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Después no lo recordaría bien. De hecho, hasta podría negarlo. Pero fue el sonido de una guitarra lo que despertó a Brujito Sombrero aquella mañana. Más exactamente, una hermosa sonata escrita por un italiano de apellido Scarlatti y cuyos claros acordes llegaban desde algún lugar cercano. Era casi seguro, aunque sólo su amigo el caballo Othar fuera luego capaz de afirmarlo con total certeza, que aquella interpretación venía de la casona de la esquina. Era el hogar de una joven, recién llegada al barrio, que era profesora de música.

Al principio, el gorro de mago creyó que soñaba. Era muy bella la melodía. Así, un tanto adormilado aún, dejó el estante de los juguetes y llegó hasta la ventana que daba a la calle. Entonces las vio pasar, más allá de la amplia verja del jardín, rumbo a la casona. A la izquierda iba una muchacha, con un estuche oscuro, de seguro algún instrumento musical, colgado a la espalda como una mochila. De su mano, embelesada mirando las flores que desbordaban la cerca exterior, iba una niña vestida de hada. Pero no fue eso lo que hizo creer a Brujito que todavía fantaseaba en los predios del ensueño. Envuelta en la música, una gran pamela rosada, de fina hechura, adornada por una delicada cinta de blanco encaje cuyas dos puntas ondeaban al viento, protegía a la niña del sol de la mañana y se balanceaba con aires de reina y sin dignarse a bajar la vista.

Tan impresionado quedó el gorro que no vio cómo la varita mágica que llevaba la niña en su mano, miraba fijamente al sombrero y le dedicaba un multicolor estallido de brillos y magias, como fuegos en polvo de relumbrantes astros. Así, boquiabierto, y con los planetas y estrellas y lunas de su piel resplandecientes, en tonos del blanco asombrado al rojo más intenso, lo encontró Othar.

Desde entonces, como todavía la niña Pilar y su familia estaban de vacaciones en la playa, no hubo mañana que Brujito no gastara asomado a la ventana, para ver si pasaba de nuevo la pamela del hadita. Luego, protagonizó furtivas desapariciones y escapadas, aunque sin comentarlo con nadie. Por un par de días, contestaba con evasivas o de mal humor a las preguntas sobre sus ausencias. Y más de una vez dejó esperando a sus amigos, la muñeca Amalia, el propio Othar y el Trovador. La primera fue para un juego de pelota, que comenzó casi una hora después. La segunda, para ayudarlos a empujar a Carromato que se había quedado de nuevo sin energía, por jugar hasta tarde y no cargar sus baterías.

Después diría que no. Que el caballo exageraba. Que la muñeca y el trovador estaban equivocados y nada ocurrió así como ellos decían. Pero en realidad, luego se supo, ese había sido el comienzo de todo.

Era una de esas tardes donde las nubes avanzan despacio, como si planearan emboscadas desde lo alto. El sol quedó mudo tras la densa cortina que despacio iba tornándose más y más sombría. La atmósfera se hizo oscura y cargada. Algunos relámpagos azotaban al cielo con sus centelleantes fulgores, siempre seguidos de los severos bramidos del trueno. Una violenta lluvia era inminente.

En el estante, Othar buscó a Amalia. Como siempre que amenazaba cualquier inclemencia del tiempo, los juguetes trataban de estar juntos y alertas, por si hubiera alguna emergencia.

–Bueno, ya los dejé a todos tranquilos –sonrió el caballo–. Radio está tratando de encontrar un programa de rock que el indito Tabao quiere oír, pero hay mucha interferencia. Carromato tiene las pilas cargadas, listo para cualquier cosa, y Bate Fredo, Cocinita Pancha y el Trovador están planeando darle una serenata a Cuca Pelota en cuanto empiece el aguacero. Tú sabes que ella se pone muy nerviosa si oye tronar.

–¿Y dónde anda Pistola Cancán?

–Imagínate… Hoy dice que es una pistola de medir velocidad. Y quiere ver qué tan rápido llegan las gotas de lluvia desde las nubes al suelo. Pero el reloj Manzanita está con ella. Dice que la va a ayudar a cronometrar el tiempo del aguacero.

La muñeca sonrió. En realidad, la casa de Pilar era muy segura y moderna y no corrían peligro alguno. Pero no estaba de más tomar algunas precauciones.

–Al menos todos están bien… –casi pensó en voz alta y se sintió más tranquila. Aunque, distraída con un chiste que le hiciera Othar sobre la posible velocidad de una gota de lluvia, no reparó que había faltado alguien en el recuento.

Los toques no se escucharon bien al principio. Tal vez, incluso los confundieran con algún ruido de la fuerte lluvia que caía afuera. Sin embargo, en la segunda ocasión ya no hubo dudas. Alguien llamaba a la puerta y hasta se diría que con gran prisa. Como ya caía la noche, los juguetes consultaron entre todos acerca de si abrir o no, pero el toque se repitió, con igual urgencia. Cualquiera que fuera, en medio de tan violento aguacero, de seguro necesitaba ayuda.

Cuando al fin Amalia y Othar abrieron la entrada, escoltados por Tabao y el Bate Fredo, quedaron pasmados de la sorpresa. Toda despeinada, chorreando agua a raudales y con la estrella plateada ahora desarreglada y sin brillo, en el umbral estaba la varita mágica de la niña hada.

–¡¿No vive aquí un sombrero de mago?! –la voz le sonaba agitada.

–Sí, esta es su casa. ¿Hay algún problema? ¡Pero pasa, por favor, entra y sécate que estás empapada! –Amalia tomó enseguida una toalla de la amplia caja de Carromato que había llegado presuroso, con todas las luces encendidas, a ofrecer cualquier ayuda. Othar reaccionó de inmediato.

–¿Qué le pasó a Brujito? ¿Dónde está?

Ya más calmada, la varita logró hablar.

–Estaba en la casona de la esquina. La niña que nos trajo vino de visita con su mamá, que es la hermana de la profesora de música. Por las tardes, cuando ensayan, todos nos ponemos a escuchar. El gorro ha ido varias veces por allá…

–¿Pero qué pasó? –repitió Othar, ya impaciente.

–Que cuando empezó el aguacero, Pamela Rosa estaba tendida afuera, porque la lavaron. Hoy no están las hermanas en la casa. Se fueron todas a un concierto en el teatro y, por supuesto, no vistieron a la niña de hada. Una ráfaga de aire se llevó a Pamela de la tendedera y él salió a buscarla, pero no ha regresado. Ya está cayendo la noche y, con esta lluvia, tengo miedo de que le pase algo.

Los juguetes decidieron de inmediato. Varias parejas se armaron para salir al rescate del amigo. Amalia y Othar, por un lado, irían con la varita. El indito Tabao con Bate Fredo, por el otro lado de la casa. Cocinita Pancha y el Trovador, por la calle de atrás. Cuca Pelota y Pistola Cancán revisarían los alrededores. Todos saldrían de inmediato a buscar a Brujito. Las parejas se equiparon con unos pequeños trasmisores portátiles, que usaban los padres de Pilar cuando esta era muy pequeñita, para estar al tanto de ella desde el otro cuarto. Carromato y Manzanita, que por ser juguetes con baterías no debían mojarse, quedarían en la casa junto con Radio, esperando noticias.

La búsqueda había comenzado.

Ya en la calle, muy abrigados con capas y botas de agua, Amalia y Othar, junto con Magina, que era el nombre de la varita de hada, decidieron regresar a la casona de la profesora de música. Aunque no había juguetes allí, quizás encontraran algún indicio del rumbo que había tomado Brujito.

–¿Pero cómo se le ocurrió hacer eso? ¡Y sin avisar a nadie! –protestaba Othar.

–Es que yo creo que Pamela Rosa le cae muy bien –y una leve tristeza, que no era la del frío y el aguacero, había en la voz de la varita. Amalia lo notó de inmediato.

–Y esa tal Pamela, ¿le ha hecho caso?

–No. Lo que sucede es que… Tendrían que conocer a Pamela. Ella es un poco distinta. Tiene gustos un poco especiales, vaya. Exigente…

–Es una pesada –resumió Othar y miró fijamente a Magina, que guardó silencio, muy apenada.

–Pues tú no te preocupes. Vamos a la casona –y Amalia encabezó el grupo–. Si al menos vemos la tendedera, sabremos a dónde pudo llevarse el viento a la dichosa Julieta y a dónde fue a perseguirla nuestro mago Romeo. Por ahí lo seguiremos…

Apenas rebasaron el amplio portal de la casona de madera cuando recibieron una desagradable sorpresa. Muy cómoda, sentada en una amplia butaca, la rosada pamela contemplaba con calma a los recién llegados. Del gorro de mago no había ni rastro. Magina tomó la palabra, enérgica.

–¿Pamela, dónde tú estabas? ¿No sabes que te dimos por perdida?

–El aire me arrastró al techo. Esa tendedera no estaba lista para alguien de alcurnia como yo. Por suerte, como soy tan ligera, no me demoré mucho en caer y pude llegar hasta el portal sin mojarme demasiado y no estropearme el color. Por cierto, en vez de andar por ahí, tú tenías que haber estado aquí para ayudarme a cuidar mi cinta blanca. Es de un encaje finísimo. Pero no te preocupes, aquí hay una magnífica secadora de pelo. En cuanto me la apliques un rato estaré bien.

Othar no cabía dentro de sí de la ira. ¿Cómo podía alguien ser tan egoísta? Pero la varita no lo dejó hablar.

–¡Eres una desconsiderada! ¡Estos juguetes vinieron buscando a su amigo, que, por cierto, salió bajo la lluvia a tratar de ayudarte! ¡Y a ti nada más se te ocurre hablar de tu cinta y de tu finura!

–Bueno, era su obligación. Él no es más que un gorro de mago y yo soy una pamela distinguida. Es más, hasta tú deberías estar contenta de poder servirme…

Amalia y Othar, junto con la varita mágica, estaban a punto de perder la paciencia. Y quién sabe qué hubieran dicho o hecho a la impertinente si no hubiera sonado de pronto una voz conocida que los hizo contener.

–¿De modo que así piensas tú de los demás?

La alegría por la aparición de Brujito Sombrero opacó por un momento la actitud de la pedante pamela. Amalia y Othar corrieron a abrazarlo, aunque el recién llegado estaba mojado por completo. Magina, la varita, con una enorme sonrisa, estalló de alegría en un brillo multicolor, que casi eclipsó la oscuridad de la tormenta. Pero el gorro estaba muy serio, a pesar del reencuentro con sus amigos. Como siempre, levitaba, pero esta vez las estrellas y lunas y planetas de su piel destellaban en rojo y le temblaba más de lo normal la punta retorcida hacia abajo.

–¡Qué pena que me haya equivocado así contigo! Estás muy perdida si te crees mejor por ser más bonita o más fina. Y peor, eso de que los demás son tus sirvientes… ¡Estás muy mal! Cuando te destiñas y te arrugues, voy a ver quién va a acompañarte, porque si no respetas y quieres a los demás por lo que son, por lo que valen y hacen y no por su apariencia, pues, nadie va a quererte a ti.

Un relámpago disparó su fogonazo y de inmediato un trueno casi hizo estremecer al mundo. El apagón que sobrevino de inmediato impidió que la pamela, de pronto pálida del susto, pudiera siquiera contestar.

–Mira, Brujito, esta es Magina, creo que ya la conoces de aquí –Amalia acercó a la varita su amigo–. Ella fue la que nos avisó de que estabas en apuros.

–Mira eso, he venido aquí como dos veces y ni siquiera me sabía tu nombre. Te agradezco mucho la ayuda. Gracias, muchas gracias…

El sombrero abrazó con fuerza a la varita y esta lanzó un nuevo destello de fuegos coloridos. Con su sonrisa casi parecía iluminar la densa noche tormentosa.

–¡Vamos, Magina, estás invitada al té caliente con limón que nos va a hacer Cocinita Pancha! –anunció Amalia.

Muy juntos, salieron todos del portal de la casona. Delante, cubiertos por la misma capa, iban Brujito y Magina. El gorro hablaba sin parar.

–Me tienes que enseñar ese truco de los colores. Es que yo pertenezco a un mago, pero no me sé bien la magia de las hadas. Claro, si ahora la aprendo, podría...

Unos pasos atrás, Othar y Amalia, que ya habían avisado por su trasmisor que iban de regreso y con todos a salvo, miraban sonrientes a su amigo. La muñeca fue la que habló, sin importarle ser oída.

–¿Viste qué fácil sé hacer de Cupido?

–Sí, pero creo que ahora vamos a oír de hadas y de trucos por unos cuantos días. Así que prepárate… –replicó Othar a la de las rojas trenzas, con un guiño alegre.

En medio de felices carcajadas y luces multicolores, amplias y brillantes las de Magina, todavía torpes las del sombrero, el grupo se encaminó a la casa.

En el portal, la pamela los miró perderse por la esquina, con un mohín de disgusto y la cara arrugada. Sin embargo, al desaparecer los juguetes de su vista tomó en cuenta que estaba sola, en medio del oscuro apagón, mientras la lluvia de nuevo arreciaba, con aterradores rayos y truenos.

–¿Bueno, y a mí quién me va a acompañar en esta oscuridad?

Pero nadie le contestó.

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