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Con rara lentitud, en esa mezcla de cortesía y tensión que se siente antes de acceder a un territorio ajeno, el paciente entró a la consulta. Casi sin quererlo, pero el primer detalle en el que reparó fue en la iluminación. Era tenue, equilibrada, muy leve, casi a oscuras.

–Pase, por favor, y acomódese en ese diván.

La voz del especialista se movía envolvente, casi hipnótica. El anfitrión era una suerte de tranquila esponja, que emanaba paz y paciencia. Un aquiescente remanso de muchos ojos y de oídos prestos a atenderlo. Fue quizás esa misma irradiación de confianza la que hizo quebrar al paciente.

–¡En verdad, ya lo he intentado todo! ¡He tratado con velas, con lámparas! Sobre todo, de noche. Porque de día… ¡De día es imposible!

El llanto doblegó a la voz. Tratando de ahogar el sordo gruñido de los sollozos, el enfermo buscó con la vista al manojo de ojos y oídos. El especialista siguió callado, con imperturbable y manifiesta experiencia.

El paciente recuperó un poco la compostura. Despacio, acomodó en el diván las alas membranosas y la cola y dejó escapar una mueca triste y plural, que descubrió los prominentes incisivos de sus dos bocas. Sin dejar de estrujarse las garras, al fin habló de nuevo.

–Doctor, no puedo evitarlo. Le tengo mucho miedo a la claridad…

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