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El timbre sonó con dos toques largos y estridentes. La Dispersa acudió a abrir. Las caras de la Fina y la Vulgar aparecieron en el umbral y de inmediato entraron al apartamento. Otras tres mujeres estaban sentadas en la sala. Al momento, compartieron saludos.

–¿Como están, perras, mis yuntas, las mías? –sonrió la Vulgar.

–Queridas, es un gusto verlas de nuevo –casi susurró la Fina.

–Entonces, ¿quién falta? –preguntó la Dispersa.

–Ya estamos completas –aseguró la Tonta.

–Ya estamos todas –rectificó la Exacta–. Completas estamos desde…

–Ay, niña, no empieces –cortó la Vulgar mientras repartía besos. De pronto se detuvo ante la Lista, la anfitriona del encuentro, y ligó su saludo con una enérgica exhortación–. Oye, mija, cualquiera es la elegida… Levanta los nalgones pandemios esos y sírveme un trago, anda… Mira eso, todas secas… Esto parece un velorio…

–En realidad, no secas, porque…–comenzó la Exacta, pero la Dispersa la interrumpió–. Secas… Olvidé comprar la bebida...

–Yo se lo recordé, pero cuando llegó aquí –remató la Tonta.

–Y es pandémicos, si como adjetivo modifica a… –la Exacta calló, al recibir otra mirada de la Vulgar, pero la Tonta volvió a rematar–. ¿Nalgones?

La Lista aseguró que no había problemas. De inmediato halló vasos, sacacorchos y botellas, ayudada por la Fina y la Dispersa. Esta última, actuaba agitada por la Vulgar, pues por poco une lo crudo con lo ahumado y casi quema una cortina al encender los inciensos y las velas. Alguien apagó la luz de la sala.

Al fin, quedaron provistas de un trago de vino cada una y dispuestos varios aperitivos. Una mesa alumbrada por siete velas marcaba el centro. Alrededor, las mujeres formaron un amplio círculo.

–Hora de hablar. Debemos compartir cada detalle. Lo que una descubre, puede servir para todas. Cada año es más difícil completar el ritual… –la pausa pareció hacer flotar algún mal augurio, pero la Lista retomó de inmediato la palabra y todas se miraron–. ¿Quién empieza?

(II)

–Hablo yo misma… –se acomodó la Vulgar–. Y sí, el ritual está más duro.

La mujer bebió un sorbo y se miró las uñas largas, negras, ruidosas, llenas de promontorios y bosques y animales. Y habló.

–Aruñé, las mías… Cuadré un temba pelú ahí, un poetiso desos… Un escribano…

–Un poeta, un escritor –apuntó la Exacta–. Ya pasó el medioevo…

–Total, mucha poesía, pila de libros, pero majatrá que un ratón de ferrocemento…

–De ferretería –volvió a corregir la Exacta.

–Pues ná, logré que me invitara al gao. Llego y pone una moña intrumentista –Instrumental –acotó, ya saben quién–, cheísima ahí. Llenó la bañadera, la rodeó de pétalos y cubrió el borde con velas…

–¿Cómo te fue? –preguntó la Dispersa.

–¡Fatal, yunta! Casi me rompo un tarro con un resbalón con un pétalo mojao. Cuando iba a tocarlo, me hundía y tragaba agua como un pescao. Encima, me quemé el cranio con una vela y del tirón que dí para apagarme las iluminaciones, se me partió una uña. Ahí sí se jodió todo...

–Como un pez –asentó la Exacta y la Lista intervino–. ¿Y completaste…?

–Qué voy a completar, la mía, ¿tú no filtras? Ni pude acercarme. ¿Cómo iba a sacarle su potingue? Lo ahogué en la misma bañadera…

–¿Y eso no es peligroso? –preguntó la Tonta.

–Sí, claro… Si me rompí otra uña con el pataleo que formó.

–¿Y entonces…? –insistió la Lista.

–Ná, esa noche creí que resolvía en un pasillo del barrio. Había uno ahí, descargándole a un alcohol destilado con mierda de chama, y oyendo una bulla con unas palabras que ni yo diría. Con ese logré el potingue pal hechizo. Pero estaba tan curda que no me sirvió. No pude resolver, mis perras. Mira tú, a ese le di poción del olvido y lo dejé vivo…

La Lista desaprobó con la cabeza.

–¿Quién sigue?

(III)

La Fina bebió con delicadeza de su copa.

–Yo también pasé trabajo. Conocí a un hombre encantador, como de otra época, un caballero...

–¡Ay, Lanzaló, otro caballero! –hizo un gesto desesperado la Vulgar.

–Lancelot –acotó la Exacta y la Lista impuso silencio–. ¡Dejen oír!

–Salimos varias veces y logré que me invitara a su casa –siguió imperturbable la Fina–. Llevé una bata preciosa, transparente, y una lencería provocativa. Tomamos vino, oímos un disco de Mozart y todo estaba listo. Fui al baño. Me lavé con mi jabón antibacteriano, me apliqué gel bucal y protector para las manos, me vestí pero, ay... –la Fina dejó ir un sollozo.

–¿Qué pasó? –preguntó la Exacta.

–El tipo tenía preparado unos arreos. Correas, cueros, hebillas… ¡Horrible!

–¿Para ti? –dudó la Lista.

La respuesta sorprendió a todas.

–No. ¡Para él!

–¡Candela! –exclamó la Dispersa y la Exacta volvió a preguntar–. ¿Y?

–Tenía que obtener su simiente ¿no? Lo amarré. Le puse una capucha y me pidió… –hubo otra pausa, casi otro sollozo, pero la Fina tragó en seco y siguió hablando–, me pidió que lo penetrara con un dildo…

–¿Un qué? –arrugó la cara la Vulgar y la Exacta respondió de inmediato en su oído–. Un consolador…

–Apenas le rocé los pliegues anales el hombre aquel eyaculó, todo…

–¿Qué? –era otra vez la Vulgar.

–¡Qué se vino cuando le toqué el culo, coño…! –casi gritó la Fina y con gran esfuerzo retomó la historia–. Entonces me pidió que lo azotara… ¡Me dio tanta rabia que le di una tanda de correazos que seguro no se pudo sentar en dos meses!

La Lista inició un gesto, pero la Fina la atajó con una frase.

–Sí, le di la poción del olvido y lo dejé vivo. Pero su semen no me sirvió para el hechizo.

–¿Por qué? –inquirió la Dispersa.

–Tuve que recogerlo del piso. ¡Y entones me di cuenta de que aquel lugar era un asco! ¡Y yo descalza allí en medio de todo aquello! –la Fina rompió a llorar.

–Muy mal –musitó la Lista y exhortó–. ¿Otra?

(IV)

–Mi turno –reclamó la Dispersa.

Un sorbo colectivo dejó lista la escena.

–Yo no tuve problemas para la invitación. Nos conocimos casi sin querer. Tenía que hacer una gestión, ustedes saben, que yo no soporto las colas. Sí, porque llegas a resolver una cosa y en lo…

–Mija, ve a tu muela –intervino la Vulgar.

–Llegamos a su casa. Un apartamento en altos. Mejor que este. Uno así, nos serviría para la reunión. Porque los vecinos empiezan a sospechar de…

–Por favor… –susurró la Lista, incómoda, pero paciente.

–Ah, sí, eso. No hay mucho que contar. Entramos a la sala y me tiró en un sofá, comodísimo, cómo me gustó, si hubiera sido otro momento…–ante la mueca de la Lista, la Dispersa bebió de nuevo–. Ya, ya, sigo… Casi me viola. Llevé un vestidito, de lo más chulo, y me lo subió hasta el cuello. Se me tiró arriba, ni me dejó quitarme el blúmer, el bonito que me gusta, y se puso el sólo a gritar y a moverse. Enseguida puso una cara como para parecer un actor porno, pero que se veía de lo más imbécil, se separó y embarró todo el sofá. Tan lindo, azulito…

–¿Al menos te gustó? –preguntó la Tonta.

–Ni me enteré. Lo peor es que entonces me miró y levantó los dos pulgares así –la Dispersa elevó los dedos de ambas manos en gesto victorioso–, se sonrió como un campeón olímpico y se derrumbó. A dormir.

–¿Y el semen del hechizo? –indagó la Exacta.

–¿No te digo que embarró el sofá? La tela se lo chupó todo. Pero me desquité. Le dije que yo quería embarrarlo a él. Medio dormido dijo que sí. Entonces me paré encima y lo oriné de la cabeza a los pies…

–¡Pero si tu orina es… ! –la Fina abrió los ojos, asustada.

–Eso mismo. Se quemó completico. Una pena por el sofá… –sonrió la Dispersa.

–Estamos mal… La próxima –suspiró la Lista.

(V)

La Exacta tomó la palabra.

–Conocí a un sujeto de apariencia propicia en fecha seis de este mismo mes del despertar, a las dos y cuarto de la tarde, en…

–No, no. Sólo el acto, sin preámbulo, por favor –la interrumpió la Lista.

–Correcto. Conseguida la erección, en un ángulo y dureza adecuados, procedí a colocar un condón para la recolección del líquido seminal resultante del clímax. Luego me dediqué a la estimulación manual del órgano, en una cadencia reiterada de ascenso y descenso, en aras de…

–Ay, niña, ¿lograste el potingue o no? –se impacientó la Vulgar.

–Sí, pero fue imposible colectarlo para el hechizo –suspiró la Exacta.

–¿Por qué? –se extrañó la Fina.

–Cuando el sujeto completó su satisfacción, se quitó el protector. En un principio, no entendí sus intenciones. En un gesto que traduzco como de actividad lúdica, pues lo acompañó de una sonrisa fácilmente catalogable de idiota, sostuvo el receptáculo de látex entre las falanges distales de sus dedos índice y pulgar. A continuación, y sin que yo pudiera impedirlo, inició un giro regular y constante de la articulación derecha que une los huesos cúbito y radio con el carpo. Con tal acto trasmitió al objeto, lleno del producto de su eyaculación, una fuerza centrífuga que lo hizo circular en un movimiento veloz y continuo semejante al de las aspas de un helicóptero. Esto provocó que, dadas la aceleración y una pérdida de la sujeción del borde del recipiente, este escapara de sus articulaciones digitales e iniciara una rotación y traslación aérea descontrolada por todo el cuarto. La consecuencia visible fue, semejante a una obra plástica abstracta, y con Jakson Pollock como ejemplo cardinal, el derrame del líquido seminal en todas las paredes. Este hecho truncó mis fines, así que califico mi experiencia como fallida.

–¿Alguien entendió? –soltó la Vulgar.

–Que se botó el potingue –susurró en su oído la Tonta.

–¿Algo más? –quiso resumir la Dispersa.

–Aunque reconozco incidencia de la ira en tal acto, procedí a la total neutralización del sujeto y luego a su desaparición –concluyó la Exacta.

–Mi turno –resopló la Lista.

(VI)

En silencio, todas esperaban las palabras de la Lista. Había sido la líder durante milenios y, cada año, había guiado el mes del despertar y el hechizo. El grupo había sobrevivido épocas muy duras. Ni las hogueras, ni los exorcismos, nada había podido dañarlas. Pero ahora, algo terrible sucedía.

–Amigas, yo tampoco pude completar la búsqueda.

La exclamación de asombro de las asistentes fue inevitable. Sólo la Tonta mantuvo algo de compostura.

–Cuenta de todas formas. Desahógate… –instó a la jefa.

–Ya saben, yo siempre quise hombres inteligentes para el ritual. Eso nos garantizaba mejores oportunidades de sobrevivir. Pero esta vez ha sido un fracaso…

En silencio, con gestos, las otras reclamaron a la Lista que siguiera el relato.

–Ustedes conocen mi gusto por la música. Es parte de mis dones y mis auras mágicas. Pues, conocí un joven, muy atractivo, y como el mes del despertar es la fecha indispensable para el hechizo, no esperé mucho para insinuármele. Sin mucha conversación, logré que me llevara a un sitio adecuado. Un alquiler con una salida libre, donde podía eliminarlo y marcharme sin dejar rastro.

–¿Qué pasó? –insistió la Tonta.

–Tenía un teléfono, moderno, con música –la Lista, como casi nunca sucedía, pareció perder la compostura y casi estuvo muy cerca de soltar un sollozo. Con un grave esfuerzo mantuvo la calma.

–¿Pero eso no te satisface? –dudó la Fina.

–Primero puso una cosa monótona, estridente, grosera, con unos textos que ni tú repetirías –y dirigió una mirada a la Vulgar.

–Sí, de verdad esa moña me supera –aceptó la aludida.

–Entonces propuso algo romántico. Pero eran historias de horror, sobre una pestaña que nunca tuvo ojos. Había otra, espeluznante, donde alguien quería ser un jardín con enanitos. Creo que esos eran enemigos, porque uno de esos cantos decía que, aunque no tenía jardín, ya había comprado una segadora. No entendí nada.

–Y entonces, ¿qué pasó después? –averiguó la Dispersa.

–Lo maté y me lo comí. No hay huellas. Pero no pude completar el hechizo.

El desaliento cayó sobre el grupo. Una voz rompió el silencio.

–¿Puedo hablar? –musitó la Tonta.

(VII)

Todas asintieron, sin mucho entusiasmo. La Tonta no demoró.

–El mes del despertar me llevó a una especie de campamento deportivo. Tuve mucha suerte. Parece que se estaban preparando para una de esas competencias importantes, porque se esforzaban mucho entrenando.

–Niña, ve directo a la cosa. Fallaste, como todas… –manoteó la Vulgar en gesto displicente.

La Tonta demoró unos momentos en responder.

–No, no fallé.

Una exclamación colectiva, ahora de asombro, recorrió a las mujeres.

–¿Qué hiciste? –se interesó la Lista.

–Ustedes saben que mi don son las imitaciones… Primero traté de escoger hombres que se vieran sanos. Allí eso no era un problema. Entonces, decidí que debía, además, buscar en ellos algún parecido con ustedes.

–¿Y eso por qué? –quiso saber la Exacta.

–Tenía el presentimiento de que este año iba a pasar algo malo.

–¿Entonces, conseguiste potingue? –saltó entusiasmada la Vulgar.

–Bueno, sí, pero… –contestó tímida la Tonta.

–Seguro es poco, pero trataremos de sobrevivir con eso –la Lista estaba a punto de empezar a dar órdenes para iniciar el ritual, mas la Tonta la interrumpió.

–No es poco… Conseguí semen para cada una…

–¿Cómo fue eso? ¿De dónde lo sacaste? ¿Qué? –se atropellaron las frases casi a gritos de todas las mujeres a la vez.

–¡Cojones! –reaccionó la Fina, con algún retraso.

–A ver –la Tonta tomó su cartera, buscó algo en el interior, y empezó a repartir unos frascos –. Hay un boxeador; para ti, mi Vulgarita. Aquí tengo el remero; toma, Exacta. El baloncestista; te toca, Dispersa. Este es del gimnasta; es tuyo, Fina. Me queda el corredor; para ti, Lista. Para mí dejé un lanzador de jabalina. Todos jóvenes y fuertes.

–¡Perra, la partiste! –la Vulgar no salía de su asombro.

–Cada día tomé la apariencia de alguna de ustedes. Así los seduje a todos. Luego repartí poción del olvido. No dejé rastro –explicó con algo de pena.

–Preparen el ritual. Tendremos una nueva líder –sonrió la Lista.

–¿Sí? ¿Quién? –preguntó la Tonta.

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