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Es el fin del camino, de la persecución, de toda esta terrible epopeya. Hoy uno de los dos será vencido. Hoy, uno de los dos conocerá la gloria.

Miro su figura frente a mí. Ingrávida, apenas visibles sus bordes sobre la nieve. Busco sus ojos y sólo distingo la oscuridad de un par de pozos sin fondo. Insensibles. Inexpresivos. Como dos agujeros negros en un espacio sideral de blancura excesiva.

En la mano, rectificando el agarre una y otra vez entre los dedos, un sudor frío torna resbaloso el cabo de mi pistola. Hay que decidirse. Es hora.

De un gesto rápido, sin pensarlo, muevo mi arma y disparo.

Sin tiempo apenas a sentir el estallido, la bala penetra a través del cielo de la boca con un golpe seco. La tapa de los sesos salta, destrozada, y el cuerpo cae. Ajeno a la habitual espectacularidad del cine, más bien lento y torpe y silente, un lago rojo crece sobre la nieve. A pesar de toda la escena, sus ojos no han abandonado la expresión fría, insondable, oscura.

Despacio, con desacostumbrada ligereza, me levanto del suelo. Estoy muerto. Ahora sí, de fantasma a fantasma, podré aceptar su reto.

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