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Cubierta de Cuentos de muñecas, ilustrada por Alain R. Cuba

Sobre el libro

Cuentos de muñecas (¡A leer y a jugar!)

(Compilación de Magaly Sánchez Ochoa)

(Editorial de la mujer, 2015)

Se trata de un libro de cuentos y poemas de literatura infantil, compilado por la escritora Magaly Sánchez Ochoa, cuyo eje temático es tener a las muñecas como protagonistas. En este volumen publica el cuento La muñeca y el príncipe.

Ficha

título
Cuentos de muñecas (¡A leer y a jugar!)
autoría
Varios autores, compilación de Magaly Sánchez Ochoa
género
Literatura infantil
editorial
Editorial de la Mujer
año
2015
cubierta
Ilustración de Alain R. Cuba
incluye
La muñeca y el príncipe, de Antonio López Sánchez

Fragmentos

La muñeca y el príncipe

En el estante de los muñecos, Amalia se revolvió intranquila. Pronto sería de noche y no había ni una sola noticia. No había podido hablar con Radio en toda la tarde. Sólo después supo que estaba allá abajo, en el cajón, oyendo un juego de pelota con la Cocinita Pancha y con el Bate Fredo. Pistola Cancán no había asomado el cañón en todo el día. Carromato andaba escapado por el patio, persiguiendo lagartijas con el indito Tabao y con el perro Bolero. Ni siquiera sus mejores amigos, Brujito Sombrero, el caballo Othar y el Trovador habían pasado hoy por el estante. La muñeca se mordía la punta de sus rojísimas trenzas con impaciencia.

–¿Se les habrá olvidado? Mañana es el cumpleaños de Pilar. Y no sabemos si ya le compraron algún regalo, si se la llevan a pasear, o si van a hacerle una fiesta. ¿Y a su mamá y a su papá? Hoy tampoco los he visto.

La muñeca quizás estaba un poco más preocupada de la cuenta. La mamá y el papá de Pilar, que era el nombre de la niña dueña de la muñeca Amalia y de los demás juguetes, eran todavía jóvenes, pero tenían mucho trabajo. Una maga y un mago, como afirmaba Brujito Sombrero, siempre fantasioso. En verdad son científicos, apuntaba, exacto como siempre, Othar. En fin, ella era investigadora química, una ciencia que servía para mezclar líquidos y cosas e inventar sustancias nuevas, y fabricaba medicinas. Él era médico y probaba los inventos de ella para curar enfermedades. Pero Amalia se inquietaba por nada. Ellos nunca olvidarían el cumpleaños de Pilar. Pronto la impaciente muñeca sabría los detalles de todo.

–¿Y se puede saber dónde estaban ustedes?

Por el estante se acercaban con calma un bonito caballo dorado y un gorro oscuro, con la punta torcida hacia abajo, lleno de estrellas y planetas y lunas brillantes. Aunque eran muy amigos, discutían, como siempre, y casi ni oyeron la voz de la muñeca.

–…y un envoltorio tan grande. Seguro, seguro, es una máquina de hacer pájaros –explicaba convencido el gorro–. O a lo mejor un castillo…

–¿Y le van a regalar una jaula a Pilar, con un pajarito encerrado? ¡Cuándo tú has visto que su mamá o su papá maltraten o encierren algún animal! Si cuando el perrito Bolero estuvo enfermo por el atracón de chocolate que se dio en el cumpleaños pasado, lo cuidaron muchísimo y le dieron medicinas y todo. Te digo que no. Debe ser otra cosa –insistía el caballo.

–¡Bueno, a ver, dime! ¿Y que le van a regalar a Pilar, a ver?

–¿Alguno de ustedes me va a decir dónde estaban, qué es lo que pasa, por qué no ha llegado Pilar, si su mamá y su papá están aquí, y por qué están otra vez discutiendo? –exclamó la muñeca en voz alta y con cara seria.

Brujito Sombrero y Othar se quedaron petrificados. Y de pronto se echaron a reír. Una voz y un tañer de cuerdas respondieron por detrás de los dos amigos.

–Amalia, del buey, las yuntas

no se hacen para el asfalto.

Y no se hace el hablar alto,

ni a la vez tantas preguntas.

Un muñequito de barro negro se acercaba sonriente. Tenía un gran sombrero de yarey, una guitarra y un tabaco en la boca. Aunque nunca fumaba, porque el tabaco también era de barro,.

–Ay, perdóname, Trovador, pero estos dos me sacan de quicio. Siempre están fajados por gusto.

–A ver, que ya sabemos todo –alegó conciliador el caballo.

Pronto se divulgaron las noticias. El papá había ido a buscar a las dos abuelas y los dos abuelos de Pilar, para que se quedaran en la casa y se levantaran muy temprano al amanecer. Mañana a primera hora, todos se iban juntos de excursión al campo. La máquina de hacer pájaros que decía Brujito Sombrero, era en realidad un papel que envolvía algo y que había traído la mamá de Pilar. De seguro ese era el regalo de la niña. Pero la verdadera noticia era que mañana, Pilar montaría por primera vez a caballo. Por supuesto que Othar no cabía de orgullo con semejante suceso.

–Habrá que ir a ver a Manzanita, el reloj. Para que no se quede dormido otra vez –recordó el gorro y el de barro negro cantó:

–Ese reloj, Manzanita,

debe a todos despertar,

para que puedan pasear

temprano en la mañanita.

–Sí, no te preocupes, Trovador. Antes de irme a dormir yo siempre paso a ver que esté en hora, con las pilas funcionando sin problemas y el timbre listo –aseguró la muñeca.

–Bueno, hablando de dormir, casi son las ocho y media. Creo que hoy no voy a esperar que traigan a Pilar. Hasta mañana –se despidió Othar y le dio un beso a Amalia.

–Yo voy contigo –lo siguió el gorro, también besó a su amiga, y de inmediato se alejó mientras seguía la discusión con el caballo–. Creo que ya sé qué hay dentro del papel ese. Mira, debe ser una varita…

El trovador, pulsando suavemente las cuerdas del laúd, guiñó un ojo sonriente a la muñeca y caminó despacio con sus amigos.

Amalia los vio doblar en la esquina del estante y se quedó meditando. Yo sí voy a esperar para ver qué le compraron de regalo a Pilar, porque seguro lo traen en cuanto ella se duerma, como hacen todos los años, pensó y puso rumbo a la mesita de noche. Antes de irse a dormir, debía también ir a ver al reloj Manzanita.

De puntillas, de puntillas, para no despertar a Pilar, la mamá entró despacio al cuarto. Un envoltorio grande, de papel colorido, venía en sus manos. Detrás entró el papá. En el umbral, sin abrir demasiado la puerta para que no entrara mucho la luz, los rostros sonrientes de abuelas y abuelos completaban el ritual de cada año.

Escondida junto a las chancletas de Pilar, la muñeca Amalia no perdía un detalle.

–Yo voy a saber primero que todo el mundo, qué le regalaron a Pilar en este cumpleaños –se complacía, contenta de su primicia. Sin embargo, pronto perdería la alegría.

Al fin las manos de la mamá sacaron el papel y dejaron el regalo, justo allí, en el piso, al lado de la cama. Pero en cuanto salieron todos y la puerta del cuarto quedó cerrada, se escuchó un terrible rugido. Amalia se asustó muchísimo y se demoró un poquito en sacar la cabeza. No obstante, había que ver qué pasaba. El rugido se repitió. ¿Quién hacía tanta bulla a esta hora?

Lo que vio la dejó asombradísima. Un enorme dragón azul, de barriga blanca, se balanceaba junto a la cama. Era un juguete inflable, de brillantes colores, y casi del mismo tamaño que Pilar. Amalia no perdió tiempo en presentaciones ni cortesías.

–¡Oye, tú, grandulón! ¿Por qué haces tanto escándalo? ¿Quieres despertar a todos?

–Yo soy Draxo, el dragón. Y desde hoy aquí se va a dormir cuándo yo diga.

–¿Y eso por qué?

–Porque soy más grande y más fuerte que tú. Y echo fuego por la boca.

–En el baño de Pilar hay una pasta dental muy buena, con sabor a platanito frito –explicó Amalia, muy segura.

El dragón soltó un rugido aún más alto y se acercó amenazador hasta la muñeca. Con voz de trueno habló.

–Yo soy un animal mitológico. Vivo en la imaginación y las leyendas. Según cada país, tengo diferentes significados, formas y poderes y se han escrito muchas historias sobre mí, donde hasta vuelo y lanzo fuego por la boca. Represento la sabiduría, la lucha y la naturaleza. Pero si quiero, también puedo ser muy malo. Ahora mismo, en cuanto tenga sueño voy a dormir cien años, encima de una pila de tesoros y no quiero que nadie haga ruido.

Amalia arrugó la boca. No le gustaba este dragón. Y eso de que echaba fuego por la boca, habría que verlo. A lo mejor Brujito Sombrero podía aclararle algo, él sí sabía de asuntos mágicos. Lo que sí era verdad es que estaba muy grande y fuerte. Pero azul y todo, quizás estaba confundido o algo. O puede que fuera ciertamente un pesado.

–Chico, aquí, salvo el cofrecito de las pelotas y los aretes de Pilar, no hay ningún tesoro. Además, ¿cómo es eso de que vas a dormir cien años?

–En cuanto coma. Para empezar, esa manzanita que suena allí arriba, me vendría muy bien. Para después echar una siestecita, mientras hago la digestión.

–¡Pero estarás loco, tú! ¡Cómo te vas a comer el reloj! ¡Vas a ir a dormir al hospital!

–¡No me importa! ¡Y vete ya, si no quieres que te coma a ti también!

Amalia pensó que sería bueno correr. Y se fue corriendo.

–¡Despiértense, despiértense, vamos!

Amalia sacudía a sus amigos, que descansaban en la parte trasera del estante. Brujito Sombrero agitó la punta del gorro, y las estrellas parpadearon soñolientas. Othar sacudió las crines y abrió muchos los ojos. El Trovador deslizó una tonada guajira en laúd. El cantar de un gallo pareció rimar en su copla.

–¿Qué pasa, Amalia querida,

por qué armas tanto alboroto

¿Hay algún juguete roto

o alguna cosa torcida?

–Claro que sí, Trovador,

tenemos un gran problema…

La muñeca se dio cuenta de que estaba hablando también en versos. Pero no era momento de demoras.

–Que el regalo es un reloj que se manzanita dragón al comer –soltó de un tirón.

Sus amigos ahora sí se despertaron del todo. Hasta el Trovador olvidó rimar su respuesta.

–¿Quéeeeeeee…?

–Quiero decir… –y Amalia cogió aire y habló despacio–, que el regalo es un dragón. Que se quiere comer a Manzanita, el reloj.

–¡Ahora sí! ¿Cómo que un dragón? ¿Y qué hacemos? –dudó inquieto Othar.

–Pero si se comen a Manzanita, Pilar no va despertarse. Y si no se despierta, no irá a la excursión. Y si no va a la excursión, no montará a caballo. Y si no le gustan los caballos, no va a jugar más con Othar. Y si no…

–A ver, Brujito, para ahí esa seguidilla. Atiende. Tú eres el gorro de un mago y sabes mucho de esas cosas. ¿Tienes alguna idea de cómo podemos derrotar a un dragón azul? –preguntó Amalia con preocupación.

El sombrero pensó por un momento. Las estrellas y las lunas centelleaban sobre su piel oscura y el planeta daba vueltas. Al fin habló.

–Pues, hace falta un príncipe. Siempre son ellos los que pelean con los dragones. Aunque no sé, ahora no estoy muy seguro. Porque en este caso, por ser azul el dragón, quizás no sea lo mismo.

El trovador puso a sonar su laúd.

–Un príncipe de armadura

que a caballo vaya al trote,

para que al dragón derrote,

en batalla larga y dura.

–¿Y de dónde sacamos un príncipe? –preguntó otra vez Othar.

–Un príncipe con un castillo, y estandarte, y con…

–Déjenme eso a mí –interrumpió Amalia al gorro y de inmediato, como un general en combate, empezó a dar órdenes–. Brujito, ya deja la seguidilla y vete a la mesita de noche. Trata de demorar a ese bicho para que no se coma a Manzanita. Dile que eres un mago muy poderoso o lo que se te ocurra. ¡Pero vuela!

–Me fui –silbó el gorro y de inmediato desapareció.

–Othar, corre y espérame… Digo, corre y espera al príncipe allá en el cajón. Despierta a Bate Fredo, a Pistola Cancán, a Radio, a Carromato, al indito y hasta a Bolero si hace falta, pero no hagan nada todavía. Si lo que dice Brujito es así, no se arriesguen hasta que les mande el príncipe para allá. ¡Dale, corre!

El caballo partió al galope por un lado y Amalia salió a toda velocidad por el otro.

–Un príncipe tendrán. No digo yo….

Escondidos en la esquina de la cama, los juguetes esperaban. En los bajos de la mesita de noche, Brujito y el dragón estaban enredados en una larga discusión mágica acerca del mejor lado para dormir la siesta sobre un tesoro. Pero había prisa. El monstruo azul había dicho que si no se ponían de acuerdo, también se comería al gorro como postre.

–Y el dichoso príncipe que no acaba de llegar… –repitió Othar con desespero.

–¡Allí viene! ¡Allí viene! –exclamó Radio con su voz metálica. Todos se volvieron a mirarlo

El príncipe se acercaba con paso firme. La armadura, cortada a la medida, de puro cartón brillante, relampagueaba en destellos de fuego. Los brazos y las piernas también estaban bien protegidos por gruesas láminas de relumbrante centelleo. Sobre el rostro, un yelmo bajo apenas dejaba entrever las facciones del recién llegado. En la parte más alta del casco, sobresalía un peñacho rojísimo, como de muchas plumas.

–Más bien parece un peñacho de muchos pelos. Y encima, todo despeinado. ¡Qué moda más rara usan los príncipes! –pensó Othar y se adelantó a recibir al héroe–. Sea bienvenido, su Alteza.

–¿Tú eres mi brioso corcel? ¿Dónde está ese dragón azul? –inquirió una voz gruesa detrás del yelmo.

El caballo pestañeó. ¿Cómo sabría que el dragón era azul? Bueno, a lo mejor la muñeca se lo había dicho. Qué extraño está este príncipe, dudó un poco Othar. Pero como nunca había conocido a ninguno, pensó que a lo mejor era falta de costumbre. Un detalle lo sobresaltó.

–Eh, Alteza, sólo por curiosidad. ¿Usted no tiene una espada?

–¿Y hace falta una espada? –preguntó la voz con algo de sorpresa. Yo traigo la armadura pero una espada…

Othar volvió a pestañear, pero más rápido, en tanto soltaba un resoplido de desencanto. Dígame usted. ¡Qué clase de príncipe nos han mandado! ¿Y ahora con qué se va a fajar con el dragón? Sin dudas, el caballo empezaba a molestarse.

–Miren, se me ocurre algo. Llévense a Pistola Cancán… –sugirió Bate Fredo.

–¿A esa pistola loca? –la voz del príncipe sonó un poco chillona, pero de inmediato recuperó su tono grave– Quiero decir, sí, pero esa es un arma con problemas de personalidad.

–Bueno, es verdad –reconoció Radio–. Cada vez que Pilar juega con ella, después viene diciendo que es algo distinto. Ayer fue un micrófono. La semana pasada era un sello real para aplastar ajos. El lunes era una herramienta para soldar mis circuitos. Oye, Cancán, ¿a qué jugaste hoy con Pilar?

–Soy una pistola espacial para reducir asteroides –respondió la aludida.

–Para luego es tarde, eso mismo servirá –y el príncipe agarró la pistola y se dirigió a todos los juguetes–. Vengan acá, mientras yo le apunte al monstruo, ustedes le dan la vuelta y entonces…

Y aquí se puso a susurrar un plan. Pero como no se oye, mejor esperamos a que el príncipe se monte en el caballo, y vaya a todo galope en busca del dragón. Así nos enteramos.

–¡Ríndete, cobarde! –gritó el príncipe.

El dragón dejó de inmediato la discusión con Brujito Sombrero. El gorro era un tipo simpático. Al menos había allí algún ser mágico para conversar, pero el monstruo azul era un poco impaciente. Y ya había dicho que si el sombrero hacía otra seguidilla, se lo comería de un bocado.

–¿Y tú quién eres? –preguntó el gigante al jinete.

–Soy el príncipe. Vengo en mi fiel corcel Othar, con mi arma espacial de reducir asteroides, y también dragones azules, la señorita Pistola Cancán.

Draxo miró confuso. Bueno, si había un sombrero de mago en aquel sitio, bien podía haber también un príncipe. ¿Pero qué era lo otro?

–¿Dijiste una pistola de reducir, aste qué?

–Asteroides, asteroides. Que tiene forma de estrella, según el griego. Vaya, unas piedras grandísimas que vuelan por el cosmos y de vez en cuando chocan con los planetas. Bueno, con el choque de uno de esos, dicen que ustedes se extinguieron en la Tierra –explicó de carretilla Brujito Sombrero.

–Esos fueron los dinosaurios, chico. Este es un animal mitológico, ¿cómo se va a extinguir? –sopló bajito Othar.

–Bueno, eso mismo... ¿Para qué dices que sirve? –gruñó Draxo.

–Para reducir asteroides. Pero como tú eres más o menos del mismo tamaño, también te vamos a reducir a ti –amenazó el príncipe sin dejar de apuntar a Cancán contra el monstruo azul.

El dragón se quedó pensativo. El príncipe no parecía de verdad muy peligroso, pero no le gustaba mucho eso de la pistola. Además, él era un juguete inflable. Y ya sabía que sí, que cuando le sacaban el aire cabía perfectamente en una caja muy pequeña, aunque ahora fuera grande y gordo. Además, en verdad tampoco tenía tantas ganas de pelear y las manzanas ni siquiera eran sus frutas favoritas. Si fuera un mango…

En la duda no sintió que el indito Tabao se había trepado a su espalda. Allí, justo encima de las alas, estaba la válvula para inflarlo. A sus pies, Carromato esperaba para trasladarlo al patio en cuanto cayera sin aire, con luces y sirenas si fuera necesario. Bate Fredo brindaría un poco de anestesia para el viaje, si el indito fallaba con la válvula. En la puerta del cuarto, Radio estaba listo para dar un silbido de estática, en estéreo y todo, que despertara a Bolero.

Al ver la señal que hiciera el guerrero, listo para abrir la válvula, el príncipe volvió a hablar.

–Mira, Draxo, si no te rindes te vamos a reducir. Te pondrás chiquito y flaco. Y entonces vamos a traerte un perro, que sí es malo de verdad y es el doble de tu tamaño.

–Mira tú, y cómo le gustan los inflables a Bolero. Fíjate en Cuca Pelota. Después que la mordió, hubo que forrarla casi entera en esparadrapo, porque si no…

Todos los juguetes mandaron, ssssssssssshhh, a callarse a Brujito Sombrero. No era momento para una de sus seguidillas. El silencio era expectante. Al fin el monstruo azul habló.

–Bueno, está bien, está bien. No me voy a comer a la manzana esa amiga de ustedes.

El grito de alegría casi hace despertar a toda la casa. De inmediato, todos los juguetes fueron y abrazaron a Draxo. Enseguida empezaron a conversar y contarse historias. Todos hablaban y se reían a la vez, aunque Pistola Cancán, de vez en cuando, todavía apuntaba al gigante azul, por si acaso.

En la confusión, el príncipe montó en Othar.

–Vamos, mi fiel corcel, llévame al estante…

Apenas cruzaron más allá de la vista de los demás juguetes, el príncipe casi se tiró del caballo, sin que este se hubiera detenido del todo.

Una Amalia despeinada, sin trenzas y con el pelo trabado en el casco, sudorosa e intranquila, empezó a quitarse la armadura casi a tirones. Othar la miraba con calma.

–¡Oye, qué calor da esa armadura, chico!

–¿Cómo se te ocurre, mi querida su Alteza, venir a pelear con un dragón sin traer una espada? –preguntó tranquilo el caballo.

–Ay, qué se yo. Yo nunca he sido príncipe. Además, en el cajón no hay ninguna. Mira que Pilar tiene juguetes y a esa hora no había ni un palo para aunque sea darle al Draxo ese en la cabeza. Bueno, a no ser con Bate Fredo, pero a ese, ya tú sabes, sólo le interesa la pelota. Milagro que ahora se portó bien…

–Todos se portaron muy bien hoy. Y tu idea fue muy buena –sonrió el caballo.

Una copla se escuchó en un rincón, mientras la cara sonriente de Trovador aparecía detrás del laúd. El pequeño músico de barro negro había cortado y preparado la armadura.

–El príncipe que reclama,

que al dragón ha convencido

al revés anda vestido,

y creo que Amalia se llama.

Los tres amigos se rieron mucho. Amalia luchaba con sus rojísimos cabellos por devolver las trenzas a su sitio.

–Oye, Othar. ¿Cuándo te diste cuenta de que el príncipe era yo?

–En cuanto te montaste arriba de mí. Nadie aquí monta tan bien a caballo. Ojalá Pilar lo haga como tú. Pero de verdad, creo que sospeché un poco cuando te vi esos pelos desordenados en el casco. En mi vida había visto un penacho con tal nivel de despeine –explicó sonriente el caballo, pero de inmediato se puso serio.

–Amalia, de todos modos hay un problema. ¿Cuándo el dragón descubra que Pistola Cancán está medio loca? ¿O que Bolero es un perro labrador grande por gusto, que es incapaz de morder a nadie? ¿O que Cuca Pelota está perfectamente sana y bien inflada? ¿Qué hacemos?

–Nada... Llamar otra vez al príncipe –respondió la muñeca con un guiño malicioso y una sonrisa.

Los textos literarios se publican siempre en su idioma original, el español.

Con voz y voto

–¿Y por qué tú no me haces un cuento de muñecas?

Así me dijo. Fue en un pasillo de la Editorial de la Mujer. Andaba yo todavía en la resaca editorial de mi primera novela Las guerreras de la luz. Sin embargo, ya barruntaba en el teclado, y en la cabeza, otras historias.

A la propuesta de Magaly Sánchez Ochoa, esa maga de la escritura, entonces en plan de compiladora, dije que sí sin pensarlo. En ese momento yo había escrito apenas unos pocos cuentos realistas; una novela de fantasía heroica; un engendro en intento novelado, igual en realismo, y algunas páginas de otras dos novelas, también de fantasía. Aunque el género fantástico tiene lectores de edades variopintas, nunca había hecho nada específicamente dirigido al público infantil. Pero acepté. Y escribí. Y se publicó.

No sé qué vio Magaly en mi futuro. No sé qué hechizo mágico me regaló ese pedido. Pero de su propuesta, de aquel primer texto, además de mi primera publicación de literatura propiamente infantil, nacieron luego otras historias y un surtidor de personajes. De ese cumplido génesis vino después un libro de cuentos, una novela y hasta otros personajes para otra saga que bien puede ser de varios libros, con diversas tramas y aventuras. Algunas amistades cercanas y, sobre todo, sus hijos, han sabido un poco de tales andanzas. Incluso inéditas, esas páginas ya me han regalado buenos frutos.

Lo cierto es que gracias a aquel pedido, al encantamiento que me regaló esa creadora y maga, al buen conjuro que se derramó sobre mí al aceptar escribir, existen hoy Brujito Sombrero, la muñeca Amalia y el caballo Othar. Más adelante, se sumaría la varita de hada Magina. Esos personajes vieron la luz en esta antología de la Editorial de la Mujer que fue muy exitosa y donde me enorgullece estar incluido como autor. Hoy, años después, ya se publicó una novela con esos entrañables personajes. Otros textos aguardan el milagro editorial para volver a la vida en los ojos de nuevos lectores, en nuevos libros que están en camino.

Gracias a ese pedido germinal, este escritor tiene un recuerdo con vida, sortilegios y felices nacimientos para recordar. Nada es comparable al regalo que propicia que lleguen personajes y sus historias. A ti, Magalys Sánchez Ochoa, ángel que me susurró regalos y veredas, que la eternidad te resulte igual de fantástica que en tus escritas, o compiladas, imaginerías. Buen viaje a la luz. Gracias, Maga.

A. López Sánchez

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