…y entonces llega la luz. Y tu mujer te recuerda que la ropa de cama no se lava desde hace dos semanas. Y tú esperabas el regreso de la electricidad para sentarte a escribir un cuento medio erótico que se te ocurrió. Y ella que con el sol que hay, y el aire, la ropa en el balcón se seca enseguida. Y tú que si Osiris no ha puesto el agua del edificio no voy a poder ni encender la lavadora. Y ella, es que me tengo que ir para casa de mi mamá a ver si el plomero va y le arregla por fin los herrajes del inodoro que se le está vaciando el tanque. Y tú pensando qué narrador usar en el cuento y qué paradoja que aquí no hay agua y a tu suegra le sobra y se le escapa. Y ella, mira, te dejo ya las piezas separadas y el detergente listo y sólo tienes que vigilar mientras se llena que esta no es la automática y se bota y me formas tremenda mojazón aquí. Y tú, pero no es por descuido, yo siempre la vigilo, la mojazón del balcón es por la válvula que ya no sirve y por ahí no hay y entonces tengo que tener todo el tiempo la manguera en alto para poder lavar o si no se vacía. Y ella, sí, pero no la amarres muy duro, que ese plástico es muy finito y si se raja no aparece otro. Y tú, pensando en el cuento, podría ser una bailarina la amante del personaje y que se raje en una escena de sexo, mientras alzas y aseguras la manguera. Y ella, te lo voy a dejar todo preparado, atiende al lavado y después te encargas de enjuagar y tender. Y tú reflexionas sobre las relaciones posibles entre la escritura automática y la lavadora con problemas en la válvula de su vejiga mecánica, a la que hay que ayudar a llenar y a desaguar, como si ya fuera una anciana. Y ella, qué lástima que nunca se pudo arreglar la automática, repite, eso era una comodidad, era vieja, pero la ponías ahí y ella lo hacía todo. Y tú resuelves que la protagonista de tu cuento deberá hacer de todo, bailarina automática, con todas las válvulas sanas. Y ella que acuérdate de darle al selector del lavado sólo hasta el nueve que se le puede romper el temporizador. Y tú repites las palabras, selector de lavado, temporizador, como si no hubieras sido tú mismo quien le has dicho antes esas mismas frases y la imagen de la pequeña cresta numerada girando en el sentido horario bajo tu mano te regresa a la cabeza. Y ella, ya te dejé todo listo, lo único que tienes que hacer es llenar, enjuagar y tender. Y tú, confuso en tu mente, ¿girar en el sentido horario es levógiro o dextrógiro?, siempre se me olvida. Y ella, estáte atento también no sea que llueva, que con el aire que hay todo se seca enseguida, podrás recogerla rápido, y así te cabe en la tendedera la segunda tanda que es tu ropa de andar. Y tú recuerdas a tu socio el Mata que decía en estos casos, pues, yo no hago esas distinciones, yo siempre ando, porque de verdad últimamente no sales casi a nada y prácticamente toda tu ropa es de andar. Y ella, me voy, oye, mira, creo que ya Osiris puso el motor, así que ya va a entrar el agua, ayúdame con eso que yo viro rápido. Y tú todavía varado con esas clasificaciones nacionales de la ropa de andar o de salir, al final, al salir también se anda y al andar, no siempre, pero a veces sí se sale. Y ella, es más, te voy a dejar llena la lavadora y andando el primer lavado, porque esa es la mía y me gusta ponerle la medida exacta del detergente líquido, que con el otro se echa a perder el color. Y tú, ¿pero el detergente para lavar no es de polvo? Y ella, hay detergentes para todo, pero aquí hay que usar el que haya, lo que yo tengo ahí un poco de detergente líquido y ese es mejor para la ropa de color. Y tú tomas decisiones, resuelta la protagonista, mejor contarlo en segunda voz, en estilo medio indirecto libre, con narrador y sin plecas de diálogo. Y ella sale y deja tras de sí un ruido de llaves y cerrojos en la puerta. Y tú echas a andar el primer enjuague, dextrógiro, te dice tu cerebro la palabra al girar el selector, sólo hasta el nueve, para que no se joda el temporizador. Y todavía ella, tu mujer, que ya en la acera habla algo con la vecina del balcón de al lado, en el piso más bajo. Y tú miras a la vecina, una temba, dicho en jerga, una medio tiempo, dicho en términos literarios, una mujer, en fin, en esa edad indeterminada entre los cuarenta y los cincuenta y tantos. Y ella, la vecina, podría ser la modelo para el cuento, con algunos retoques, claro. Y tú rememoras que ya nadie dice la frase medio tiempo, sin dudas mejor, más cortés pero menos sabrosa que temba, el español es lindo con cojones, hubiera dicho tu amigo Cinori. Y ella, la vecina, habla con tu mujer del parto de su gata. Y tú la miras, con esa mala cuerpa, y con lo mal que se viste en la casa, siempre con media teta saliéndosele por la blusa, con dos botones de menos, toda abierta y desbembada, cuando sale a tender, te alegras de que no sea atractiva, o no podrías asomarte al balcón nunca, so pena de ser acusado de voyeur. Y ella, la vecina, que voy a tener a ligar a la gata. Y tú piensas que nadie en el mundo debe usar la palabra desbembada en la literatura, y te ríes, en tanto imaginas cuellos y mangas y telas de pulóveres y blusas donde los elásticos, los huecos, las bocas han cedido, se quedan sin bemba, y no tienen la firmeza y el agarre de antaño. Y ella, es que en cuanto los gaticos crecen ella se va por ahí de comparsa, acusa, y vuelve a quedar en estado otra vez. Y tú oyendo esa voz gangosa que tiene tu vecina, tan poco atractiva, recuerdas que a tus veinte una temba tenía treinta y cinco, y que quizá así podría empezar el cuento, con una vecina atractiva, medio mojada, con la ropa dibujada sobre las curvas del cuerpo, tendiendo prendas íntimas en el balcón o una trusa mejor, recién llegada de la playa y con un vecino escritor, eréctil, voyeur, entre tímido y deseoso. Y ella, son tres gaticos, uno negro y blanco que es candela, una blanca y amarilla como la madre y otro medio barcino, están lindos, pero regalarlos siempre es un problema. Y tú piensas que la vecina real, más cercana a los sesenta que a los cincuenta, en ese indefinido “y tantos” de la tembitud, desnalgada, con esas patas medio zambas y esa voz de motor fundido, no sirve como modelo del cuento, ni podría ser bailarina, ni rajarse, ni ser amante de nadie, y menos regalar algo, si se pasa la vida pidiendo de todo. Y tu mujer, en tu memoria, que por años fue su compañera de trabajo, te recuerda que la vecina era más puta que su gata, pero como estaba ligada después del primer parto no tenía más que una hija, igual de poco protagónica e incluso más puta que la gata y que su madre juntas. Y tú, bueno, de algún modo tenía que defenderse en la vida, pero para la literatura no me sirve. Y ella, la protagonista real, te mira desde la nada, desde ese sitio donde van los escritores a buscar sus personajes, a escoger caras y piernas y caracteres y siluetas y contextos, porque no sirve encontrarlos en el balcón de al lado, más si tienen la voz gangosa y una mala cuerpa antiliteraria. Y tú, con voz de demonio interior, coño, escritor, qué repetitivo, qué cantidad de lugares comunes, así que si la jeva no está buena no sirve para un cuento, enciende el detector de mierda que vas mal, parece un texto porno o comercial, sin búsqueda, sin hondura, sin contenido serio. Y ella, la vecina, termina el diálogo y entra a la casa y el balcón de los bajos queda vacío. Y tú, miras el peculiar remolino de la lavadora mientras mueve pliegues y colores y agua en su garganta profunda. Y entonces ella, la protagonista, medio tiempo de cine, esbelta, temba elegante, incluso en la casa, descalza, con la blusa blanca terminada en un nudo sobre el ombligo y un jeans recortado aprisionando los muslos rotundos, aparece en escena. Y tú la describes, exacta, la inventas, la dibujas allí abajo. Y ella se seca las manos húmedas, la tela clara de la blusa entreabierta deja ver el pedazo exacto y provocador y a la vez casto de un seno erguido, desafiante. Y tú, ahora sí voyeur sobre la página futura, no pierdes detalle. Y ella, la vecina, esta sí, literaria, inclinada con el cubo de la ropa recién lavada, mojada, porque no le funciona la secadora, es la imagen que llena el balcón en tu cabeza. Y tú la miras sacar las prendas que chorrean, salpican las baldosas oscuras y sus dedos parejos, redondos, y los tobillos firmes y las pantorrillas torneadas (ay, ese adjetivo, imposible de evadir, tan común, protesta tu demonio), bueno, pantorrillas apetitosas, tentadoras, de carne apetecible a la mordida, con salpicaduras de agua y de sol sobre el piso. Y ella, breve, levanta la vista y te dedica un saludo mientras trabaja. Y tú te ofreces, respondes el saludo, escritor deseoso y tímido, adolescente imposible a tus años, yo también estoy lavando, si quieres sube y pasas tu ropa por la secadora, así se seca más pronto que hoy seguro llueve por la tarde. Y ella, sonriente, ay, no, pero qué va, qué pena. Y tú, ninguna pena, estamos para servirnos. Y ella acepta. Y tú miras el remolino de la ropa que ahora más que garganta parece ojo, acusador, revuelto, dextrógiro y levógiro en cada movimiento, pero fijo, sin pestañear y lo ignoras. Y ella toca. Y tú abres. Y ella, descripción exacta, toda protagónica, igual de bella y elegante pero ahora con chancletas de goma. Y tú, cortés, le cargas el cubo que pesa con cojones, nada literario, metálico, ruidoso al moverlo, que te hace crujir articulaciones y reprimir una queja y otra vez ruidoso al casi dejarlo caer junto a la lavadora. Y ella mira el remolino, pero si estás lavando, cómo vas a interrumpir para secar lo mío. Y tú, ya ese es el segundo enjuague y casi se termina, es que yo sólo llevo el selector de lavado al nueve para no forzar el temporizador, en cuanto acabe, ponemos lo tuyo, si secar es rapidísimo. Y ella, yo tenía una lavadora automática, pero la perdí en el divorcio. Y tú escuchas la voz interior del demonio escriba, sí, claro, divorciada, para seguir aprovechando los lugares comunes. Y ella esperando, hasta que la garganta profunda detiene sus giros y queda quieta, ya ni ojo, ni abismo, solo los lomos de las piezas, como oscuros animales a medio asomar sobre el agua. Y tú, ven, dame tu ropa para ir poniendo en la secadora. Y ella mueve las manos y desde el cubo, todavía chorreando, salen piezas y colores a tus manos y el agua salpica las baldosas y sus pies y los tuyos. Y tú, discretamente, identificas pantalones, piezas ajustadas y holgadas, blusas, elásticos, cuellos firmes y botones en su sitio, hasta que se llena el redondo cilindro de la secadora y a la vez tus ojos se llenan con su silueta inclinada, con la fugaz aparición de los senos exactos, excitantes pero política y visualmente correctos, castos, y el reflejo del sol del piso a sus ojos, a sus piernas, con cada gesto de su recorrido del cubo a la entrega. Y ella te comenta que ahora sí se le secará rápido todo, que estaba preocupada porque esta tarde tenía ensayo y las dos mudas que usa las tenía sucias, es que ensayando se suda mucho. Y tú tratas de meter esos muslos en alguna de las piezas que ahora ceden bajo el plástico que los fija al borde de la secadora y cierras la tapa y haces girar el temporizador, este, apenas a la mitad del tiempo. Y ella mira el bulto de ropa sucia que espera al costado del aparato, ¿no te pasa que cuando lavas quieres hasta quitarte lo que tienes puesto y ya aprovechar y lavarlo también? Y tú pensando cómo se vería ella ahora mismo, después de quitárselo todo, desnuda en tu balcón, con los pies mojados y el adjetivo justo en las pantorrillas, y el sol de rebote de las baldosas a sus muslos, a los senos erguidos, literarios, y la garganta profunda tragando su short y la blusa y todo lo demás, y el sustantivo abierto, inevitable, entre sus piernas. Y ella sonríe, ese ruido de la secadora siempre me recuerda los aviones, aunque esta casi no suena, no como una rusa que había en mi casa cuando yo era niña, que hacía tremenda bulla y yo jugaba a bailar con el ruido. Y tú, interesado, a los escritores toda danza les interesa, eso de bailar los ruidos no me lo sabía. Y ella, en confesión, es que yo siempre quise ser bailarina y bailaba todo lo que oía, absolutamente todo. Y tú, cómplice, eso sí es tener vocación, qué buena imagen esa de bailar lavando, piensas y recuerdas tu cuento. Y ella rememora, mi mamá me peleaba porque decía que me iba a resbalar en lo mojado y me quedaría en posición de grand écart facial para siempre. Y tú, ¿cómo es?, es que yo no sé nada de ballet, ¿qué pose es esa? Y ella, toda risa, toda nervios, algo apenada, quiero decir rajada, así le dice todo el mundo. Y tú recuerdas la lavadora automática, que no sonaba, pero hacía de todo con su fuerza centrífuga, como la protagonista que pondrás en tus páginas. Y ella, esa lavadora se movía, casi caminaba cuando vibraba el motor y las tapas y todo. Y tú imaginas que sería genial una escena, después de echar toda la ropa a lavar, con tu vecina desnuda sobre la tapa, rajada (qué coño grand écart ni grand écard, rajada y bien), abierta y adjetivada, resbaladiza, dextrógira y levógira, vibrando, y que su garganta profunda te tragara, voyeur, escritor sustantivo, vibrante y eréctil, feliz y ya sin ropa que lavar. Y ella, la secadora, no dejaría de vibrar, de volar como avión, de caminar para acercarte sus nalgas, sus piernas, heridas al centro por una pose de ballet. Y tú con la manguera en alto, sin apretarla demasiado, hasta el nueve, para que no se rompa. Y ella, la bailarina, danza del vientre, danza mecánica, danza automática, fuerza centrífuga que te engrosa, que te alza, válvula que funciona y que exprime cada sílaba y cada imagen de tu cuento. Y tú, también ya protagonista, vives y escribes a la vez en el balcón, en pleno párrafo, en ese sitio imaginado y real donde van los escritores a vivir sus páginas o lavar la ropa o hacer un amor desesperado y literario a la vecina bailarina. Y ella, en pleno vuelo, hecha palabra por palabra, en detalles del rostro, en un temblor de las pantorrillas justamente descritas, en los muslos abiertos, vibrando y toda en alto, como los aviones. Y tú, ya tienes resuelta toda la escena sin que notes que cesa el sonido de la lavadora. Y ella, tu mujer, ya de regreso, real a tu lado, que te mira, te reprocha, te habla insistente, oye, aterriza, bájate del avión que estás sordo. Y tú explicas, enumeras los giros dextrógiros, el temporizador hasta el nueve, la manguera en alto sin apretarla demasiado. Y ella, la protagonista que se ríe nerviosa y desaparece, mientras tu mujer insiste, es que te hablan y no oyes. Y tú, confuso, pero qué pasa. Y ella, la vecina, también real, desde el balcón de al lado, en los bajos, que si puedo pasar mi ropa por tu secadora, que mi lavadora automática está rota. Y tú, a tu mujer, en voz baja, pero la atiendes tú, mientras imaginas aquella cuerpa entrando a la sala, evitas imaginar siquiera el cubo lleno de ropa mojada y las piernas zambas y la blusa desbembada y hasta mirarla mucho, para que no te acusen de voyeur y para no verle un pedazo de teta incorrecta, impúdica, casi errónea y poco literaria. Y ella, tu mujer, a la vecina, oye que sí, sube, que es que no te oía por el motor de la secadora. Y tú, me voy a escribir, que ya tengo todo el cuento. Y entonces se va la luz...
Hallado en Ala del Mar
12 y abril y 2026
bene scriptus