ya no es necesario tanto apuro. Entonces, recordemos un poco las buenas maneras, que no es apropiado el momento que vivimos, mas tampoco debemos dejarnos atrapar por la mala educación. Incluso, eso le da ventajas a la sombra –apuntó el de la mirada esmeralda y se puso de pie. Las crines, como largas orlas de un blanco purísimo, ondearon un instante sobre su cabeza.

–Yo soy Azor de Versil, el último heredero del trono de Equianna, mi mundo. Fuimos atacados y saqueados por Soltrán. No he tenido más noticias de mi familia y mi reino, pues después de pelear contra ese brujo, vine a dar a estas tierras. Nos acompaña Sedna Laiacor, una guerrera nativa de Aglas, la ciudad submarina del País de Verne. No puede ver ni hablar fuera del agua, aunque ya habrás notado que no tiene ningún problema en comunicarse, ni en nada más…

La pausa levemente risueña del caballo fue de inmediato correspondida por la guerrera vernara. Una hermosa sonrisa hizo enrojecer un poco las escamas de su piel y un sentimiento de aceptación y camaradería envolvió a la maga. De seguro, como ahora le revelara Azor, los demás también podían percibir cada emanación de la singular criatura subacuática.

–Y esta es la capitana del Salgari… Me parece mejor que se presente ella misma –concluyó y regresó a su puesto en la esquina de la mesa.

La marinera tomó la palabra.

–Mi nombre es Ira Dulamer. Vengo de un poblado pequeño, un puerto llamado Laripse, en las Islas de Rojas, en el Mar Urtor –enumeró, otra vez concisa, y calló por completo.

La maga pensó que debía también hacer una presentación algo más formal. De todos modos, aunque sus anfitriones le habían anunciado el deseo de hacerle varias preguntas, ella también necesitaba saber.

–Pues, ya saben ustedes mi nombre, y al parecer algunas cosas más que yo ignoro. Por ejemplo, ¿cómo he venido a parar aquí, dónde estuve, y cómo me he curado de mis heridas? ¿Qué pasó con mi país? ¿Dónde está Soltrán y qué ha hecho en este tiempo?

Un silencio pesado se apoderó de la habitación. Como obedeciendo a un llamado, Zoria miró hacia Sedna Laiacor. Al instante unas monstruosas imágenes se formaron en su cabeza. Una legión de horribles bestias marinas destrozaba varios parajes. Un sinnúmero de guerreras luchaba sin tregua, pero poco a poco caían derrotadas, y la plaza cedía terreno, no sin grande resistencia. Al final, llamaradas de lava, explosiones que movían gigantescas trombas líquidas y estampidas brotadas de un fondo humeante y ya nunca más acogedor y hospitalario, sepultaban las ciudades de Aglas y Verne en los abismos marinos. El reino de Verne, un mundo que por eras vivió en paz, desaparecía en el mar, mientras sus habitantes huían despavoridos. El rostro de Soltrán Sauort parecía llover desde todas partes, como la viva encarnación de todas las desgracias.

La capitana se puso de pie y caminó hasta uno de los ventanales. Sin volverse, como si el mar pudiera llevarla al mismo sitio de sus pensamientos y recuerdos, hizo su historia.

–Mi país está formado por varias islas, donde vivía un grupo de diferentes clanes. Islas de Rojas es su nombre. Fue tomado hace tiempo por las fuerzas oscuras. El líder de uno de los dominios, el más poderoso, Gad Nitsau, se dejó engañar por Sauort. Intentó conquistar todo el archipiélago y proclamó su superioridad divina, por medio de engaños, del terror y de la magia que ese brujo le mostró. Nos discriminaron y nos esclavizaron. Nos trataron de inútiles e inferiores, por no ser de la raza de su clan y porque, además, allí vivían los ancianos que ya descansaban en espera del final de sus vidas. Después apresaron a aquellos guerreros que tenían hijas y no hijos que sirvieran para la guerra. Así pasó con todas las islas. Las sojuzgó y condenó a sus habitantes por los más absurdos y crueles motivos. Mi padre, aunque ya era un hombre viejo, se convirtió en el líder de una rebelión y organizó una revuelta, con la ayuda de varios marinos y mucha gente de todos los lugares de Rojas. Peleamos con valor, mas la represión siempre ha sido muy feroz. Al final, ese demonio de Soltrán apareció y nos causó mucho daño. Mi historia termina en este barco, tras del brujo, pues algo le interesa en donde quiera que haya mar. Hace mucho que no sé nada de mi tierra, ni de la marcha de nuestra rebelión…

La capitana había regresado de la ventana y miraba fijamente a la maga. El caballo sacudió la cabeza y sus ojos grandes y verdes enviaron un mensaje a Ira, que calló de nuevo. Entonces Azor volvió a hablar.

–Escucha, Zoria. Tal vez no lo sepas, pero Sauort engañó incluso a los magos que regían en tu tierra. Llevaba muchos años fraguando sus planes y en ese tiempo logró prepararse para sojuzgar nuestras naciones. Cuando se sintió lo suficientemente fuerte, entonces atacó a los tuyos. Sabemos que peleaste contra él en el templo Adar. Pero justo ahí quizás están algunas de las respuestas que ahora necesitamos. Soltrán es un muy poderoso hechicero y no pudo derrotarte. Está en busca de uno de los más poderosos talismanes del mal que hayan existido jamás. Y también quiere el Escudo de Valnúss. Necesitamos saber dónde está y para qué lo quiere…

La maga pestañeó asombrada. Azor sabía mucho. Era evidente que entendía de magia. Hasta hacía muy poco tiempo… En verdad, hasta el tiempo inmediatamente anterior que Zoria recordaba, desconocía por completo la existencia y todo lo concerniente a dicho objeto. Aunque, sea justo decirlo, no lo ignoraba, sino que sus menciones se atribuían a las leyendas.

De niña, su madre le había contado todas las versiones acerca del origen, el uso y el poder del Escudo de Valnúss. Una reliquia hecha con alma, carne y poder de los dioses del bien. Una fuerza inconmensurable, aunque intangible, como cualquier otro mito. Sin embargo, su propio padre, ya herido de muerte, le confirmó la historia. El Escudo de Valnúss existía en realidad. Y quizás, era mucho más importante que lo que todas sus leyendas podían anunciar.

–¿Cómo sabes todo eso? Hasta hace muy poco, yo misma ignoraba todo acerca de ese tema…

El caballo desplegó los belfos en algo parecido a una sonrisa.

–Es largo de contar… Con mucho gusto te diré todo lo que sé. De todas formas, en respeto a nuestro derecho de anfitriones, quisiera pedirte, por favor, que tú nos relates primero tu historia.

–Acepto –respondió la muchacha y por primera vez sonrió. La amabilidad de Azor la hacía sentirse segura. La maga se acomodó en su cojín, bebió un breve sorbo de licor, y se dispuso a hablar–. Escuchen…

Los textos literarios se publican siempre en su idioma original, el español.

Presentaciones

Las cinco portadas del estuche de El Escudo de Valnúss
Las cinco portadas del estuche, ilustradas por Rainel Cabarroi

Con voz y voto

El Escudo de Valnús, más allá de todas las angustias y alegrías que genera por sí sola la escritura de una novela, tuvo características muy especiales. Cuando tenía la historia ya más o menos bocetada (por lo general pienso mucho antes de empezar a escribir hasta tener la cabeza y la cola de lo que quiero contar), se me ocurrió algo bastante poco abundante en Cuba.

La Editorial de la Mujer utilizaba un formato especial para libros de recetas de cocina, consejos para el hogar y otras materias de ese tipo. Por lo general era una caja pequeña que contenía cinco libros de unas sesenta páginas cada uno. Entonces, me pregunté, por qué no utilizar ese formato para una historia de fantasía. La novedad estaría en el empaque y la presentación, que ofrecía la oportunidad de hacer algo diferente. Por obvia lógica, era necesaria entonces una novela que se adaptara a dicho formato. La editorial aceptó la idea y todos los encargados trabajaron con total disciplina, dedicación y entusiasmo.

Valnúss, en buena medida, tuvo que escribirse atendiendo a un factor imposible de violentar. Cada historia debía desarrollarse con vistas a enmarcarse en un espacio predeterminado de páginas, pues el formato de los libros y la caja era inviolable. Texto coral al fin y al cabo, con plurales protagonistas, las historias individuales de cada personaje debían contener también los hilos y relaciones generales que enlazaran con el eje central de la novela.

Así pues, cada uno de los cuatro libros iniciales narraba las peripecias de uno de los personajes involucrados y luego el quinto conducía a resolver el conflicto total, que se iba narrando a la par. Mi formación como periodista ayudó mucho. Simplemente sabía de antemano que contaba con unas cuarenta cuartillas en máquina para contar cada historia y así lo hice. Creo, además, que se hizo sin rellenos innecesarios o sin apresuramientos que desvirtuaran a los personajes, escamotearan información, o recortaran sus aventuras.

Esa fue la génesis del nacimiento de Zoyla Zilad de Valnúss, Sedna Laiacor, Ira Dulamer y Azor de Versil. En el desenlace, las tramas principales, con excepción de una, para otra posible y futura novela con escenarios y personajes semejantes (pero otros, distintos, mucho tiempo después, nada de segundas partes), también fueron resueltos.

El Escudo de Valnúss también tuvo ventas afortunadas, a pesar de que su tirada ya fue menos amplia (creo recordar que fueron tres mil o cinco mil ejemplares de cada caja. Igual, fue un gran esfuerzo, no olvidar que en cada caja iban cinco libros, eso equivale a cubierta, emplane e impresión diferenciados, además del propio estuche). El formato funcionó de maravillas. La impresión de las cubiertas y el diseño de Rainel Caborroi, para las siempre limitadas condiciones de nuestro país, se lograron de buen grado. Quedó un empaque hermoso, original, y una historia, creo yo, igual de atractiva que su presentación. Creo que puedo afirmar que ninguna otra novela de fantasía en Cuba se ha escrito e impreso en esa forma.

Sin embargo, los demonios de la desidia hicieron lo suyo. En algunos lugares, alguien no se tomó el trabajo de embuchar, es el término técnico, los libros en su estuche. Por ende, hubo sitios (los vi, fui testigo), donde los cinco libros, que empiezan y acaban en sí mismos, pero que forman un todo imposible de seguir si no se leen las cinco historias, se vendieron por separado. Sin leerlos todos no hay manera de entender la novela por completo. De modo que supongo que todavía habrá lectores que, o no entiendan nada después de leer uno o dos o tres de los libros en solitario, o juzguen mal al pésimo escritor capaz de publicar un texto con tantos cabos sueltos, que nunca termina.

Ante tal situación, lo único que podía hacer, y lo hice en entrevistas y apariciones ocasionales en los medios, fue reforzar la idea de que eran cinco libros, pero una sola novela. Es increíble que las iniciativas para mejorar y hacer atractiva la lectura terminen varadas en la vagancia y el desapego de algunos. Algún día espero repetir la experiencia y que esos posibles lectores que quedaron en el limbo puedan saber el final de la novela. A ver si entonces, juzgan mejor al escritor.

A. López Sánchez

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