Parece algo vigilándome, me da miedo cada vez que lo veo, soltó la vecina de los bajos, con cara de pavor, cuando desde mi balcón frontal la vi acercarse al árbol. Respondía así a mi mirada acusadora, al verla cargar una lata de algún maloliente líquido inflamable, un encendedor, unos trapos. Su temor era justificación suficiente para matar. Tú sabes que yo trabajo de noche, cada vez que llego tarde, con esta calle así tan oscura, eso, y señaló al árbol, me da muy mala impresión. Parece que es una sombra que va a atacarme, un animal que me mira, algo tenebroso, balbuceó y abandonó el intento de asesinato.
De mi vecina pudiera decirse que se trata de una mujer ya madura, para nada atractiva si mencionamos su carácter agrio y su mal repartido sobrepeso, aunque siempre estuvo muy bien acompañada y satisfecha. Sin embargo, su temor a casi casi todo, ese fardo a veces inexplicable de los pavores, era una carga perenne y en todo momento manifiesta en su persona. Mi vecina siempre tenía miedo. Quizá por eso evitaba fervorosamente dormir sola.
Casi cada noche recibía la visita de algún efebo apolíneo o, en su defecto, de un veterano dionisíaco. Su apetito sexual, por todos los dioses, etnias y grupos etarios bendecido, jamás discriminó entre jóvenes o decrépitos. No fueron pocas las ocasiones en que, desde el balcón interior de mi casa, el que da justo sobre su cuarto, se dejaban oír con toda claridad sus maullidos de gata en arduo combate. Posiblemente sea yo uno de los poquísimos en este barrio que, a golpe de pura negación a sus más explícitos o solapados intentos, jamás visitó su nido.
Por otro lado, el árbol, nacido en un lugar poco propicio bajo las convenciones humanas (pues, al final, ellos llegaron primero que todos nosotros), apenas levantaba tres cuartas del suelo. El tronco, aunque robusto, había sido mal talado en la última ronda de los encargados del cuidado de los cables eléctricos. A pesar de su todavía escaso tamaño, fue tratado igual que los demás.
Cuando los obreros lo dejaron al fin, parecía el muñón de un miembro cortado con urgencia en un hospital de sangre, luego de una herida grave en tiempos de guerra. Un hueso amarillento, rodeado de la corteza, mostraba impúdico sus savias. El tronco quedó a su propia suerte, con su única pierna intentando mantener en pie la minúscula altura. Sin embargo, sobrevivió.
Despacio se esforzó por devolverse brotes y hojas y verdes brillos. Así recuperó su follaje, no muy abundante, aunque ya visible. Extendió algunas mínimas ramas, todavía temeroso. Con más tiempo, quizá se hubiera remontado a navegar los cielos, pero creció muy poco. Aquella criatura con su silueta de bordes movedizos, que en la oscuridad parecía una cabeza enorme sobre un pedestal, una especie de gárgola pegada a la tierra, despertaba el pánico nocturno de la vecina.
Entonces, un día ella decidió matarlo. El líquido, los trapos, las llamas al fin cumplieron su cometido. Cuando regresé aquella noche, aunque apenas podía verlo en la calle apagada, el tronco había regresado a su amputada condición de muñón, de miembro incompleto. No volverían a crecerle gozosos brotes, nuevos verdes, esmeraldas en hojas. Ahora era un pedazo informe, herido, donde todavía algunos voraces rescoldos devoraban inclementes los escasos jugos vitales que pudieran quedar en la moribunda madera. En medio de la oscuridad de la vía, ya no semejaba una sombra preparando una emboscada. Era apenas la dolorosa visión de una tristeza, un charco polvoriento de ceniza, un tizón gastado que brotaba de la tierra.
En la mañana, con la luz del día volví a verlo. El follaje anunciado, el futuro coloso que se empinaría a los celajes, amanecía como un torpe mástil inútil, sin velas, sin mar de nubes en su futuro. La pierna imbatible y firme ahora era pata de palo inválida, surta en puerto, y que nunca navegaría las alturas. El árbol, soñado marinero del aire, ahora sin pasos, con su barco ahuecado y renegrido había naufragado sobre sus propias raíces.
En pocos días, la hojarasca cubrió su base. Alguien botó el paquete usado de una golosina y el rojo brillo contrastaba con las hojas secas y el negro y carcomido tronco enhiesto. A solas, parecía un asta despojada de su bandera, una lanza olvidada luego de que hubiera perdido una guerra. Se alzaba allí como el último mudo intento de una protesta vegetal que se negara a caer, a hundirse, a desaparecer incluso en su propia muerte. Si existe algún infierno para los árboles, este ya lo habitaba, en madera y alma, sin haber dejado nunca la tierra.
Esta mañana me han despertado gritos y sirenas. Mi vecina apareció muerta en su casa. Para ser exactos, luego de insistentes toques y llamados a su puerta, la descubrieron desnuda y completamente quemada sobre la cama. Imagino asaltos, suicidios pasionales, accidentes domésticos, acompañantes celosos. Sin embargo, ni un solo ruido turbó la noche y propagó alguna alarma durante la noche. Nadie vio llegar visitas o se oyeron explícitos y amorosos maullidos. El vecindario reunido, con ese morbo que proporciona asomarse a la intimidad de los demás, aunque sea la intimidad horrible de una muerte violenta, ya especula con diversas versiones.
Parece que entraron y la mataron, escucho, debe haber sido para robarle A lo mejor la violaron y no quisieron dejar testigos, se alimenta el rumor. De pronto, imagino la aparición de esa sombra, el temor de la emboscada, ese miedo total y último, de pronto hecho tangible. Imagino el instante supremo de enfrentarse a su destino, al dolor, al fin. El murmullo del vecindario sigue las labores policiales y reproduce minuto a minutos los hallazgos inmediatos. Quizá esperan, nota más alta del voyerismo necrológico, a que retiren el cadáver. Tal vez alcancen a ver una mano renegrida, un pedazo carcomido de la piel, algún rastro delicuescente. Entretanto, se reparte la noticia del primer asombro. El cuerpo está del todo carbonizado pero la cama está intacta. Mientras cada novedad se multiplica en nuevos murmullos y comentarios, los agentes de la investigación entran y salen del apartamento de los bajos, usan perros y expertos, trasiegan batas blancas y cámaras fotográficas y maletas metálicas por el pasillo.
No sé por qué la multitud se me antoja a la espera de una celebración, de un simple motivo para romper la solemnidad y estallar en un jolgorio histérico y burdo. No importa si la ruptura es el súbito, pero también lento devenir de una muerte fuera de lo común. Mirándolos desde arriba, siento que la inquietud, las risas solapadas, los gestos de miedo o curiosidad, las manos a veces tapando bocas y caras, los interminables comentarios, sobre el tema o sobre cualquier otra cosa, son una especie de obra teatral absurda. Todo semeja el preludio de una explosión, de un exorcismo, de cierta demoniaca alegría por no ser ellos los quemados, los muertos. Parece como si en cualquier momento pudieran aparecer sillones y butacas, bocinas con música, tragos y brindis, frases repetidas y un público que subiera entonces al escenario a protagonizar la mañana, en defensivo festejo contra la muerte. Por suerte, el presentido estallido no ocurre.
Desde mi balcón, el del costado interior, el que da justo sobre el cuarto de mi vecina, escucho a los policías preguntar, hacer conjeturas, intercambiar ideas. También se filtran de vez en vez los ecos de varias conversaciones ajenas al caso, triviales. También en ellos parece operar el preludio de festejo, el exorcismo contra la muerte ajena, la intrusión de mil fantasmas externos. Es una aureola de realidades otras que por algunos instantes les aparta de la horrible realidad de hallarse frente a un organismo ya sin vida, abatido por la violencia.
Desecho tales comentarios y escucho que el cuerpo estaba cubierto por todas partes de finas marcas, como un cauce con afluentes, como si hubiera sido desnudado y atado antes de arder. Pero así, tan quemada, sólo en la necropsia se sabrá si hubo violación, dice una voz con aires de autoridad. Es como si tuviera todos los nervios marcados a flor de piel, se asombra alguien. Sí pero justo ahí hubo más calor, se nota al contacto con la superficie, repite la voz autoritaria. Ese sí fue un abrazo ardiente, se burla otro y aunque hay un breve silencio nadie lo reprende. Oigo decir que hay unas raras semillas abiertas, como cápsulas vacías de alguna bala vegetal que se hubiera disparado y que aparecen rodeando la cama. Quizá sean algún resto, por las altas temperaturas, aduce algún experto, pero habrá que ver en el laboratorio, concluye.
Los escucho hablar, están intrigados. Algo les llama la atención. Esas huellas, dicen, es como si alguien hubiera arrastrado un saco deshilachado lleno de cenizas por toda la casa, repiten. ¿Para qué harían eso? ¿La quemarían con carbón?, se pregunta alguno. Pero la cama está limpia, insiste otra voz. Eso lo dirán los forenses, concluye el superior tono autoritario y ordena, vamos, acaben ya que todavía hay otro caso esperando. Oigo que van a retirar el cuerpo, así que regreso a mi atalaya frontal, la terraza amplia que hay al frente de mi casa.
Sólo entonces lo sé todo. Sin que me interese ya más el morbo colectivo, las exclamaciones, algún grito o sollozo algo exagerado y sin mirar el bulto oscuro en contraste bajo el blanco de una sábana, tengo de pronto todas las respuestas. Porque apenas al mirar afuera puedo ver sobre el asfalto los sutiles rastros, los alevosos saltos de la sombra, las huellas de la viva gárgola nocturna que cruza de puntillas, cuando decidió al fin hacerse real y dejar su vigilancia. Entretenidos con el cuerpo, nadie parece notar lo que ahora veo con toda claridad.
En medio de una dispersa y ya muerta hojarasca, el grueso y seco tono siena se colorea con el brillo escarlata y plateado del sobre de golosinas. Por todas partes, al desparramado cauce lo cruzan las vetas verdosas o rojizas del lomo de las hojas más recientes. En desorden, el polvoriento charco de cenizas se dispersa a la redonda y hay un agujero de tierra removida, a la vez fresca y vieja, púrpura y negra, como un valle hundido entre mínimas lomas. Son las alas, las inmóviles corrientes de un oscuro remolino donde, al centro, ahora sólo se alza la ausencia del tronco quemado del árbol.
12 y agosto y 2025